Cruzo la calle Quintana. Qué bien resurge tras ensancharse las aceras, limpiar la cara de fincas añejas y abrir comercios, librerías y acogedoras tasquitas. Saboreo con gusto el rincón en el que nació el periódico y cuajó un modo de entender la profesión, que ahí está el tío bandeándose en épocas tan dispares. Cojo Segura y veo a Tomás García Candela, del equipo de Lassaletta, y a su mujer. Nos saludamos con afecto y, al despedirnos, me dirijo a la cita dándole vueltas a lo que significa tropezar hoy en día con un concejal de Urbanismo que puede mirarse al espejo. De hecho es que además está para que lo haga porque tiene una pinta fenomenal. Si no me equivoco, la puerta giratoria que entreabrió siendo teniente de alcalde consistió en matricularse en derecho y licenciarse presencialmente. Puede que durante la encrucijada municipal constatara que tenía un déficit o que le gustaba meterse en leyes o que igual era un buen modo de ganarse la vida como así resultó. Lo advertía ese monstruo de la escena llamado José Luis Gómez: «Me da la impresión de que uno de los problemas curiosos de nuestra vida política es la formación de los que la componen. es decir, cuál es el background que traen consigo, dónde se han formado, cómo se han capacitado para ejercer la función pública en su relación con el bien común». Se refiere, él que ha ahondado en Azaña y Unamuno como pocos, a los que acceden en la actualidad, no a representantes de antiguas añadas o a los que, como Tomás, tuvieron que tirarse de cabeza e improvisar una tropa dirigente cuando lo de formarse aún no lo ponían como a Fernando VII. Y, sin embargo, el pegeú en vigor es el que se concibió por entonces, entre otras proezas. Al contrario que frescales en tantas demarcaciones de las urbes y de condestables financieros que rehúyen o acosan, aquel edil, que pipiolo aún saltó a un mundo desconocido, mira siempre de frente, mantiene las convicciones y, utilizar el partido para fines propios, nunca ha entrado en sus cálculos. Como para no verlo con buenos ojos.
Mes: abril 2018
Qué nivel, Maribel
Como sabrán, en el acceso a la final copera se requisaron prendas amarillas. El ministro del Interior ha deslizado que la poli actuó por su cuenta ante la llama que el atuendo podía avivar. La que se hubiera formado si el rival llega a ser el Cádiz. Creo que los gaditanos exteriorizaron que ha sido una lástima porque les habrían dado los carnavales hechos. Incluso sevillistas como Zoido han coincidido en la pena de que el finalista no fuese el Cádiz.
Pero seguimos con carnavales. Uno de los equipajes lucidos por el Barça fue la senyera con «Qatar Airways» –patrocinio derivado esta semana hacia la Roma, qué crueldad–. Bien, pues en el acceso a la reciente edición de Alimentaria, celebrada en la ciudad condal, seguratas retuvieron a dos azafatas horas, durante las cuales no recibieron un trato elegante precisamente, por portar una equipación calcada a la descrita con anterioridad, pero en la que podía leerse: «Catar jamón de Teruel». El presidente de la asociación de hosteleros relató al respecto: «Han creído que alardeábamos de la Corona de Aragón y no. Solo llevábamos una camiseta promocional de una empresa que pelea como mejor sabe por mantener sus puestos de trabajo».
Sí, es posible que estemos en disposición de sentenciar que hemos perdido no solo el norte, sino el resto de puntos cardinales. Y pensar que hace tres días, en los ochenta, España se puso de moda. La frescura de Almodóvar y de una pléyade de culos inquietos nos engalanaron hasta… Pero no es que fuéramos primerizos es que había que desempolvar lo mejor de la casa, que es de nota. Fue aquí donde el ingenioso hidalgo se dio a la aventura y su huella la ensancharon escritores, científicos, pintores, músicos, pensadores de postín. Tras sentenciar que «Cataluña no va a renunciar al soberanismo», Garrigues Walker ha echado mano de un referente para, «al estilo orteguiano», dejar patente que «es un problema que hay que saber conllevar con dignidad e inteligencia». Si Ortega levantara la cabeza y contemplase la talla alcanzada, le diría a Garrigues: «Como me metas, te machaco».
Todos los caminos…
En el balompié nacido a mediados del XIX, que se debatía entre el patadón y tentetieso inglés y el raseado con toque de los équipier escoceses surgido en los patios estudiantiles, la «escuela sevillana» se alineó en el patio. Brand y Spencer fueron dos de los componentes de la línea del miedo junto a Kinké, León y Escobar. Los periódicos se derretían cuando aquellos entusiastas de los 20 cruzaban Despeñaperros y desplegaban filigranas. En el 35, el Sevilla se embuchó su primer campeonato de España, bajo la denominación de Copa del Presidente de la República… y olé.
