Un lugar en el mundo

He visto el controvertido espot del bar de Ciudadanos. Siempre no va a acertar uno. Sí, ese en el que un cliente bienintencionado se marca una parrafada de consideración que los presentes escuchan en medio de un silencio reverencial a pesar de que dos segundos antes han ido dejando caer uno tras otro que siguen más cabreados que un mono y que la esencia de tomarse unas cañas resida, como es bien sabido, en discutir a grito pelado para intentar además que al final corra con la cuenta el se ha tirado el moco. Pero no. Estos mesones bendecidos por los emergentes no huelen y sus avíos relucen como lavados con perlán. La presencia en la tele del candidato de la formación recoge el bomboncito que le han puesto en bandeja desde la santurrona barra y promete que quiere situarse a nuestra altura porque, salvo lo jodidos que andamos, nos lo merecemos todo. Lo bueno de tener una visión así de los baretos es que el viaje a Lourdes te lo ahorras.

El atracón de mermelada viene a los pocos días de que la temporada de Salvados no se privara de colocar sobre las tablas a Pepe Sacristán. Cree estar casi convencido de que ha encontrado un lugar en el mundo rodeado de los suyos y porque, a los ochenta tacos, se mira por las mañanas y «se reconoce en el capullo ese que se ve en el espejo». Pero como siempre ha sido un tipo comprometido, sufre. Y al ser rematadamente rojeras, sufre más aún. «Lo que afecta a la izquierda –proclama– es la falta de contundencia a la hora de la defensa de unos valores morales». Aunque en el cine y en el teatro debe haber hecho todos los papeles habidos y por haber desde que formara pareja con Carmen Sevilla a la que se refiere con verdadera veneración, nunca ha renunciado al de ciudadano mucho antes de que a portadores del pensamiento único les diera por satanizar a los integrantes de la farándula en cuanto sueltan lo que sienten.

Por la visión y la interpretación de la realidad solo se puede concluir que estamos ante un reputado actor. Albert, claro.

El mundanal ruido

Se nos llena la boca de decir que como aquí no se vive en ningún lado y no hay más que echar un vistazo para percatarse de lo condesciendientes que somos con nuestro podio. A los retretes del estadio de la final copera –si volviera a llamarse «de España», y convalidada su diversidad no se tocara el himno, nos evitaríamos ese disloque pero nos va la marcha real– daba fatiga entrar, convertidos en afluentes del Manzanares desde el umbral de acceso, algo completamente razonable cuando sólo se han apoquinado cien euros por cabeza. Los invitados, menos. Por eso es lógico que el empitonado desde la grada sea el trencilla, que los organizadores se vayan de rositas con las botas puestas y que las asociaciones de consumidores, dado el papel al que han sido propulsadas, no cesen de consumirse.

Pero tampoco es que necesitemos de nadie a fin de montar el chiringuito. Ya saben que existen compatriotas que se presentan a las cinco de la mañana en el litoral para clavar la sombrilla y regresar al sobre hasta que dé la hora católica de bañarse. Lo mismo pasa con los espás. Hay quienes se cogen un chorro y se lo adjudican como si lo hubiesen adquirido en pública subasta. Tanto que echan mano de guiños para ceder la propiedad al acompañante y que el resto de paganos aspirantes al turno se mueran de asco. Si así se relajan, habrá que verlos atacados.

Pero para alcanzar un estatus de estas proporciones es conveniente echar los dientes en el proceso. Unos jóvenes afiliados a tardeos y demás movidas callejeras se desplazan a Vitoria a vivir unas jornadas de reflexión. Al acarrear el desplazamiento una paliza, ponderan el silencio que les permite descansar. En el lugar de residencia, no; pero de visita, que haya paz. También por eso lugares como el aludido encabezan el registro de calidad de vida, no solo por el trazado y la rehabilitación. Es por el conjunto y no por meterte sin consentimiento el chunda-chunda en casa. Pero es lo que en realidad nos distingue. No saber estar sin hipotecas.

