El eterno retorno

Todos ahí pendientes de la representación y nada nuevo, el enésimo estallido se aplaza y el embrollo permanece. El huido multiplica el juego de manos aprovechándose de una red bien tupida que utiliza a su servicio como el estúpido que no es; los creyentes lo catapultan al altar ataviados con la careta redentora; el gemido de los encarcelados aprieta los dientes y Santamaría, con la pinta esmerada de la niña, no para de promover golpetazos tipo Fargo a los infieles. Ni que decir tiene que la imagen exterior está robusteciéndose a pasos agigantados, hasta el extremo de poner a buen recaudo la frontera a estas alturas y explorar los maleteros por si, en una de aquéllas, salta la liebre.

Y mientras el circuito del que se está pendiente reitera la inconsistencia a la que nos tiene encadenados, mi cabeza permanece fija en la entrada del túnel del Mascarat, a la altura de Benissa, la noche de perros de la semana pasada repleta de granizo en que Miguel Serna decidió bajar del coche. Horas antes, un amigo del alma hacía hincapié en sus temores cada vez que el músico de su hijo enfilaba la carretera a las tantas. A sus 34 años, Miguel, contrabajista del Ana Camús Quartet de Villena, iba de acompañante junto a su compañero Isaac y, al detectar un coche en dificultades, se acercó a auxiliar al conductor hasta que, poco después, un tercero fue incapaz de frenar a tiempo y se llevó a uno y a otro por delante. ¿Cómo puede darse tal despliegue de deber cívico desde el anonimato a diario en éste y en otros casos de semejantes que precisan ayuda y, en contraste, producirse el derroche de arrogancia al que venimos asistiendo que mantiene a la gente tirada en el arcén? ¿Hasta cuándo esta distancia sideral en la manera de conducirse?

Ni coles de Bruselas ni desafíos en pos de no sé qué supremacía ni respuesta a garrotazos utilizando los resortes que se pongan a tiro. Mirando a los que sí salen al quite nos encomendamos al sonido Nueva Orleans, ese cuyos acordes igual puede cobijarnos en un clima de armonía.

Con los ojos como platos

Puesto que tiempo atrás me resistí a las series, ahora simultaneo tres, y qué tres, cielo santo. La primera por orden de aparición es El puente, en concreto el de Øresund, ese pedazo de obra de ingeniería que une Malmö con Copenhague, con la que se inició la colaboración televisiva de ambos países, que han sacado producciones de nivelón por libre mostrando además que, de creernos nosotros peculiares, ser nórdico se las trae. Qué gente más atractivamente jodida. La policíaca de marras arranca con el descubrimiento de un cadáver que afecta a las comisarías sueca y danesa y se trata del cuerpo de una mujer partido por la mitad. Pero no es que esté seccionado, es que no pierden oportunidad de mostrar las vísceras en primer plano, momento en que me acordé del creador y de toda su familia.

La segunda, titulada El crimen de Liverpool, está basada en hechos reales a raíz del asesinato de un chavalín por las hordas pandilleras. De momento la he dejado ahí en espera de coger aire, ya que he empezado a ver una que estaba ansioso de que llegara: La peste. La ventaja de ésta es que no necesitas de ningún crimen para que se te revuelva el estómago. Sólo con observar los estragos ocasionados por la epidemia en la mayor parte de la población, tienes lo tuyo. Si se supone que a esas alturas del XVI Sevilla era el centro del mundo, cómo sería el culo.

Total que, para desconectar de tanto agobio, he llegado a un extremo en que busco la actualidad a fin de relajarme. Y, para ello, nada como dar con Rajoy hecho carne. Lo más reciente está a la altura del género que representa. Respecto de la secuela de trapicheos ha asegurado que «lo que tenía que hacer el partido ya lo ha hecho», y la verdad es que, dicho así, nadie lo puede negar. Sobre si Camps milita en el pepé, ha soltado «¡Bah!» y, en torno a la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, un displicente «no nos metamos ahora en eso». Como experto en la materia, lo que sí puedo decirles es que, en Escandinavia, no dura vivo ni medio capítulo.

