25 años que murió mi padre

La última vez que lo vi erguido fue en el andén de la estación de Albacete donde se hacía el cruce de caminos con esta parte del mapa que siempre ha contado con esa envidiable conexión con el sur, tan propia de la época de las diligencias. Allí estaba con ella de la mano, siempre ella, cargando con la maleta y la apostura que nunca le abandonó. A las pocas semanas se celebraba el cincuenta aniversario del periódico que dirigía su hijo y, como siempre, el que más nervioso estaba era él. La función salió redonda, menos lo verdaderamente importante: al otro lado del teléfono apenas se movió un músculo, lo que no podía ser sino un tenebroso síntoma de que algo se había hecho trizas en el interior. La llamada de su hija horas después, en la que tampoco pudo articular palabra porque la conmoción no se lo permitía, marcó para los restos el invernal otoño que nos vino a visitar en puertas de los fastos del 92 que, para los del entorno, no alcanzarían otra cota que el de tristes acontecimientos.

Mi padre se despidió tras veintitantos días en la cama de un hospital y, aunque no podía moverse ni hablar, se las ingenió para transmitir por señas un último deseo que no hemos dejado ni por un instante de cumplir: «Cuidad a mamá». Yendo de copiloto su nieto mayor, que ya es un hombre, dijo hace nada agarrado al asa que blande sobre la ventanilla: «Así iba siempre el abuelo». Esa sencilla imagen que había logrado retener de la niñez me devolvió con toda su potencia la figura de aquel hombre que nunca tuvo carné y que nos condujo con exquisito cuidado hasta que, mucho antes de lo que nunca había podido presagiar ni el peor de los sueños, nos dejó para que continuásemos trayecto con tanto combustible consignado.

Cuando al pasear por la playa, otra de sus devociones, el mar se muestra revuelto me recuerda que hay que hacerle frente al oleaje o, cuando vislumbro los confines del horizonte en busca de la luminosidad ausente, vuelve a mí nada más pisar la orilla e intento alcanzar su huella. Y ahí sigo.

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