Un cura singular

Decir Antonio Vivo es decir Alicante. Está tan imbricado en infinidad de aspectos de la ciudad y de su geografía humana que, con su ausencia, costará reconocerla. Ir con él por la calle era echar el día. Lo paraban, le consultaban, lo agasajaban… Pese a la enorme tarea desplegada en el orden educativo, sacerdotal, investigador, asistencial, movilizador y espiritual aún le parecía poco. Con la décima parte de lo impulsado a lo largo de su fértil y prolongada andadura, cualquier mortal estaría hecho unas castañuelas. Él, no. Él seguía pensando en lo que quedaba por rematar. Ése era don Antonio. Un caso.

El gran credo que ha guiado a este cura singular ha sido el de la justicia. Y ha peleado por ella en las condiciones más adversas, conviviendo con una serie de postulados de la Santa Madre Iglesia de los que disentía a rabiar y, pese a formar parte del mismo, rebelándose si hacía falta ante el cogollito más tradicional de Akra Leuka que no es moco de pavo. Pensé en él al leer este domingo a Jesús Prado referirse a que «en la evocación de aquel tiempo de sonoros silencios, muchos de los que eligieron esta actitud deberían ejercitar la escasa virtud de la autocrítica». En octubre de 2001, inmerso de lleno en la época a la que el periodista se refiere, el rescatador de la basílica de Santa María se mojaba hasta los tuétanos al respecto dejándolo publicado en este caso para disipar dudas: «No es posible el desarrollo de la democracia desde el gregarismo donde prevalecen actitudes serviles. No siempre el poder político tiene los colaboradores y amigos que necesita. En una sociedad hipócrita es admirable el coraje cívico que alienta la necesaria osadía de hablar con luz propia, esa que afronta los riesgos que comporta el ejercicio de la libertad superando las lealtades impuestas».

No podía disimular que lo suyo era el magisterio. Si a alguien cercano se le nublaba la vista, proporcionaba claridad y estaba al quite sin esperar nada a cambio. Su recompensa la hallaba en la amistad que le salía al paso. Ve con Dios, Antonio.

Conducción temeraria

Zaplana vería la final de la Champions entre el griterío de presos intentando que no le rondara la cabeza el trasiego compartido en el antepalco del Bernabéu, las jornadas de partido en las que el atrezo de copas y canapés dejaba paso a una lista guapa de contactos donde los gestos para quedar en un reservado se imponían por goleada a las, para el vulgo, controvertidas estrategias simplemente balompédicas.

Para entonces el galán, que desde la casilla de salida dejó claro a qué venía y que el modo era hacerlo a bordo de un Opel Vectra 16 válvulas porque sí, se había doctorado en el fecundo arte de hacerle creer a la afición que arribó para representarla, tutelado en todo instante por ese prestidigitador del morro torcido que es Aznar, santo y seña del antepalco solo en momentos escogidos. Desde la rampa trazada en Benidorm, retorcer la realidad no le produjo nunca quebranto alguno al alumno aventajado, ya fuera sustraer la mayoría absoluta del adversario con la pieza de repuesto que le faltaba ni, por orden cronológico, torpedear por tierra, mar y aire a la cabecera impresa que osara cuestionar su mando en plaza ni asfixiar al malandrín universitario que no hincase la rodilla ante su presencia ni desalojar a quienes, a base de contraponer criterio, pusieran trabas a la determinación de apropiarse del instrumento financiero a mano con tal de llenar la sala de trofeos, aunque fuera a costa de congelar el avance científico ideado en el campus o de acabar por expoliar a todo quisque, como terminó sucediendo, la vida que la obra social reportaba a una amplísima geografía.

La suya propiamente dicha tampoco es manca y las horas muertas, proporcionadas por la perversión del despacho vacío de contenido en Telefónica, han podido convertirse en la trampa que lo empujaran a detallar en cuatro folios el circuito a través del cual el flujo esquilmado volvería al bolsillo. Todo un amasijo de ambición, amoralidad y engaños que lo han conducido a desperezarse hoy en la celda asignada. Él sabrá si le ha merecido la pena.

El canto del cisne

Escucho a Monedero sentenciar que deberá ser la gente la que decida sobre «la permanencia de…» y también se cuela Verstrynge –¡madre mía!– demonizando a todo bicho viviente con tal de salvar la cara de los promotores del referéndum. Pero no sé cómo salta una foto de La Clave con Guerra, Fraga, Arzallus, Carrillo y Roca dispuestos a debatir sobre la tarea diaria de construir el denostado régimen del 78, tan antigüito él. La pipa se consumió en vísperas de que los españoles fueran forzados a refrendar el designio que el Gobierno tenía comprometido y, para cuya permanencia –atlántica en este caso; no serrana–, al pesoe se le vio el plumero hasta el extremo de borrar de La Primera a Krahe con su Cuervo ingenuo dedicado a Felipe, esa que vitoreaba Pablo Iglesias cuando aún andaba conociéndose. Del «otán, no; bases fuera» al «chalete, ¡ea!; bases dentro». Como para no despreciar la transición. Menos mal que se evaporó aquello que, si no, a Balbín hoy le da algo.

