A tiro limpio

Cuatro capítulos de documental dan para meterse hasta las trancas en el asesinato de la presidenta de la Dipu leonesa, Isabel Carrasco. Es un trabajo de una gran factura, en el que se ha investigado a base de bien los perfiles de sus protas hasta modelar una trepidante babel de prebendas, amistades peligrosas, odios, sexo y rock&roll que produce escalofrío. En un lado, la obsesión enfermiza de una madre como Monserrat González que ve a su hija Triana en profunda quiebra tras caer en desgracia para quien la acogió bajo el manto caciquil y de otro la víctima, a la que buena parte de su partido y de la población quería ver muerta… políticamente se supone sin pasar por alto que, a las pocas horas de caer fulminada, apareció en el lugar del crimen una pintada que rezaba «aquí murió un bicho».

La narración se cierra con el recientísimo fallo del Supremo que deja a las implicadas en el talego y revela un hecho que resulta inquietante. Al margen de Raquel Gago, agente y tercera en cuestión, la persona con la que más llamadas cruzó Triana, con la que habló a diario de enero al mayo de autos, incluyendo la víspera una hora completa y tres minutos el día de los balazos, no aparece en el sumario y se trata del fijo correspondiente a un asesor del presidente de la Junta de Castilla y León, algo a lo que ni la poli ni dios le

hinca el diente. Toma del frasco, Carrasco.

La diferencia con lo perpetrado contra la viuda del que fuera presidente de la Cam es que nadie se ha hecho cargo de la sangre en el lavadero. Por lo demás, la babel tampoco es manca. Vicente Sala no se caracterizó por ser un bendito a pesar de su pregronado credo y, tras la desaparición, la mujer no da la impresión que utilizara su posición preferente en el seno familiar para conciliar unas desavenencias más que latentes, lacerantes. Lustros atrás, al levantarse junto a la mansión chalés a lo Falcon Crest para los hijos, alguien conocedor del paño sentenció: «Esto acaba a tiros». Como siga descorchándose inquina, no vamos a ganar para documentales.

¿Vemos al rey? No, gracias

El discurso navideño del rey ha pegado un bajón considerable de audiencia. Ha tenido menos seguimiento que el del padre en 2013, annus horribilis de éste, dejando claro que, aún en época de crisis, el morbo para los españoles es sagrado.

Supongo que sumaje debe ser consciente de que necesita encontrar su espacio y que, como ocurre en el resto de hogares, lo tiene más difícil que los progenitores. Hay un amplio consenso en admitir que, alrededor de los ejercicios de máximo apogeo de don Juan Carlos, se echó una capa de sigilo al cubo, no exenta de papanatismo, recubierta de la prudencia que aconsejaba la salida del túnel. ya eso a las nuevas generaciones les cuesta tragárselo. ahora bien, que Felipe VI se ponga atinadamente el hábito 2.0 para hablar de las transformaciones generadas por el descoque tecnológico y que ni plantee –o no pueda, que para el caso…– el desgarro que supone en numerosas familias que sus vástagos hayan de irse al quinto pino porque no hemos apostado como debíamos por la nueva historia y no se está por tanto en condiciones de que desplieguen por casa los conocimientos, es que se las trae. y encima el morbo que rodea a la corona es por dónde irá el look de la reina que, aunque debe costarle, no sale en esta cita.

Algún analista advierte que lo que necesita el monarca es un speech writer, en cristiano un escritor de discursos, cuando lo que en realidad precisa la institución es de un papel para no quedarse sin rollo que soltar. conectar con las nuevas generaciones en momentos tan jodidos a base de sobrevolar conlleva un stop para la monarquía. no entrar en ningún asunto, y con el resto de instancias que observan el fenómeno cruzadas de brazos, sí que choca y deja frío a quien se conecta a la tele mientras parte turrón del duro, de los que ya sabes que, si heredas, hay que dar fuerte. Pero en tanto se define qué va ser del monarca de mayor, igual le convendría dar un giro sometiéndose en nochebuena a una entrevista. y si se la hace una periodista llamada Letizia, para qué contarles.