Unos regates de relumbrón

Hace un quinquenio que el Camp Nou grita «¡Indepèndencia!» al llegar el minuto 17 con 14 segundos, en conmemoración del 11 de septiembre de 1714, fecha en que Cataluña perdió la guerra de sucesión. De ahí el conocido aforismo «¡Visca Catalunya, manque pierda!». El 7 de octubre de 2012, en que el propietario del terreno recibía lógicamente al Madrid, se aprovechó el Clásico calentamiento para desplegar en inglés «Cataluña, nuevo estado de Europa», lo que provocó que ya entonces el alcalde convergente de Barcelona, Xavier Trias, confesara sentirse orgulloso del anuncio enviado al mundo. O lo que es lo mismo: que, de ahora en adelante, de convergencia, poca.

Gran parte de la grada se enciende con el eslogan y, en la siguiente jugada, corea el nombre de quien ha dejado claro que, si el prucés saca la competición del establishment que goza, él puede irse sin problema alguno con tal de no bajar peldaños. Y ambos, que representan propósitos tan poco comunes, son vitoreados con treinta segundos de diferencia, que es el tiempo que necesitan los sentimientos para ponerse a cien.

Messi, sin embargo, ha precisado de bastante más para convencer a todo el orbe de que es el más grande de la historia. Y lo ha necesitado por carecer de las leyendas que acompañan a los astros. Ni ha salido del arrabal ni pasó por el Cebollitas ni sublimó su figura con los dos episodios frente a Inglaterra. No, Leo es un dios de plantilla que deja boquiabierto al más pintado cuando se pone en marcha en la oficina y, una vez con la pelota, abre el periscopio y avanza posiciones. «¡Madre mía, dónde irá!», se preguntan los contrarios.

Y sí, Puigdemont ha superado el registro porque, en su caso, se lo preguntan hasta los proclives. Con los oponentes estáticos, tiene a todo quisque pendiente. Desde que abandonara la mejor liga del mundo, nadie sabe por dónde puede salir. Es anormal que, sin ser Messi ni de lejos, esas filigranas estén a su alcance. Y lo chocante no es que le dé igual a Rajoy, sino al soci.

Sí, estoy enganchado

Al turrón. Nunca he ocultado que soy adicto. Desde pequeñito dejé clara la tendencia. Pese a tener la cuna a tiro de piedra de Estepa, siempre me enganchó más la tableta que los mantecaos. De hecho, cuando los más cercanos se interesaban en torno a por qué dejé la Giralda colgada y cogí esta senda fabriqué la leyenda de que para recuperar la ilusión periodística, con lo que quedaba como Dios, pero en realidad fue para tener Jijona a mano. Desde el sur, Benidorm no llamaba entonces la atención. como crecí veraneando por Torremolinos, la cuota de guiris y de coger mejillones de las rocas de Fuengirola al atardecer las tenía cubiertas. Ahora bien, el turrón permanecía ansioso en el imaginario puesto que hasta que no se colocara el Belén, no había tu tía.

Así que me vine flechao. Pensaba en ello mientras observaba los pasos dados en Fitur para atraerse al gentío viendo cómo se pone el énfasis en que todo el año es verano. Y aunque el drama es que la poca lluvia recibida cala menos que el nubarrón gurteliano en la cúpula el pepé, las luminosas jornadas dan mucho gusto, lo cual me lleva a superarme poniendo los cuatro sentidos en esa dulce adicción que, bajo el permanente cielo protector, sufre a ojos profanos. El sector puede estar tranquilo porque yo solo desestacionalizo. En cuanto llega el camarero preguntando por el postre, nadie se refiere al suyo en primer lugar sino que todos señalan sin temor a equivocarse «a éste, turrón».

Por fin me acerqué en diciembre a la feria del producto que monta Jijona. Conociéndome, no me atrevía. Allí me percaté de que son miles los enganchados y, claro, caí en la tentación. Entre otras alegrías para el paladar, me hice que con tarros de kilo de crema de turrón a la piedra que regalé parte a la familia y con los que aún se les saltan las lágrimas. El compuesto de almendra tostada, limón rallado, canela molida y azúcar estoy tomándolo como si fuese caviar y de ese modo no les oculto que, a cucharaditas, alcanzo el estado de bienestar. A no tardar, será la única vía.

