Los nuevos resortes

Aunque lo haya tocado Millás, cuesta resistirse. De las arcas públicas, Macron ha gastado en sus cien primeros días al frente de la jefatura del estado 26.000 euros en maquillaje y eso que la France ya se había sometido, con la pronunciadísima ascensión hacia el elíseo del advenedizo exbanquero, a una operación cosmética de indudable alcance. De los pilares a través del hito de aquella revolución a estos resortes capilares. Recordemos que la maquilladora de Sarkozy se embolsaba 8.000 euros mensuales por el cometido y que hace un año se armó la marimorena tras conocerse que la factura del peluquero de Hollande rondaba los 10.000 teniendo en cuenta que el hombre dispone de unas relucientes entradas. Si llega a contar con pelambrera al estilo Trump y dimensión de la de Pablo Iglesias, la V República habría entrado en quiebra.

Estos derrotes en la dirección de una de las naciones mejor cimentadas de pensamiento, obra y omisión corroboran que, en lo que al sustento ideológico se refiere, las raíces están pudriéndose de todas, todas. Da la impresión de que no resisten sanas ni las puntas, salvo que plebe comprometida de siempre intentara agarrarse a un clavo ardiendo al son de «¡peluqueros y maquilladores del mundo, uníos!», pero tampoco éstos iban a volverse locos sabiendo que quienes esperan a la vuelta de la esquina por aquí son los bien parecidos porque a los que se les atribuye cierto sustrato, más que velos de ingredientes hidratantes, lo que necesitan cada dos por tres es ir a urgencias de la leña que se dan. Podemos a pesoe; pesoe contra pesoe; Iglesias a Errejón, Llamazares a Garzón, éste devolviéndosela y tiro porque me toca.

La verdad es que, en nuestro caso, viendo cómo se manejan quienes patronean la barca es para desquiciarse. Rajoy vuelve al Congreso con lo mismo que se despidió desde la Audiencia Nacional: esos asuntos más que turbios sobre los que ha sido capaz de interiorizar un discurso productivo sin necesidad de maquillaje alguno. Al no ponerse colorao, es lo que nos ahorramos.

Enfundados en perplejidad

En enero de 2016 un poli de Vilvoorde le mandó un correo a un mosso d ́esquadra, con el que coincidió en unas jornadas, demandándole colaboración acerca de un tal Abdelbaki Es Satty que pretendía establecerse en esa ciudad flamenca: «Quería pedirte si hay posibilidad de indagar sobre una persona que quiere trabajar aquí como imán. Sé que tiene previsto ir a Barcelona en febrero y que está casado. Cuanta más información puedas compartir sobre este individuo, mejor». Por lo que se conoce, el único dedo que se movió fue certificar que en la base datos de la gendarmería catalana no consta nada.

Después de lo que ha pasado, del reguero de muerte y desesperación provocado por el adoctrinamiento del mismo que no consta en esos archivos a una célula del movimiento más radical y violento del fundamentalismo como es la de los takfir, lo que cree el consejero de presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, es que todo forma parte de «una ola para desmerecer a los mossos». Los integrantes de esta corriente yihadista se mimetizan con el entorno de su objetivo y el único fallo cometido por el instructor fue levantar sospechas en Bélgica al rehusar mostrar su certificado de penales por haber pasado un tiempo en la cárcel de Castelló I, dato que no pudo suministrar el mosso.

Expertos en terrorismo internacional advierten que las autoridades autonómicas catalanas no son muy partidarias de la participación de los Mossos en Europol –Oficina Europea de Policía– a través de los canales de interior. ¡Al loro, tócate las narices! Pero los acérrimos españolistas que no señalen porque, tradicionalmente, la colaboración entre los uniformados por la patria ha sido cañí. ¿Cómo puede ser que se suscite un debate sobre la plantación de bolardos cuando la forma más efectiva de prevenir esta barbarie reside en reforzar los servicios de inteligencia dotándolos de la mejor información posible y resulta que entre ellos no se ajuntan? Es para volverse loco y, si lo contemplas tras atravesarte la tragedia en canal, ¡Dios!

Que nos lleve la corriente

Un periodista de este contorno nuestro va a meterse entre pecho y espalda 81 kilómetros a nado por el Ganges, uno de los ríos más contaminados del mundo. La situación es desesperada y grave.

