En el polo adecuado

En pleno Roland Garros de nuevo, cómo pasan los años. A propósito del comportamiento que prima en los que tutelan a quienes se inician en un deporte en contraste con el cabal, cuenta el exatleta olímpico Albentosa que un día lo llamó Miguel Ángel Nadal, aquel portento físico del Barça que sudó la elástica nacional, y le dijo si podía mandarle dos polos para su sobrino que dudaba entre fútbol y tenis: «Sólo dos –recalcó–, que no queremos que se lo crea demasiado». Ese año ganó el campeonato de España alevín con sus dos únicas prendas. Concluye Albentosa que nada en el deporte es casual.

Esta edición han acudido hasta cinco mil aficionados a… ¡los entrenamientos! De ese ciclón que en los últimos lustros tiene aburridos a los franceses de ver cómo se lleva su torneo, debido según otro tío de la criatura, su guía Toni, a la de horas que han trabajado con el gran propósito en mente: «¡Cuántos discursos y sermones, cuántas diatribas! ¡Cuántos elementos a mejorar en la siguiente preparación! ¡Cuántas veces se fue Rafael de la sesión diaria con el punto de insatisfacción que yo le transmitía desde el convencimiento y la exigencia constante de forma muy poco condescendiente!». Y ahí es donde ese amigo cartesiano, que siempre es aconsejable tener cerca, al referirse a los Indurain, Nadal… sentencia que «son marcianos». Y, efectivamente, de la misma galaxia es extraño que sean.

Los de ésta nos fundimos innumerables fines de semanas en llevar a los críos a las competiciones. En una provincial de tenis alevín, precisamente, tocó enfrentarse a uno de punta en blanco, con todos los aditamentos que puedan imaginar, frente al mío con el polo de batalla y sus dos alambres por piernas. Nos cayeron sendos seis–cero y el chaval de enfrente no se libró de la bronca las pocas ocasiones que el punto no cayó de su parte. Veinticinco años después, alguna vez que veo al mozo dejar dialécticamente a contrincantes de envergadura contra las cuerdas, me pregunto qué habrá sido de aquél otro nene.

No se sabe qué da más miedo

Según datos de la ocedeé, en 2050 –que está ahí– el 30 por ciento de la población será mayor de 65 tacos, de modo que no es extraño que se sucedan jornadas en torno al envejecimiento. A éste, en boca de un componente de la Asociación Gerontológica del Mediterráneo, ingresamos con las «setenta velas» y «la tercera edad empieza a parecerse a una nueva adolescencia». Esperemos que, al menos, no vuelvan a salirnos los granos.

Especialistas reunidos en ese cónclave universitario coinciden en señalar que «gracias a la transmisión de conocimientos y a los avances sociales se alarga el periodo de juventud, el de adulto y el envejecimiento empieza más tarde». Bueno, en el retraso de los dos primeros habría que considerar que también influye lo suyo la tardía emancipación de los mozos dada la precariedad laboral conquistada, lo que acarrea que nuestros mayores alcancen la jubilación inmersos en el túnel del tiempo, que era una serie en blanco y negro, época a la que unos cuantos andan empeñados que regresemos. Pero bien, salvados estos obstáculos ocasionales aunque jodidos, los expertos coinciden en que es recomendable encarar la jubilación «manteniendo la mente activa, contando con aficiones y cuidando el aspecto físico» y, de facto, hay plebe talludita ella que no para de hacer cursos, pilates, yoga, viajes o revitalizándose a través del voluntariado.

Lo que pasa es que, simultáneamente, acaba de celebrarse en Madrid la Cumbre internacional de Longevidad y Criopreservación, en la que el profe de la californiana Singularity University, el venezolano Cordeiro ha asegurado que antes de 2045 se detendrá el envejecimiento con una sola inyección y que, gracias a ese logro, se alcanzará «la muerte de la muerte». El plan b, que tampoco es manco, sería el de la criopreservación, consistente en «conservar el cuerpo de una persona que se va a morir de forma que pueda ser reanimada en el futuro y curada de la enfermedad que falleció». Lo único es que, al despertarse, igual permanece la hipoteca.

Dinastías al descubierto

Un treintañero que había venido votando al pesoe hasta que se puso imposible, y que como tantos se escoró a Podemos, ha hecho circular la imagen de una primera fila compuesta por Rubalcaba, Felipe, Susana, Zapatero y Arfonzo, aderezada por un sucinto «ya si eso». Coincidiendo con el hallazgo, se supo que una misión española de arqueólogos ha descubierto una cámara con un depósito de materiales para la momificación de un alto oficial de Egipto faraónico perteneciente al Imperio Medio en Luxor. El depósito se encuentra cerca de la tumba del Visir y alcalde de la antigua Tebas y contiene productos utilizados en el proceso de embalsamamiento de las figuras de la época.

