Las tienen delante. Son caras de desconcierto, de no saber en un primer instante adonde acudir, de ansia, de asombro y, finalmente, de felicidad. Sí, en mañanas como las de hoy, esas monerías que llevan apenas dos, tres, cuatro años sosteniéndose en pie registran el estado mayor de la inocencia de la mano de los reyes. No, de los borbones, no; de los de la dinastía del tercero izquierda.
De aquella última planta de un bloque de protección oficial en el quinto pino no recuerdo la cara de estupefacción que puso el primogénito de Paco y Eloisa por mucho que rebusque en la mollera. De la reacción de los que dieron continuidad hace treinta y tantos a la dinastía debería guardar un recuerdo preciso, pero tampoco se crean y, en el fondo, es lo de menos. Cuando uno ha alcanzado la quinta de los tres Magos de oriente en las escrituras, sus deseos ha tenido que ir montándolos poco a poco con el trabajo que en su día costaba extender el escaletrix dentro de la sala de estar o meter a la familia en el seíta con idea de pasar una quincena completa en la playa. Llega un momento en que los críos que hoy están deshaciendo envoltorios a una velocidad frenética adquieren un tamaño insospechado, de esos que no entraban en los cálculos, y lo único que pretenden es ser ellos. Recuérdenlo, ahora que todavía pueden. Ustedes ya habrán puesto a su disposición todos los medios posibles para que vuelen solos. Y ese será el gran sueño y lo que la mayoría le pedirá a la pasada noche: que lo consigan.
Si no tienen hijos, no se preocupen; también les queda tarea. Sobrinos aparte, lo mejor que puede proporcionarse uno para pechar con una existencia placentera, sin necesidad siquiera de esperar la llegada de sus majestades, son amigos. Los verdaderos no suelen fallar, siempre que se mantenga el juego con ellos. Que se estropea la conexión, pues, nada, a cargar las pilas. Y así, cuando algo se tuerce, los tienes a la vuelta de la esquina para lo que haga falta. en cambio los hijos han volado. Y, si no, es que siguen esperando los reyes.