Uno de los virtuosos que anima estos confines cuando le da por teclear, lo tienen ahí al lado. Este profe, historiador y hombre orquesta del renacentismo contemporáneo, al que Concha y Laura no consintieron que los efluvios del poder minaran su imaginación, por el garbo con que mueve el plumaje podía haber sido un fiel de ese estandarte andaluz por antonomasia que saltará al Metropolitano pero es culé hasta las trancas el muy bandolero y su acreditada fe sociata volverá a ponerse a prueba esta noche cuando, inundado de esteladas, el Fondo Sur lance la colosal pitada y proclame exorcismos con esos colores suyos mimetizados en una república que, para un especialista en Moderna como él, debe ser jodidillo de jalar y mucho más tras los recientes fogonazos procedentes de los abdominales de Cristiano el día del penalti de autos y de lo urdido por las huestes de Monchi a orillas del Tíber.
Con éste en semis de Champions pero vestido de romano y con una vanguardia más inoperante que tu Pedro Sánchez, Emilio, salvo que preventivamente el juez Llarena no deje suelto a ninguno de los mossos que pueden liarla, todos los caminos conducen a que Messi se tome la injusticia por su mano y nos devuelva a la esencia. O sea, a darnos al escocés.
Unas cosechas tan dispares
Estamos a lomos de abril, fértil a rabiar. La mañana rebosa luminosidad, de esa a la que en esta tierra ya ni se le echa cuenta. Lo advierte Campo Baeza, arquitecto contenido e intenso, recién elegido académico numerario de la de Bellas Artes de San Fernando, que no se corta un pelo: «La luz es el material más lujoso que hay; pero como es gratis, no lo valoramos». Algunos sí, sobre todo al escapar de la rutina, que es a lo que me dispongo.
He preparado una ruta de lo más seductora, ya verán. Antes de ir hacia La Montaña, resuena Nerea Belmonte arguyendo que no han respetado su dignidad ni su honor sin construir como Dios manda la frase lógicamente; me parece otearen lontananza la risa de hiena del alcalde dimisionario y entreveo a Ximo Puig en medio de una extensión de kudzu, la planta japonesa que devora el sur de los Estados Unidos y que ha debido ser el fruto instantáneo del viaje asiático realizado por el samurái de Morella. Pero dejo por unas horas la actualidad metida en el maletero, que ahí está a buen recaudo la puñetera.
Supero la media hora de autovía. Alcoy y Muro han quedado a la espalda porque el plan no es otro que paladear la floración de los cerezos en la Vall de la Gallinera. La carretera se estrecha, unas curvas pronunciadas salen al paso y la dirección responde como si el infinito anduviese en recta.
Llega lo bueno. Este año la cosecha está que se sale. El alcalde de Planes confiesa que no recordaba algo de esta magnitud, con bares y hospedajes a rebosar. El espectáculo lo merece. Laderas transformadas en alfombras de flores blancas, cada primavera más cerca de convertirse en el Jerte mediterráneo. Cohen quiere sumarse al festín y lo hace con su Did I ever love you que suena a música celestial. Subo al mirador del Xap, desde donde la percepción es para morirse. Alineados a un lado los ocho pueblos del valle y, el mar, al otro. Qué más se puede pedir. Pocas geografías son tan completas. Da gusto observarla si no fuera por esos nativos que, en cualquier extremo, retuercen la naturaleza.
El largometraje
No estamos ante una sesión de entretenimiento. «Alma mater» es una película, más que dura necesaria, de la que se sale hecho fosfatina tras asistir al día que pasan seres humanos como nosotros sometidos al estrés derivado de los bombardeos y de las ráfagas de metralla silbando alrededor de la vivienda, que es defendida centímetro a centímetro del acoso de las milicias en un afán por sobrevivir que no da tregua ni al reparto ni al patio de butacas. En rincones tan dispares como Copenhague, Sevilla y Berlín ha obtenido idéntico premio, el del público, y, al estar focalizada en el trauma bélico con particular acento en el sirio, Trump, a pesar de no haber ido fijo a verla porque qué más le da, se ha sumado a la corriente y, junto a un par de amiguitos, ha llevado más explosiones al horizonte para que la feria de estallidos no decaiga en la zona y que el confeti químico espolvoreado por Bashar al Asad sienta que no está dejado de la mano de Dios sino que ejerce un poder de atracción rentable sobre el enemigo. Los protagonistas, también llamados dignatarios, dirán que muy cinéfilos no es que sean pero que, el material que haga falta, lo ponen ellos.
