El cura que no se está quieto

Como tantos de esta tierra, Antonio Vivo no nació en ella. Vino desde Torre Pacheco, vía Cartagena, se formó en el seminario oriolano y, por su primer destino, abrazó Villena en pleno sin olvidarse de los gitanos que se apiñaban en cuevas. Hoy no es que conozca al todo alicante, sino que son escasos los bichos vivientes de estas latitudes que no lo sitúan sobre la faz de la terreta. Algo habrá hecho el cura.

Alcanzar este estatus le ha provocado celos e incompresiones entre los de su cofradía porque, claro, hijos de Dios son. La puesta en marcha de la casa sacerdotal ya creó disenso entre el clero, pero eso lo único que lo llevó fue a poner toda la carne en el asador. Para la financiación de la misma no le quedó más remedio que vérselas con el Fraga de la época más prometedora –o sea, con Franco detrás–, lo que sin duda le sirvió para forjarse a base de bien en batallas más recientes que habría de librar con descendientes de aquél. La primera casa sacerdotal de europa se convirtió en colegio mayor antes de que la universidad tomara forma reglada en torno a la pista de aterrizaje del aeródromo y de su seno salieron profesionales de provecho. Bueno, no todos ya que no iban incluidos milagros en la matrícula.

Cuando podía haber aceptado un destino cómodo e incluso haberse dado a la vida contemplativa, se empeñó en recuperar Santa María propiamente dicha y un patrimonio histórico que a saber a qué escondrijos había ido a parar . Como Zaplana no dejaba de mirar para alicante en todos los sentidos, el entonces párroco le echó un pulso y las primeras fases de restauración del templo fueron por su pasos. la entente cordial bastó para que Camps ni pisara el templo, aunque todos sabemos que el gran maltratado de la historia de la humanidad ha sido él. Antonio Vivo quería que los alicantinos se sintieran orgullosos y la lista de espera para casarse en Santa María no tiene parangón. Acaba de sacar un libro con lo recuperado y también podría hacer otro con aquellos que son irrecuperables. Pero, Señor, para qué.

Católica y sentimental

Masiva manifestación a las puertas del Congreso y enfrentamientos de envergadura con el objetivo de impedir la vuelta de tuerca a las pensiones que hicieron retroceder a la policía tras diferentes oleadas. Los disturbios pudieron seguirse en directo por la tele con un despliegue de cámaras que los convertían en una del oeste. Las consignas a las fuerzas del orden de no responder resultaron nítidas y así quedaron acorraladas por no pocas sacudidas, aunque en ocasiones se liaban a pedradas, sumándose de ese modo al descontrol reinante. Resultado: 162 heridos, mitad y mitad, y 60 detenidos. «No tienen vergüenza de quitar a los que menos tienen», sentenciaba una de las participantes de la revuelta. En Buenos aires, claro.

Aquí, como nos libramos del corralito por los pelos, la situación y la perspectiva de los jóvenes es más preocupante aún que la de la hucha de las pensiones, pese a que los que la administran la han dejado tiritando. y, aunque está en un ¡ay!, qué mas da. Quienes llevan la voz cantante han trasladado las cifras del paro y las de las perspectivas que aguarda a abuelos, padres y nietos al baúl de los recuerdos. Mira que los porteños hablan de lo suyo, que no es tópico y son un caso clínico, pero el monotema en torno al prucés tiene pinta de que acabará por dejar a nuestros hermanos argentinos, como los últimos

acontecimientos a un lado y otro del océano advierten, en advenedizos cuando de la contemplación de ellos mismos se trata. y, después de tantos años trabajándoselo, no hay derecho.

Católica y sentimental, España celebra la navidad perfectamente dividida. De un lado nosotros y, del otro, aquéllos. Y los que han consentido que las fatigas que acucian a gran parte de la población pasen a un segundo plano, tampoco han sido capaces de darle una salida con sentido al atasco identitario. Dentro de las genialidades, el presidente del Gobierno disecciona la cuestión haciéndose el Sergio Ramos y al Barça le priva más que nada rendir visita a la Castellana. Sí, un chotis.