 

Ponerse en modo abuelo

No tengo nietos. Y no conozco a nadie que los tenga que me envidie. Podría parecer lógico, pero ni por asomo. Al toparme con los más inhabituales, en cuanto pueden preguntan a bocajarro: «No tienes, ¿verdad? ¡es que es..!». Suena como si te lo reprocharan, a lo que mi cara pone gesto de «¿..y qué quieres que le haga?». en algunos casos llegan al extremo de mimetizarse con las criaturitas de un modo que resulta complicado qué pensar. uno de los mejores amigos se llevó a un par de ellos a pasar la jornada a un parque zoológico y, al llegar la hora de comer y tras empaparse la carta, soltó: «pues, yo también quiero el menú infantil; tiene buena pinta y, entre esto que veo, es lo que me apetece»». Lo sucedido a continuación lo sabemos por el testimonio de los dos chavales que nos ha tenido al círculo próximo medio año partiéndonos. según relataron, al camarero se le transfiguró el rictus, se quedó pálido tras la petición del abuelo setentón y, para poder elevar consulta tras la petición, esgrimió que era nuevo en la casa. A su regreso y, aunque la respuesta fue la esperada por los críos, al tercero en discordia le resultó difícil asimilarla. Es más, tememos que vuelva a intentarlo.

Estos son, sin duda, aspectos entrañables de una relación que algo debe tener cuando la bendicen. Visto desde fuera, lo único que me saca de mis casillas son los abusos que se producen de los yayos. Una cosa es ejercer por gusto y, otra, por obligación. La carga que se les delega de llevarlos, recogerlos y de darles de comer aún a sabiendas de que no están para esos trotes e, incluso, de dejarlos a dormir para marcharse los papás de jarana es de traca. He vivido casos sangrantes muy cerca. la fórmula de Leopoldo Abadía, escritor y experto en la materia con 48 nietos, es la referencia: «Al llegar el primero, reunimos a todos y mi mujer les dijo: como supongo que vendrán más, os informo de que papá y yo no nos ocuparemos nunca de ellos, salvo caso de emergencia». Animales de carga, jamás. Ahora bien, a lo de los menús infantiles habría que darle una vuelta.

Un alto en el camino

Para digerir la lectura pormenorizada de la actualidad suelo poner música de fondo. En concreto a Bach, que para eso siempre anduvo cerca de Dios y al que, ateniéndonos al panorama, es preferible desde luego no dar de lado. En esta ocasión aproveché para recuperar el reciente homenaje a Cecilia que tenía pendiente, con sus imágenes incluidas, y me adentré por los recovecos impresos de los asuntos que nos aguijonean. Pero, claro, la reproducción de un concierto en vivo no es como una suite para violonchelo de fondo y la voz de ese hombre orquesta que es Santiago Alcanda me distrajo de los quehaceres iniciales. El director artístico del encuentro ideado a los cuarenta años de que el 124 en el que volvía de un concierto en Vigo se echara encima de un carro tirado por bueyes que circulaba sin luces, aseveró en la presentación que estábamos ante «la mejor cantante y compositora española de todos los tiempos». Me chirrió de entrada al igual que debió parecerle exagerado al ministro de cultura por el gesto que traslució sin saber que la cámara lo estaba retratando. La coincidencia me llevó a pensar si Alcanda no llevaría razón y, conforme iban sucediéndose las letras compuestas por aquella chavala en tiempo récord, me percaté de la dimensión de una obra extraviada en el tiempo.

Cecilia se llamaba en realidad Evangelina y los del circuito decidieron rebautizarla con la melodía de Simon & Garfunkel que sonaba por las esquinas, en una época en que las cuatro estaban tomadas por cantautores que anunciaban la llegada de otra canción. Y en medio, sin rehusar el compromiso y lidiando con la censura pero sobrevolando las consignas tras haber pasado buena parte de su niñez y adolescencia fuera de esta cutrez, la chica que cantó a Dylan se distinguía por transmitir buen rollo. Al echar un ojo al periódico y recorrer capítulos, me estampo contra las artimañas con las que no dejamos de retorcer los sueños por los que tanta gente se dejó la piel y, sin más miramientos, vuelvo a Cecilia. Como para no rescatarla.

