A la misma hora, Antena 3 abrió el informativo con la detención del sargento de la Guardia Civil que dio positivo en alcohol y drogas tras el choque en el que murieron tres personas en Torremolinos; el mal rollo de don Juan Carlos por dejarlo en casa; las agresiones en la huelga de taxistas contra la compe y el estado de los incendios forestales. A esto Tele 5 añadió la segunda reprobación de uno de los del gabinete… Pero claro, como la verdaderamente privada es la que es, La 1 pasó a velocidad de vértigo por el sumario en el que incluyó la fiesta del vino de Haro y el ganador de «MasterChef» y arrancó con lo que nadie había destacado como fue la previa en Berlín de la cumbre del G-20 que se celebrará en Hamburgo y sobre la que la propia canciller alemana apenas si tiene alguna esperanza. No dejemos, sin embargo, que la realidad estropee un pedazo de spot de casi cuatro minutos en el que la pobre, por deficitaria ella, desplazó a dos enviadas especiales para cantar alabanzas del estilo de «el presidente del Gobierno ha abogado por seguir en la lucha contra el cambio climático y potenciar el libre comercio como factor de crecimiento», dándole una bola que te cagas al milagro que, según el ínclito, se ha producido gracias a las medidas adoptadas, todo ello bañado por imágenes sonrientes de Mariano cruzándose con los prebostes de los países que en realidad marcan el paso. Puesto que otro reprobado de la legislatura ha sido precisamente el presidente del ente, que en unos meses tendrá que volver a ser elegido por consenso después de la pasada que viene pegándose el puntal impuesto por el del G-20 que rehúye contaminar, se ve que José Antonio Sánchez habrá dicho hay que aprovechar al máximo lo que nos quede. La guinda la puso el tiempo de Deportes al resaltar la presencia de Rajoy en la final de los chavales, mientras Cristiano se volvía al ser apeado del torneo disputado con los suyos. Anduvieron, no obstante, comedidos y no adelantaron para quién será el «Balón de oro» pero, vamos, a buen entendedor…
Mes: junio 2017
Un burlón de primera
Debió ser con el arranque de siglo cuando me desplacé a Madrid junto a buen puñado de periodistas de medios de todos los confines para asistir a una cita con el entonces secretario general del pepé, Javier Arenas. No sé por qué acudí y no quien verdaderamente estaba al tanto de los múltiples escarceos de la tropa, pero supongo que sería por imperativos del guión. El caso es que, aunque prefiero de largo ir al Español, al Marquina, a la Abadía, al Teatro Real o al Auditorio Nacional a ver otro tipo de interpretaciones, me embargó la curiosidad puesto que los guiñoles exaltaron al máximo la llamativa dimensión del artistazo.
Me presenté convencido de que los aires que se daba el convocante eran pura fachada. Que la diferencia respecto al álter ego que comandó con anterioridad la sala de máquinas en la otra acera sería abismal. Pero no, Arfonzo. Supongo que la mezcolanza dolerá, pero así es la vida. El control que tenía el gachó de los resortes organizativos era de primera. Es lo que imprime el poder y, cuando lo pierdes, el marchamo queda en ná. Y, aunque Aznar tenía aún en lontananza las azores, por esas fechas se permitía poner los pies sobre la mesa en la recepción dispensada por Bush, su amigo americano. O sea, que la pléyade gobernante estaba que se salía haciendo estragos de mayoría absoluta y
el secretario general, que sigue hoy a la siniestra de mister Brey, no iba a ser menos.
En aquella reunión, Arenas demostró conocer hasta el último gato de cualquier territorial por muy escondida que estuviese. A base de un registro de impresión, lo tenía todo aquí. Por eso, y aún siendo más pintureramente taxativo que los Acebes, Oreja y Rato, rebobinas cuando, a preguntas del abogado de Bárcenas le oyes en el juicio de Gürtel «no tengo ni idea» de quién recibía los donativos y, de la «reunión humana que no política» del despido del extesorero con la mujer de éste y Rajoy presentes, asegurar que no recuerda que se hablara sobre cuestiones económicas. Venga, no te hagas de menos, campeón.