Susana por su parte, hija, ha sido la encargada de oficiar el funeral de Suresnes, que para ello se lo ha ganado a pulso. a mediados de los setenta del siglo pasado, unos cuantos jóvenes intrépidos llegados hasta París desde del sur de Despeñaperros consumaron el «pacto del Betis» con la delegación vasca liderada por Ramón Rubial, Eduardo López Albizu –padre de Patxi– y Nicolás Redondo con tal de meterle marcha al partido descabalgando para ello al histórico Rodolfo Llopis y a su venerable cohorte exiliada en Toulouse. La primaveral voladura de mayo de 2017 ha venido desde dentro puesto que lo único heredado por la presidenta andaluza de la frescura por entonces de aquella plebe se limita a que es del manque pierda y, como resulta de cajón, su única fijación a partir de ahora estriba en no descender.

Lo que más ha sorprendido al jefe de la expedición al Cairo, el sevillano Antonio J. Morales, y a todo el equipo es el descubrimiento en una de las jarras del corazón del miembro de la elite durante el reinado del primer monarca de la Dinastía XII. Los especialistas aseguran que la práctica de extraer este órgano de los difuntos es poco común por lo que, según Morales, es muy probable que se equivocaran los embalsamadores. Pues ojo, Pedro, no vayan a ser los de los faraones los mismos que se confiaron a la hora de dejarte listo a tí.

Sin licencia para matar

Viví prácticamente en directo desde el aipad las cabriolas de un coche estampándose contra los viandantes en Times Square y, hasta que se supo de qué iba la historia, rememoré la visita en el verano del 89 a Manhattan, ese espacio que le es familiar a millones de personas antes de estrenar su asfalto.

Tratándose de un viaje al lugar en blanco y negro almacenado en la cabeza desde tiempo inmemorial, fue preparado con mimo. en la previa me zampé a Tom Wolf con La hoguera de las vanidades –nada que ver con el horror posterior de peli–, por lo que llegaba a la cama como una moto y costaba Dios y ayuda conciliar el sueño. Para colmo, en el avión pasaron Arde Mississippi donde el Ku Klux Klan se daba el lote en un pequeño pueblo sureño. La suerte estaba echada. Y, efectivamente, una vez en la lúgubre habitación del hotel cercano adonde el conductor sembró el pánico hace nada, no quise perderme el célebre informativo vespertino de la cebeese, que abrió con cinco asesina- tos en el metro, uno de ellos en la mismísima estación de Times Square. A este paso cabían dudas de si zambullirse por Central Park se convertiría en el último de los paseos. pero no. el único trance agobiante fue que, tras salir disparado de las torres Gemelas por una de esas necesidades que se presentan en el momento menos indicado, el metro en dirección contraria alcanzó una especie de poblado chicano donde, al divisar tanta palidez, salieron en auxilio unos cuantos polis gracias al despliegue por la ristra de asesinatos.

Trastorna que al conductor desequilibrado se le describa a sus 26 años como un veterano de la marina que, según él, esperaba morir llevándose a cuantos pudiera por delante. Entre lo inoculado por estos veteranos y lo que la tecnología permite preparar a distancia, vamos listos. Ya no se necesita licencia para matar. Con Trump soltándole los secretos al enemigo, no es extraño que Netflix apueste por el documental y que uno se empotre en el salón de casa por lo que pueda ocurrir.

Los ideales perdidos

Viendo el espacio dispuesto en los Imprescindibles de La 2 sobre ese volcán con encanto a raudales llamado Martirio me topé con el testimonio sobre imágenes de cuarenta años atrás de Inés Romero, componente del grupo Jarcha, periodista y compañera de facu con la que, en medio de exámenes, me acerqué el 11 de junio del 77 a Carabanchel para asistir a la clase magistral, disfrazada de mitin, de Tierno Galván en la campaña electoral que, tras la cosa tomatosa, abrió el ciclo más estable de nuestra historia teniendo en cuenta el adeene. Entre el aluvión de reflexiones y razonamientos con los que mantuvo la boca abierta a los sesenta mil hambrientos de nuevos tiempos, se coló una sentencia: «Sólo se gobierna bien si existe un Gobierno de ideales». Aquel hombre, que había hecho frente desde las aulas al régimen con sus exposiciones, podía permitirse el lujo de seguir siendo el teórico que siempre fue porque, de entrada, jamás pensó que fuese a gobernar ni una ciudad. Ya por entonces las relaciones del pesoe con el resto de formaciones izquierdosas andaba lejos de contemplar la generosidad, mucho menos después de relanzarse con la fuerza que despegó. Tanto es así que pese a que la buena dialéctica para el viejo profesor es «aquella que deja que el pensamiento del otro no se interrumpa y que le permite, sin notarlo, ir tomando la buena dirección», Tierno acabó claudicando a los designios de poderío imperante. Eso sí, le quedó espacio para sincretizar la idea en que «hay que respetar a los de derechas y convencerlos de que están equivocados». Y ahí quería llegar. A que a día de hoy, de entre los que nos representan, ¿quiénes no están equivocados? Los emergentes desenfocan demasiado para tantos humos y los cariacontecidos socialistas han dejado ver de sobra las costuras, aunque el proceso en el que se debaten lo han abocado a tal ejercicio de sinceridad que se agradece. Pero, ¿y los que llevan el timón gobernante? Enfangados hasta el cuello, siguen igual que si no ensuciaran. En fin, como para pedir clases magistrales.

