Un alto en el camino

Para digerir la lectura pormenorizada de la actualidad suelo poner música de fondo. En concreto a Bach, que para eso siempre anduvo cerca de Dios y al que, ateniéndonos al panorama, es preferible desde luego no dar de lado. En esta ocasión aproveché para recuperar el reciente homenaje a Cecilia que tenía pendiente, con sus imágenes incluidas, y me adentré por los recovecos impresos de los asuntos que nos aguijonean. Pero, claro, la reproducción de un concierto en vivo no es como una suite para violonchelo de fondo y la voz de ese hombre orquesta que es Santiago Alcanda me distrajo de los quehaceres iniciales. El director artístico del encuentro ideado a los cuarenta años de que el 124 en el que volvía de un concierto en Vigo se echara encima de un carro tirado por bueyes que circulaba sin luces, aseveró en la presentación que estábamos ante «la mejor cantante y compositora española de todos los tiempos». Me chirrió de entrada al igual que debió parecerle exagerado al ministro de cultura por el gesto que traslució sin saber que la cámara lo estaba retratando. La coincidencia me llevó a pensar si Alcanda no llevaría razón y, conforme iban sucediéndose las letras compuestas por aquella chavala en tiempo récord, me percaté de la dimensión de una obra extraviada en el tiempo.

Cecilia se llamaba en realidad Evangelina y los del circuito decidieron rebautizarla con la melodía de Simon & Garfunkel que sonaba por las esquinas, en una época en que las cuatro estaban tomadas por cantautores que anunciaban la llegada de otra canción. Y en medio, sin rehusar el compromiso y lidiando con la censura pero sobrevolando las consignas tras haber pasado buena parte de su niñez y adolescencia fuera de esta cutrez, la chica que cantó a Dylan se distinguía por transmitir buen rollo. Al echar un ojo al periódico y recorrer capítulos, me estampo contra las artimañas con las que no dejamos de retorcer los sueños por los que tanta gente se dejó la piel y, sin más miramientos, vuelvo a Cecilia. Como para no rescatarla.

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