Mortal de necesidad

Ni independentismo ni ningún rollo macabeo. Lo que está marcando el arranque de 2018 tiene un color especial: el de los mocos, con una variada gama de toses. ¡Vaya pinta! la madre que lo parió. Y Rajoy, a lo suyo. Felicita 2016 y, en el estado de la nación repleto de paracetamoles y jarabes, queda bien a pesar del clamoroso fallo. Con este hombre no hay manera.

No sé si es que vi venir la avalancha pero el caso es que me inicié en la vacuna de la gripe y, aunque parece haber logrado su propósito, vaya diíta que pasé de entrada. claro que no soy el mejor ejemplo. Yendo en un bus atestado para la playa en el verano del 70, mi primo aprovechó un cristal roto de la puerta para agarrarse, ésta le espachurró los dedos, se marchó por su pie hasta un hospital cercano y al que hubo que atender allí mismo fue a mí, que caí redondo. como me impresiona tanto la sangre, las agujas y ese característico olor nada más traspasar la puerta, de ahí que tenga en un pedestal a todos aquellos que salen en auxilio. Mientras a nosotros la bata nos sienta ridícula, a ellos les otorga un toque de distinción. ¿O es el canguelo?

Sumadas infecciones y complicaciones respiratorias, el año ha traído una mayoría absoluta. Tal como anda todo de cogido con pinzas, su aspecto no podía ser otro. Para estar en línea, el mismísimo día de Navidad lo pasamos con la visita del médico quien, nada más evaluar los efectos del catarro de la aquejada de avanzada edad, sentenció: «Afortunadamente no está para ingresarla, porque allí puede coger…». Desesperante y descorazonador. Y que no lo atribuyan a la epidemia. sin ella, las listas de espera suponen una pandemia en sí misma y, de las estancias mediopensionistas en Urgencias, qué les voy a contar que no hayan sufrido, sanitarios incluidos. La apuesta es manifiesta por recetar inyecciones en pos de la «atención al cliente» cuando, como ya advirtió Sancho al adentrarse por nuestro organismo, «señor, no se trata de lo que usted dice; son pacientes». El peligro no es que tú te sientas mal sino que, quien atiende, esté peor.

Pronósticos del tiempo

Cómo andaremos de estadistas que, por segundo año consecutivo, quien se ha llevado un Globo de Oro ha sido Churchill. Los recientes acontecimientos han puesto en bandeja a los Goya clavar sus ojos en la enorme actuación de Zoido. A la hora en la que los conductores requerían información en los centros de atención dispuestos y éstos eran incapaces de orientarlos para impedir que se quedaran atrapados, uno de los ministros de la montaña nevada se encontraba en el palco viendo cómo el eterno rival infligía una buena tunda a los suyos sin inmutarse lo más mínimo. Mayor sacrificio no cabe.

Mientras el puro de sir Winston consume las cenizas, ha prendido a toda mecha una ardiente calada de los labios y del coco de Oprah Winfrey, en este caso. Ya sabemos que por aquí a quien se conoce es a María Teresa Campos, con toda esa cohorte que a la presentadora norteamericana le ha sobrado para sacar el jugo a entrevistados de primera fila que lo tenían retenido y ser ella quien tome la palabra en peliculones como El color púrpura y Selma, entre otros, porque esta mujer orquesta es además filántropa, activista, empresaria y negra. En lo que no pocos advierten que ha podido ser su gran aldabonazo para postularse hacia la Casa Blanca, Oprah arrancó en los Globos advirtiendo que, en estos momentos tan oscuros, el papel de la prensa es más importante que nunca y eso que no se encontraba en el apartado de ciencia ficción. Pero, como sabrán, lo troncal de su intervención se dirigió a otro aspecto. Recordó el impacto que le causó ver a Sidney Poitier recoger un Oscar y, al ser ella la primera negra en hacerse con el Cecil B. DeMille y tras realzar lo que han supuesto las denuncias contra los abusos, «quiero –dijo– que todas las niñas sepan que hay un nuevo día en el horizonte».

Habrá que pelearlo, pero tiene pinta. Y hasta Zoido parece al tanto del tiempo nuevo hacia el que nos dirigimos. De producirse un episodio similar al registrado, no les quepa la menor duda de que acudirá adonde toca. Al derbi femenino, claro.