El corazón partido

Me meto en una web y, cuando voy a empaparme del titular, un banner cubre al completo la pantalla y, por mucho que le doy a los chismes, no hay manera de quitárselo de encima. En vista de cómo anda la actualidad…y la tecnología, me tiro a indagar el contenido del anuncio y me topo con algo de lo que no tenía ni pajolera, lanzado al mercado hace ahora un año. Se trata del primer colchón que detecta infidelidades y te lo chiva al móvil. Madre del amor Hermoso por qué vericuetos se cuelan los instrumentos de hoy en día.

Al parecer detecta lo que detecta a través de algoritmos. el colchón cuenta con sensores de vibración colocados entre los muelles y dispuestos en seis columnas de cuatro filas, conocido como lover detection system, lo que parece de cajón hasta para los que no olemos el inglish. Junto con un módulo de comunicación oculto en la cabecera, se conecta al güifi de la casa y se alimenta con una batería extraíble, recargable por uesebé, con autonomía para una semana. Pero, ojo, no sólo transmite las alertas de la actividad física que se realiza sobre el oscuro objeto, sino que ilustra de la duración del encuentro, la intensidad con gráficos en movimiento, impactos por minuto, los puntos de presión a fin de testimoniar si ha ocurrido o se ha cometido en tu lado de la cama y, con todo ello, elabora un minucioso historial. Como el compact de lo espiado salga a luz por cualquiera de los múltiples canales en danza, los papeles de güiquilís no les interesará ya ni a la cía y Assange, criaturita, podrá salir a darse un garbeo.

A fin de saber cómo respondía, el sistema se probó incluso con tríos y, para su lanzamiento, la empresa promotora lo hizo coincidir con un estudio según el cual los españoles somos los europeos más infieles y aprovechó el estado de la cuestión para sacarlo bajo el siguiente mensaje: «Si tu pareja no es fiel, al menos que lo sea tu colchón». Al reencontrarme con la actualidad, la que salta a la vista es la del pesoe. Y por el montón de infidelidades registradas, éstos se cargan el invento.

Atizar la conciencia

Para quien no lo conozca, alguno habrá, Wajdi Mouawad es un libanés a punto de convertirse en cincuentón que, con ocho añitos, vio desde lo alto de una casa incendiarse en Beirut un autobús repleto de refugiados palestinos, ametrallado a manos de las milicias cristianas. esa salva- jada forma parte de Incendios –el Principal se estremeció–, considerada una de las obras cumbres contemporáneas, dentro de la tetralogía con la que el autor intenta sacarse todo lo que arrastra. Él, que según reconoce fue educado para odiar a musulmanes, chiitas, sunitas, drusos, palestinos, judíos e israelíes, es a día de hoy Caballero de las Artes y las Letras y Oficial de la Orden de Canadá, donde ha desarrollado la mayor parte de la tarea creativa y de reconstrucción dado que el exilio lo partió y lo salvó a la vez.

Los que alguna vez hayan puesto en duda que el texto o el guión es lo primordial para que una historia carbure, que se cojan por banda esta representación y verán. Lo que hace el montaje de Mario Gas es realzar con enorme tino el contenido y sobre todo el desenlace de tres horas que se beben. El trabajo coral del elenco encajando las piezas del rompecabezas sobrecogedor –trágico es suave– cuadra como debe un paisaje aterrador. el trastorno que supone llevarse esos personajes a casa aboca a la conclusión de que el esfuerzo, en este caso, de Nuria Espert, Ramón Barea, Laia Marull, Álex García… para hacer llegar un mensaje de semejante dimensión resulta impagable, lo que secundaría Montoro sarcásticamente acompañado esa risita suya de solaz regocijo, pelín siniestra también.

