En el fragor de la batalla

El inquieto Fernando Delgado presenta «Mirador de Velintonia», un esmerado guiso de recuerdos que bulló durante el fatigoso silencio de posguerra en el jardín de la casa por Cuatro Caminos en el que el venerable Vicente Aleixandre tuvo siempre reservado un moje de luminosidad y esperanza a quienes regresaban desorientados de tierras lejanas como Cernuda, Ayala o Aub, a quienes se acercaban necesitados de un soplo de aire interior que atendiera causas dispares tipo las protagonizadas por Gerardo Diego y Buero y a quienes les brotaban elementales veleidades literarias como el caso del autor. Con afán de realizar la inscripción accedo a la página del congreso internacional sobre Miguel Hernández en un año tan significativo. La tarde en la que escribo se congrega un manojo de autores para recitar una selección dentro del ciclo con el sugerente título de «Poetas y el mediterráneo». Se abren exposiciones dedicadas a representantes del género, olvidados tiempo atrás. no sé, algo está pasando. La lírica como refugio quizá. Ante tanta mamarrachada y la necesidad de elevar el espíritu, no solo de coachs vive el hombre. También puede que influya el otoño. Por esta franja solo falta la lluvia. Pero estamos sedientos, más si cabe. Así me bebo lo último de Juan Manuel Villalba sobre la propia tarea de escribir: «Ya puedes olvidar tu vida/asume que carece de interés literario incluso para ti/aunque te duela/aparta las canciones ya cantadas/no intentes descubrir lo descubierto fingiendo ser el único, el que llegó primero/olvida ya el amor, no es nada nuevo/Incéndialo en secreto, sin testigos, que nada quede escrito, que nadie sepa nada/retira los espejos, olvídate a tí mismo, sin que eso te impida recordarte todo lo que no eres porque ese sí eres tú/fulmina los aplausos que tanto necesitas/Si quieres ser palabra, no oigas, enmudece/deja la pirotecnia para la infantería/Y ahora, con las manos vacías y con frío, atrévete a sentarte y cuenta la verdad». Es ahí cuando no puedo evitar pensar que va dirigido a Puigdemont. Qué desastre.

Secuelas de la ingratitud

En las horas más chiripitifláuticas de nuestra reciente historia si no fuera por los efectos diabólicos del suplicio, y dentro de uno de los encuentros atiborrados de análisis, Albert Solé no pudo por menos que arañar unas ráfagas en su adiós: «solo dejarme un micro segundo. soy hijo como sabéis de Jordi Solé Tura, de la generación que hizo la constitución, y viendo a quienes están encabezando esta dicotomía pienso qué lamentable generación de políticos tenemos ahora». no suele ser fácil pero, con su alegato, puso de acuerdo a todos los intervinientes.

Él y Puigdemont son del mismo año, del 62, y ambos cuentan con formación periodística. El president comenzó haciendo crónicas futbolísticas por los campos de regional y llegó a desempeñar tareas de redactor jefe en El Punt. Rompió con aquéllo –qué raro–, se especializó en aplicación de nuevas tecnologías y, a la salida, se montó hasta hoy en cabalgaduras subvencionadas como la de Catalonia Today, un periódico en inglés. al estar amortizado en el desempeño actual, no hay que descartar su regreso a las redacciones. Es lo único que le hace falta a este oficio.

Albert, por su parte, creyó que era francés. a los dos años le dijeron que no, que era húngaro, por lo que se hizo de Kubala a muerte y, a los nueve, le revelaron la verdad. Así arranca el documental «Bucarest, la memoria perdida», que es donde nació en realidad el nene y que recorre el andén por el que su progenitor dejó atrás una existencia de clandestinidad, sufrimiento, lucha y gran esplendor a lomos de la costosa libertad: el del Alzheimer.

Solé Tura fue uno de los padres de la constitución, sí esa en la que algunos intentan hacernos creer a estas alturas que mejor no haber nacido de ella. Tiempo después no he podido quitarme de aquí el escalofriante cierre de ese prodigio de gratitud al padre en el que, a preguntas del galeno, Jordi no recuerda el nombre del hijo ni el de su mujer, que allí mismo se quiebra. Y madre mía, otros. Lo orgullosos que se sienten de pervertir la memoria.

En la hora de pasar revista

España se deshace hasta extremos inimaginables como lo demuestra el que Bertín no le coja el teléfono a Arévalo. Qué desastre, dónde hemos llegado.