Desde que la burbuja inmobiliaria ha vuelto a hacer de la suyas, creo que no se ha resaltado suficientemente la vena feminista de la que el secretario general de Podemos siempre ha hecho gala. Permitir que, en primera instancia, fuera ella la que tuviese que dar la cara y pasara el mal trago estando además embarazada deja patente su decidida apuesta por la igualdad, hasta el extremo de que, al día siguiente, no quiso comparecer sin la pareja pegada. Estoy convencido de que un año de estos saldrá por libre entonando el «saben aquel que diu; sí, hombre, en forma de simulación en diferido». Y será por fin de lo más coherente ya que ha propiciado para la formación de gobierno algo que parecía fuera de su alcance como es investirse de ironía fina y, tras el consejo de ministros, consagrar al portavoz: «Nos felicitamos de que este crecimiento integrador permita a los más jóvenes emprender un proyecto familiar, adquirir viviendas y acceder a la hipoteca». Por mor de la consulta, Pablo e Irene salvarán los muebles. El espíritu podemita les cabe de sobra en el trastero.

Subidos al ring

Como entraba en casa, me aficioné de crío a leer el periódico iniciándome con deportes, que era lo que tocaba. Pronto me incliné por los que escribían diferente. Mis hermanas aún me lo echan en cara: «Al niño solo le gusta lo bueno».

Así me tiraba de cabeza a las crónicas de Antonio Valencia y de Fragoso del Toro y me quedaba enganchado con pasajes pugilísticos de Manuel Alcántara, que practicaba nuevo periodismo pegado al ring de donde le sacaba una espinela al baile de Legrá en el décimo asalto, de Fernando Vadillo y de Julio César Iglesias, a semejanza de lo que ocurriría con la crítica taurina de Joaquín Vidal, pese a que ni el boxeo ni los toros sean lo mío.

Con los estertores del régimen, que no se acababan nunca, un regimiento se metió Triunfo en vena, Ajoblanco, Cuadernos para el diálogo, La Cordorniz y Hermano Lobo con tal de seguir las huellas de los Forges, Ops, Gila, Summers, Vázquez Montalbán y Haro Tecglen dentro del manojito que ya empezaba a barruntarse que tampoco era bueno hacerse tantas ilusiones. Pensando en la profesión, había que hacérselas. Rosa Montero engatusaba con sus tête à tête novelados y Pedro Rodríguez llevaba tiempo de barroquismo de alta graduación. Qué retrato de Emilio Romero no fabricaría en Benidorm que la cordial queja del prócer fue de las que hacen época: «Es que me ha hecho una entrevista en la que quien se luce es él mismo». A esto no le quedó más remedio que abrirse y por un lado entró la pólvora proveniente del Post y por otro la arrogante seducción de Tom Wolfe. En el interior fueron años de búsqueda mezclada con el ansia de los lectores por acceder a claves dentro de la exaltación de la independencia… editorial, por Dios. Ante obstáculos propios del camino, empresas aceptaron que se puede ser de un banco y no estar loco y curritos se fueron a terapia donde, pese a que a los enganchados nos parezca increíble, descubrieron que del periodismo se sale. El caso es ofrecer una primicia.

El eslabón perdido

Tras la situación traumática experimentada por su formación en el Ayuntamiento de Alicante, Manolo Mata, a la diestra de Ximo Puig en el partido y síndic socialista de las Cortes, se ha sacado esto de dentro: «Lo que había era una crisis política porque Echávarri no fue capaz de generar empatía con sus socios de gobierno ni con nadie». Si estamos hablando de una catarsis, las he visto mejores.

Para ser alcalde hay que servir. pese a la frase hecha de que «es el puesto más bonito al que se puede aspirar», no es ninguna bicoca. El que accede ingresa en una farmacia de guardia. Ha habido alcaldes y alcaldesas muy populares, algunos de los cuales conocían a todo quisque. Tanto que, al cruzárselos por la calle, iban llamándolos por el nombre. El ahora oscuro objeto de admonición por parte del número dos del pesepevé no solo era escasamente conocido sino que, por lo visto durante la posterior actuación al frente del cargo, fue el mayor logro que tuvo de partida: que ni los suyos en Valencia se hubiesen preocupado de catarlo.

