Para mear y no echar gota

En 2016, un tríptico con las caras de Putin, Trump y Marine Le Pen se hizo viral exhibido por una joven llamada María, propagandista total, en una rueda de prensa del jefazo del Kremlin: «Este es el tríptico del Nuevo Orden Mundial», sentenció sin cortarse un pelo la chavala.

El año pasado, en la visita del mandatario ruso a París nada más producirse la derrota de la tercera pata del banco, Macron advirtió en Versalles durante la comparecencia conjunta que Sputnik y Russia Today, los canales de noticias estatales, no habían parado de difamarlo ante el rostro imperturbable de su acompañante, que no se dio por aludido. Pero la tunda en las redes comenzó mucho antes y se asentó con la creación de la agencia de Investigación de Internet, que es una fábrica secreta de troles instalada en San Petersburgo, ciudad natal del líder, con unas medidas de seguridad alrededor que dan escalofrío. Aunque sin constar en registro alguno, al frente del entramado dispuesto para esta nueva vertiente de la Guerra Fría se encuentra Konstantin Rykov. Durante la disputa Trump/Hillary, los investigadores descubrieron más de 400 páginas de feisbuk en inglés creadas en San Petersburgo, sí, denominadas Fonteras Seguras, que compartía sacudidas xenófobas en línea con la política del menda por el que no muchos daban un duro. Noticias falsas del tenor de «el 30% de los niños inmigrantes forman parte de una banda». Los directores de Google, Twitter y Facebook tuvieron que declarar en el Senado, pero a las historias y los memes se habían acercado sobre 50 millones de visitantes. Sin esconderse en este caso, el equipo de Rykov celebró con una fiesta por todo lo alto la toma de la Casa Blanca por su candidato.

El mandamás del país organizador del Mundial ha enfatizado que «los hackers son libres como los pintores. Si amanecen de buen humor, pintarán. Los hackers se despiertan, leen lo que ha pasado y, de ser patrióticos, no les quedará otra que preparar toda una ofensiva contra quienes ataquen a Rusia». ¡Ay, Iniesta de mi vida!

De los ídolos a los caídos

Las revistas del corazón son una perdición. En momentos determinados resulta muy difícil sustraerse a ellas. Atrapan que da gusto. Según cuentan hay algo más que amistad entre la reina emérita y el viudo de la Duquesa de Alba, que pudo empezar a fraguarse cuando doña Sofía llamaba para interesarse por la salud de la sin par Cayetana y el que cogía el teléfono, y no lo soltaba, era el hombre de la casa. Qué quieren que les diga. La patrona de los funcionarios será Santa Rita pero, el ídolo, Alfonso Díez. De fichar en la seguridad social a convertirse en duque viudo de alba de Tormes y Grande de España, el fenómeno acaba de ser visto en un concierto de Carla Bruni entre rostros conocidos, aunque el suyo está irreconocible tras haberse quitado las bolsas de los ojos e inyectado bótox y ácido hialurónico que, según la paginita que tengo delante, le proporciona una piel más radiante y un aspecto muy rejuvenecido. No te digo.

Con otros, sin embargo, no hay milagro que valga. Es el caso del exministro de Justicia que firmó en la prórroga la orden de sucesión del ducado de Franco a favor de Carmen Martínez Bordiú. Rafael Catalá aprovechó la moción de censura para dejar atado lo de la nieta en una de las últimas decisiones adoptadas por este genuino «novio de la muerte» por si quedaba alguna duda al respecto. Esperemos que los achaques del nobel Vargas Llosa sean cosa de nada porque, de lo contrario, el pimpollo play boy que ha declarado la guerra a las arrugas no va a dar abasto.

El couché muestra a Urdangarín enjuto a más no poder como buscando que se apiaden de él cuando, comprobar que los nobles también lloran, no es fácil que remueva a la plebe. La que está espitosa es Ágatha que aprovecha cualquier excusa para mandar un recadito al ex, al que tiene de los nervios. A cuento del chatarrero con el que sale ha dicho: «Me encanta cómo recicla este tío». Dado que Belén Esteban ha debutado haciendo entrevistas, está claro que nuestro sector recicla regulín. No sé si así van a cortejarnos demasiado.

