Puntuales de sobra

Rajoy está tomándose con calma dar el relevo al titular de Economía, mientras Guindos no hace más que pasar exámenes por alcanzar el refugio de lujo. Durante el último control, una socialdemócrata francesa sacó a relucir «los sobres generalizados que han salpicado a miembros del Gobierno» a lo que el ínclito esgrimió que nunca ha sido del pepé. La respuesta da continuidad a la entonada por Rafael Hernando cuando, al ser preguntado si podía afirmar que su partido en Madrid y Valencia no se financiaron ilegalmente con tela marinera del telón, ese portavoz que tanto señorío reporta contestó «yo soy diputado por Almería, muchas gracias» y se marchó tarareando seguramente para sus adentros el porompompero.

Dentro de su proceso, Luis de Guindos proclamó ante la Eurocámara que «la independencia es crucial». La del beceé, claro, no va a ser… Y, como era de esperar, el rentista monclovita va a su aire y ha anunciado que nada de crisis a la vista sino una sustitución monda y lironda ya que vamos que lo petamos puesto que, según él, el Gobierno está de durse. Podría llenar el hueco, no obstante, con Montoro o con De la Serna y tapar luego el de éstos o, incluso, tirar de la de empleo y seguridad social porque así tendría a Fátima y a la Virgen del Rocío juntas que, para economía, no es un mal plan. Sin embargo, no creo que traslade a Zoido poniendo al de la degeté en su lugar, ya que dejaría a Sevilla sin sus grandes valedores ahora que se acercan las fiestas de primavera y olé.

Lo más probable es que Rajoy complete el elenco con alguien del exterior, donde tiene candidatos de sobra. Urdangarín, que de conseguidor no se movía mal, está descartado porque querría llevar con él a Marta Sánchez y ya ha dicho el empleador que solo entrará uno. También anda suelto el otrora «gran artífice del milagro económico español», a quien, tras anunciar hace poco que ya no va a callarse, Mariano no puede perder de vista. Y como Rato, existen verdaderos puntales en Madrid y Valencia. En fin, será por banquillo.

Amanece, Blasillo

Lo contaba un compañero de cole de uno de los ocho hermanos de Antonio Fraguas: «Muchas veces al salir de clase iba a casa de Rafael. Disponían de un cuarto en el que se podía pintar en las paredes, algo que para mí era desconocido y fascinante, y allí vi a Antonio de crío hacer sus primeros bosquejos. Una tarde Rafael se puso a dibujar en la pared del aula, vino el cura y le preguntó: «¿¡Tú pintas en la pared de tu casa!?», a lo que el chaval respondió que no solo él sino también su hermano y se ganó una colleja. Levanté la mano para decir que era verdad y me gané otra “por tonto”, a decir del clérigo».

Ya mocito, Antonio se dirigió a su padre –«una bellísima persona que transmitía sosiego», según el amigo del hermano»– y le comentó que quería ser dibujante de chistes en serio, a lo que aquél respondió: «Cuando un dibujo tuyo se reconozca a quince metros». «Yo iba haciendo trazos –recordaba Forges–, lo blandía y, a quince metros, tronaba no. así una y otra vez hasta que un día escuché sí».

Los lectores del vespertino Informaciones esperábamos con avidez su llegada porque sabíamos que en las entrañas del caricaturista encontraríamos el auténtico editorial y que en dos palabras nos re- trataría la situación de fondo. Así, el Forges de la víspera de la muerte de Franco era el reflejo de unos caminantes precavidos oliéndose la tostada: «Al parecer es inminente». «¿Qué cosa?». ¿Qué cosa va a ser?». «¡No me diga!». «Como lo oye». Mientras que en el del 22 de noviembre del 75, Mariano y Concha se cruzan con la maciza de turno y el gachó no se corta a la hora de hacer las presentaciones: «Aquí mi señora…aquí una nueva era».

A menudo los hijos comparten inquietudes por escritores equis, cineastas, cabeceras de periódicos, músicos… y la pasión por Forges. Así el primogénito alertó en el guasá familiar de buena mañana al preguntarse cómo íbamos a seguir amaneciendo a partir de ahora. «¡Gensanta! Pues forgeandro para los restos.