Porque, mi respetado síndic, la empatía, ¿nace o se hace? Los pocos que conocían a la apuesta de Ángel Franco para tomar el relevo del bienio horríbilis de los otros sabían de sobra que entre sus virtudes –alguna tendrá– no figura la de ser capaz de relacionarse ni con su sombra. Y claro, siendo así, de alcalde, lo llevas crudo. A la fatiga que acarrea entenderse con los socios de coalición, al tute que representa atender las demandas de vecinos, comerciantes, festeros y el resto del mogollón hay que sumar las exigencias que, para proyectos en común, te van a plantear los patrones del puerto, la uni o la oficina europea que, aunque parezcan de la misma cuerda, no están ahí para reírte las gracias y, mucho menos, si no la tienes. De anhelar una ciudad amable, ya ni hablamos.

No es extraño, pues, que independientes, a los que Mata and company andan lanzándoles propuestas para que sean cartel, inquieran: «¿Es que me veis arisco?». A lo que responden: «No, tú no; los votantes».

El puñetero arbusto

Tengo a Javier Cercas enfrente con un grupo de jóvenes dedicado a indagar en la literatura hispánica. Ya lo ven. Afortunadamente, hay gente p’a to.

Lo último que me eché a la cara del escritor extremeño, afincado en Girona, fue una reflexión sobre la advertencia de un amigo americano que le decía que, «en cuanto un novelista opina de política, es malo para la gente y para él, pero sobre todo para las novelas». Y le añadió: «¿No me digas que, con esas manifestaciones, creíste que ibas a contribuir a paliar la incompetencia del Gobierno español que no entendió que no se puede parar un intento de golpe de Estado en el XXI con instrumentos del XIX y que es posible que no vieras venir el cóctel de victimismo, egoísmo económico y narcisismo supremacista aliñado con chorritos de xenofobia con la de historia que has leído?». Conocedor de que el autor de Soldados de Salamina contestó que «no es lo mismo leerla que vivir la historia» tenía interés en apreciar hasta qué límite tenía alterado todo este proceso –nunca mejor dicho– a un tipo de su cuajo. Y, afectado por lo que la sinrazón ha tocado del ala al ámbito familiar, es difícil que algo así no trastoque tu temple.

Ya no solo es que siga concibiendo la literatura como un acto de rebeldía contra la estupidez, la realidad o el poder ni que sostenga que la palabra más importante es «no», sino que introdujo que «el novelista solo puede ser valiente al igual que el torero». El puñetero arbusto, que enturbia el bosque porque, sin dejar de hacer del miedo su razón de ser, Curro Romero fue encumbrado y Vargas Llosa, sin embargo, consintió en ser entrevistado por Tamara Falcó, que a eso hay que echarle valor.

Lo que sí está contrastado es que Serrat agota con meses de antelación el papel de su gira, que algo tendrá que ver el zafarrancho que vienen montándole y que a saber qué harían si pudieran con don Quijote, montura de la lengua de Cervantes. El problema no es defender las ideas que sean, incluso las independentistas; el drama alardear de catetez y no darse cuenta.

Repertorio de lo más clásico

Justo 24 horas después de que la responsable de comunicación de Rajoy espetase «qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles pues os jodéis», dirigido a jubilados disconformes de un modo jocoso según la integrante del staff de Moncloa, en otras dependencias municipales, las que en Labradores, 15 acogen el palacio del Portalet, tuvo lugar una nueva sesión del máster en interpretación de guitarra clásica con la actuación de dos alumnos, el mejicano Julio Medrano y Pedro Castro, procedente de Venezuela. El repertorio de éste, un chaval de 26 años, estuvo copado prácticamente por composiciones de autores de su país y, al hacer la salutación con lo que iba a ofrecer, no esquivó manifestar el dolor que le produce leer solo noticias horrendas de su tierra sin que ello le reste un ápice del amor que le profesa. Fue desahogar aquéllo, cruzarse por la cabeza intuyo el año largo de ausencia lejos de la familia en su rincón de San Cristóbal, dentro del estado de Táchira, y pillar una plorera que no consiguió sacarse de encima. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez escuchando a solas notas que lo retrotraen a historias que permanecen envueltas ahí en el baúl de los recuerdos? Pero que ese amasijo de sentimientos se revuelva a la vista del público en un artista joven, capaz de aguantar el tirón tragando aire, saliva y pesar resulta perturbador. A Carmen Martínez Castro, la de las irrefrenables ganas de ponerse a hacer cortes de mangas, natural mira por donde de Caracas, a su jefe y a buena parte de la cúpula del partido que lo sustenta se les ha llenado la boca un día y otro de denunciar que los estragos en la población del régimen venezolano no tienen un pase. Ahora bien, quienes no lo tienen aquí son esos paisanos entrados en años que llueva, ventee o salga el sol por Antequera le señalan en la calle a los gerifaltes que ya está bien de asestarles tanta indignidad. Lo expresado jocosamente por la mano derecha del presidente ratifica algo de sobra conocido: que no es la economía, estúpidos; es el desprecio.