Fuera de la pantalla se brinda de etiqueta en palacios reales por la venta de armas y, a nada de Damasco, refugiados en el asentamiento de Al Wafidín aprovechan la evacuación, pactada con Rusia en estos días aunque cogida con alfileres, para trasladar la desesperación del refugio al desasosiego por encontrar el rastro del familiar secuestrado un lustro atrás cuando se disponía a iniciar su jornada en el curro. En esas tres ciudades impactadas por la crudeza de un guion, en la nuestra, en Barcelona, en Madrid, en tantos pueblos y, no digamos ya en Guernika, habrá espectadores que estén viendo la agitación de ese grupo, desviviéndose al límite por distraerle una hora a la muerte siendo consciente de que ha de mantenerse firme sin concesión a los sentimientos, y les ronde la cabeza las peripecias que sortearon sus abuelos para resistir la maldita cruzada. Es lo malo de esta película. Que no se acaba nunca.
El influjo de otras miradas
Vienen Lottie y los suyos. Se ha plantado la familia al completo en Alicante a celebrar los 60 que le han caído al páter y los progenitores regresarán a Edimburgo al amanecer; la hermana, que es artista, a Birmingham a mediodía y ella con su marido a Glasgow en cuanto anochezca. Es la ventaja de contar con un aeropuerto plagado de rutas a las que no solo recurren adictos a las despedidas de solteros. La madre de Lottie es psicoterapeuta, a los 11 dejó Londres por la ciudad en la que se concibió Harry Potter, tiene un montón de clase en línea con el resto y comenta que, del Museo de Arte Contemporáneo, lo que más tilín le ha hecho ha sido la obra de Julio González. A este primer encuentro se ha llegado por el calorcito que nuestros vástagos no han dejado de procurarse y, pese a la barrera idiomática entre los mayores, resulta estimulante la afinidad que se establece en cuanto detallan sus visitas o aprecian en las estanterías los gustos musicales y literarios y se disfruta de una sobremesa a la que no están acostumbrados, con Almodóvar y los Monty Python en el introíto hasta acabar analizando la condescendencia con la que los de alrededor suelen tratar a especímenes del corte de Picasso, asunto que seguramente introduciría quien imaginan. Aunque hemos pospuesto para una segunda cita la requisitoria, debieron votar «sí» en el referéndum por la independencia escocesa y eso les hace ser inflexibles con los Puigdemont’boys porque, al logro que accedieron por un acuerdo entre gobiernos tras décadas de insistir, los nostres lo quieren por arte de birlibirloqui frente a un Mariano con el que ni ir de aquí a la esquina es fácil. Enseguida ven el terreno abonado para sacar el nombre de Franco que no nos quitamos de encima y se les replica que su apoyo tuvo de Churchill, asintiendo temblorosos de placer. Sin embargo, no pueden entender que haya aún restos de compatriotas por las cunetas y que los de alguien de la dimensión de Lorca permanezcan sin identificar, pese a lo normales que se nos ve. Pero, ¡uf! Cuesta.
En el cruce de caminos
Dos alumnos de la Politècnica de València se enfrentan a cuatro años de expulsión tras ser detenidos por la poli al haber falsificado sus notas del curso pasado pirateándolas, lo que se detectó el 1 de febrero aunque no se diera a conocer hasta ahora. La cuestión es remover todo donde sea para hacer daño a Cristina Cifuentes debido a la cruzada librada por la dirigente madrileña en pos de la transparencia combatiendo sin desmayo las mangarrufas e impurezas detectadas alrededor. Es lo que tiene ser estandarte de integridad.
Profes afectados por la vulneración de sus sistemas de seguridad han presentado denuncias en comisaría, aún a sabiendas de que la esmerada instrucción ha contribuido en buena parte a la gran preparación mostrada por esos discípulos capaces de acceder al corazón del sistema que alberga las calificaciones. No olvidemos que, una vez cumplidas las condenas, significados hackers han sido contratados por empresas o servicios de inteligencia para que desarrollen los conocimientos que los incriminaron. Habrá quien aprecie escasa flexibilidad en la reacción de las instancias académicas de la politécnica. como diría un portavoz del pepé durante la reciente convención nacional «hay gente p’a tó», mientras suena de fondo la ovación de reconocimiento a Cifuentes.
