Una persona de orden, estrato social altito y sensibilidad a raudales fue de la primera que recibí un mensaje con lo acontecido en Cuba señalando que «era lo que era, ¡pero la música..! y adhería la voz de Carlos Puebla: «Aquí pensaban seguir/ ganando el ciento por ciento/con casas de apartamentos/y echar el pueblo a sufrir. Y seguir de modo cruel/contra el pueblo conspirando/para seguir explotando… En eso llegó Fidel y se acabó la diversión». A su leyenda han contruibido partidarios y detractores con generosidad extrema. Las apuestas coinciden en que los principales enemigos planearon acabar con él en más de 600 intentonas y cada vez que se propagaba un rumor exitoso, en lugar de comunicado, un doble aparecía por la calle. Ahora, que ya parece haber muerto, lo que está contrastado es que, de los autores de obituarios en las principales cabeceras estadounidenses –el Times neoyorkino, el de Los Ángeles y el Washington Post, donde forman un género que se prepara con antelación–, dos se fueron de este mundo y, el tercero, donde no está es en el diario. Quien sí vive en el pueblo lucense de Láncara es la prima de los Castro y, aunque ya sin Fraga al timón, acudió al homenaje tributado junto a la casa natal del padre de los mandatarios caribeños. Teniendo en cuenta que Manuela rebasa los 103 tacos, hay que preguntarse de qué material estará hecho el linaje. Puede que, debido a ello, los Stones se sintiesen solidarios y se les metiera entre ceja y ceja ofrecer un concierto gratuito en la isla. Tocando por el sur intentaban derribar los muros burocráticos para la visita. Mientras los cubanitos permanecían ajenos, las barras bravas de Keith Richards lograron en La Plata que éste se conmoviese al cantar Slipping away. Tras vencer multitud de obstáculos, Obama fue de telonero de lujo y bendijo a la banda. Llegado el día, nada que ver con el delirio argentino, seguramente porque cuesta soltarse de sopetón a movidas así. A pesar de todo, se alcanzó el clímax antes de saber qué sonará en adelante. Gracias a Trump, igual sigue dando guerra Fidel.
Mes: noviembre 2016
El temor a no contarlo bien
Con indecoroso retraso e igual deleite he visto «Las viudas de Pepe Rubianes», realizado por Huerga. A la recapitulación de episodios protagonizados por el cómico galaico/catalán asisten un par de las que compartieron techo con él y otros que, sin llegar a tanto, se consideran viudas como Serrat y el Tricicle Joan Gràcia, entre otros. Viéndolo actuar en las entrevistas, convertidas con su presencia en género de fabulación, cualquiera diría que todo le importaba una higa, salvo vivir lo mejor posible. Sin embargo la primera de sus parejas, que no dejó de estar cuando la cosa se puso malita, confesó que el tramo final de su existencia, aquél en el que los ultras se plantaron frente al teatro para impedir que representara a Lorca, lo pasó mal: «Hubo un momento en que tuvo que dejar de escuchar a Losantos porque le hacía daño». De poco le valió refrendar que la España a la que señaló es a la que se cargó al poeta porque lo único que consiguió fue que los dóberman de pura raza se le lanzaran directamente a la yugular.
Este oficio de contar lo que ocurre es un arma que se las trae, potente y sensible para quien la tiene entre manos. No hace falta incidir en que, como en cualquier otro, hay quienes lo ejercen de modo deshonesto. Por mucho estropicio que causen a la crediblidad, que la causan, han dejado de quitarme tiempo porque es perderlo. Los que sí me preocupan son los vocacionales, esos periodistas honestos, que los hay, y los que andan incorporándose porque hoy se hallan rodeados. Las condiciones en las que se destripan asuntos de enjundia son morrocotudas. Se escribe para ¡ya! y se suelta en un saco común al que van a parar registros –también llamados exhabruptos– de plebe sin filtro y ociosa del copón. Al mismo tiempo, las empresas prescinden de la gente con mayor perspectiva. Por eso da miedo que haya quienes diseccionen lo que ocurre y no reflexionen ni se tienten la ropa ante la posibilidad de haberlo hecho sin el recomendable rigor antes de trasladarlo. Y ahí sí que nasti, que nos muerden y con razón.
La llamada misteriosa
Escucho el espacio en el que los oyentes cuentan sus peripecias a Carlos Herrera, alrededor en esta ocasión de esos «partos en lugares inverosímiles». El popular conductor da paso a una intervención a los acordes de «¡Antonio, buenos días!», a lo que el espontáneo interlocutor repone: «Hola, Carlos, buenos días». «¿Qué tal, hombre, qué tal?». «Pues, bien gracias a Dios. Por cierto, eres un crack pero no te dejes atrás tu equipo». Fue acudir esa voz a mis oídos, con un acento tan personalísimo, suelta de halagos incluída, y, sin haberse situado aún la llamada, me dije: «¡Pero si este es Alperi!»