El factor humano

Me paro a hablar en la playa con una vecina. Normalmente me la cruzo con su marido en temporada alta, que es cuando establecemos un diálogo surrealista que arranca con la pregunta de si tienen ya escriturada la parcela en la que plantan la sombrilla desde tiempo inmemorial. Esta vez lo que hace es pasear ataviada con una pamela súper acogedora bajo la que ha empezado a celebrar la llegada del cumple. Durante este ciclo reconfortante del que disfrutamos desde 2008 y que ciertos entendidos advierten que se vivificará el próximo año, la despidieron pero traumatizada no es que se la vea. «Aunque siempre lo realicé a gusto, tenía claro que era lo que sobraba en mi vida». Ahora, que tras tantos trienios puede permitírselo, invierte en ella. «Yo no hubiera tenido niños», proclama. «Nunca me han gustado; los míos y ya está. Además, ninguno de los dos anda ennoviado en estos momentos por lo que me ahorro nueras, que no es algo me motive precisamente. Al contrario que nosotros, ellos viven al día».

Qué me vas a contar, hija mía. Recuerdo al mío, adolescente perdido entonces, ver- me llegar fundido tras una de esas jornadas inverosímiles y soltar: «Yo no quiero vivir para trabajar, papá, sino trabajar lo imprescindible para disfrutar la vida». Sí, había que contenerse. Pero lo inaudito es que, treintañero total, está lográndolo.

El momentazo contribuye a que quienes emergen no puedan trazarse planes a medio ni largo plazo. Claro que, como digo, una parte significativa de esta hornada tampoco es que se lo planteara. Nosotros veníamos del agobio inoculado a fuego de alcanzar un puesto seguro cuanto antes y ellos, que no han crecido con ese síndrome, se enfrentan mucho mejor que lo haríamos nosotros a la precariedad porque, a pesar de la misma o precisamente por su hedor, no aguantan los abusos ni chiripa y cambian a otro corral antes de que cante el gallo. A muchos pensionistas hasta les angustia pensar qué será de sus vástagos cuando éstos se jubilen. Tranquilos. Dadas las obsesiones, intuyo que más felices.

En una nueva dimensión

Todo esto empezó a cristalizar diez años atrás y yo estaba en Nervión con Pablo al que su abuelo le inyectó sangre roja traída del Guadalquivir. Nunca se había vivido ni volverá a vivirse un prólogo con un ansia de esa magnitud por llevar al equipo a tocar algo, más allá de nuestras fronteras. Antonio Puerta tuvo que ser quien dejara a ese club centenario recién cumplido en las condiciones imprescindibles para empezar una nueva vida. La inició en mayo de 2006 en Eindhoven y en agosto invité al que tienen ahí al lado a ver en casa la Supercopa de Europa, un mundo perteneciente a una dimensión desconocida para los de mi cofradía. Junto a otros culés acudió a la cita en plan displicente como diciendo dónde van éstos hasta que el bloque eléctrico aquel dejó al Barça de los Ronaldinho, Messi, Eto ́o, Deco, Xavi con un tiro al portal de Palop en todo el primer tiempo antes de irse con tres chícharos encima que animó a los convidados a no saber qué decir. Pablo, los miles que sienten como él y como yo tampoco teníamos claro que el subidón quisiera decir nada más allá de lo sucedido y ni en sueños que ese resquicio que abrió Antonio con su gol al Schalke convirtieran a estos colores en los que más cumbres europeas han alcanzado en el presente siglo por delante de Barça, Bayern y no digamos ya del Madrid y, si sumamos a las nacionales las dos garantizadas para arrancar la próxima temporada, 16 finales en una década. No está mal para una afición que hasta dos días antes celebraba con fruición la consecución del Colombino. Empiezo a entender a los merengones cuando sueltan que se puede ser o del Madrid o envidioso. Por la de rivales que vas dejando en el camino, qué alegría reporta caer cada vez peor en este terreno. Ni que decir tiene que Emilio no vendrá en la presente ocasión a ver nada. Temerá encontrarme displicente.

El abanico de faenas

El pepé ha prohibido matar al Toro de la Vega y los del tripartito están a punto de colgar el No hay billetes en la Feria de San Juan. Sabíamos que lo lograrían.