Caer del pedestal
Dentro de un programa con telón de fondo festero, Gemma Nierga no tuvo inconveniente en incorporar a la mesa de opinión a Carmen Herrero, catedrática de Fundamentos de Análisis Económico, estudiosa y conocedora de los problemas sociales relacionados con los aspectos que tienen que ver con la equidad o el bienestar social, que este año recibió el Jaime I de Economía. Bien, se le estaba hincando el diente a los llamados síntomas de recuperación, a si se podían repetir errores, a que quienes pagan las convulsiones son siempre los mismos… cuando Marc Giró, editor de moda de Marie Claire, colaborador del tramo frivolón en el que fue insertada la profe investigadora, se lanzó a la piscina: «Yo, que repaso las revistas del corazón, tengo la sensación de que los ricos cada vez son más desvergonzados en el sentido de que la clase media cada vez somos menos clase media; los pobres, más pobres y ustedes siempre dicen que no hay que vivir por encima de nuestras posibilidades. No, si aquí no hay quien viva ya por encima de nuestras posibilidades. Pero, aunque la fuente que tengo son las revistas del corazón, me da la sensación de que aquellos que llamamos ricos son más desvergonzados en la exposición de su riqueza, en el hurto del bien común…». Es probable que una gran mayoría se habría puesto de su parte de haberle contestado Inda que, aunque no participaba, puede salirte por cualquier lado. Pero no. Quien le replicó sin ofuscación alguna sabía de lo hablaba y además lo hizo con una sonrisa: «Yo creo que ahí hay un elemento que tiene que ver con la tolerancia de la sociedad. Vosotros le habéis dedicado todo un espacio a hablar de esta gente. Si no hablásemos de ellos, se les acabaría el negocio. En el fondo, los medios impulsan el poner en un pedestal a gente que forma parte de un grupo social cuya única gracia es la desvergüenza. La sociedad debería ser un poco más crítica». Nierga hizo un gesto como diciendo la que acabamos de comernos y, a partir de entonces, Giró estuvo de diez. Ya no dijo ni mu.
Derritiéndose por sí mismos
Para que no se diga que la situación ha pillado por sorpresa, María Josep Picó, Premio Nacional de Periodismo Medioambiental, viene advirtiéndolo por activa y por pasiva: «Falta liderazgo político en la Comunidad Valenciana. Al llegar la izquierda al poder se esperaban cambios que no se han producido ni en energías renovables ni en gestión de residuos. En el caso del Consell, el no haber hecho nada ante el cambio climático no es un problema de proteger intereses, sino de dejadez». Con esa cara de buen tipo que hasta los antisusanistas le reconocen, al titular del Consell el cambio climático se le ha venido encima de lleno. Tiene bemoles. Media legislatura haciendo encajes de bolillos para bandeárselas a base de bien con los botánicos y son los suyos, al sentirse descuidados según proclaman, quienes pueden darle la cornada. es la fiesta nacional a la que, pese a andar tan cuestionada, nadie renuncia en el pesepevé.
Y eso que el cambio climático es uno de los emblemas al que agarrarse la maltrecha socialdemocracia en pos de levantar el vuelo frente a los conservadores –de lo suyo–, pero ni aún así los embolados progresistas de nuevo cuño tienen el temple suficiente para dejar de lado las refriegas internas –Susanita tiene un ratón, que para Ximo no es chiquitín– y abanderar el pulso contra los verdaderos desafíos que angustian a la plebe. Éstos pueden esperar; los navajeos, no tanto.
Y sin embargo, Marten Scheffer, estudioso de los cambios radicales que acarrearían una catástrofe climática y que acaba de recibir un reconocimiento en nuestro país –a eso no nos gana nadie–, ha advertido que «si Groenlandia se derrite, estaríamos asados por milenios». La ventaja que muestra la izquierda en los paraderos de atención más próximos es que, debido a su sino, no necesita esperar a que Groenlandia se derrita. En cuanto ábalos y avales hagan de las suyas por renovar energías, habrá de ponerse manos a la obra con el ingente aluvión de residuos que se avecina. ¿Lo ven? Ahí lleva la delantera.
El tránsito por el bienio
Bajo a la playa por el mismo rincón desde hace la tira y, mientras me pego mi paseo y despliego un mar de ensoñaciones, voy refrescándome a base de chapuzones estratégicos que quedan en nada cuando al regreso hay que meterse un repecho de primera categoría que deja al más pintado con la lengua fuera y conste que no soy de los que alcanzan la meta en peores condiciones. Así que quiero plantearlo sin tapujos: a los vecinos y visitantes del contorno nos vendría de perlas unas escaleras mecánicas. Dirán ustedes que la propuesta parece disparatada. Ya. Pues me ha animado la idea cumbre de la legislatura surgida entre quienes nos comandan de ampliar la explanada con un túnel bajo el mar que, con el propósito de peatonalizar la Explanada, fue al poco reemplazada –qué remedio– por un puente de 135 metros entre la zona de Levante y Poniente del puerto. Lo que dejo caer precisa de unos 50 metros de intervención y, como entraría en movimiento cerquita del Sidi, supondría un subidón después de que uno de los emblemas turísticos de la zona haya pasado a mejor vida. La verdad es que en cualquier otro lugar del mundo no se me ocurriría plantearlo, pero aquí…
Al hacer balance de este bienio, Carlos Gómez Gil, sociólogo cabal y tipo com- prometido donde los haya, lo describe como «decepcionantes y desalentadores»
y el presidente de la Junta de Semana Santa, por seguir con el cirio, constata que, la gente, «muy contenta no está». O sea que los que nos regentan tienen motivos para la satisfacción porque, a pesar de parecer a primera vista una obra loca, sí tiene pinta que transitamos por un túnel.