Metí la cabeza en una redacción y empecé la carrera en la facu el mismo año en el que se vio forzado a dimitir Nixon tras añadas resistiéndose como un cosaco, de modo que lo que sí hubiese tenido mérito habría sido aspirar con todo el alma a ser portavoz gubernamental. Pero España tenía tantos deberes pendientes que la mera idea de estropear la fiesta a cualquier teniente alcalde arrogante ponía al más pintado. La prensa, no obstante, fue más allá. Coadyuvó a la instauración de un tiempo nuevo y, una vez asentado, se soltó de la mano y puso a los aprovechados a caldo. Sabido era que nadie iba a agradecérselo y, de hecho, ya no lo hacen ni los bien alimentados lectores. Hoy éstos no tienen en su inmensa mayoría reparo en dejarse los cuartos en plataformas que le sacan un ojo de la cara por el furbo o atiborrarse a series en Netflix o hachebeó y, sin embargo, les cuesta Dios y ayuda apoquinar una miseria por seguir contando con la información que algo ha influido en el estado del que ahora disfrutan. Encontrar, por tanto, un medio que le dé a sus Woodward y Bernstein una buena temporada dedicados en exclusiva a sacarle las vergüenzas a los poderosos tontolabas que cortan la respiración es una tarea tan ilusoria que uno prefiere mil veces buscar la condenada aguja en el pajar.

A pesar del deterioro, el periodismo puro y duro era sagrado para este estilo de vida. El colega que está a punto de tirarse al río en la India lo notará calentito, no le quedará otra que apartar con sus brazadas restos de animales y humanos puesto que asomarse al espejo hasta el último día es un privilegio y, pese a esos inconvenientes, los hindúes llevan a los críos a clases de natación en las aguas del Ganges para que, con el espíritu inoculado, una vez se hagan mayores no los arrastre la corriente putrefacta que les aguarda fuera. Igualito.

El modelo tururú

Es verdad que habían tenido que esperar un buen rato con sus chavalas adolescentes para dar con un taxi porque, en el aeropuerto, al parecer no hay buses a esas horas. Pero fue comprobar por la Calle Mayor que la aglomeración en torno a los veladores dificultaba a los residentes acceder a sus portales y sentir más tarde el ruidito desde Castaños hasta San Cristóbal y alrededores para comprender que la cacareada turismofobia no ha encontrado acomodo por aquí. Más bien al contrario. Ser vecino es lo que debe tener un tocao.

De modo que, tras olvidarse del incidente aeroportuario, pasaron a la acción y, al desconocer el terreno, se metieron en la web del ayuntamiento dispuestos a abrazar lo que la plaza les ofreciese. Se encontraron con conciertos programados en el castillo. Qué sugerente. Vieron que los de Viva Suecia y Javier Robles no les cuadraba por fechas y decidieron acercarse al de esa misma noche animados por la madre que escuchó a Morgan, una emergente banda madrileña, en Radio 3. Las jóvenes estuvieron de acuerdo, que no es poco.

Se acercaron con tiempo a Ruperto Chapí donde la web indicaba que, en el lateral del teatro, aparecería cada media hora desde las siete un autobús que les subiría gratis a Santa Bárbara. Pasadas las siete y media el padre preguntó a un conductor de la línea 6, que ignora de qué servicio está hablándole. En el el bar de enfrente los miraron con cara de «¿¡pero adónde se creerán éstos que han venido a veranear!?». Nada más iniciar la escalada a pie se toparon con un cartel en el que se indica que el ascensor sube hasta las siete y veinte, aunque en la página se especificaba que los días de actuación estaba hasta las tantas. Cualquiera es el guapo que se acerca a comprobarlo. Durante la caminata otearon el horizonte cuestionándose la mayor: «Tal como tenemos hoy el sistema defensivo, ¿se mantendrá la fortaleza en pie?». Junto a la garita, el guardia estuvo a punto de detenerlos pensando que estaban cachondeándose al preguntarle por el bus gratuito. En fin, es lo que hay, Morgan.

El combate a la oscuridad

Detuve el documental de las memorias del «boss» a fin de asistir a la despedida de Usain Bolt. El atleta aprovechó la previa del 4×100 para, en lugar de enardecer a la grada con aquellos ademanes de Zeus de la velocidad, despedirse como ido, pausadamente. Sonó el disparo, el jamaicano esperó el relevo de modo desconocido, impaciente y, a las pocas zancadas de su última posta, sintió la pierna hacerse añicos y cayó. Haber estirado hasta el más allá esa condición sobrenatural tiene un coste. Nada más dejarla atrás, Usain solo pensaba con todas sus ansias en salir, pasar una buena noche y tomar algo. A los treinta tacos se acabó lo que se daba y, al igual que a otros de la galaxia, no será difícil ver convertirse al «relámpago» en una bola aunque ya no sea de fuego.

A sus 67 primaveras, el rockero de New Jersey solo necesita abrirse agujeros en el cinto de los vaqueros para seguir acabando los maratones que se pega por medio mundo como un campeón. Y eso que él también se rompió a los treinta y tantos. Una noche oscura, uno de los tipos más grandes, más duramente tiernos y con mayor energía que haya registrado el censo musical a lo largo de la historia sintió que se rompía por dentro. Y, desde entonces, ese fantasma real como la vida misma no ha dejado de acosarle.