Y todo porque el hermano en los escenarios de ideario cañí difundió por las redes la foto de una paella en Ca Osborne, con perdón, de la que dio cuenta el rey emérito, entre otros invitados. Yo no sé si el Consejo de Estado, la Academia de la Lengua –la encargada de preservar el idioma, me refiero–, el Gobierno, Sánchez y Rivera, los viejos santones que un día nos transportaron del gris al color y, por supuesto, Iñaki Gabilondo han reparado en la necesidad imperiosa de asignarle tareas concretas a don Juan Carlos porque teniéndolo así suelto, ya veremos. Lo pensaba viendo a su hijo batirse el cobre en el discurso de Asturias. No le quedaba otra que reforzarse a sí mismo tras haber tenido que dejar de ser árbitro de todas las sensibilidades reinantes en su comparecencia a mazo limpio y a fe que lo hizo transmitiendo en los premios una imagen que poco tiene que ver con la caspa consignada desde el exterior. Su madre seguía emocionada la impropia intervención de un borbón sin apoyarse en la chuleta apenas y el temor consistía en que, a esas horas, fuera a parar a la nube la imagen del páter brindando, yo qué sé, con el bon amic Jordi por los viejos tiempos. Al estar viviendo su enésima juventud, te sale por cualquier punto cardinal dejando a la intemperie a quienes otrora le rodeaban. El hombre, que se ha aficionado a tropezar.

Pero esto no acaba aquí. La en su día princesa del pueblo ha anunciado que se casa, lo que tampoco quiere decir que vaya a sentar la cabeza. Paz Padilla y Kiko Matamoros han quedado fuera de la lista a un enlace en el que el amor llegó en ambulancia, la que conducía el novio cuando fue en auxilio de Belén tras un percance. Es lo que nos ha faltado. Con un periodista y un registrador de la propiedad pelando la pava no es fácil hacerse a luna de miel. Por muy a tono que estén, uno pensará en dar más caña y, el otro, en tener el dominio.

A los sones del vil metal

Antes de pillar por banda a la Cam creo recordar, pero habiendo estado al frente ya de algunas ferias, fue cuando un canalla trazó el perfil de Modesto Crespo arrancando en el propio paritorio, con el doctor transmitiendo la buena nueva: «Señora, ha tenido usted un presidente».

A la Audiencia Nacional todo esto le pilla de lejos y, con la carga de figuras de primer rango que desfilan por las dependencias, el banquillo de encausados que le dieron el boleto a la caja después de asegurarse una renta vitalicia de sones caribeños no es más que un asunto menor. La galopante asimetría que nos devora, paisanos, por los cuatro costados. Sin embargo, en el territorio donde tuvieron lugar los acontecimientos es bien conocido que, a este señor que esgrimió sin rubor carecer de cualquier tipo de conocimiento para ser investido por una institución que era un bomboncito, lleva toda la vida al tanto de cualquier negosi que pase cerca. De haberse empapado tan alta instancia del currículo, de los pasos y de las actitudes habría encontrado señales inequívocas de que sorteó trances en los que ni siquiera mostró temor de dios. En concreto, el 8 de junio de 2009, fecha en la que cogió las riendas de la extinta y en la que, respecto de las posibles fusiones, alertó: «No tiene imprescindiblemente ni por qué ser la más importante ni la más necesaria. Siempre que se pueda dar, será dentro de unos objetivos técnicos que deben valorarse; tendríamos que ver, hablaremos a futuro». Y respecto a su línea de actuación, pese a la retahíla de no tener ni pajolera idea, se marcó hasta un Mou: «Confío en dejar una impronta personal». Un pelín altisonante quizá para alguien que alardea de las limitaciones que tanto feeling han encontrado en el tribunal.

Las mayores extralimitaciones cayeron del lado de López Abad al haber retorcido la legalidad, la legitimidad y la seña de identidad de la casa para propiciar que la prestigiosa tarea desplegada por el especimen absorto fuera recompensada a base de bien. Que con su pan se lo coman.

El abrazo partido

Cuando en octubre del 79 en medio de la precariedad que igualmente existía me quedé colgado de la brocha, alguien se apiadó y propició mi acreditación en el Planeta para que una noche al menos comiese caliente. Antes de que pasaran los langostinos –cómo van a olvidárseme–, el favoritismo se lo repartían andaluces: Quiñones, Barrios y Azancot. A la hora de la verdad, el trío calavera se quedó con las ganas y los ocho millones de pavos se los embolsó «Pepe Carvalho» al que le vinieron de perlas tras haberse quedado a dos velas el tal Vázquez por el cierre de la revista en la que ejercía. Caso resuelto.

Los que sin embargo andaban abiertos en flor eran los de la configuración patria. No hacía ni un año del advenimiento de la Constitución y nadie pedía la reforma aún. También es verdad que la entrega la presidieron Tarradellas, made in exilio, y Lara quien, tras llegar con los sublevados, se afincó en Barcelona antes de que oleadas de emigrantes desparramaran ahínco, sedujo a una nativa tenaz, y, pese a leer poquito, montó a finales de los 40 la editorial. Un rasgo más, la concordia entre ambos, de gente abierta en canal dentro de las innumerables muestras de reconciliación que venían produciéndose para que la magna tarea fuera posible. Hace tiempo que los popes dejaron este mundo y el emporio, que desde la diagonal trajeron los libros, acaba de salirse del mapa.