A diferencia del análisis del sociólogo citado, a los prebostes les sobra generosidad. Ahora reparten tarea para que distintos colectivos elaboren proyectos y prioridades, a pesar de que, como queda constatado, anden sobrados de imaginación. Y aunque no es fácil lograr que nadie sepa a estas alturas hacia dónde nos dirigimos, mantengo no obstante cimentadas esperanzas. En las escaleras mecánicas, claro.
Pues sí, de armas tomar
Asistimos a dos mociones de censura, la del presi y la de Pep. ¡La que le ha caído a éste! Hay quien ha escrito ya su epitafio al frente de La Roja. Iríbar también fue despellejado. ¡El Chopo! son tan pocos los futbolistas que piensan que, todo lo que no sea meter pases, dar patadas y ofrecer declaraciones post-partido que provocan vergüenza ajena, lógicamente irrita. el que anda por Manchester ha proclamado algo tan grave que se le expulsa por anticipado del combinado que defendió, pero al que le dijo a un subordinado «Luis, sé fuerte», con todo lo que encierra, se le renueva y aquí paz y después gloria.
Pese a ello, Irene Montero entró a saco y, los componentes del cuadro enjuiciado, no le quedó más que tragar y tragar quina. es lo mínimo con lo que desprende esa maquinaria pesada que no acaba de aplastar a sus emprendedores y, tener que escuchar la retahíla de desviaciones, una de las manifestaciones la democracia, pep, hijo mío. Y sí, cada una es un mundo. en estados unidos, el himno por ejemplo es sagrado. La previa de los acontecimientos la marca su interpretación, que se sigue en primer tiempo de saludo y a mí me lleva a pensar en la de miles de criaturas sin formar que van ciegas a defender esa bandera y que, con veintitantos, vuelven tarumbas. aquí, entre que ni el himno tiene letra, que objetar marcó tendencia y que la munición que nos va es la de armas tomar, se relativiza el entusiasmo pero aún así no lo aprovechamos. agitar el caldo de cultivo es una de nuestras señas. Y para esto, españolistas y catalanistas son unos hachas. Dice el clásico que el nacionalismo se cura viajando y, sin embargo, a Pep parece producirle el efecto contrario por mucho que impedir votar es verdad que tiene mala venta a pesar de los pesares. El problema de este árbol es que oculta el bosque y de ahí que lo agitase Mas. Pero no seamos hipócritas porque se sabe quién ha traído la precariedad laboral, el exilio teenage, el ¡ay! de las pensiones y la escasa cohesión social y territorial. No hay más que oír a la afición. Ha sido Piqué.
Denominación de origen
Este 15-J se cumplen 40años de la primera pasada por las urnas en una época aquella en que, de los «40 años», se hablaba hasta la extenuación. Y sin embargo, la diferencia de bloques son considerables porque vienen de raíz. Los primeros tardaron en digerirse por efecto de la posguerra y sus derivados y éstos da la impresión en ocasiones de habérnoslo bebido. También es verdad que ha habido que empinar lo suyo para pasar ciertos tragos.
Mientras que los críos viven hoy en comunidad a través de las múltiples aplicaciones de sus chismes, los de los sesenta lo hacían deleitándose en blanco y negro con las aventuras del Llanero solitario y El Santo, aislados en la salita. Fomentar el individualismo es una buena táctica para que la gente no se arremoline. Pero, como no es fácil poner puertas al campo, los dueños de las fábricas se encontraron con que sus nietos formaban parte de una célula de la Joven Guardia Roja. Obreros y estudiantes de la mano resquebrajaron el andamiaje y, tras alcanzar el sufragio universal empujando desde muchos frentes y superando sangrientas convulsiones, empezaron a compartirse plazas de todos los colores en la que se entremezclaban camisas azules bajo añorantes bigotitos afilados y senadores veinteañeros que por entonces hasta se veían marxistas.
