Dunkerque es una ciudad portuaria del norte de Francia, a 10 kilómetros de Bélgica, enclavada en el Flandes de ese límite, donde se conserva el flamenco –la lengua, claro– a pesar, pásmense, de no haber contado por sus contornos con ningún Marzà. O puede que por eso.
Situada junto al mar del Norte, engrosó en el XVI el imperio de los Habsburgo españoles. Tras pasar a dominio inglés en un asedio, fue vendida a Luis XIV por cinco millones de libras, pago que nunca llegó por supuesto a completarse. Como ya resultó bombardeada durante la I Guerra Mundial, la irrupción de Christopher Nolan no ha pillado a nadie de nuevas. La peculiaridad del episodio bélico sucedido a lo largo de una semana bien despachada en la primavera del 40, tenía al director londinense con el coco sorbido desde ni se sabe. La inexplicada actitud alemana de no propinar el golpe de gracia al enemigo acorralado y la diligencia de Churchill para movilizar a todo cristo a que cruzara el canal evacuando así a los suyos y a los franceses subyugan y el cineasta, que ha adornado la gesta con un ritmo, una música y una técnica que paqué, no ha querido enfrentarse a ella hasta verse suficientemente preparado.
Curtido en mil batallas, Ximo Puig no aspiró a tomar el mando de la nave sino muchos años después de que ésta hubiese perdido enclave y rumbo y, una vez alcanzado, le devolvió a sus fieles, aunque compartido con otras fuerzas, el timón tras siglos de haberlo extraviado. Los soldados ingleses regresaron convencidos de que iban a correrlos a gorrazos por haberla cagado, pero lo que hicieron sus paisanos fue reconocerles la valentía. Aún reinando, Puig ha sido retado por los suyos a un nuevo duelo y, una vez solventado éste, el contramaestre Ábalos lo único que ha hecho ha sido resaltar que lo fetén no es que aquél haya ganado sino el notable sector que tiene enfrente. Al igual que en la propuesta de Nolan, el espectador ha sentido los bombardeos desde dentro. Y lo entiende, faltaría más. Pero no lo comprende.