Soldadesca y lagrimones

A finales de los ochenta, un colega se pidió cubrir un concierto en uno de nuestros pueblos el fin de semana que libraba. Lo recuerdo porque no es fácil toparse con este anhelo en un periodista que además tenía escamas. Pero él nunca había visto actuar en directo al grupo y estaba pirrado por quien ponía la voz. Aún lo veo entrando por la redacción cuando, en domingo por más señas, tuvo que ponerse frente a la máquina e introducir el folio para contar la noche de su cantante por quien había renunciado todo jirocho al día de libranza. Aunque daba cosa verlo, no comprendimos el alcance de lo sucedido hasta que no nos avanzó lo que se disponía a relatar. Que acudieron cuatro gatos y eso que la formación se encontraba en el cénit; que, a pesar de la ausencia de gentío, no hubo forma de oír nada porque el sonido era para matarlo y que viéndola desenvolverse por el escenario se te caían los palos del sombrajo. Ni que decir tiene que se trataba de Olé, Olé con Marta Sánchez.

Tres décadas después, la soldado ha dejado su residencia de años naturalmente en Miami, ha asegurado que, por dios, lo sucedido en el teatro de la Zarzuela no está premeditado, que le ha salido de donde le ha salido –del corazón, creo– y que «la gente que no me apruebe con esta acción me da pena; si no te sientes orgulloso de ser español, vete a otro lado», lo que ha aprovechado al instante Anna Gabriel para trasladar su base anticapitalista a suiza. La bufonada se expande. los secesionistas han dilapidado a base de bien su pretendida épica y encima nos han devuelto desde Bruselas a González Pons quien, a lagrimón vivo, ha iniciado la campaña para que la ocurrencia se solemnice en la final copera. Deben faltar dos segundos para que se decrete que los protagonistas de corto deberán cantar fijo. Entre unos y otros, vamos a acabar con Iniesta.

Dentro de un tiempo la historia concluirá con la solista quejándose desde un paraíso fiscal de que «aquéllo» se cargó para los restos su auténtica línea musical, esa que nunca existió. Más español no cabe.

Verde que te quiero verde

Hasta hace nada no sabía ni lo que era el brócoli. Mi madre nos crió a base de guisos, huevos pasados por agua y fritos con patatas, acedías –o sea el lenguadillo ese que surca entre la desembocadura del Guadiana y del Guadalquivir– y filetes muy hechos que no tuvieran nervio. ¡Ah! Y de verde, que recuerde, judías de tarde en tarde como mucho. Ni que decir tiene que, desde hace un porrón de almanaques, la mesa de casa está tomada por las verduras, con lo que me cuesta pasarlas. Si quiero carne he de comprarla para mí. Yo que estaba orgulloso de preferirla ya poco hecha y hasta de pirrarme el tartar de atún y de salmón… Me parecía toda una evolución en los gustos que retrata el paso del tiempo con el que se aprende a sacarle mayor sabor a las cosas. de mocitos se es más impulsivo, categórico y cerrado en banda. Cuántas veces defendería vehementemente en aquellas sobremesas que jamás tendría descendencia y, cuando me quise dar cuenta, contaba con familia numerosa. Esa que hoy se proclama en tránsito hacia lo vegano, puro y duro. Tanto es así que, de no saber nada de él, sueño con el brócoli. Es que aparece por todos lados puesto que despliega propiedades a raudales. Me llamó la atención el campañón que involucró el año pasado a más de tres millones de seres a través de las redes en el que los Martín Berasategui, Anne Igartiburu, Julia Otero, Silvia Abril, Rodrigo de la Calle y no sé cuántos apóstoles más invitaban a la parroquia a disfrutar del brócoli. El experto en la materia, Juan Cantos, advierte que «hay personas que defecan a los dos días tras cuatro comidas por jornada, lo que es una barbaridad» y exclama «¡Alcalinice el cuerpo! Consuma brócoli. Tiene triptófano: sube el ánimo». Pero es que, además, te hacen llegar que protege del colesterol, de la hipertensión y que ayuda a prevenir cánceres como el de próstata, mama, pulmón y colon, amén de contribuir a frenar el desarrollo de la artrosis y a espantar la gripe. Como comprenderán, no ya es que coma y hasta le encuentre el punto. ¡Coño!, es que repito.