Pero los efectos ópticos verdaderamente dañinos no se larvan de un día para otro. Meses antes de aquel 15-J, un periodista y escritor pecero oyó en una celda contigua de la dirección general de Seguridad una voz conocida. Era la de un miembro del frap que una década después formaría parte en su tierra del gobierno socialista, con posterioridad de uno del pepé y que ha vuelto a la trena, pero por hacer de su capa un sayo con los fondos públicos. A pesar del cambio histórico, qué mal rollo. De la amnistía por todo un compromiso hemos pasado a la fiscal de los potentados tunantes y eso que andamos como andamos, o sea dando tumbos medio rescatados. Parece claro, pues, qué dirán dentro de 40 años. Que sí joder, que fuimos santos.
Una conducta estrafalaria
Ignacio Echeverría, 39 años, currante en un banco de la City, volvía en bici de pasar la tarde con colegas de aficiones cuando divisó a un menda apuñalando a una mujer y, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo ni a Alá, desenfundó la juguetona tabla de madera, se precipitó hacia la zona en conflicto y, por los testimonios, la última escena que pudo retenerse de él es la de un cuchillo atravesando su espalda. Para la bibicí, estamos ante el «héroe del monopatín» y las autoridades de la isla se lo ha agradecido a la familia con horas, días, siglos de silencio, incertidumbre y angustia. Aún contando con la presencia de la hermana de Ignacio allí, no se le ha permitido a la residente londinense acceder a la zona de heridos ni a la morgue, enrocándose los hijos de la Gran… en la petición de adeenes y de huellas dactilares para consumar hasta límites paranoicos los protocolos de identificación. entre la chapuza llevada a cabo con los restos del Yak-42, que contó con la bendición de mister «Michirones» Figueroa, y el estrafalario proceder brexitánico, seguro que existe un término mediosensato.
Es por ello que da fatiga escuchar a los gobiernos enfatizar que la mejor respuesta al golpeo terrorista es proseguir con la normalidad. Se refiere a la plebe. Esa multitud que se congregó en Manchester en un concierto conmemorativo para dejar claro que no anda cautiva o la que en marzo de 2004 se movilizó en España para gritar que ya bastaba de zarandajas a la hora de situar la atrocidad cometida por tanto canalla suelto. Quizá no estaría de más concluir que éstos se tienen estudiado los calendarios electorales porque, en un escenario y en el otro, han escogido el turno en el que en las altas instancias se pierde más el oremus, con lo que el reguero de confusión que se provoca resulta despiadado en todos los órdenes.
A ver si desaparece de una vez la tortura en cualquiera de sus acepciones. También para inocentes como los padres de Ignacio que, por sus huellas radicadas en Londres, no son merecedores del atroz castigo.
El factor optimista
Es de esas mañanas que, al igual que un porrón de plebe, quedas huérfano por la muerte a los 51 de alguien a quien, a pesar de no conocer personalmente, lo has presentado a gente cercana para que disfrutase con su presencia vía youtube de la misma manera que tú. en una vida anterior, Carles Capdevila fue periodista de machaque diario y de ahí que tuviera una exigencia suprema para una profesión que, desgraciadamente decía, se ha acercado más a las elites y a los poderes que a las personas y que se mueve mejor por los cenáculos que por las salas de espera de hospitales y por aquellos barrios a los que no se acerca ni Dios. Al recibir meses atrás el Premio Nacional de Comunicación, dentro del agradecimiento, soltó: «Me han felicitado algunos de los que, siendo director, me hacían la vida imposible y conspiraban para que no fuéramos independientes». Lo a gusto que se quedaría.
Tras detectársele un cáncer de colon y sin dejar de poner el foco en los anhelos de la vida cotidiana, se cogió del brazo del toro educativo de nuestras criaturitas con una gira de charlas repletas de sentido común e ingenio y pasajes memorables. Uno de tantos que sonará a no pocos es ese en el que revela que, tras 19 años casado y cuatro hijos en la butxaca, reinventaron en casa la teoría de la relatividad: «Con el primero esterilizábamos el chupete cada vez que nos parecía que a lo mejor podía haber rozado el suelo y había un bote de agua hirviendo sin parar. con el segundo, si el chupete había caído en un sitio claramente sucio, lo pasábamos por debajo del grifo. con el tercero decidimos que si caía en un lugar muy, muy sucio y había al menos tres testigos, lo pasábamos un poco así por la camisa. Y a nuestro cuarto hijo nunca se le cayó el chupete».
Se ha ido transmitiendo buen rollo a los que andan hirviendo agua todo el día y a los que dándose quimio agradecen infinito la mano en el hombro de la enfermera. La fórmula no es otra que disfruta con fruición lo que tienes que esto, queridos, no es para siempre. Parece sencilla. Ya, ya.