La Rey Juan Carlos, en cambio, ha mostrado en el episodio detectado en sus entrañas un absoluto pluralismo por parte de los responsables. No ya es que el director del máster haya basado que fue el rector quien lo empujó a hacer cositas sino que éste ha respondido con una posible querella y a ninguno de los dos les ha importado decir lo contrario de lo asegurado en la comparecencia inicial. Más cintura no cabe. Reseñar que, quien sostiene que la presidenta madrileña llegó a exponerle su trabajo fin de grado, suscribió en su día convenios con Blasco y con Cotino no es necesario, se da por supuesto. Estamos a dos segundos, pues, de que Cifuentes se querelle contra su uni y exclame: «¿¡Pero qué es este máster que me habéis dado!?».
De Santana al Grupo Kosmos
La eliminatoria de Valencia tiene trazas de convertirse en la última que se celebre en suelo hispano dentro de las travesías propias de la Copa Davis desde hace más de un siglo, que ha llevado a que aficionados de esta tierra se paseen por medio globo agitando el nombre de las poblaciones que más animadores ha aportado al séquito fiel de la armada. Todo este esfuerzo resulta conmovedor en torno a un deporte que no es de masas como el otro, siempre que consideremos al otro un deporte.
De las hazañas íntimas que uno tiene grabadas a fuego están las vacaciones navideñas del 65 en que mi padre me despertó tres madrugadas para ver la primera final a la que España accedió y el efecto que nos produjo cuando, perdida ya la final por ko, Santana fue capaz de darnos un punto sobre la hierba de Sidney con el 13-15 del cuarto set. En este siglo los nuestros han conquistado cinco ensaladeras que no suman ni la mitad de emoción que sentí con el triunfo ante el gran Roy Emerson. Es lo que tienen la épica, la niñez y el no ser nadie, que es lo que éramos en aquel mundo en blanco y negro.
Dejando sentado que donde mejor está la nostalgia es enterrada, hoy cualquier universo que se precie se mueve por otros registros en el que lo amateur no es el interés que prevalece. Y como el passing shot también cotiza en bolsa, la Federación Internacional de Tenis ha llegado ya a un acuerdo con el grupo inversor Kosmos para transformar el formato en 2019 por 2.450 millones de euros. La idea es concentrarlo todo en una sede y liquidar el torneo en una semanita porque el circuito no da abasto. Curro Romero decía que no toreaba en Pamplona porque le dolía la cabeza con tanto ruido y que el público educado, organizado y silencioso del tenis es el que le gustaba, lo que en no pocos países durante la Davis se ha desfigurado por completo. Pues verán la que puede formarse aquí en cuanto se corra que, el cambio radical del secular torneo, llega de la mano del amigo Gerard Piqué. Hasta Curro entonará «a Pamplona hemos de ir».
Un libro de feria
Uno de los volúmenes con más polvareda está siendo el del baqueteado periodista Arcadi Espada que, en torno a Francisco Camps, responde a un título cortito y de lo más comercial: «Un buen tío». Si por ser residente, no como el autor, tiene dificultades para situar al ínclito, le diré que el buenazo en cuestión es el que hace un mes le echó el muerto a quien lo dejó al frente del garito, endosándole la autoría de introducir a la trama Gürtel y al exbigotes, Álvaro Pérez, en el territorio que bendijo Benedicto XVI durante una visita, que low cost quizá no fuera, del único Papa que dimitió en los últimos seis siglos.
Sí, Arcadi ha dado en la tecla. Camps es tan bendito que su testimonio puso a huevo a su antecesor la escapatoria. Zaplana anduvo ocurrente en la respuesta al dedo acusador que lo señaló en la audiencia nacional: «De ser cierto lo afirmado por el señor Camps, sería en lo único que habría seguido mis directrices». Lo que estará pasando este hombre de bien leyendo el perfil fidedigno que han trazado sobre él al tener que aceptar que el gran ideólogo de su gobierno permanezca en la trena por haberse metido en el bolsillo seis milloncetes destinados a la ayuda de los países necesitados. Y además de ello, sobrellevar las fatiguitas de sus entrañables Cotino y Fabra así como la del centenar de imputados cercanos por untarse, a lo que hay que añadir el trío de procedimientos por los que está siendo él mismo investigado y que podrían hacerle un traje. Pero, a diferencia del papa, el bonachón de Camps no renuncia a pontificar desde el Consell Juridic Consultiu por más de 75.000 euros asegurados hasta 2026 en agradecimiento a dejar la Comunidad como la dejó. Si esto no es una criatura virtuosa, justa y servicial, merecedora no de uno sino de varios tomos, que venga Dios y lo vea. Sobre Zaplana, que no ha ido ni como invitado a proceso alguno y al que la mayoría de medios vitoreó por el interés más desinteresado, habría que preparar entonces otra novedad editorial. Propongo «un santo varón». Lo sobrecogedor será escribirlo.