Hay quien se lo sabe hacer

Ante el pasmo de ver entronizado a Luis Barcala, Rajoy no dejó pasar la ocasión convirtiéndose en el primer presidente del Gobierno de esta era en rendir visita al Ayuntamiento de Alicante. Repasando consistorios, tampoco es de extrañar. Durante el acto en el que la formación celebró el retorno de la vara de mando, el entonces inquilino de la Moncloa sufrió un desacople marca de la casa al no recordar el nombre de la primera autoridad local, motivo de su visita. Y lo que es la vida. Ahora va a aprendérselo de carrerilla.

Ha sido tan supersónico que está por ver el tiempo que Mariano dará garbeos en Santa Pola. Tampoco es que en el partido se haya guardado mucho tiempo el luto. Los intereses han coincidido dado que ninguno de los aspirantes a la sucesión ha observado ganas de recibir la bendición de quien ha sido baluarte de Bárcenas al frente del engranaje. El riesgo que asume al dejar el acta de diputado estriba en que pierde el aforamiento, lo cual dice algo de la trayectoria. Y qué señalar de las políticas llevadas a cabo por el caballero. La tan vitoreada salida del túnel a través de los canales oficiales ha sido de máster, ya me entienden. Es decir a base de emprobrecer a la clase media; poner en riesgo las coberturas que dan calorcito; mandar a parte del talento joven al quinto pino y dejar en los huesos la hucha de toda una vida. Con su requiebro, Rajoy se ha quitado de encima la sombra de Aznar y, por cómo ha hecho el quite del perdón, se ha ido tildado de ejemplo y rememorando al capitán Diego de Acuña cuando Marquina le hace decir en Flandes al final de acto «España y yo somos así, señora».

Insisten por ahí en que, de investigarse cómo logró la plaza a los 24 añitos, lo de Pablo Casado quedaría en una cosa de niños. Pobre aspirante. Sin embargo de registrador, Rajoy se embolsará el doble que al frente del Gobierno –¡país!– y, junto a la playa ya sin corbata, ha insuflado desde la atalaya ánimo a los suyos: «No tengo que transmitirle nada a los candidatos, salvo que la vida continúa». Y qué vidorra, amigo.

Monumental desenfoque

Un amigo de los que adiestran remite un mensaje con idea de darle emoción al vídeo: «Escena de la nueva película de Amenábar rodada en Salamanca. Alguno se ha llevado un susto de los que hacen época». Como tengo ráfagas en que confundo a ambos, mi cabeza se ha ido a la de Bayona sobre dinosaurios y, sin embargo, el avance del rodaje muestra a Franco y a Millán-Astray saliéndole por la derecha con tal de vitorear al caudillo y cerrar la arenga a la muchedumbre con el «¡Viva la muerte!». El puñetero subconsciente, que llevaba razón; era la de los dinosaurios.

Al año siguiente de acabar la guerra se inició la construcción del Valle de los Caídos que, con su cruz de 150 metros, no se remató hasta 18 años más tarde. En otros sitios, con el trauma a cuestas, se lo pensaron más para recordar y hasta este siglo no resolvieron el dilema. El Monumento del Holocausto de Berlín se realizó entre 2003 y 2005 en las cercanías de la Puerta de Brandenburgo, con un proyecto que ganó a otros 550 y que, hasta que no llegas a su altura, no te enteras que está allí. Sí, porque se trata de un mar de cemento sin entrada ni salida que acoge a 2.700 bloques de diferentes proporciones y que, conforme de uno en uno los visitantes van adentrándose entre aquellos mazacotes impregnados del espíritu de quienes sufrieron una barbaridad así, el silencio al aire libre habla por sí mismo y sobrecoge. Y qué decir de la Plaza de los héroes del gueto dispuesta en Cracovia hace apenas 12 años. Fijadas al suelo y ligeramente elevadas sobre el pavimento flotan las sillas y objetos que los judíos abandonaban allí antes de emprender el siniestro viaje final y, cuya evocación, se entremezcla con el uso cotidiano que de este modo le da vida.

Aquí vas tan tranquilo en busca de respiro y, a kilómetros de distancia, te entra la cruz por los ojos aunque no tengas ganas ni por asomo de, con todo el respeto por las víctimas, rendir visita a un recinto en cuyo mausoleo descansan los restos del gran beneficiario de la tragedia. Y por mucho que te distancies, también sobrecoge.

