Cruzo la calle Quintana. Qué bien resurge tras ensancharse las aceras, limpiar la cara de fincas añejas y abrir comercios, librerías y acogedoras tasquitas. Saboreo con gusto el rincón en el que nació el periódico y cuajó un modo de entender la profesión, que ahí está el tío bandeándose en épocas tan dispares. Cojo Segura y veo a Tomás García Candela, del equipo de Lassaletta, y a su mujer. Nos saludamos con afecto y, al despedirnos, me dirijo a la cita dándole vueltas a lo que significa tropezar hoy en día con un concejal de Urbanismo que puede mirarse al espejo. De hecho es que además está para que lo haga porque tiene una pinta fenomenal. Si no me equivoco, la puerta giratoria que entreabrió siendo teniente de alcalde consistió en matricularse en derecho y licenciarse presencialmente. Puede que durante la encrucijada municipal constatara que tenía un déficit o que le gustaba meterse en leyes o que igual era un buen modo de ganarse la vida como así resultó. Lo advertía ese monstruo de la escena llamado José Luis Gómez: «Me da la impresión de que uno de los problemas curiosos de nuestra vida política es la formación de los que la componen. es decir, cuál es el background que traen consigo, dónde se han formado, cómo se han capacitado para ejercer la función pública en su relación con el bien común». Se refiere, él que ha ahondado en Azaña y Unamuno como pocos, a los que acceden en la actualidad, no a representantes de antiguas añadas o a los que, como Tomás, tuvieron que tirarse de cabeza e improvisar una tropa dirigente cuando lo de formarse aún no lo ponían como a Fernando VII. Y, sin embargo, el pegeú en vigor es el que se concibió por entonces, entre otras proezas. Al contrario que frescales en tantas demarcaciones de las urbes y de condestables financieros que rehúyen o acosan, aquel edil, que pipiolo aún saltó a un mundo desconocido, mira siempre de frente, mantiene las convicciones y, utilizar el partido para fines propios, nunca ha entrado en sus cálculos. Como para no verlo con buenos ojos.