La lección continúa

Fui a ver La cantante calva. Más llamativo aún que el texto es cómo llegó Ionesco a concebir la que sería su primera pieza dado que no tenía intención alguna de convertirse en autor teatral. Ocurrió cuando se esforzaba por aprender inglés y se dio de bruces con frases similares a las de cualquiera que lo haya intentado: que la semana tiene 7 días, lo cual sí que se comprende; que abajo está el suelo y arriba el techo y, en la tercera lección, el propio creador francés de origen rumano confiesa que se encontró con un pasaje revelador de una pareja de ingleses, el señor y la señora Smith, en el que ella informaba a su marido que vivían en los alrededores de Londres, que tenían unos cuantos hijos y que los Martin eran sus amigos. Ionesco no aprendió inglés pero, a través de unos mimbres de manual, pergeñó escenas reveladoras sobre el automatismo colectivo, el absurdo de una serie de acciones que atiborran el día día y el galimatías que, socialmente, nos mantiene desorientados y perplejos. Por si alguien lo desconoce, La cantante calva posee un récord mundial: viene representándose de forma ininterrumpida en La Huchette, del Barrio latino, desde 1957, sin que a la versión se le haya tocado un pelo. A sus 84 años, Roger Defossez ha encarnado al señor Smith en 6.000 ocasiones, pero no por ello ha dejado de programar ensayos. Confiesa que trata de afinar para lograr hacer cada día más absurdo el teatro de Ionesco.

En la sala que asistí, y en una sesión que no se caracteriza por congregar a esos tan puestos que reservan en La Huchette, el primero en irrumpir fue el señor Martin, Fernando Tejero, a lo que desde asientos próximos se repuso: «es verlo y mearme». Pensé: tú veras. Y claro, en cuanto la gran Adriana Ozores empieza a decirle a su partenaire, el señor Smith, «anda son las 9, hemos comido sopa, pescado, patatas con tocino, ensalada, los niños han bebido agua inglesa…» y, más o menos, así hasta el final, la cara de quienes habían anticipado algarabía era para verla. Pues sí, aquí no hay quien viva. Vamos, puro Ionesco.

Campaña sobre campaña

Cuando me puse, Rajoy andaba por Bruselas. Pero volvió.

Tanto a la llegada como a la finalización del Consejo Europeo, los representantes de los países miembros tienen la costumbre de pararse con los medios a reflejar sus propósitos e inquietudes y el nuestro optó en este caso por darse a la fuga hasta que no hubo tu tía como con la uefa en Champions. Por contra, el huido oficial, ex o president de la Generalitat según quién lo enfoque, comparece por allí ante la opinión pública todos los días desde que puso pies en polvorosa, la asalta a cada paso, y ha conseguido una presencia infinitamente mayor desde que no está que cuando, con el boato a pleno rendimiento, deambulaba entre el vecindario. Cualquiera es el guapo que entiende algo.

De lo poco que puede extraerse con cierta claridad es que, dentro del escenario creado, ir a contracorriente, renta. Todos los dividendos que los interesados vienen dejándose en estudios de mercado para intentar hacerse con la foto fija de lo que ocurrirá en la víspera del sorteo de lotería abocan a la puñetera certeza de que lo que se impone es la inçertesa. De ahí que, aparecer integrado en lo que sería para entendernos la normalidad, tenga a más de uno al borde de un ataque e Iceta, sin ir más lejos, haya pasado del bailoteo a dar brincos para descolgarse del brazo constitucionalista de García Albiol que hasta los propios saben que está lleno de ronchas.

Las horas que Rajoy estuvo alejado de cuitas internas las pasó entre los choques sobre la reforma del euro, el breixit y el enfrentamiento por las cuotas de refugiados entre bloques de la UE. En fin, ya se sabe que cuanto peor, mejor. Y es de suponer que, nada más retomar el timón al regreso, pediría información sobre cómo van los dispositivos puestos en marcha por distintos departamentos para evitar ciberataques que fomenten bulos entre el cierre de urnas el 21 y la proclamación de resultados. Bueno está el patio. Tanto, que el tradicional cuento de Navidad será insuficiente para la fiesta que nos espera. Del súper recuento no bajamos este año.