Por si las moscas

De camino hacia México ́70 la selección brasileña no se dejó ni un punto bajo la batuta de Saldanha. Cuando ofreció a lista definitiva que iniciaría la concentración dejó fuera a Dadá, que se había hartado de meter goles en el Atlético Mineiro convirtiéndose en el ídolo del general Emilio Garrastazu, a la sazón presidente del régimen militar. Éste deslizó su malestar y saldanha, periodista y comunista, lo tenía todo, dijo en titulares que él también contaba con sugerencias para el consejo de ministros. El milico captó la indirecta, Zagallo se hizo cargo y su primera medida fue convocar al delantero olvidado, a sabiendas del banquillo que iba a calentar.

Para el país que, junto a Estados Unidos y Canadá organizará en 2026 la fase final, aquellos partidos fueron los primeros vistos por la tele. La realidad de lo que se fraguaba en otras partes del globo no era muy densa. Así, cuando Ladislav Petras adelantó a Checoslovaquia ante Brasil y se santiguó, más que el tiro, causó asombro la celebración en un espécimen del Telón de acero. De poco le sirvió porque el feo desató a la canarinha hasta la final con Italia. Fue tal el torrente de coordinación y fantasía que no sería de extrañar que el general negase saber quién era Dadá.

A Tostao, el verdadero ariete y zurdo hasta la médula, le dio fatiga tener que ir al palacio presidencial. Al intelectual Menotti, ocho años más tarde, no. Es algo que el nobel Pérez Esquivel siempre le echó en cara: que no dijera ni mu sobre los desaparecidos cuando las madres llevaban ya un año yendo a la plaza de mayo. Eso sí, a su combinado le hacía falta meter cuatro para alcanzar la final y se vio salir a Videla del vestuario peruano instantes antes de empezar la contienda y, por si las moscas, recibir seis. Teniendo en cuenta que Putin arrasó Chechenia y que ahora lo vota allí el 92 por ciento, pocos parecen cinco goles en el partido inaugural. Al contrario de lo ocurrido con los generales de Brasil y Argentina, el que fuera director del kagebé no se manchará ante lo que se cruce. Fiel al estilo, parecerá un accidente.

Las cosas por su nombre

Disculpen, la pregunta no es si la mejor forma de prepararse para el estreno mundialista consiste en que los puntales que habrán de hacer frente en nada a Cristiano y compañía dedicaran sus esfuerzos a intentar convencer al novato mandamás federativo de que mantuviese al entrenador del Madrid al frente de lo que éste había convertido en su segunda marca hasta que lo pusieron de patitas. No. La pregunta no es si, durante las citas ligueras venideras, el relevo del cariño generalizado que deja vacante el vuelo de Iniesta al País del Sol Naciente se desplazará hacia Lopetegui. La cuestión tampoco es si el antiespañol por supuesto es Piqué. Lo verdaderamente relevante no estriba en ser capaces de discernir sobre los gustos alardeados por Màxim Huerta, ahora que ya sabe toda la afición que muy deportivo no es que sea lo suyo. Lo sorprendente no va a ser que ese dirigente llamado Bartoméu, que ha escorado de forma manifiesta a su club hacia las líneas independentistas, enarbole la bandera de la Argentina de Messi ni que, tras lo ocurrido en las últimas horas, una parte de seguidores de la Roja esté pensando en echarse en brazos de Marruecos y de Irán. El debate nacional no es ya si el cuñado del rey acabará en la trena porque, de librarse ahora, al que se le complicaría exhibir su juego sería al marido de Letizia por mucho que todos jurasen que el soberano es el tribunal. No, la historia no es detectar si quedará un solo españolito que no vaya con el paso cambiado en estas trepidantes jornadas ni la envidia que, según sus simpatizantes, genera el equipo de Chamartín ni por qué el antimadridismo se ha multiplicado exponencialmente de la forma que lo ha hecho. No. Lo esclarecedor para dejarse de monsergas y que nadie acuda a las coartadas de rigor con tal de no llamar a las cosas por su nombre es: ¿Santiago Bernabéu habría hecho esto?

