Con Miguel en los adentros

Verano del 72. En el fragor de la adolescencia recogí en un rincón mediterráneo al que fuera primer amor imponente y quebradizo y, cogiditos de la mano, alterado es poco, los pasos se dirigieron hacia la primera sesión de Serrat en directo para terminar uno de atacarse por completo. Nada más hacer la aparición conquistó al auditorio con su facha de galán, la sonrisa pícara, el lunar tan bien puesto y aquellos estribillos que no había quien los detuviera. Flotábamos a base de bien hasta que la puesta en escena nos bajó de golpe. Los acordes se silenciaron, el nano cambió el registro sobre la marcha, se puso firme y serio, rescató la memoria para agitarla y de qué forma al caer la tarde, anunció lo que se disponía a estrenar en ese instante antes de ponerlo «en conserva» dentro de un nuevo volumen previsto para otoño, se propició un haz de luz envolvente sobre el recinto y, consciente de que se hallaba a un tris de sobrecogernos, el cantante roció a los presentes con las Nanas de la cebolla. Todavía siento escalofríos.

Un par de años después, aquel primer… acabó difuminándose; Prado del Rey rescató al conquistador proscrito por su osadía eurotelevisiva donde volvió a entonar las mismas estrofas del poeta con Franco vigía; aprovechó para hablar y cantar en catalán a la audiencia antes de abrir el pico en México y tener que quedarse dando vueltas para poder seguir haciendo, con la frente bien alta, camino al andar.

El poeta, en cambio, qué poco trayecto recorrió, qué manera más criminal de hacerlo y, sin embargo, cuánto se ha robustecido con el levantamiento del silencio. Su figura y su obra se han fortalecido en la proporción que se ha descompuesto la de quienes propiciaron que el rayo que no cesa tuviese una existencia despiadada y que, aún con ella, fuera capaz de transformar ese atracón de penurias en un manantial limpio, repleto de afecto, compromiso, saber estar y hermosura. Es lo que nos queda tras la injusticia y el tormento al que fue sometido, mientras componía una nana estremecedoramente sublime.

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