Seguí el testimonio sin pestañear y, tras narrar cómo su mujer rompe aguas del tercero a finales de los setenta en plena madrugada, menciona que deja a los mayores con una vecina del inmueble donde vivían en el centro de…¡Alicante! ¡Ay, Madre del Amor Divino! Pero si es un compuesto de Luis y Bernardo, ¿cómo que Antonio? Cuando detalla que, al sentarse en el coche su mujer le dice «¡No puedo, no puedo, ya está aquí!», pongo definitivamente la mano en el fuego porque, salvo que me haya vuelto tarumba, el deje delata a quien estaba a punto de ser presi de la Dipu por esa época y alcalde más tarde de la ciudad en cuestión la tira de años, con mucho material detrás, incluído el del relato que es para no perdérselo.
Resulta que, mientras ayuda a entrar a su mujer en el utilitario, unos mozos se acercan creyendo que la agredía y, al decirles lo que pasaba, quedaron cual estatuas de sal. Con la parturienta de pie, mete la mano el padre, la niña sale disparada con la suerte de que da contra ropa interior y no cae de cabeza sino rodando; el padre la coge, se le resbala…¡debajo de otro coche!, de donde logra envolverla en una manta y, desde la recepción de un hotel cercano, vuelve a telefonear al ginecólogo quien, creyendo ser víctima de la impaciencia, le contesta: «Bueno, Luis, que ya voy».
La última que trajo con sus manos al mundo… de la política sale a él. Menudas grabaciones deja para la historia la criatura.
Las vueltas que da la vida
Con el régimen del Pardo en los estertores, mi amiga Pilar, que hacía pinitos en Radio Peninsular, me pidió que hablase con mi jefe para ver si podía venir al diario en el que yo era el último mono porque lo que le pedía el cuerpo a gritos era escribir. Transmití sus deseos y, cuando por toda respuesta esperaba que se me confiara la pena por la imposibilidad de poder acometer en momentos tan delicados -para eso siempre lo son- incremento alguno de gasto, aquel hombre, premio literario de postín, se esmeró bien: «Las mujeres, en la cocina». Pensando en que Pilar los tenía y los sigue teniendo cuadrados, salí rumiando ¿y ahora cómo le traslado yo esto? Salvo honrosas excepciones en contados medios, el destino de la mujer que lograba meterla cabeza en una redacción por aquellas calendas era inevitablemente la sección de moda. En las cenitas que nos pegábamos de cuando en cuando, alguna que otra del grupo que observaba el fenómeno desde fuera no cesaba de insistir: «¿Y por qué no pueden hacer economía?». Aunque como es sabido la cosa aún se resiste cuando de alcanzar ciertas responsabilidades se trata, el panorama ha ido cambiando poco a poco y llegó un día en el que los cocineros más reconocidos empezaron a ser varones y en el que, entre las mejores firmas que se encuentran en cualquier cabecera, están las de ellas. Pilar, Pilar del Río acaba de recibir el premio Luso-Español de Arte y Cultura por su dedicación al fomento de la lectura. En los 90, tras un encuentro multitudinario y sublime en el Aula propiciado por Carlos Mateo –quién si no– a través de la Obra Social que Dios tenga en su gloria aunque no haya conciencia de la dimensión de la pérdida, Saramago, Haro Tecglen, Concha Barral y Pilar debatieron en petit comité sobre el animal filosófico que es el hombre, la muerte, Jesucristo, las desigualdades, el retraso secular de la Iglesia, el cambio en el concepto de utopía y la necesidad de reactivar el espíritu crítico, pero nada de fregoteo ni de moda. Y mira que, sinceramente, me lo temía.
Paisaje después de las batallas
Una de las ventajas de esta profesión es la de gente que conoces, la diversidad de plebe a la que tienes acceso y lo que una parte nada despreciable de ella te aporta. Al poco de empezar con las columnas llamémosles de opinión, me encontré a un empresario que, antes de dar los buenos días, tuvo a bien decirme: «Lo que no me habré reído contigo esta mañana». Lógicamente, ese día no había escrito. Si después de un regalo así eres incapaz de situarte para los restos por muy difícil que resulte no pecar de vanidad en esta suerte, es que eres más imbécil aún de lo establecido.
