Siempre que pienso en él, en José Ramón Navarro Vera, en su apasionamiento de décadas por lograr que la trama urbana sea lo menos manicomiable posible al hilo de las variopintas toma de decisiones que la rocían, se me viene a la mente el contundente aserto brechtiano acerca de que «esos son los imprescindibles».
A este urbanista, que ha fijado buena parte de su mirada en proporcionar las coordenadas convenientes para que los habitantes de alicante ciudad no tuvieran por qué renunciar a disfrutar del espacio público que en teoría les pertenece, ha habido que trasladarle de vez en cuando que, si los que se mantienen dando la batalla desde distintos frentes dejan de hacerlo, el resultado en el que nos encontraríamos sería aún peor. sí, el profesor es ciclotímico. También es cierto que, dada la tarea autoimpuesta, es lo menos que le podía suceder. Con el cambio de color en la regiduría y el advenimiento de formaciones llamémosle de izquierdas, el conspicuo ordenata del territorio se hizo unas ilusiones que, tras estos ejercicios oteando los nuevos registros, lo han llevado a realizar un ciclo sobre la revolución. La bolchevique, no la de Merimée.
Sí, sin abandonar sus prismáticos de la terreta, Navarro Vera ha aprovechado que en el 17 se cumple el centenario del vendaval que zarandeó rusia y parte del extranjero. Lo ha hecho en entregas que en- vuelven el año bajo el paraguas de «utopía y desencanto», epígrafe cumbre donde los haya de la ciclotimia, que sirve tanto para el roto de allá como para nostre descosido.
La primera sesión fue en febrero y el ya de por sí entusiasta Jorge Olcina se vino arriba al avistar que debía habilitar más espacio en la sede de Ramón y Cajal. Hoy se retoma la segunda parte, que promete y, dado que todo indica que el tripartito aguantará, el programador no hace otra cosa que pensar que estamos en puertas de la efemérides del 68, donde hubo capítulos de aquí te espero. Sólo digo que, al ir en el terreno histórico como una moto, cualquiera es el guapo que se pierde el 69.