La ciudad sin horizonte

Una de las creencias extendidas es que Alicante ha tenido mala suerte con los alcaldes. Bien, pues, para ratificar la teoría, nada mejor que la opinión expresada esta misma semana por alguien que ocupó el sillón acerca del manejo municipal con el que la urbe se deleita hoy: «En ese aspecto ya sé que, cuando abra el periódico, lo que voy a encontrarme es una nueva trifulca entre quienes la responsabilidad que tienen es la de gestionar». Si a esa inercia se añade que se ha corroborado que, dentro de lo que sería la oposición, Cifuentes no es más que un oscuro ente, el panorama no puede ser más radiante.

Quien así se manifiesta sobre los sucesores,descolgaba con frecuencia el teléfono durante su mandato para poner el grito en el cielo porque el redactor municipal del diario se enterase antes que él de lo que ocurría en las entrañas del Consistorio. Hace nada, con motivo de las escenas de tensión vividas en el Puerto a cuento de los graneles, uno de los periodistas con mayor visión de la jugada y más pedigrí de la casa, F. J. Benito, desnudaba al grupo municipal socialista al exponer que si el alcalde hubiera puesto tanto interés en intentar solucionar el conflicto de marras como el que puso en que la Autoridad Portuaria accediera a ceder suelo para celebrar una movida musical organizada por el compa Lalo Díez, hoy casualmente su jefe de gabinete, otro gallo cantaría.Sí,tras un periplo de algo más un año, de lo único que nadie puede quejarse es de que el corral no ande sobrado de gallos. Cualquier paseante con dos dedos de frente, sin intereses particulares y partidario de los veladores, lo que ve es que por Castaños ni se puede pasar. Carentes de proyectos, si un asunto que con sentido común se endereza sigue estando en carne viva, ¿qué van a ser capaces de desmadejar? Ikea, por ejemplo, prevé una inversión de 1.400 millones para abrir 25 grandes superficies en la India y el crecimiento más llamativo lo registra en China, junto a la expansión en Polonia, Canadá y Australia. Y todo lo que quieran, pero con Alicante no pueden.

En medio del laberinto

Voy a ver Suburra. Es una historia de poder y mafia, valga la redundancia. Un proyecto inmobiliario gigantesco, que inundará de cemento la periferia, sirve de trasfondo para entrelazar la historia de un senador dominado por sus perdiciones íntimas y por sus mentiras y el submundo del hampa cercando al constructor que no es más que un matón sin escrúpulos ni cerebro. Aunque intuyo en qué estarán pensando, la ciudad en la que se sitúa es Roma. El clima que traslada es descomunal, tanto que el thriller no se ha basado en un hecho real sino que está compuesto por un mezclote de casos que han venido produciéndose ahí al lado. Miedo da.

Arranca el 5 de noviembre de 2011 por los pasillos del Vaticano durante la fase en que Benedicto XVI muestra su intención de renunciar al papado. Se extiende a lo largo de siete días hasta abocar en el inevitable apocalipsis. A la escabechina en los portales y la pesca de cadáveres en el Tíber le sigue la dimisión en la presidencia de la República. La consiguiente disolución de la cámara hace saltar por los aires, tras una maquiavélica compraventa de votos en el parlamento, la aprobación de la ansiada recalificación con el consiguiente decoloque de los escaños corruptos. A un baile como éste no es ajeno el ariete de la curia que, al tiempo que participa de los apaños del mediador de las bandas rivales,está pendiente de las cavilaciones del Sumo Pontífice. Así que en cuanto a tutela espiritual, ya me contarán.

En Italia, escritores y cineastas han vencido el miedo a retratar la atmósfera irrespirable de la democracia black. Dada la reacción contenida siendo finos profesada por aquí, aún se halla por destripar si nos encontramos en el final de una marea de desahogados o al inicio de otra Sodoma y Gomorra. Bajando por las escaleras mecánicas sube un político que va a la siguiente sesión. Dispone de mucha información, es de esos por el que una gran mayoría pondría la mano en el fuego y estoy por gritarle cuidado. No vaya a ser que, en medio del laberinto, se lo lleven por delante.

Bonig, todo un torrente

La sindica popular ha exclamado «¡Vergonya!» en las Corts y ha acusado al presidente del Consell de buscar la catalanización de la Comunitat Valenciana lo que, a su parecer, queda patente en el decreto de plurilingüismo y en la visita de Puigdemont. Veinticuatro horas antes oigo a la misma que viste y calza advertir que la izquierda hace chantaje a las familias al vincular la consecución del título B1 en inglés a escoger el nivel avanzado que tiene más horas en valenciano en detrimento del castellano. La acusadora se muestra indignada, habla de imposición e insiste en que se persigue darle a esto la impronta catalana: «Toda la política informativa del Consell es un rodillo con ese fin. Ya dijo el señor Marzà que la iniciativa no es el demonio con patas, sino el modelo educativo. Modelo de Cataluña que él, Puig y Oltra quieren imponer en nuestra Comunitat».