Qué cosas tiene la vida

Millás observa una curiosidad permanente por cuanto le rodea. De la mano de Javier del Pino en A vivir que son dos días se ha introducido en un tanatorio y ha entreabierto las puertas más recónditas. Reconoce que atesora un temperamento morboso y que, como lo que le da miedo le atrae, le gusta el coqueteo con la muerte. «Siendo pequeño –rememora el escritor–, la gente se paraba al paso del cortejo fúnebre y se quedaba en silencio. Deberíamos integrar más la muerte porque, sin ella, la vida no tiene sentido. Y lo que hacemos es negarla. Parece que hoy en día no se muriera nadie».

Qué me vas a contar, Juanjo. Mis hermanas cuidan de nuestra madre –que este mayo alcanza los 95– como cualquier hijo, en circunstancias normales, tendría que hacer incluso con su padre. Más que desvivirse, la custodian. Y para protegerla al máximo, decidieron hace un tiempo no anunciarle la muerte de nadie que le pudiera afectar, familiares incluídos. La situación es surrealista porque, afortunadamente, a la señora Eloísa, aunque oiga y distinga así, así, las entendederas las tiene bien cargadas. Siempre que me meto en carretera, al poco de llegar y tropezar con el panorama descrito no me queda más remedio que decirles: «Pero, ¿no creéis que igual le extraña que no fallezca nadie de alrededor?». Una mujer que ha estado familiarizada desde adolescente con el trance porque le mataron al padre nada más empezar la guerra y porque ha venido pagando religiosamente al ocaso. Pero no hay manera. El otro día se cruzaron con la viuda de Ignacio, el de la frutería a la que íbamos de nanos y del que mi madre ignora que lleva un par de primaveras con los angelitos. Y claro, al no coincidir con él, la señora Eloísa quiso saber qué tal se encontraba el hombre y la dueña de la tienda, advertida por la guardia de corps con antelación, respondió: «Pues, ahí va».

Después de aquéllo, la incertidumbre se disparó, hubo cónclave y, ante una de las grandes dudas, pregunté: «Pero, vamos a ver. ¿Mamá sabe que falta Chanquete?».

Mucho en juego

Entendidos en la materia dejan bien a las claras que, el desgarro de Alicante, puede costar al pesepevé el primer cajón de la izquierda en el podio de la Comunitat. Para evitarlo, sus cabecillas están detrás de un candidato que frene el golpe. Se ve más fácil ir a marte, con lo que no se descarta que Ángel Franco haya explorado ya el terreno por si hay agua dejarlo seco.

Con vistas a configurar en un año el cartel municipal de la explanada, el oscuro objeto de deseo no es otro que el rector Palomar. Ximo Puig no lo quiere lógicamente para que le regale un máster; con sacar adelante esta andadura tiene el posgrado, la tesis doctoral y el certificat de capacitació en un mismo pack. Lo que busca el mandarín socialista es un milagro. ¡ojo!, que a Palomar le va la marcha. en anteriores citas se resistió a las gangas pensando en que las formaciones que a él podían hacerle tilín estarían en mejor posición tras el cambio de panorama. De modo que como me aseguran que el entorno de Pedro Sánchez le ha hecho llegar la propuesta, parece que el rector ha respondido: «Lo agradezco de veras, pero es que estoy pensando en meterme a monje».

Esto ha puesto en alerta al resto de posibles pretendidos. uno podría ser Juan Antonio Gisbert. Mandarines anteriores ya lo quisieron para ese envite y el actual lo reclamó para el Consell pero el exCam dijo que lo más lejos que quería ir era al puerto de Alicante. Ahí sigue y el otro día se marcó unas declaraciones explosivas. A los vecinos que se quejan de la descarga de graneles los acusó de realizar «terrorismo informativo». Algunos, que me son muy cercanos, me han hecho llegar lo siguiente: «Pero, ¿este tío de qué va?», a lo que he contestado: «Satanizándoos ha querido desactivar la intención que puede existir de ofrecerle la candidatura a la alcaldía». «¡Ah! entonces es comprensible».

Pero Ximo no se rinde. Hay quien no ha visto resultados en el reciente viaje a China cuando casi nadie conoce cuál ha sido la penúltima bala por la que ha negociado. Efectivamente, traerse a Iniesta como sea.