Se ahí que, durante una etapa considerable, se metiera kilómetros y kilómetros entre pecho y espalda para alcanzar antes de que amaneciera Freehold, su borough, su pueblo o lo que quiera que sea y rebuscar posiblemente en pasajes recónditos de la infancia las raíces de ese sufrimiento. En realidad, siempre ha estado en Freehold, nunca se lo ha quitado de la cabeza. Con tanto como le ha ido añadiendo al cóctel, el credo de Elvis, gotas de Seeger, el compromiso para responder a los traumas generados en su inmenso país, las estrellas, aquel árbol… Buena parte de la autenticidad proviene de tener los pies en la tierra. A diferencia de quienes se creen triunfadores, él aspira a dar de una vez con algo que no admite fraudes: ser Bruce.

El cuadro completo

Estaba contándole hace un tiempo Miguel Poveda a Risto Mejide cómo María del Mar Bonet y él habían trabajado juntos textos en los dos idiomas para compartir escenario durante la Diada de 2007 en la que ocurrió lo que ocurrió: «Me dieron una pitada tremenda. Nunca había sufrido algo así y, al bajar, estaba encendido. Todos los políticos, incluidos Carod Rovira y otros de Esquerra Republicana se acercaron, me dijeron que habían sido cuatro y que no me preocupara, salvo Mas que se quedó en un rincón con una media sonrisa como diciendo ¡jódete! Fue mi impresión, qué cabrón. He cantado en catalán en las Ventas, en Francia. Amo a Cataluña y he hecho un disco en catalán. A mí nadie va a darme lecciones de saber estar». Para qué vamos a engañarnos, hasta Risto da miedo.

La movida viene de lejos, de ahí que haya quienes adviertan cierto inmovilismo en la parte contratante de la parte contratada. Pero eso se ha acabado. En el caso de que el Parlamento catalán moviera ficha y admitiese a trámite la proposición de ley para la celebración del referéndum, Rajoy sopesa mientras veranea… ¡convocar a los ministros a mediados de agosto! Qué barbaridad. Y hay más. El plan de acción conforme se acerca la fecha señalada del 1 de octubre es para hacérselo mirar. Está previsto que el mandatario español llegue a Nueva York al final de la semana del debate de la Asamblea General de la ONU el 22 de septiembre, que intervenga en un foro en Virginia y que tres/cuatro días más tarde se presente en Washington con idea de reunirse… ¡a solas con Trump! Para tener el cuadro completo solo falta que, tras darse una vuelta por Dinamarca para vender la historia, Puigdemont se dirija a Corea del Norte. De hecho el gabinete marianesco propondrá en las próximas semanas un panel de expertos para hincar el diente a lo de las nucleares por si las moscas y el mismísimo 29 de septiembre parece que el baranda mayor del reino acudirá a la cumbre de la UE en Tallín. Oye, a ver si al final han dado con la solución que, efectivamente, es irse todos.

La vida es una tómbola

Caen en mis manos revistas del corazón, todas ellas atrasadas. Qué peligro. Ni que decir tiene que, tratándose del rincón que se trata, probablemente les echaría un vistazo en su día pero el repaso en diferido sitúa mucho mejor ante los vaivenes que depara esto y deja una estampa fidedigna. De eso, la sin par Cospedal sabe un rato.

La primera con la que me topo es del 6 de agosto de 2014 y rompe con que «Alba Carrillo nos anuncia su boda con Feliciano López». Respecto a las andanzas del tenista señala que «Feliciano diseñó el anillo junto a un amigo suyo, joyero y gemólogo, y se fueron a Amberes a comprar la piedra al mercado de diamantes» compartiendo la modelo un puñado de certezas: «Nos casamos el año que viene. Soy la mujer más feliz del mundo. A Feli lo veo absolutamente comprometido, emocionado y, sobre todo, seguro del paso que vamos a dar». Qué nos vas a contar.

A continuación me encuentro con Fernando Guillén Cuervo y Ana Milán, que aunque catalogada de «boda en la más estricta intimidad», ofrece unas cuantas páginas para recreo curiosón ya que ambos lucen terno blanco y ella un corte helénico al tener lugar el enlace en Florida. Con el teatro das tantas vueltas que, al final, no sabes ni donde estás. Se anuncia que, nada más regresar a España, habrá una fiesta con familiares y amigos, pero ya no he podido encontrarla. No sé ellos.