Ya sea con la animalada de tradición asentada en Tordesillas o con la exhibición de esteladas en la final de la Copa del Rey, las huestes de Mariano poseen la virtud de conseguir a través del sesgo autoritario que les invade el efecto contrario. De momento tienen a los tordesillanos levantados en armas por el decreto que pretende acabar con la exhibición troglodita que zahiere los Campos de Castilla, pero lo único claro en este instante es que los mozos que se niegan a olvidarse del morlaco no sacarán a pesear estelada alguna.

El tripartito, supuestamente de izquierdas, alcanza al final el mismo efecto que sus contrincantes electorales gracias a la nulidad de mando acreditada. Si no recuerdo mal, vinieron a debutar en el cargo con la declaración de una de sus miembros, según la cual iban a acabar de plano con aquello de lo que hicieron bandera de entrada. Para pretender terminar con las corridas –se supone que de toros–, nunca en la vida se ha concitado mayor expectación que ante el cercano ciclo de Hogueras. José Tomás habrá puesto de su parte, pero anda que nuestra cuadrilla… Siempre he pensado que la mejor fórmula para finiquitar una materia controvertida es dejar que muera de muerte natural como ya ha ocurrido con la taurina en otros rincones patrios. Pero montar alrededor una fiesta tras otra obtiene un efecto similar al de las enseñas: que los fabricantes de las prohibidas se pongan las botas.

Bien es verdad que, con el paso del tiempo, el gobierno municipal no solo ha puesto sus ojos ahí. El cortinglés no es ninguna ganadería; el comercio tradicional, tampoco; la poli municipal también ha tenido que aguantar desplantes…En fin, que el abanico de faenas que se aprecia es variadísimo. De hecho Manzanares y los Rivera han descartado el quite del perdón. Han dicho: ¿Pero dónde vamos nosotros con los profesionales que lo ejecutan aquí?

Tiempo de valientes

Sigo la travesía actual de Buenafuente de aquella manera. Pero la emisión de este capítulo la aguardé con impaciencia.

Con «sólo un día no vamos a reir», el payaso de la imaginación dio paso al improvisado estudio en Lesbos adonde se había desplazado para alentar a los especímenes solidarios allí establecidos, acompañado de ese trovador del mar que nos une y que hemos convertido en escarnio, llamado Serrat. El profesional del salvamento sobre el que nuclea el reportaje pegó en septiembre un respingo en el sofá, se ofreció a las administraciones y nadie le echó cuenta. Los que nos representan son quienes aún no han contestado a los mensajes de situación que continúa transmitiéndole la embajada de voluntarios. El expedicionario que abrió el programa de Andreu se llama Óscar Camps, no confundir con Paco, tan solícito siempre con los accidentados. Debe ser como respuesta al arraigado pasotismo de las autoridades nativas por lo que este país nuestro es el que más cooperantes proporciona a la crisis humanitaria. Algo así como cuando Benedicto XVI cayó por Valencia y Cotino salió al encuentro, pero al revés. Por alguna vía es preciso respirar. Pero sobre el terreno hay que echarle bemoles. El día de septiembre que llegaron estos valientes se cargaron móviles y lo que llevaban encima porque tuvieron que arrojarse al mar nada más avistar el panorama. Ya por la carretera se cruzaron con un regimiento de caminantes empapados sin que nadie hiciera nada por ellos. Hasta 8.000 personas han alcanzado la orilla muchos días. Un mes después se produjo un naufragio descomunal que dejó a Óscar paralizado los cinco segundos que podía permitirse antes de decidir por dónde empezar. Siria es el tablero de ajedrez en el que está metido hasta 007 y así anda, claro, con Europa por ahí cubriéndose de gloria. No había más que ver los rostros severos del auditorio solidario mientras El Nano lo llevaba de Algeciras a Estambul. Una forma sencilla y estimulante de rasgar la guitarra contra los que han perdido por completo la sintonía.