Un aldabonazo del calibre de Incendios habría que llevarlo a centros educativos y ofrecérselo a mandamases, suministradores de armamento, jerarquías religiosas, predicadores, a los que tragan sin rechistar, a los que se dicen apolíticos. A todos les convendría enfrentarse a un texto devastador sobre las marcas que deja de la guerra, ahora que señales con tanto loco suelto aventuran que lo peor está por llegar.

Pasión por una reina

Desvelándome aún entró la señal de la convocatoria de urgencia en Buckingham a todo el personal de la casa de Windsor y me puse como una moto ante la posiblidad de que el sorpresivo movimiento escondiera un auténtico terremoto. Lo que tienen las series. antes de ver The Crown lo habría pasado por alto en cinco segundos pero, tras beberse uno los avatares del inicio del reinado de Isabel II, de sus conflictos entre la acción privada y la pública, de arreglárselas para sobrevivir heredando parte del magisterio inoculado desde Downing Street por Sir Winston Churchill y de desear al mismo tiempo que el último capítulo no llegase nunca, la curiosidad sobre el anuncio marcó la jornada. Si estará bien hecha la creación de Peter Morgan que hasta arma mejor a la institución de lo que es. Qué vamos a hacerle; el hombre, que se ha dejado llevar.

Mis hermanas y yo, no. nuestra soberana, que proviene del 23, ha resistido más que la británica, que ya es decir. Muy niña también le arrebataron al padre, pero en esta ocasión de varios disparos. Fue el 17 de julio del 36, enfundado en su terno de Guardia Civil al servicio del Gobierno de la república, por lo que la viuda se quedó al mando de tres criaturas y no solo las sacó adelante como tantas de su quinta, sino que tuvo tiempo de modelar al nieto sin tener que padecer, no obstante, que más tarde se hiciera periodista.

De su padre, la chiquilla jamás olvidó los zapatos relucientes. relució por sí misma convirtiéndose en mujer trabajadora en los cuarenta y autoprocurándose una mentalidad abierta, transformadora para la época de la que hemos sido beneficiarios. el primer parto le hizo perder pie y algunos quisieron ver en ello un signo de fragilidad, pero ninguno vive para arrepentirse. Lo único que quería de sus hijos es que se formaran y ahora se siente afortunada porque éstos no dejan de estar pendientes y porque, cuando las fuerzas flaquean, los nietos le dan chutes de energía. sí, da gusto ver a la señora Eloisa convertida en reina sin necesidad de palacios.

Compromiso y respuestas

Siempre que pienso en él, en José Ramón Navarro Vera, en su apasionamiento de décadas por lograr que la trama urbana sea lo menos manicomiable posible al hilo de las variopintas toma de decisiones que la rocían, se me viene a la mente el contundente aserto brechtiano acerca de que «esos son los imprescindibles».

A este urbanista, que ha fijado buena parte de su mirada en proporcionar las coordenadas convenientes para que los habitantes de alicante ciudad no tuvieran por qué renunciar a disfrutar del espacio público que en teoría les pertenece, ha habido que trasladarle de vez en cuando que, si los que se mantienen dando la batalla desde distintos frentes dejan de hacerlo, el resultado en el que nos encontraríamos sería aún peor. sí, el profesor es ciclotímico. También es cierto que, dada la tarea autoimpuesta, es lo menos que le podía suceder. Con el cambio de color en la regiduría y el advenimiento de formaciones llamémosle de izquierdas, el conspicuo ordenata del territorio se hizo unas ilusiones que, tras estos ejercicios oteando los nuevos registros, lo han llevado a realizar un ciclo sobre la revolución. La bolchevique, no la de Merimée.

Sí, sin abandonar sus prismáticos de la terreta, Navarro Vera ha aprovechado que en el 17 se cumple el centenario del vendaval que zarandeó rusia y parte del extranjero. Lo ha hecho en entregas que en- vuelven el año bajo el paraguas de «utopía y desencanto», epígrafe cumbre donde los haya de la ciclotimia, que sirve tanto para el roto de allá como para nostre descosido.

La primera sesión fue en febrero y el ya de por sí entusiasta Jorge Olcina se vino arriba al avistar que debía habilitar más espacio en la sede de Ramón y Cajal. Hoy se retoma la segunda parte, que promete y, dado que todo indica que el tripartito aguantará, el programador no hace otra cosa que pensar que estamos en puertas de la efemérides del 68, donde hubo capítulos de aquí te espero. Sólo digo que, al ir en el terreno histórico como una moto, cualquiera es el guapo que se pierde el 69.