Con la reserva a cuestas

Por fin ha quedado aparentemente resuelto uno de los enigmas de la realidad circundante: el sucesor de Mariano Rajoy en el registro de la Propiedad de Santa Pola existe. A la vista de la acción política que despliega, son legión los que pensaban que nunca había dejado de ejercer en su plaza de la población costera y que, el de Moncloa, era un holograma.

Pero el presidente acudió este fin de semana a la boda de un hijo del vecino de Abanilla que lo sustituyó en el registro, por lo que todo parece indicar que, efectivamente, el invitado al enlace debió abandonar en su día el puesto. A lo largo de décadas, el mayor instigador sobre la cuestión ha sido el particularísimo y desternillante Miguel Ángel Aguilar quien mantiene que el titular del registro no es otro que el ínclito: «¿Cómo es posible que perpetúe la reserva de esa plaza? ¿Será porque este escuadrón de privilegiados se saca más de un millón de euros anuales?», se preguntaba el veterano periodista en un asunto recurrente que es posible que al gallego no le haga ni pizca de gracia verlo cada dos por tres sobre la mesa. De hecho, y como también circula que el estudiante Rajoy Brey comenzó a preparar las oposiciones en último de carrera aprobándolas al siguiente con el número uno y convirtiéndose así en el registrador más joven de España, se insiste en si no tendría nada que ver a alargada mano del páter, a la sazón presidente de la audiencia Provincial de Pontevedra dado que son tres los hermanos registradores y, uno, notario. La diatriba por las redes canallas ha sido tan encendida que hasta forocoches abrió una encuesta para dilucidar la impresión sobre la limpieza en las oposiciones que lo invistieron y se impuso el no por amplísima mayoría. Sin embargo, en el cónclave que acaba de celebrar con la plana mayor del partido no se tocó el tema.

También ha llamado la atención que, tanto en la boda como en las uvas de su 2016, el baile se lo marque al ritmo de «Mi gran noche», con lo necesitados que estamos de que el hombre tenga un buen día.

Ikea no puede con Alicante

En abril de 2006, un par de meses después de abrirse la tienda, Ingvar Kamprad, fundador de Ikea, se acercó por Murcia. Coincidió con que era Jueves Santo por lo que no creo que desenfoque demasiado si aseguro que medio alicante andaría al acecho entre los pasillos tras el desfile procesional por la autovía. Uno de los hombres más ricos del mundo se dejó caer por el establecimiento a las 5,45 de la madrugada para departir con los camioneros que descargaban el material y, pese a no retirarse hasta las tantas, apenas le vieron sentarse de manera fugaz. El gigante de la industria del mueble empezó a mostrar interés por sentar sus reales en alicante allá por 2002 y, como es biensabido, puede que se haya convertido en el único emplazamiento del mundo en el que la firma sueca se da contra un muro. Kamprad esperó y esperó mientras sus tercios seguían intentándolo hasta que cinco años atrás dejó la primera fila y hace unos días falleció. Durante este último tramo, al menos pudo esperar sentado.

Es lo que viene caracterizando a esta bendita ciudad: haberse convertido en la vanguardia de la inacción. La multinacional cuenta con 350 tiendas en 29 países, 129.000 curritos y unas ventas de 36.500 millones de euros. Si un municipio como éste no se activa para acoger un requerimiento de esta envergadura, con qué va a hacerlo. Se escandalizaba el historiador Santo Matas de que, en el cincuenta aniversario de la muerte de Lorenzo Carbonell, considerado por muchos el mejor alcalde de la nómina, el ayuntamiento no haya programado ningún tipo de homenaje. Bueno, conociendo la plaza, se escandalizaba hasta cierto punto. Con la gestión(?) desplegada desde el consistorio, lo mejor que uno puede desear a sus descendientes es que a estos prócere no se les ocurra promover recordatorio alguno de un insigne hijo. Hablando de estirpes, el imperio Ikea cuenta con herederos por lo que aún habría tiempo para reconducir lo de su implantación. En concreto los hijos son tres. No sé, pocos parecen.