Esos destellos de dialéctica

El 15M concitó el hastío y malestar de la plebe y de ahí que recogiera simpatía de todos los colores. Un lustro después, la mayor visibilidad con diferencia de aquel impulso acampado en la Puerta del Sol reside tan cerca y tan lejos de allí, investido en unas decenas de escaños que conviven con los frescos de la Cámara Baja. Su pastor y el cogollito de oficiantes se ha esfumado de la calle y se ha quedado mediopensionista en un rosario de platós, por lo que el abuso ha conseguido transformar su dialéctica en algo viejuna precipitadamente. Pablo Iglesias se ha hecho carne en todas las posturas y se ha dejado ver frente o junto a cualquiera. Deben faltarle muy pocos para completar el álbum. Uno debía ser éste con el que me pasan el vídeo de la sentada que realizó hace poco en el hall del castizo cine Doré. Su interlocutar deja la tarjeta de visita: «En este periodo, donde cada vez hay más gente ha- blando, tengo dudas de que haya más gente escuchando». Pero es con el siguiente ¡zasca! con el que al mesías de Podemos no le queda más que esconder la mirada a pesar de haber investido de cordial el encuentro como suele hacer con la mayoría de los pasajes bíblicos que protagoniza. Tras sus desprecios al desempeño de la transición, el acompañante enmarca la procedencia de ambos en la misma época y espeta: «Cuidado con criticar lo anterior antes de que nosotros hagamos no ya algo grande, sino digno de mención. Basta de criticar lo que hicieron nuestros padres hasta que no hagamos algo por lo menos criticable por nuestros hijos». Enseguida habrán percibido que quien replica al que quiere convertirse en gallito de la izquierdona no es ninguno de los dirigen- tes visibles de la competencia, puesto que la inmensa mayoría absoluta son papagayos, entre los que sobresale Susana Díaz dado que su plumaje aún pesa un quintal. No, es alguien al que sus correligionarios tildan de falto de ambición, y es posible que así sea, pero que se come con patatas fritas al ínclito y no es otro que Eduardo Madina. En fin, lo que le faltaba al guapo.

Con los ojos en el entramado

Como todo, Los intocables llegó a España con retraso. Un año después de que sus 118 episodios se pasaran en Estados Unidos y en otras latitudes atravesó esta unidad de destino en lo universal. Mi padre no se perdió uno y, amparándose en los dos rombos supongo, me puso muy difícil el acceso a alguno de ellos. En un primer momento pensé que detrás de su apetito se escondía únicamente la fascinación por una de las primeras series estrenadas pero, con el paso del tiempo y al ver cómo las aventuras de Bonnie and Clyde le tiraban igualmente, empecé a convencerme de que algo más subyacía en su interior: en concreto los 44 años de empleado de banca que se chuparía. Él siempre fue muy agradecido porque, otra cosa no, pero agradecidos sí que éramos a pesar de que se jubilara con un brochecito para la solapa y sin vista apenas. No obstante, ser bancario representaba un seguro de vida si te portabas y él se portó, aunque su debilidad por los tiros y los atracos bien perpetrados en la ficción quizá delataban un ansia reprimida como Dios manda, en unos tiempos en los que acudir al psicólogo o echar mano de un coaching para que te lo interpretara no entraba en los cálculos. La vida, con esas cosas que tiene, quiso sin embargo que la última peli a la que lo llevé en recuerdo a su pasión fuera la versión de Brian de Palma y guión de David Mamet con Kevin Costner, Sean Connery, Andy García y Robert de Niro poniéndole glamour a los agentes federales, a la mafia y a la ley seca del Chicago, años 30. El pedazo de hombre que fue no vivió lo suficiente para asistir al desmoranamiento de buena parte del entramado financiero del que él jamás salió desde su mesa en el servicio de Cartera y, por tanto, me he quedado sin saber si se le habría escapado una sonrisilla por la comisura al igual que cuando Eliot Ness se acercaba a su presa. Por todo esto me hirió que un portavoz del pesoe comparara el tercer grado de Carlos Fabra con las vicisitudes de Al Capone. Por favor, un respeto a la épica de los que iban a pecho descubierto.