El miedo al sobresalto

Veo en Hachebeó el documental sobre Ben Bradlee, que sacó al Post de la mediocridad hasta convertirlo en símbolo tras provocar la caída de Nixon. Spielberg se suma a la fiesta y, ahora que la Casa Blanca la regenta un ejemplar que aprecia el papel de la prensa con una intensidad similar a la de aquél, estrena el 22 en Estados Unidos una peli alrededor del despegue del rotativo de Washington con Tom Hanks al frente de la redacción y Meryl Streep de editora que, antes de serlo, ya recibió su merecido de boca de Trump. Enfatizó que, como actriz, estaba sobrevalorada. De él, nadie ha podido decirlo.

Tres encrucijadas marcaron la trayectoria de Bradlee en el oficio. La primera, su cercanía a John F. Kennedy. El fin de semana previo al mortífero viaje a Dallas, la familia del por entonces comandante de Newsweek la pasó con el clan presidencial dentro de la íntima relación que se profesaban. ¿Se pueden tener dos amores a la vez y no estar loco? Años más tarde, el avatar que hizo tambalearse el prestigio de una cabecera temida como la del Post fue la publicación de un reportaje –«la historia de Jimmy», en torno a un crío de 9 años metiéndose heroína desde los 5– que se alzó con el Pulitzer y resultó ser falso. El diario salvó la cara dedicando primera y varias interiores a detallar el fallo multiorgánico en el sistema de control y flagelándose. Los lectores lo agradecieron y, la competencia, disfrutó de lo lindo.

Resarcirse de la encrucijada más gorda precisó de toda una producción para la gran pantalla. Las reticencias de Bradlee hacia Jólivu –del tenor de las que los paganos dispensan a las revelaciones de los gargantas profundas– obligó a Robert Redford a empadronarse en el diario para lograr la luz verde al proyecto y, solo cuando éste y Dustin Hoffman encarnaron a los dos reporteros, la opinión pública los subió a los altares. Años antes lo había advertido el dire del Post, camino del the end, con el mandamás patrio obligado a hacer las maletas: «Se nos volverá en contra». Y así fue. Vivir en la ficción, que tira lo suyo.

El profesor nada chiflado

La revista científica con la que, en cuanto es filtrado algo, todo quisque se pone en primer tiempo de saludo advirtiendo que lo dice Nature, bien, pues esa ha distinguido al profesor Carlos Belmonte por la trayectoria y el reluciente manojo de investigadores que ha puesto en danza. No hace falta decir que donde más contestada resultó la criatura en su día fue en la Universidad de Alicante, campus en el que empezó a formar la cantera por la que le han dado el Oscar. Que esto ocurra en España, no es que sea un descubrimiento.

Estando en Valladolid rodeado de mejores condiciones, lo recuperó para estos confines Gil Olcina apoyado en que, a su objetivo, siempre le ha ido la marcha. Aceptó la oferta en el arranque de los 80 por el cariz de aventura y porque se sentía con las manos libres para desplegar el plan que bullía en su cabeza lo que, tratándose de uno de los hachas a la hora de diseccionar registros cerebrales, podía conseguir que lo miraran de aquella manera. Y vaya si lo consiguió. El ambientazo contra Medicina fue aumentando al ritmo que crecían las necesidades y el prestigio del instituto de neurociencias, creado en el 90. Las cien mil pesetas que para cualquier departamento se veían vitales, a estos investigadores no les alcanzaba ni para levantar las persianas porque lo que precisaban eran equipaciones y, en cuanto el equipo rectoral del momento no las incluyó entre las prioridades, se desató la fractura interna. Luego vino lo del presidente de la Generalitat aquel que, a cuento exclusivamente de sus movidas neuronales, segregó la facultad, a lo que nadie de la llamada sociedad civil alicantina dijo ni mu, cuestión también digna de estudio.

Igualmente lo es Carlos Belmonte, de raigambre albaceteña –el del estadio es tío–, con quien mantener un pulso dialéctico es un master en sí mismo; que, respecto al premio, recuerda con sonrisa picarona que no vuelven aquí hasta dentro de 120 años y que, como no pocos temían, ha acabado saliéndose con la suya. No es por nada, pero hay peligros peores.