La lógica esa del desahogo

El famoso director de la degeté ha hecho circular un vídeo perteneciente al partido de vuelta del temporal en el que, walkie-talkie en mano, se le ve en plena actuación al frente del operativo desde la misma sala de control que el día de Reyes, en el que miles de personas quedaron atrapadas en la AP-6, nadie sacó a la luz y por tanto no sabemos el aspecto que presentaba en una noche tan señalada como aquella. Gregorio Serrano no puede evitar retratarse a cada paso, quedando constatado a estas alturas de la competición que resulta superior a sus fuerzas. Lo suyo es como si, tras la declaración de Costa en la que señaló que el motorcito del dinero en be no era otro que Camps, éste saliera en mangas de camisa a reiterar solemnemente que menuda exageración la que se montó con lo de los trajes porque ahora podemos comprobar que, de pretenderlo, se podía haber confeccionado bastantes más. Es la lógica del desahogo que, una vez mimetizado, da tela de sí.

¿Por qué Serrano no tiene temor de Dios a la hora de consagrarse a los numeritos? Porque lo único que hace es fijarse en Zoido. Alguien que envía a cientos de policías para combatir a la Pérfida Albión cuatribarrada en barcos decorados con Piolín y el Pato Lucas y que no es capaz ni de dar con el paradero del batallón de urnas es de Pepe Gotera y Otilio. Y un jerifalte que, en plena era digital, la estrategia que despliega para cazar al huido se centra en abrir maleteros y en enviar a la Guardia Civil al aeródromo de Ocaña por si el baranda figura entre los pasajeros, no es fácil de superar. Nos esperan días de gloria de la pareja y de algún que otro elemento aún por descubrir. Con lo poco que le gustan a Rajoy las movidas y le coge el reprise secesionista con esta cúpula en interior. Cuando se dio el piro, nadie barruntaba que las andanzas del president imaginario pudieran dar tanto de sí. Y sin embargo, Soraya ha tenido hasta que cambiar de gafas porque no debe creerse lo que ve del proceso, incluido el de selección propio que hija mía, manco desde luego, no es.

En la ardiente oscuridad

En uno de los rediseños del periódico se abordó la solución de la cartelera. Nos parecía –y parece, puesto que se ha conservado– que ofrece un mejor servicio. Antes de ponerla en circulación se decidió mostrarla a los exhibidores, buenos clientes de la casa. El encontronazo surgió porque, al haberse incorporado los Ábaco al elenco, serían estas salas las que, por orden alfabético, pasaran a ocupar las primeras casillas de entrada poniéndose por encima de quienes las habrían ocupado y fue cuando, rememorando a Aguirre, Vicente Espadas agarró la cólera de dios. El diario fue inflexible a la hora de mantener el trato equitativo y el empresario realizó un cambio fulminante por lo que, para recuperar preferencia, pasaron a llamarse AANA, aún a sabiendas de que acababa de enjaretar una bifurcación de tres pares en el nombre de la niña de sus ojos.

Del manojo de cines que lo poblaban, las salas de Espadas son hoy las únicas supervivientes en el centro. Sus competidores se tomaron a la tremenda la pirueta alfabética y alguno lo pagó con nosotros, que para eso estamos. Más románticos que negociantes o al contrario, lo que demuestra el pasaje es cómo todos y cada uno de los protas defendía con uñas y dientes su regreso al futuro y eso que el futuro que les aguardaba todavía no había llegado.

Una rendija al peliagudo presente es que la oferta a la que se puede acceder desde casa es interminable y acaba poniendo de los nervios de tal modo que uno dice: «¡Ea! Me voy al cine». Pero el año se compone de demasiadas sesiones y los exhibidores no tienen más remedio que ingeniárselas para alimentar butacas. El mérito de quienes resisten es comparable al de Jeremiah Johnson atravesando las Montañas Rocosas, aunque al que se lo oí fue a un manchego de pura cepa como Agustín Almodóvar: «En los 60 se vendían 400 millones de entradas en España que es, con la mitad de población, cuatro veces más de las que se venden ahora». Por eso le pusieron los Goya, para no tener que calentarse. Se exhiba lo que se exhiba, premio, tiene.