Resulta imposible no oír a Bonig. Qué timbre. Cada vez que interviene desde su bancada, imagino lo que debe suponer para el miembro más próximo del Consell verse venir ese torrente. El afortunado no es otro que Manuel Alcaraz, sujeto que, a pesar de que ahora pare por Compromis, es conocedor respecto a la controversia de que la Vega Baja y paralelos análogos existen por estas latitudes y sí, aunque siempre ha sido de izquierdas, no está sordo.

Por si se diera el caso de que Isabel también escucha, quería comentarle que mi hija nació en Valencia, hizo Traducción e Interpretación de alemán en la uni de Alicante, Educación Infantil en una madrileña, dio cerca de tres años clases a críos en Edimburgo y acaban de escogerla en un colegio concertado de Barcelona regentado por monjas, con un sistema pedagógico innovador que lo flipas, para dar inglés a chavalines gracias al curriculum con el mitjà que obtuvo aquí incluído. Como valenciana, ¿es una traidora? ¿Debería darle vergüenza y renunciar a la ilusión de su vida porque le hayan homologado en Cataluña el título de la vernácula que se sacó en su tierra? ¿Ven como lo natural es que Bonig chille? No va a perseguir convencer.

Qué gusto verse marciano

He pasado los tres últimos días fuera de contexto. Viaje de placer; zumbillida en mercado de antigüedades; un par de conciertos a cual más emotivo junto a gente querida y entrañable; incursión gastronómica paladeando sabores que los árabes nos inocularon en el siglo X… y, de regreso por la carretera, me doy cuenta de sopetón que, sin proponérmelo en absoluto, no sé nada desde hace 72 horas, pero nada, de lo que se traen entre manos los barandas habituales con sus juegos de palabras, los interminables dimes y diretes a los que someten al respetable y que me encuentro infinitamente más relajado y en forma

que cuando zarpé. Ya sé que un tipo desinformado es manipulable por naturaleza, nadie me tiene que convencer porque llevo cerca de cincuenta años levantándome lector a mucha honra y unos poquitos menos aportando un granito al oficio de contar lo que ocurre, dado que he sido incapaz de dedicarme a uno como Dios manda. El caso, ya digo, es que miré por el retrovisor y me provocó una enorme dicha sentirme fuera de órbita, en un planeta desconocido, marciano perdido por una vez y sin que sirva de precedente.

¿Qué estamos haciendo para que a un devorador, un vicioso de la actualidad le dé gustirrinín notarse marciano? Pues, una vez atrás la hoja de ruta placentera fijada en el calendario, lo que ya he alcanzado a degustar. Caer del guindo y volver a toparse con que quienes tienen en sus manos administrar el destino común no saben ni adónde van. Uno, un desahogado que se cree por encima del bien y el mal; otro, investido para dar la réplica a aquél, más plano que Castellón y tieso como la mojama…y, de colofón, los que vinieron a remover el estigma que, al ritmo que se han marcado, capaces son de consagrar a los prendas.

Como la mayoría de ustedes sabe, sobre estas alturas del año a punto de abrazar el otoño, el día viene a ser igual que la noche. Y, sin embargo, quién lo diría.

En busca del guión perdido

Desde la cama, dormido, le doy a la radio y la primera frase que oigo es que a las nueve abren los colegios para votar. El corazón da un vuelco, cuesta situarse y lo que me pregunto sobre el colchón es que si ahora vamos a hacerlo diariamente. Votar, claro. Enseguida me percato de que se trata de la consulta sobre la jornada continua y suspiro aliviado gracias a que hace siglos que nos independizamos de los nanos. Pero, a pesar de respirar hondo, no puedo evitar la mezcla y, mientras me hago el remolón, se me viene a la cabeza una reflexión de la ingeniera agrónoma y directora de obra de Acuamed, en vísperas de inaugurarse la campaña electoral de cuya resolución aún no tienen la menor idea ni los que la protagonizaron, con la que relataba su peripecia en una empresa pública encartada –qué raro– por adjudicaciones harto flamencas: «Me echaron por no ser corrupta», sentenciaba la pobre dado que su trabajo consistía en controlar la obra económicamente. Debe haber encomendamientos más sencillos dentro del panorama laboral patrio. El caso es que, mientras me incorporo, concluyo de esa guisa que no por votar amanece más temprano. El virus de esta enfermedad que subvierte el sentido mismo de la papeleta, al haber quedado patente tantas veces que los resultados castigan de aquella manera a los vivales, se ha inoculado de tal modo que, como es biensabido, la Audiencia Nacional tiene embargadas las cuentas bancarias hasta de la productora de Cuéntame por andar implicada en una presunta trama de evasión fiscal. Qué más queremos: defraudadores, mangantes, aprovechaos, tunantes, tránsfugas, consentidores… Ya que nos hemos acostumbrado a transitar en el impasse, tendríamos que calentarnos el coco, patrocinar un Gobierno en funciones, uno sin estigma, impedir que se convoquen elecciones hasta que hagamos de nuevo la mili, componer un jurado popular que no deje pasar una y empezar una serie que haya por dónde cogerla. Y mira que hay, pero de éstas no tenemos quién la produzca.