El alimento necesario

Entonces sí que hacía frío. Existía plebe que no lo sentía así, o que disimulaba, o que pertenecía a la escala dominante, pero a la mayoría silenciosa por co… el tiempecito reinante le calaba los huesos y se extendía a las proximidades del entendimiento hasta mantener al personal gélido, paralizado, que era como en general, por la gracia de éste, se ordenaba estar. No hace falta decir que casi nadie se ponía a régimen porque el régimen se encargaba de administrar tu peso y medida en función de quién fueses hijo. Es lo que había.

Y aunque parecía no tener fin, poco a poco aquello fue venciéndose entre otras razones porque es muy difícil que la gente aguante y aguante sin respirar. Y tomó aire, vaya si lo tomó. Fueron bocanadas de apasionado alivio las que se procuró ese cuerpo serrano, con la conciencia de que lograr cambiar el paso costaría un potosí. Los perdedores fueron los más generosos en el empeño. Solo quedaba sacar adelante la ensalada y, a partir de ahí, ser capaces de completar una buena carta.

Así fue como llegó ella. Y se puso el delantal dispuesta a servirnos con el ligero inconveniente de que, al hacer tanto que no disponíamos de una guía de tal aspecto, ignoraba si sabría freír un huevo. Tocó unos cuantos, pero la inmensa mayoría empezó a apreciar que, en aquel recipiente hondo, la yema se mantenía líquida y los extremos de la clara cuajada empezaban a estar quemados por lo que daba gusto comerse las puntillas. La encargada de la cocina completó un menú capaz de satisfacer el apetito atrasado. Lo elevó y lo horneó hasta límites inimaginables para alguien que prácticamente se estrenaba en la tarea pero, como suele suceder, no valoramos el día a día de lo que tenemos en casa sino que se nos van los ojos hacia propuestas que se salen de lo común aunque, por el nitrógeno, resulten volátiles.

Una vez nutridos, toca refrescar la carta. Y en torno a nuestra Consti, la garantía de universalidad da el condimento base que permite los retoques que sean necesarios. Pero como diría el otro, con fundamento.

La señora Esther

La vida para ella ha sido todo menos fácil. De pequeña, su familia no nadaba en la abundancia. Bien jovencita se fue a servir a San Sebastián a casa de los padres de Jimmy Giménez-Arnau, a los que su memoria no ha perdido la pista. Retiene que Juan Antonio debió ser diplomático, periodista y, sí, acabó en los setenta de embajador en Portugal y en Italia retirándose al frente de la escuela Diplomática con la democracia empezando a gatear, pero en los inicios dirigió Unidad e Hierro, fue fundador de Efe y tan amante de los totalitarismos el caballero que, tras el 39, anduvo de corresponsal para la agencia y Arriba en Roma y Berlín, naturalmente.

En cuanto fue posible, aquella criatura regresó a casa, se desposó con un sugerente mozo del pueblo vecino, amasaron pan, criaron animales, labraron y, sobre jornadas propias de castigo divino, hicieron de su miseria un vergel. Como quien no quiere la cosa, la señora Esther acaba de alcanzar los 99 y solo puedo decir que tiene más energía que usted y yo juntos. Vive sola, está al cabo de la calle, no pierde ripio de la actualidad ni de Pasapalabra y es capaz de diseccionar al compás de los mejores analistas lo que nos cae encima y definir, por ejemplo, la cita grande del prucés como «esa votación a bulto». Se programa el día con un grado de rigor y provecho que, si algunos de los estamentos que nos circundan completaran apenas la mitad, otro gallo nos cantaría.

Las horas previas a la celebración del aniversario las pasó preguntando si haría frío, porque es que no había forma que explosionara el otoño y no quería dejar de lucir el abrigo que se había comprado. Antes de salir de casa se paró ante el espejo junto a la puerta para darse los últimos toques y perfilar a su gusto el pañuelo… ¡a los 99 años!, camino del encuentro con hijos, nietos, biznieto y adheridos que, con arremolinarse junto a ella, tienen más que de sobra. Cuando traslado a personas ajenas que no solo quiero sino que admiro a esta mujer, no pueden evitar quedarse con la boca abierta. Claro, es mi suegra.