Los adentros del envoltorio

Las tienen delante. Son caras de desconcierto, de no saber en un primer instante adonde acudir, de ansia, de asombro y, finalmente, de felicidad. Sí, en mañanas como las de hoy, esas monerías que llevan apenas dos, tres, cuatro años sosteniéndose en pie registran el estado mayor de la inocencia de la mano de los reyes. No, de los borbones, no; de los de la dinastía del tercero izquierda.

De aquella última planta de un bloque de protección oficial en el quinto pino no recuerdo la cara de estupefacción que puso el primogénito de Paco y Eloisa por mucho que rebusque en la mollera. De la reacción de los que dieron continuidad hace treinta y tantos a la dinastía debería guardar un recuerdo preciso, pero tampoco se crean y, en el fondo, es lo de menos. Cuando uno ha alcanzado la quinta de los tres Magos de oriente en las escrituras, sus deseos ha tenido que ir montándolos poco a poco con el trabajo que en su día costaba extender el escaletrix dentro de la sala de estar o meter a la familia en el seíta con idea de pasar una quincena completa en la playa. Llega un momento en que los críos que hoy están deshaciendo envoltorios a una velocidad frenética adquieren un tamaño insospechado, de esos que no entraban en los cálculos, y lo único que pretenden es ser ellos. Recuérdenlo, ahora que todavía pueden. Ustedes ya habrán puesto a su disposición todos los medios posibles para que vuelen solos. Y ese será el gran sueño y lo que la mayoría le pedirá a la pasada noche: que lo consigan.

Si no tienen hijos, no se preocupen; también les queda tarea. Sobrinos aparte, lo mejor que puede proporcionarse uno para pechar con una existencia placentera, sin necesidad siquiera de esperar la llegada de sus majestades, son amigos. Los verdaderos no suelen fallar, siempre que se mantenga el juego con ellos. Que se estropea la conexión, pues, nada, a cargar las pilas. Y así, cuando algo se tuerce, los tienes a la vuelta de la esquina para lo que haga falta. en cambio los hijos han volado. Y, si no, es que siguen esperando los reyes.

Una oscura iluminación

En el concierto de año nuevo del Principal le transmito a Belín de Lassaletta mis mejores deseos. Cada vez que me la encuentro, la veo mejor. En esta ocasión se mostraba invadida por una amplia sonrisa. Al contemplarla no puedo evitar mascullar para mis adentros: estará pensando que han logrado convertir a Pepe en la referencia sensata del municipalismo de las cuatro últimas décadas hacia las que nos dirigimos. Que están consiguiendo entronizarlo. Repasen, echen cuentas, hagan cálculos.

Vamoraver. Con todos sus defectos y limitaciones hay algo en lo que creo que el consenso puede que sea de los que hacen época: Lassa quiso a Alicante con locura y, al sillón de alcaldía, no digamos. Tanto ansia podía parecernos un exceso en aquel momento y, sin embargo, ¿no es lógico que sea lo primero, lo sustancial para proponerse desde ese sentimiento mejorar lo que hay? Miren ahora con perspectiva a los que han venido detrás. ¿La han querido o se han querido? No es necesario más que adentrarse por el centro en estos días de fiesta para martillearse la sesera. Pero si encima te topas con Belín…

Veintiocho años atrás tuve la gran fortuna de descender la rambla en un coche antiguo encarnando a Baltasar. Comparado con el aspecto que el paseo presenta hoy, la principales arterias eran Broadway. Los puestos artesanos que pueblan Soto y Gadea en la penumbra parecen dispuestos, más que para probarse bisutería, para ser atracados sin miramiento. las condiciones en las que Alicante celebra la navidad constituyen el mejor reflejo de la legislatura. Le endosarán a los anteriores que no quede ni para bombillas, pero la oscuridad en la que nos movemos es por la que se inclina el alcalde –al que por el papel desplegado cuesta llamarlo así– para no tener que vérselas con nadie: ni con los vecinos, menuda molestia; ni con los que ha ido de la mano dándose de leches con la otra; ni con los del partido, que si estaba mal, lo dejará visto para sentencia, nunca mejor dicho. Y qué más le da.