Desfile de intérpretes

Buena parte de los llamados consejeros andan camino del banquillo, uniéndose de ese modo al de los próceres principales que ya pasaron y seguirán pasando por él. Sobre sus hombros se amontonan señalamientos proclamando que contribuyeron por activa y por pasiva al aniquilamiento de una entidad financiera que a principios de siglo rebosaba salud. Está por ver cuál será el destino de cada uno pero, por muy firmes que se muestren los tribunales, siempre será mejor que el de la caja de ahorros que a todo un territorio inoculado por su germen se le murió de sopetón. Los encartados vivirán sin vivir en ellos, ¿no? Bueno, este aspecto sí es difícil de precisar. Existe constancia de que uno de los popes centrales de este drama disfruta de los conciertos que tiene a mano. Se le ha visto deleitándose con Mozart, Mahler, Brahms… y, aunque falta por saber si está impuesto en la materia, eso nunca le ha arredrado para hacer como que movía la batuta de la orquesta. Otros juegan tan ricamente al tenis, al golf o pasean por la playa y, si advierten que viene de frente alguien poco apetecible, cambian al ritmo de los 800 metros con la gorra hasta las cejas. Algún que otro ha llegado a infiltrarse en reuniones de oenegés intentando, eso sí, disimular la procedencia concreta. Los autores intelectuales presentan síntomas de estar convencidos de que hicieron lo que debían. Si el presidente de la nación proclamó por aquel entonces que la economía española era de Champions, ¿por qué iban a tener que saber ellos más y arrederarse ante atractivas operaciones de riesgo? Sí que sabían más y barruntaban lo que se avecinaba, pero eso no les frenó a meterse en el jaleo con el que no pocos del gremio y alrededores andaba trajinando. Es posible que se dijeran que no querían ser los más tontos. Que si las burbujas no tienen techo, tampoco estaban dispuestos a quedarse sin tanto suelo suculento. Y ahí es donde han ido a parar: al subsuelo social, sin que ni la mejor de las filarmónicas sea capaz de afinar la manera en que han dado la nota.

Guiones cruzados

Por más que nos duela, reconozcamos que los franceses son únicos para lo suyo. Pese a consumir su cine como si fueran pipas, una reciente analítica no ha detectado nada de qué preocuparme. Reconcilia con el género humano que se sientan orgullosos de ese filón. Buena parte de cintas concitan un refrendo a prueba de bombas, entre las que se encuentra la última que he visto y que al día siguiente costaba recordarla. No pocas de ellas son historias intrascendentes en las que apenas se esbozan los trances, pero que durante hora y media distraen porque tocan situaciones que suelen quedar próximas. Aquí, para reconocer a algún creador, tiene que ser un hacha, caer bien, no posicionarse ideológicamente y haber derrotado a Napoleón porque tampoco garantiza la valía ganar un oscar ni dos.

Ahora, el no va más gálico viene cuando esos guiones que solo pueden germinar en sus mentes se trasladan a la actualidad política. Ahí sí ya que el deleite no tiene parangón y, después de tantos casos de vidas cruzadas entre personajes estelares del melodrama republicano como se le pueden estar viniendo a la mente, ha vuelto a ocurrir. El hombre de moda s ́appelle Enmamuel Macron, 38 añitos, ministro de Finanzas, exbanquero, algo más que inquieto, activista a día de hoy y que, encabezando la corriente ganas de cambio en la gente, se antoja futuro gran rival de Manuel Valls que, si no me equivoco, fue quien lo aupó. Pero lo que tiene fascinado al electorado femenino es la semblaza amorosa que lo envuelve. A los 29 se casó con la que fuera su profe de Arte Dramático, que se enrrolló cuando aquél tenía 16 por lo que hubiese podido ir a la cárcel. A estas alturas los críos con los que pasa el fin de semana el reputado De Guindos gabacho son los nietos de de Madame Ma- cron, quien lo acompaña a reuniones y va sin sueldo a su despacho porque aseguran que es un placer frotarse el cerebro juntos. La película es total, pero en cambio a la socialdemocracia no le va precisamente de cine por tanto como anda frotándose.