La primera vez que me eché a la cara a Fraga a solas fue durante la campaña de las generales del 82 y tuvo lugar al amanecer, junto a la terraza de la planta 33 de un hotel. Lo más trascendente sin duda de aquel encuentro es que aquí estoy. En el polo opuesto se sitúa la entrevista que le hice a mediados de los setenta al cantautor argentino, Facundo Cabral. Aunque el redactor jefe no tenía ni pajolera idea de quién era, invertí cinco horas y volví de chiripa porque, tras babear, estuve a punto de irme a su lado a dar la vuelta al mundo emprendida a los 14 años cuando en su casa, inundada de churumbeles, le dieron 40 pesos para que ahuecase y se buscara la vida mientras aquí nos habían martirizado con alcanzar la seguridad a través de oposiciones, por lo que la fascinación al escuchar todo aquello te dejaba turulato.
Mucho más recientemente tuve la oportunidad de confraternizar con la bailarina
y coreógrafa, Premio Nacional de Danza, Sol Picó. El magnetismo que me sedujo de ella no fue el parloteo propiamente di- cho, sino la despampanante solidez que irradian sus convicciones. Y, a pesar de los bajones propiciados por la elección, qué cuajo a la hora de diseccionar con precisión los avatares de tamaña aventura. Observando a lo largo de años tal variedad de escenarios, puedo decir con absoluto con- vencimiento que, aunque actuar de Fraga no debía ser fácil y que lo de Facundo tenía su aquél, sostenerse sobre las puntas amando la danza en este país es el acabose.
Entre coñas marineras
El Gobierno de Rajoy despierta tanto interés que todo quisque anda pendiente… del que forme Trump. El rey tenía previsto coger el petate tras la de meses que sumaje se ha llevado enclaustrado. La invitación del monarca saudí, frustrada a última hora, hubo de ser cancelada ya en febrero por nuestras coñas marineras y Riad, que algo pinta en el concierto, no lleva bien las desatenciones porque en eso sí es muy susceptible. Se pilló un buen rebote con el acuerdo antinuclear de su tradicional enemigo iraní brindado por los estadounidenses y, aunque Obama se presentó pitando, el régimen le envió una delegación de cuarta categoría a hacerle los honores. Seguro que el monarca Salman se entenderá a pedir de boca con Donald. No habría que descartar que se intercambiaran por un tiempo en plan casino las administraciones. Todo le encajaría a ambos, si exceptuamos quizá el ghutra a la hora de tener que encasquetárselo el presidente electo en la cabeza.
¿Lo ven? Arranqué con la intención de hablar de la nueva(?) etapa rajoniana y me he perdido por Oriente Medio. No cabe duda de que, en la pretensión de permanecer en el machito pasando todo lo inadvertido posible, el mandamás refrendado por la abstención está tocado por una varita. Mientras Margallo se quedó en el camino por prestarse al juego de poder hacerse con el testigo monclovita en caso de persistir el tapón, buena parte de los humoristas han arrancado los espacios diciéndole a sus fieles que, tras la irrupción del magnate de la Quinta Avenida, el nuestro les parecerá incluso tolerable. Pensando en cincelar al cabeza de cartel de cara a las venideras, o sea a sí mismo, el prócer gallego ha metido a Cospedal en la mesa de deliberaciones para deleite de la vice, a la que le ha quitado el manjar de la portavocía y le ha regalado Cataluña por si se lo tenía creído. Está encantado con que al que enarbola Iceta –Sánchez, Hillary– caiga fulminado y le encantaría que fuera futbolero y vitoreara a Messi. Ya. Pero todo no se puede tener, Mariano.
¿Ya estamos o falta alguien?
Al recibir la noticia, lo que hizo Hillary fue un Dylan con la ventaja sobre Bob de que ella ya ha recogido cuanto tenía que recoger. De poco le ha servido a la tenaz candidata el tradicional sonido del viento brindado por el establishment musical ni el que Bill se hubiera ganado con creces convertirse en el primer damo de la Casa Blanca. Nada de eso ni las salidas de la pata de banco del adversario han sido suficientes para una pretendiente al cargo que no tiene ni color con el que lo ocupa. La cuestión es que, al igual que los aborígenes de esta Hispania nuestra, los estadounidenses han demostrado ser muy estadounideses y mucho estadounidenses dejándose llevar por el magnetismo de los guiones del productor por excelencia de realities quien maquilló a Trump de mito de los emprendedores en El aprendiz durante 14 temporadas, con 30 millones de televidentes solo en la primera, cuando en lo que al mundo real se refiere el magnate había convertido en ruina sus negocios. Pero, ¿quién se queda con el auténtico si un encantador de serpientes se le mete en la salita trasladando por activa y por pasiva que otro mundo hecho a nuestra medida es posible? La realidad es que mientras su rival hincó la cerviz en la profunda Arkansas cuando de señora del gobernador se lo montó de progre, cuando trató de sacar la ley de Sanidad a su bola desde un búnker montado bajo el despacho oval ocupado por su marido y no digamos ya cuando el vestidito de Levinsky le cayó encima, Donald nunca ha reconocido revés alguno aleccionado por su abogado, lugarteniente de un galán como el senador McCarthy quien lo alertó de que a cualquier golpe respondiese con uno mayor, para que nos vayamos situando Obama incluído. Sí porque, tras sentirse humillado en la cena de corresponsales por el mandoble de Barack a la provocación sobre su partida de nacimiento, la fantasía de Trump es recoger las llaves de manos del hombre que en 2008 proclamó solemnemente la llegada de «un nuevo amanecer». Y ya ven, se quedó corto.