Que parezca un accidente

Acababa de convertirse en la avanzadilla del partido en censurar el asalto de Soria al Banco Mundial diciendo que le producía «vergüenza ajena» y, cuando se puso freno a la intentona, advirtió que «el daño estaba hecho» y que «rectificar es de sabios». Rosa Valdeón, por entonces vicepresidenta de la Junta de Castilla León y sucesora in pectore del namber guán, partió a las cinco de la mañana para dejar a las criaturas en Barajas. Se sabía que llevaba una temporada con problemas personales, por lo que tomaba ansiolíticos. La noche anterior durmió ná y menos. No regresó de inmediato por la autovía del Noroeste sino que aguardó a la tarde, se detuvo a ingerir un mini bocadillo con un par de cervecitas y, atravesando la provincia de Ávila, sucedió lo sabido: rozó lateralemente con un camión; éste realizó una maniobra y paró en el arcén; dio las luces; ella pensó que era porque llevaba las largas pero, como sorprendentemente no sintió golpe alguno, continuó hasta que cerca de casa fue detenida por la denuncia del camionero que le tomó la matrícula y, al dar positivo, Valdeón ya no es vice tras truncarse de manera brusca el carrerón que llevaba. Teniendo en cuenta que el 99,99 por ciento de los cargos del partido no critica ni a dios por mucha grima que le dé lo que sucede a su alrededor, ¿se sabe quién es el transportista? ¿Alguien conoce si es la primera vez que cogía esa ruta? Y dado que Martínez Maillo, vicesecretario de organización, número tres del organigrama, es paisano y enemigo íntimo de la accidentada con lo que de vacío no se irá, ¿se ha comprobado la carga que portaba en la parte cubierta del vehículo quien puso alerta a la Guardia Civil? ¿No habría algún detective conectado a ordenadores de última generación sustitutos de aquellos destrozados en Génova? A los mandones orgánicos zamoranos, que ni chistaron con Soria, les ha faltado tiempo para señalar que no se entiende que Valdeón mantenga otros cargos. Y aunque nada se sabe de la identidad del denunciante, apuesto lo que quieran a que tiene el carné.

Navegar en tiempo muerto

Existe amplio consenso –menos mal– en que, al permanecer en funciones, el presi se halla en su estado ideal. Lo que está por catar es cómo lo lleva el jefe del Estado quien, durante los cien primeros días de la legislatura fallida, se encontró con que su agenda menguó a la mitad en comparación con el periodo anterior. En cuanto a proyección internacional el hombre anda frito. Con los preparativos en marcha, la Casa Real hubo de suspender los viajes a Japón, Arabia Saudí, Corea del Sur y el monarca tampoco pudo ir a la firma del acuerdo sobre el clima en Nueva York al coincidir con el 26N. Durante estos nueve meses, Felipe VI solo ha podido acercarse a Portugal y, con tal de hacer acto de presencia en el Congreso Internacional de la Lengua Española en Puerto Rico, se ausentó 30 horas escasas. No saber qué hacer debe ser un sinvivir y, dadas las perspectivas, los encargados están intentando cuadrar el segundero a fin de que el inquilino pueda salir de Zarzuela con idea de acercarse a la ONU para la cita sobre el Desarrollo Sostenible pese a coincidir con vascas y gallegas y, en el caso de que nos caiga otro debate de investidura a finales de octubre, volar a la Cumbre Iberoamericana en Cartagena de Indias, aunque tenga que estar de vuelta el 31 para firmar la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones. Cartagena, pero cartaginesa y romana, se ha sumergido otra vez en el género negro propinándole un buen meneo a la novela policiaca y de misterio. Una de las consideraciones de los expertos ha sido que de vez en cuando «se produce una realidad inverosímil que no sería creíble en la ficción». Los sabuesos van tras la pista de un crucero secreto de la Familia Real por la costa dálmata. Es que teniendo a la pareja harta de veranear en el mismo sitio y debiendo administrar tanto tiempo muerto, el riesgo se multiplica. La advertencia viene por la red con un mensaje inserto en la cara del caudillo: «¿No queríais votar? Os vais a hartar». Con la impresión que llevamos a cuestas, cualquiera sabe quién saldrá vivo de ésta.