No hace falta recordar que, a la mesa chachi piruli, no tuvieron acceso en esa fecha los Pujol&Ferrusola a los que, con la perspectiva actual, cualquiera intuye frotándose ya las manos. El matrimonio empezó al poco a montar su paraeta y, en breve, quien fuera regidor preautonómico denunció el peligro de «la megalomanía y las ambiciones de algunos dando la espalda a la armonía sembrada». Quien regresa en cómic miren por donde es «Carvalho», con la chorra de que podrá ponerse ciego de cap i pota y de albóndigas en Casa Leopoldo porque tampoco hace falta que se vuelva loco con lo que tenemos encima: todos sabemos que esto es un crimen.

Labrarse las heridas

Celebré el 9 d ́Octubre junto al árbol del Gernika. Me he liado, ¿verdad? Sí porque, entre las soterradas tensiones con los sanchistas y las pullas provenientes del soci botánico por el apoyo del pesoe a Rajoy en la bailonga sardana soberanista que deja los pelos como escarpias, lo único que le habría hecho falta a Ximo Puig es haber tenido que encasquetarse boina.

La disgresión ha debido ser producto de la cantidad de gente de aquí que ha aprovechado el calendario para asomarse a tierra vasca y más teniendo en cuenta que la estelada desplegada, mucho camino al andar no es que haga. Se me ha pegado algo el acento, qué remedio. En la recepción de la casa rural sobre el puerto de Bermeo encontré registrado Ezkibel, a lo que el dueño agregó que, tratándose de un apellido alavés, él mantenía el origen y otros que hicieran lo que quisieran. Por un instante, pensé: qué hago, ¿llamo a Zoido? ¿Le envío la partida de nacimiento amparada por la legalidad y que sea lo que Dios quiera? Aparte de que el lugar es de ensueño y de que te hacen sentir como en casa, ¿para qué procurarse daño uno mismo con la intervención de quienes están ahí para echarnos una mano al cuello en tantos asuntos que aturden?

Pero lo que aturde de la otra basca, la anfitriona, es lo que ha sido capaz de hacer con una orografía que no se la salta un galgo. Se cogió hace treinta años hectáreas de pedregal y, tras limpiar lo que no hay en los escritos, ha levantado un vergel en las faldas del monte Sollube dentro de lo que compone la reserva de la biosfera de Urdaibai hasta convertirlo en una referencia de gusto exquisito con un respeto al medio ambiente que te cagas. Si por algo se distingue este recio pueblo es por luchar contra los elementos buscando salidas.

De eso se trata en torno a lo que nos atañe, de coger la dirección adecuada por el método que mejor carbure. El sentimentalismo del lagun rural resistió, no obstante, hasta que llegó el pago con tarjeta. Ahí el karma indentitario dobla la testuz ante lo que vale un peine. Suele ocurrir.

Señores/as, un mirlo blanco

En medio del desbarajuste, vamos a empezar por alguien que nos ponga a casi todos de acuerdo. Nos lo debemos. No es otro, claro, que Trump. Ni los que nunca fuesen muy proclives a Obama o Hillary se sienten cómodos con Donald, salvo que hablemos del pato. Bien, pues hay un político en activo que concita un parecido plebiscito, pero a favor, y en el que numerosa plebe ve la antítesis del gachó aludido. No hace falta decirles que la ubicación de este mirlo blanco pilla lejos. Es progresista, católico, feminista de tomo y lomo, defiende el matrimonio homosexual, quiere la diversidad linguística de verdad, da la bienvenida a miles de refugiados sirios, mide 1,88, es guapete, culto, cuenta con coco de aúpa, tiene un piquito de oro y, después de dos años al frente del Gobierno, nadie ha sido capaz de sacarle un marrón ni siquiera los suyos por lo que es aún más popular que cuando ganó. Se llama Justin Trudeau, pero cálmense; los canadienses han dicho que es para ellos.