Siempre ha habido clases
Las últimas horas en que Rajoy se encontraba mascullando el plácet que recibiría del Congreso para seguir adelante con su tarea coincidió con que las calles se poblaron de afectados por la Lomce, sus reválidas y el mal nutrido sistema educativo que ha disparado la desigualdad en las aulas entre los diferentes territorios. En las prédicas de la investidura, el candidato se permitió el lujo de bromear con los eseemeeses enviados a un gentilhombre llamado Bárcenas y, sin embargo, no hizo alusión ni por asomo al premio fin de carrera concedido al inductor de la controvertida disposición para la presunta mejora de la calidad de la enseñanza con el traslado a París de ese toro enamorado de la Luna que es Wert. Cuando le fue concedida graciosamente la embajada de España ante la ocedeé por quien acaba de volver a jurar el cargo como prócer del Gobierno para guardar y hacer guardar la Constitución, ella ya estaba allí. La Consti, no; la moza de ese toro… Sí, Gomendio se lanzó al ruedo poco antes de la proclamación de su padrino in péctore de boda para trazar un perfil de por dónde camina la formación en el resto del mundo pero, en lo que a su país natal se refiere, dijo desconocer «la actual constelación de gobiernos regionales» y la «respuesta es- colar, de las familias y del entorno social», aunque la directora adjunta de Educación de la ocedeé sí tiene claro que el éxito de los alumnos asiáticos está cimentado en el «esfuerzo». Es la «Ley mordaza» a la que se atienen el mandamás y sus enamora- dos especiales. ¿Para qué abrir la boca una pareja que se embolsa unos diez mil euros mensuales sin incluir gastos de representación, servicio, chófer, consejeros, diplomáticos a su servicio en una vivienda de 500 metros cuadrados por la lujosa avenue de Foch, paralela a los Campos Elíseos y por la que el Estado paga 11.000 euros al mes? Por favor, siempre ha habido clases y, aunque Casablanca embelese, esto acredita que Rick no es más que un pobre soñador porque, a la hora de la verdad, ya se sabe quiénes se quedarán con París.
El político periodista
Un tipo a quien algo conozco se acercó a Ximo Puig y, a escasos centímetros, le espetó si tenía sentido que todo un presidente de la Generalitat se tirara a degüello sobre Neymar. Por si a alguien se le ha escapado, el máximo mandatario de la Comunitat dejó caer tras el alboroto en Mestalla que la manera de ser del pelotero «no es digna de un deportista». Dado el lugar que ocupa en el terreno de juego habrá quien encuentre sobreactuado al político/periodista, pero yo creo que su reacción es normal. A ver, piensen. Qué va a decir, ¿que la forma de actuar de Susana y del baroneo en general no han sido presentables? Por algún lado tenía que desahogarse, parece humano. Y no es por justificar al molt, pero situénse. En sábado se produjo la celebración del penalti de Leo con la consiguiente reacción en la grada y, a las 24 horas, la merienda de negros en Ferraz. Qué iba a hacer el dirigente del pesepevé, ¿seguir absteniéndose per sécula seculórum? Sabiendo lo juguetón que es el brasileño, no le iba a poner las peras al cuarto al gachó de la gestora con la adustez que se gasta el asturiano.
El caso es que, en vista de que bamboleo al que se han entregado los socialistas puede ser un vals al lado de lo que se cierne sobre el equipazo si Sánchez realiza la pretemporada con la que amenaza, Ximo ha dicho hasta aquí hemos llegado, se ha dejado de medias tintas y ha apostado de modo decidido por ella. Por la presidenta valencianista, claro está, a la que ha paseado por Morella tras haber dejado sentado, a cuento de la multa millonaria de Bruselas, que «el Consell jamás será hostil con el Valencia». Es la ventaja de pertenecer hoy al pesoe: que aún siendo un declarado merengón, nunca sabes hacia dónde vas a decantarte finalmente.
Pero él, ante la tesitura en la que se vio envuelto, aseguró que si cuando le toque a Cristiano éste tiene un comportamiento inadecuado, lo denunciará. Y aunque habrá quien lo cuestione, para mí que lo haría. Imaginen las ganas que debe tener de poder arrearle por fin a uno de los suyos.