El número más reciente es de este julio y en él tiene cabida un álbum sobre «el renacer de Ágatha» tras el adiós propinado por Pedrojota. La diseñadora se abre en canal: «¿Cómo iba a esperar que me dijese que quería separarse si nos acábamos de casar seis meses antes?». Es lo que tiene haber estado toda la vida pendiente del cierre del diario: que lo que ha costado un mundo, al día siguiente no sirve p ́a ná.

En un ejemplar de 2012 me detengo con la boda de Iniesta. Por la secuencia, es de las pocas estampas sin variación apenas. E igual que hoy, Neymar no sale mirando al pajarito. Aunque eso sí, por donde quiera que se encontrara, ya estaría partiéndose.

Paciente hay que ser

La lista de espera para una operación en la Comunidad Valenciana se ha ido de 98 a 107 días según el último registro comparativo con el ejercicio anterior. Redondeando, el número de pacientes que aguarda una intervención ha pasado de cincuenta y nueve mil a sesenta y seis mil. Mientras tanto nos llega que el exministro José Manuel Soria continúa utilizando escolta dieciséis meses después su caída y que los polis asignados a ese servicio acercarían al exmandatario del pepé canario a despachos de clientes para tratar negocios privados. Como para no ponerse peor.

No es extraño que en febrero se descubriese un ensayo del mismísimo Winston Churchill sobre la existencia de vida extraterrestre. En él se advierte que la teoría expuesta está realizada con presupuestos estrictamente científicos pero, con lo que el estadista del partido conservador vio, cómo no iba a creer que otra vida es posible. Más que una divagación sobre las peculiaridades que esconde el universo debió tratarse de una necesidad. Si terrícolas que no somos ni de lejos una firma tan relumbrante vemos esto cada día más marciano, él fijo que estaría convencido de que las únicas criaturas pensantes no pueden ser las que nos han caído en suerte.

Pues anda que nosotros, vaya carrera que llevamos también. Al ex uña y carne de Rajoy no ya ya es que se le mantenga el estatus mencionado, es que un agente ha escoltado a él y a su familia en el ferry con destino al lugar donde tienen previsto pasar las vacaciones de agosto. Pero tranquilos que eso no es todo. Soria no ha tenido empacho en volver al Volcán Lanzarote, establecimiento declarado ilegal por el tesejota canario, propiedad del mismo galán que regenta el hotel de punta cana donde el entonces ministro veraneó hará un par de años a gastos pagados, convirtiéndose en el inicio de su caída en picado. Bueno, en picado tampoco. y, claro, alguien dirá que nada tiene que ver las listas de espera con la prescripción para el que fuera máximo responsable de industria, energía y turismo. Hombre, un caso clínico sí que es.

Parte de la familia

Confiesa que desarrolló mucho el intelecto porque pensaba «que mi cuerpo carecía de atractivo». Hace tiempo que me seduce Natalia Menéndez, mujer de teatro y directora del festival de Almagro durante los últimos ocho años. Con el tiempo recuperó parte de la visión del ojo derecho que perdió por un sarampión y, aunque para ella tener gafas era sinónimo de no pintar nada, descubrió gracias a Paloma Picasso que una mujer podía ser resultona portando pasta de colores en las narices.

Habrán notado que uno de los rasgos sobresalientes de la inteligencia de Natalia es esa vis cómica que la hija de su padre no puede evitar. en los sesenta, cuando la tele ejercía el influjo propio de las experiencias recién estrenadas, a Juanjo Menéndez lo conocía todo dios. Junto a Bódalo, Mary Carrillo, Jesús Puente, Elvira Quintillá, Rodero, Adolfo, las Guitiérrez Caba, Agustín González y algún que otro/a entraron en casa rodados porque llevaban muchas temporadas de teatro a las espaldas y enseguida formaron parte de la familia. Hoy son tantos, de todos los confines a los que acudimos que sí, que hay donde elegir hasta aburrirse, pero es una historia que nada tiene que ver con aquella conexión tan íntima. «Siento respeto y admiración por el pasado de mi profesión», señala esta mujer que lleva buena parte del trayecto viviendo entre los clásicos: «Aprendí cosas de todos los grandes. Me gustaban porque llevaban el culo pelado de trabajar, tenían la costumbre de reunirse, existía el gusto por la conversación… Ahora vamos cada uno más a la nuestra». Si solo fuera en el teatro, hija…

Pero a resultas de la introspección a la que se presta con Elvira Lindo, mi devoción aumenta de grado. Natalia Menéndez relata que, cuando a aquel hombre que tanto hizo disfrutar al público le salió al encuentro un largo Alzheimer, dejó entonces de actuar, se puso a escribir, pensó en dirigir y se dedicó a cuidarlo. Pese a toda la tela que le queda por cortar, no hace falta decir que ya ha escrito su mejor obra.