Su país cuenta con la segunda comunidad mexicana más grande en el exterior y él sí que va a ese país para abordar asuntos referentes a la competitividad, emprendimiento e innovación así como el fortalecimiento de flujos comerciales. Tuvo una educación privilegiada y, como su padre le precedió en el cargo, de chaval vio por casa a los Reagan, Lady Di, Olof Palme, Thatcher… Fue precisamente en el funeral de Pierre Trudeau donde, siendo maestro y ni ganas de dedicarse a la cosa pública, dejó con su intervención boquiabiertos a los Leonard Cohen, Fidel y Carter, que ya es. Aunque con retraso, acaban de publicarse sus memorias en España y, por lo que al referéndum por la independencia de Quebec respecta, señala la criatura: «cuánto hubiera cambiado nuestra nación si solo 27.145 votantes a favor del “no” hubieran decidido apoyar a los separatistas; es probable que hoy no existiera Canadá». ¿Por qué cuento esto? Y yo qué sé. Se me habrá ido el santo al cielo.

Atentos al baile

La misma mañana, pero antes de que se filtrara que el Sabadell estaba pensándose el crusaíto, en cualquier rincón del gimnasio de lo que se hablaba era del baile que está pegándose esto. Mientras me disponía a hacer las tandas de espalda, uno soltó al borde de la piscina: «igual que con la absorción de la caja perdí una parte de mi inversión, a ver si ahora la cosa hace ¡plof! y no tengo que devolver el crédito». Una vez ya en el vestuario, la canción seguía siendo la misma, aunque no el tono. Y hay quien comentaba que, ante el requerimiento telefónico preocupado por la posible inestabilidad de sus activos, le respondieron que los mecanismos se hallaban bien dispuestos y que, si era menester, «en dos días» estaban «fora». no obstante añadió que, en cuanto acabara de extenderse la crema hidratante, se acercaba pitando a la sucursal a exigir garantías o… al oír la sonora amenaza, alargué el cuello y vi al circunspecto socio del local haciéndose con energía el nudo de las zapatillas. Comprendí entonces que me encontraba ante el auténtico corredor mediterráneo.

Sí, porque el otro mira que cuesta. De hecho, tras toparme con el atractivo reclamo publicitario en alguna de las cadenas, me fui lanzado en búsqueda de la web y aquello no tiraba ni p’alante ni p’atrás. Me dije: qué astutos, es una manera de recrear virtualmente el procés que lleva la sempiterna apuesta. Y en las últimas horas he podido meterme y comprobar que ni astutos ni nada, que era el bloqueo típico al que nos somete el güifi y sus suministradores, porque he podido acceder tan ricamente a la página y son más de cincuenta mil las firmas que ya se han subido al #QuieroCorredor. Dentro de la de trechos congestionados que adornan el perfil de este sensacional ejemplo de obra al tran tran, hay zonas en las que queda más ancho ibérico que jamón de la especie y otras que perviven sin un kilómetro de vía electrificada. en cambio, no es por nada pero en Cataluña cuentan con la ventaja de que todos los tramos están acabados. Claro, así siempre te puedes ir más rápido.

Sospechosos habituales

Y ahora dentro del calendario fijado nos viene España, lógicamente ya en calzones que para eso acaba de enseñarlo todo. Vaya entrada de otoño, con caída de hojas, de ojos y de lo que haga falta. Esto, madre mía, es un sin parar. ¡Joder con las eliminatorias europeas y con la Fifa de los..! ¡Qué agobio! El cuerpo de barandas del balompié mundial nos pilla en la semana decisiva para el gran objetivo de reconquistar el oro de Moscú con el presidente –el de la federación, en este caso– en libertad vigilada. Todo lo ocurrido durante la ardua contienda no es más que la pura y lisa manifestación de un estrepitoso fracaso, pero aquí no hay responsable alguno de las diversas estrategias que entregue la cuchara. ¡Este Villar..!

Ningún humano que se precie es capaz de diagnosticar con certeza si el enfrentamiento se decidirá en cualquiera sabe qué prórroga, si por penaltis o si habrá que ir a la muerte súbita, dado que ahí están los raquetazos y que la especialidad, al ser deportiva, poco importa. Los comentaristas habituales de la jugada permanecen secuestrados en los platós, con la secreta ambición de lograr desmaquillarse algún día aunque sea por la vía del 155. En ciertos casos parece de cajón que un método tan expeditivo liberaría el espíritu cascado de los mirones. Hablando de cansancios, no hay que descartar que Iñaki Gabilondo necesite echar mano de un desfibrilador para continuar con sus maitines de buenos propósitos. Albert Boadella, en cambio, disfruta a su pesar como un enano y ha dejado caer que, cuando sale al extranjero, dice que es de Murcia. Y en Murcia también se han levantado voces contra la violencia policial, pero por la empleada contra vecinos que, ante la llegada del ave, exigen el soterramiento de las vías.

Constatándose así que cada uno va a lo suyo, entremos en el verdadero tira y afloja: ¿Qué hacer con Piqué? Pues, una posibilidad es alinearlo con la República parlamentaria de Albania a riesgo de que un gol suyo nos deje en la estacada que, vaya por Dios queridos, es donde ya estamos.