Ladran, luego cabalgan

Saco a Pepe. nuestro hijo ha salido de los límites provinciales, por diferentes cuestiones prefería no llevarlo y ha pedido que nos lo quedáramos. Se trata del primer fin de semana que pasa con los abuelos. Pepe se adapta a lo que le echen. Lo recogió la ex de un albergue y, cuando la convivencia tocó a su fin, Pepe disfruta de la custodia compartida. Ya hay pasajes en los que ésta se decreta y existen secciones especializadas en grupos de abogados. en este caso no hubo que llegar a los juzgados donde, a la hora de tratar pleitos, los defensores de una auténtica revolución acaecida en los últimos años esgrimen que «no se puede asimilar a la relación con los hijos, pero que tampoco es que sea un mueble». Pepe, como su propio nombre indica, solo es un perro por apariencia y porque ladra, aunque menos que algunos portavoces de conocidas organizaciones, ya que por lo demás…

Había pasado apenas una hora desde que el niño cogió el petate, sin tiempo casi para desembarcar, cuando estaba llamando: «¿como está? ¿Ha hecho algo? dadle solo arroz, por favor, que no andaba muy allá y ha amanecido regulín». Fue la primera de unas cuantas. de haber sido su padre, humano en ocasiones, el que hubiese pillado un constipado de esos que dejan a uno más p ́allá que p ́acá, porque ya saben cómo se las gastan los del sexo que no es el débil, seguro que se le habrían pasado las horas sin darse cuenta.

Claro que, la culpa de todo, de sobra se sabe quiénes la tienen. Fui yo en esta ocasión quien heredó del progenitor el pavor a los chuchos y quien se lo encasquetó a la descendencia. Y por eso, en cuanto hubo el primer resquicio, el que también se presentó con un cachorro cuando los críos igualmente lo eran, a fin de erradicar ese miedo enfermizo que los dejaba más vulnerables ante al mundo animal, dentro del irracional espíritu de súper protección tan propio de la raza. da la impresión de que al menos este propósito se ha logrado. ahí está Pepe en primer plano y no hace falta que les diga quién es el último mono.

Nostre cuento navideño

En la carrera por volver al mogollón incluso como candidado a la alcaldía de Valencia si se tercia –para unos imaginaria; para otros, imagínense y, para él, del rigor de una tesis doctoral–, Paco Camps persigue limpiar su expediente intentan- do anular pruebas. Las que hubo con Fernando Alonso y Hamilton, no, que esas pasaron a mejor vida; él mira ahora hacia las otras. Las que lo tildan de «ideólogo del Gran Premio de Europa» y en las que se le tacha de responsable directo de las negociaciones con Bernie Ecclestone, a quien le habría indicado «con quién debía contratar», entre otras menudencias. Vamos, por lo que vino a consagrarse para los restos como El circo de la Fórmula 1.

La Fiscalía apunta que Camps negoció directamente el contrato con el patrón del invento en julio de 2011, trance en el que la Generalitat se convirtió en avalista de ese sofisma llamado Valmor Sports, «a sabiendas» de que ésta era incompetente para ello. Lo que no figura en el sumario, aunque también se produjo el mismo año, es que Petra, hija del magnate al que Presidencia del Consell incorporó a nostra nómina presupuestaria, adquirió una mansión por 85 millones de dólares en el barrio californiano de Holmby Hills de 5.200 metros construidos, según todos los indicios la propiedad más grande del condado en la que, al entrar, se llevó a cabo una rehabilitación. El interior alberga 14 dormitorios, 27 baños, una entrada con techos de 9 metros y escalera doble. También cuenta con bodega, gimnasio, bolera y un salón de belleza con salas de masaje and bronceado. La suite principal de 650 metros cuadrados tiene su propia cocina, sala de estar y un armario de dos niveles, mientras la casa se halla enclavada en una finca de casi dos hectáreas ajardinadas.

Pero, atención, Petra acaba de sacarla a la venta por 188 millones de euros. El número, por si andan interesados, es el 3 906 320 0613, dado que igual algo nos toca. De ahí que no haya que descartar que el ínclito esté valorando su vuelta al circuito. La niña de Bernie necesitará finca nueva.

25 años que murió mi padre

La última vez que lo vi erguido fue en el andén de la estación de Albacete donde se hacía el cruce de caminos con esta parte del mapa que siempre ha contado con esa envidiable conexión con el sur, tan propia de la época de las diligencias. Allí estaba con ella de la mano, siempre ella, cargando con la maleta y la apostura que nunca le abandonó. A las pocas semanas se celebraba el cincuenta aniversario del periódico que dirigía su hijo y, como siempre, el que más nervioso estaba era él. La función salió redonda, menos lo verdaderamente importante: al otro lado del teléfono apenas se movió un músculo, lo que no podía ser sino un tenebroso síntoma de que algo se había hecho trizas en el interior. La llamada de su hija horas después, en la que tampoco pudo articular palabra porque la conmoción no se lo permitía, marcó para los restos el invernal otoño que nos vino a visitar en puertas de los fastos del 92 que, para los del entorno, no alcanzarían otra cota que el de tristes acontecimientos.