La mano que mece la cuna

Diego es un músico argentino que vive desde hace seis meses en Barcelona. Pasó tres años en Canadá hasta que la motoniveladora y la puta nieve, tan cautivadora de arranque, lo arrastraron a buscarse destinos más cálidos. Hará quince días emprendió un descenso plácido tendente a descubrir el Mediterráneo y, aunque la primera parada en el Delta del Ebro lo dejó con la boca abierta, estuvo en un tris de quedarse en él si no llega a ser porque, no la maldita motoniveladora, y sí el proverbial todoterreno lo rescata de la arena donde el utilitario quedó varado. Aquello le hizo salir despavorido y alejarse conduciendo de noche más de lo previsto. Bordeando la costa se encontró con rincones guapos, pero Jávea y alrededores fue lo que realmente le resultó fascinante. Claro que lo resulta y descrito por un porteño mucho más, porque el descubrimiento toma trazas de relato épico. Qué cantidad de léxico, cuánto epíteto, qué manera de vivir la experiencia y de transmitirlo. Bárbaro es poco. Tras el canallesco incendio que han transformado parte del corazón del vergel en una infamia he preferido abstenerme de contactar con él para no convertir la recreación del drama en un episodio insufrible. Pero, aún sin el verbo apasionado de Diego que conlleva el torrente propio del bonaerense al uso, lo es. Vicent Andrés Estellés lloraría el silencio; el paraíso escondido de Ramón Llido se vence ante el tremendo horror prendido en llamas y estoy seguro de que Ramón Pelegero, nostre Raimon, habrá entonado alguna rima consonante del Cant espiritual de Ausiàs March en desagravio por el lugar en el que tantas veces se refugió para tomar distancia de otros fuegos. Es la mano del hombre que a veces mece la cuna del diablo. ¿Qué pensarán la Nao, la Granadella, la punta del Arenal cuando vuelvan la vista y, desde sus miradores, contemplen la grandiosidad del monte quebrada por el aire plomizo de la humareda? Lo mismo que cualquier bien nacido ante un sinsentido de naturaleza perversa: que a esto no hay derecho.

No es país para cabriolas, ¿o sí?

Entro en un bar con una ensaladilla de vicio y han dejado el debate de investidura a todo volumen. El dueño se la juega. Nadie mira el aparato, salvo uno que debe ser espía del ministro del Interior. Aún retumban en los oídos la zurra aquella: «Con ustedes se ha politizado la justicia; hay cestos de manzanas podridas e incluso lingotes en algunas sedes… Si España tiene que impulsar un pacto contra la corrupción no es creíble que lo encabece Rajoy. Como dice la Guardia Civil, ustedes tienen bandas organizadas. ¿Por qué tengo que pensar que al que le da pereza ser presidente va a tener valentía para reformar nada? Señor Rajoy, usted no es creíble para liderar esta nueva etapa. Pido al pepé que sea valiente para limpiar y cortar por lo sano». El que crucifica de modo inmisericorde no es el demonio de Pablo Iglesias ni su amigüito de Ferraz. Quien propina la dentellada a Míster en funciones es Rivera, sólo que el 2 de marzo en la desinvestidura del anterior pretendiente. Cuesta atizar a alguien que no para de moverse para dar salida por el lado que sea al atasco y la cabriola de Albert es posible que sea valorada en Alemania, Dinamarca, hasta en Portugal según los últimos acontecimientos y no digamos ya en Borgen, pero el puntal emergente quizá no haya reparado en que esto no es asín sino asá. Lo soltó a las tantas el cineasta José Luis Cuerda: «Se han reído de nosotros cuatro años; es un partido que está encausado, ¡coño!». Cineastas, creadores y gentes de malvivir andan atacados pero la res- puesta es «se sienten » puesto que, gracias entre otras cuestiones al viraje por responsabilidad de Estado hacia quien no era creíble para liderar la nueva etapa, ahora Sánchez ha matado a Manolete. La propaganda que despliega la artillería de Génova es indefectible y ya puedes decir misa que hasta los tuyos te miran con mayor reserva aún. De ese modo, sin levantar la vista siquiera, un parroquiano echa un trago y pregunta nada más acabar la retransmisión: «¿Irás a votar en las terceras?». «No; ya me espero a las siguientes».