En la lanzadera

No sé si saben lo que le ocurrió a Pedro Duque cuando se dispuso a afrontar su primer viaje espacial que el pobre pensaría que era el más complicado que le aguardaba. Sucedió en el 98. Antes de despegar con el transbordador en Florida, un bus lo condujo al mismo. Duque era el único del ramillete de astronautas que se estrenaba y, al bajar para tomar semejante chisme, un poli exigió la tarjeta de embarque. Los colegas la entregaron y del hoy ministro se apoderó un sudor frío al no disponer de ella, mientras el resto se tronchó tras el éxito de la novatada. Dos décadas después, con una odisea de veintipocos meses a lo sumo por delante, el cosmonauta del consejo de ministros ha sentenciado incluso antes de catar la atmósfera reinante que «voy a poner a España en órbita». Lo siento por él porque parece majo pero, de novatadas, estamos hasta el pirri.

Decididamente, el Gobierno es «Operación Triunfo». A raíz de resultar bendecido en el concurso, no para de darle al micro a poder ser ante las cámaras. Y Borrell suelto tiene su peligro. La otra noche lanzó que «Cataluña está al borde de un enfrentamiento civil» después de que su paisana en el gabinete abriese el melón de la inabordable reforma de la Consti al contar con una fuerza parlamentaria que da cosa verla, más el copón restante. Con un pepé en plena travesía del desierto, con Rivera refugiado e Iglesias hipotecado, ¿no sería para que Sánchez disolviera y convocase elecciones antes de que las cagadas taponen la efervescencia que la taponarán?

Ha corrido que el embajador de Naciones Unidas, Westendorp, dio de comer caliente al actual presidente del Gobierno cuando la criatura andaba en los noventa por Wall Street donde, al parecer, trabajó en una empresa financiera o en una consultora, aunque se ha filtrado que nunca ha trascendido dónde. ¡Ejem! Ya puesto, quiere hacerse con el partido y, para sorber Andalucía y Comunidad Valenciana, necesita tiempo. De torcerse, madre mía la que le espera. De ahí que se haya procurado una buena salida. Vamos, galáctica.

Desde la sombra

Se llama Iván Redondo, es de San Sebastián, tiene 37 añitos, carbura a velocidad de vértigo y ha sido el estratega en la sombra del cambio operado en Pedro Sánchez. En plan Borgen, este analista se considera un Spin doctor que, según él, no es más que alguien dispuesto a tirarse a un barranco por su cliente. Nos esperan, pues, días de gloria. Hagan sus apuestas.

Pese a figurar como el Chief executive oficcer de Redondo & Asociados Public Affairs Firm, siempre le ha seducido pasar al otro lado del espejo. Y aunque en 2007 se quedó detrás de García Albiol tras empujarlo a «limpiar Badalona de inmigrantes», cuatro años después se introdujo en Extremadura y ayudó a Monago a darle el pasaporte al pesoe, por lo que el mandatario del pepé lo ungió con rango de consejero. Pero su cabecita lo lleva a explorar terrenos desajustados. «Siempre estoy con la víctima; es una debilidad». La prueba es que ve más interesante el periplo de Clinton que los de Reagan y Obama. ¿Que por qué? Porque el marido de Hillary tuvo que recomponerse tras pegársela intentando ser reelegido en Arkansas. Estaba claro cuál tenía que ser su reto aquí.

Así que justo un año atrás lanzó desde su blog que Sánchez podía ser presidente a través de una moción de censura y a éste le faltó tiempo. Pasado el verano lo colocó a su lado y un ala del partido le dio la bienvenida. Fernández Vara exclamó: «¡Y lo que nos quedará por ver!». Lo que nos ha quedado por ver ha sido un pretendiente arrebatadoramente institucional el día de la apuesta con la moción, sorprendiendo al adversario con esa petición de retirada y, tal como llevaba indicado, «si tú te sabes superior, contención». Dado que Redondo observa además unas buenas relaciones con el peneuve, blanco y en botella.

El admirador de Julio Feo y jefe de Gabinete del actual inquilino de la Moncloa, al que le habría encantado cogerse a Felipe, cree que una asignatura en la facultad tendría que ser House of cards, la serie en la que un político se venga de quienes lo han traicionado. Sabrá que es ficción, ¿verdad?