Mi padre se despidió tras veintitantos días en la cama de un hospital y, aunque no podía moverse ni hablar, se las ingenió para transmitir por señas un último deseo que no hemos dejado ni por un instante de cumplir: «Cuidad a mamá». Yendo de copiloto su nieto mayor, que ya es un hombre, dijo hace nada agarrado al asa que blande sobre la ventanilla: «Así iba siempre el abuelo». Esa sencilla imagen que había logrado retener de la niñez me devolvió con toda su potencia la figura de aquel hombre que nunca tuvo carné y que nos condujo con exquisito cuidado hasta que, mucho antes de lo que nunca había podido presagiar ni el peor de los sueños, nos dejó para que continuásemos trayecto con tanto combustible consignado.

Cuando al pasear por la playa, otra de sus devociones, el mar se muestra revuelto me recuerda que hay que hacerle frente al oleaje o, cuando vislumbro los confines del horizonte en busca de la luminosidad ausente, vuelve a mí nada más pisar la orilla e intento alcanzar su huella. Y ahí sigo.

La desmemoria

Son las diez y, en lo que llevamos de día, no he pillado nada con Juan Luis Cebrián. Tras el éxito obtenido, igual es que se  ha retirado a los cuarteles de invierno.

Fui comprador de El país desde el día en que salió. Es verdad que llevaba dentro el deportivo porque, para ligar, cotizaba ser intelectualoide. También había que retratarse con las cintas de Arte y Ensayo y cualquiera era el guapo que las cuestionaba pese a no haber entendido ni papa, lo cual resultaba por otra parte una ventaja para asentir de todas, todas sobre la joyita.

Lo que se captó enseguida es que aquella cabecera llegada a los quioscos a los pocos meses de moquear Arias Navarro había venido a perpetuar con más medios el cuerpo de Informaciones apostando porque España dejara de ser diferente. Para unos puede que fuese la biblia, pero en lo que sí se convirtió para los del gremio fue en una referencia solvente, moderna y creíble de hacer periodismo que conectaba con aspiraciones y ansias soterradas.

Convencer de eso, como de tantas historias, a las nuevas generaciones no es moco de pavo y más después de ver pasearse al ínclito por diversidad de plataformas pretendiendo hablar de su libro y constatar qué queda del espíritu de mayo del 76 en el que fuera su primer director y el más carismático con diferencia. El mismo al que, como presidente del grupo, le preguntan hoy por los papeles panameños en los que figura su ex y responde que «ella es responsable de sus actos», aunque los bienes gananciales también existan y el mismo al que le inquieren por el presunto regalo del 2% en Star Petroleum del magnate de origen iraní Zandi y se despacha con «no me regaló nada; me pidió un favor y se lo hice…además no he venido aquí a dar explicaciones de mi patrimonio personal… me puede preguntar cuántas veces me masturbo, pero no le voy a contestar tampoco a eso». Es posible que las pajas mentales que se hará en esa posición le impidan recordar que el derecho a preguntar cuanto se estime oportuno sobre todo lo noticiable era sagrado en aquella biblia.

Líder de los antilíderes

Leo que el realizador oriolano Fran Gas ha metido a Miguel Ríos en el interior de un corto sobre los 80 con referencias a Regreso al futuro. Ambos elementos –el granaíno y la saga– hacen buenas migas.

Me zambullí en El río a finales de los 60 y fue en el 72 con Conciertos de rock y amor del Monumental Cinema, uno de los primeros discos grabados aquí en directo, cuando se apropió de este body. Aún hoy, tras décadas sin escucharlo, lo recuerdo de carrerilla. Mi madre decía en aquella época: «¿Es que no tienes otro?», porque probablemente también se lo sabría. Contiene la mejor presentación de banda por parte del solista que uno haya escuchado y, antes de versionar Cantares a lo Wilson Pickett y de reivindicar a Serrat por rescatar a don Antonio Machado, provocaciones para encender al patio de butacas: «Déjenme que les diga una cosa. Si ustedes supieran lo bien que se siente uno colaborando con algo habrían ganado eso que se llama cielo. En verdad les digo que no se puede venir a un espectáculo de rock and roll, con el pretexto de haber pagado 125 pesetas y estar mirándolo, analizándolo, desmenuzándolo y no participando en él; es muy triste, de verdad. ¡Las neveras! Las neveras se deben dejar en el guardarropa. Si hay alguien que crea en la utilidad de esta música que tiene muchas cosas que decir y, aún a pesar de que no me gusta ser líder ni me gustan los líderes, me voy a convertir en líder palmífero para guiaros en las palmas del ritmo».