Parada y fonda

Mientras que, con sus designaciones, Sánchez ha querido taponar el contagio independentosco y el grano susanista dentro de las vías de agua con las que se ha encaramado antes de plantearse hacer frente siquiera a la fetidez que sueltan las cloacas del Estado, en el partido descabalgado lo de taponar tampoco es que quite el sueño. ¿Y el olor? ¿Qué olor por Dios?

Antes de tomar la palabra Rajoy, los miembros del comité ejecutivo accedieron a la reunión sin quitar ojo al que llevaban atrás y a cualquiera de los que venían cerca. Los afectados saben que hay muy poco que repartir. El barullo es de los que hacen época; el baile, exprés. La vice y los ministros empadronados aguardan a ser recolocados por el hemiciclo, bar aparte. El frío arrecia fuera y nos devolverá a los que, al contrario que el resto de mortales, un día pudieron marcharse temblorosos de placer. Jorge Moragas lo hará desde Nueva York donde no le ha dado tiempo ni a cruzar el puente de Brooklyn y ese toro enamorado regresará de parís, tras cerca de tres añitos en los que Wert ha disfrutado de su luna de miel y, el resto, de no verle entrar al trapo. Se ha pagado una buena factura, pero nos hemos ahorrado cantidad de retortijones.

Y luego están los pocos que permanecen en el machito. Uno de ellos, el presidente de la región de Murcia quien, en la misma jornada en que el pesoe presentó la moción de censura, no le dolieron prendas en pedir perdón por el gurtelazo, dijo fastidiarle lo que hicieran «unos sinvergüenzas hace veinte años» que «nada tienen que ver con él ni con su gestión» porque por aquel entonces, recordó López Miras, «estaba escolarizado en los franciscanos aprendiendo a tocar la flauta dulce».

Tras glorificar reiteradamente lo hecho, Rajoy entonó el adiós no sin antes propinar un zurriagazo a Aznar al subrayar que él estará a las órdenes del nuevo presidente. Nada más acabar aquéllo, Feijóo se vistió de lagarterana y otros fueron a hurgar en lo que toca con atuendo de camuflaje. Hasta los franciscanos están en guardia.

Cuando te crees Dios

La semana arrancó explotándonos en la cara a los que sentíamos veneración hacia el cura que fue de Santa María dado que por talante, aspecto y energía lucidos a los 89 tacos, no pocos andaban convencidos de que tenía un pacto con el diablo. Victorio Oliver fue abordado por un desconocido que empezó a contarle su vida durante la que, cómo no, hizo referencia a Antonio Vivo. El obispo emérito cogió el bus de regreso a la morada ya que, al igual que ha ocurrido con monseñor Pablo Iglesias, ha sabido adaptarse al presente. Nada más terminar la cena en la casa sacerdotal comentó con Vivo lo ocurrido y subieron juntos a la planta en la que eran vecinos. El primero se retiró, pero Antonio hizo unos cuantos largos y se fue a sus aposentos dejando de respirar en la cama el mismísimo día de la santísima trinidad. Desvelado, pues, el misterio: nuestro cura no era inmortal.

Y aunque él estuviese convencido de lo contrario, Rajoy, tampoco. El ya expresidente del Gobierno se creía inmune a todo cuanto se generó en las alcantarillas del edificio que, en sucesivas oleadas, ha salido a flote y ha rociado el ambiente de un aroma difícil de soportar. Una cosa es que Cospedal, Rafa Hernando y el resto del coro intenten dar salida a desviaciones constatadas a través del «top manta» y, otra, que el patrocinador se apunte al bombardeo. Desde su atalaya no tuvo en cuenta revuelta alguna y ha acabado el agónico periplo como el pato mareado de las celebradas caminatas, más propias de Tony Leblanc yendo de la casa de campo al gimnasio, pero sin su estampa. Al creerse tan fuerte ha despreciado la capacidad de movimiento de Sánchez. Y, siendo cierto que casi nadie veía a éste con pinta de dar el golpe, el único que no podía confiarse era uno y mucho menos con el currículum de renacido que se gasta el mocetón, el mismo que va a necesitar elevado a la máxima potencia para salir de ésta.

Hay que reconocer que el adiós que se produjo antes lo marcó un rictus de serena placidez. Me refiero al del cura, claro.