Pegándose un precalentamiento de aúpa fue como lo vi a mediados de los 80 en la Venta L`Home, antes de saltar al ruedo de Buñol, cuando me acerqué a hacer un perfil y, en lugar de otra muestra de esa selecta biografía de gente hecha polvo, con lo que me encontré fue con un gachó en plena forma que no confundía la gimnasia con la magnesia. De ahí que hace nada haya vuelto a verlo en el escenario consagrado como el convencido que es de que la liberación puede venir por medio de la garganta y siendo el eje en la Formación del Espíritu Nacional. Del rock, por Dios.

Productos de la tierra

Un alto cargo del Consell transmitió a un corro en Alicante la intención de abrir Canal 9 con el Hércules-Barça, en una muestra más de vertebración a la remanguillé, si bien lo que nadie puede negar en este caso es que las posibilidades de que el equipo blanquiazul descabalgue al azulgrana son infinitamente superiores a que la cacareada reapertura desemboque en una eliminatoria… copera, claro está.

En lugar del encuentro contra el conglomerado de perfil bajo alineado por Luis Enrique, lo que el consejo rector de la Corporación Valenciana de Medios de Comunicación alumbró fue el concurso para elegir director de la telenostra refundada que deberá saber, además de los oficiales, idiomas potentes, tener dotes de líder y ser un hacha en resolver conflictos. O sea, una mezcla de Messi, Alice Florrick, la picapleitos de The Good Wife y nuestra Asunción Valdés, que por idiomas en la butxaca y tiros dados no va a ser. Pensarán: pues encontrar alguien así en la bolsa de trabajo y con los posibles de los que se disponen está chupado. Al lado del proceso de cierre del ente, sin liquidar aún; de la demanda de un sindicato que pide la readmisión de empleados y de la amenaza del Gobierno de recurrir la ley, dar con un Walter Cronkite o una Oprah Winfrey valenciano parlante es pecata minuta.

Lo que habrían disfrutado, y cualquiera de los presentes, pudiendo contar la manera tan sui géneris que tuvieron de celebrar por aquí la Constitución los genuinos representantes coincidiendo con la ola en la que su reforma reclama vías de consenso. Ximo que, siendo generosos hace lo que puede, ha optado por rodearse de arietes del juguete, turrón, chocolate, cítricos… e instaurar «El Nadal és valencià», a riesgo de que alguien salte a dejar patente que no todas las pastillas son de Xixona ni mucho menos, ahora que epatar se ha convertido en la forma ideal de esconder la verdadera ideología. Lo único que haría falta es que se buscaran las cosquillas en la otra fiesta con tal de imponer quiénes son los más inmaculados. No, que nos da.

Que no, que yo no hago yoga

Parte del círculo más próximo me persigue para que haga yoga «porque a ti te vendría muy bien», remarcan. El otro día medio quedé con el primogénito a las siete de la mañana, pero no acudí. Este verano se lo soltaron a un amigo y, como llevaba collarín, respondió «sí, para hacer la flor de loto estoy yo». El caso es que recibo hasta correos alusivos, que dejo de abrir. Pero no hace mucho fui partícipe del encuentro entre Juanjo Millás y Pablo Motos, de los que ignoraba el vínculo que mantienen. Al parecer, cuando el segundo hacía la desconexión de Luis del Olmo en Valencia, el escritor lo recomendó para los Madriles vendiéndolo como un transgresor. Así que, aunque Motos no es mi tipo, le presté atención porque el otro sí lo es.

Y en medio del entretenido pim, pam, pum asomó lo inevitable en boca del insigne colaborador de esta casa: «Le he dicho Pablo me falta algo en la vida y no sé qué es, a lo que me ha respondido sin pestañear que el yoga. Él ha empezado a hacerlo y asegura que lo ha transformado completamente», cuestión que el conductor de El hormiguero completó tembloroso de placer: «El yoga te devuelve la sensación que tienes de estar incompleto y te inunda de un enorme amor por todas las cosas y personas del mundo». Dios mío, y eso que sólo llevaba unas clases. Quizá me muestre escéptico por ser virgen, aunque serlo en algo a estas alturas también tiene su aquél. Ahora bien, no es fácil mantener la condición viendo que Pablo va con el temita como su propio apellido indica: que si poco a poco consigues tener más paciencia y mayor equilibrio al tiempo que aprendes a respirar; y lo más importante de todo la quietud… con todos esos ejercicios conduciendo a que el cerebro controle el corazón. Y eso es un control mental –para alcanzar la quietud debe faltarle aún, porque no para– que logra que un problema que antes te habría amargado el día, ahora en cinco minutos lo resuelves y, en dos, lo olvidas.

Miedo me da someterme al experimento. A ver si luego nadie me va a reconocer.