Cuando te crees Dios

La semana arrancó explotándonos en la cara a los que sentíamos veneración hacia el cura que fue de Santa María dado que por talante, aspecto y energía lucidos a los 89 tacos, no pocos andaban convencidos de que tenía un pacto con el diablo. Victorio Oliver fue abordado por un desconocido que empezó a contarle su vida durante la que, cómo no, hizo referencia a Antonio Vivo. El obispo emérito cogió el bus de regreso a la morada ya que, al igual que ha ocurrido con monseñor Pablo Iglesias, ha sabido adaptarse al presente. Nada más terminar la cena en la casa sacerdotal comentó con Vivo lo ocurrido y subieron juntos a la planta en la que eran vecinos. El primero se retiró, pero Antonio hizo unos cuantos largos y se fue a sus aposentos dejando de respirar en la cama el mismísimo día de la santísima trinidad. Desvelado, pues, el misterio: nuestro cura no era inmortal.

Y aunque él estuviese convencido de lo contrario, Rajoy, tampoco. El ya expresidente del Gobierno se creía inmune a todo cuanto se generó en las alcantarillas del edificio que, en sucesivas oleadas, ha salido a flote y ha rociado el ambiente de un aroma difícil de soportar. Una cosa es que Cospedal, Rafa Hernando y el resto del coro intenten dar salida a desviaciones constatadas a través del «top manta» y, otra, que el patrocinador se apunte al bombardeo. Desde su atalaya no tuvo en cuenta revuelta alguna y ha acabado el agónico periplo como el pato mareado de las celebradas caminatas, más propias de Tony Leblanc yendo de la casa de campo al gimnasio, pero sin su estampa. Al creerse tan fuerte ha despreciado la capacidad de movimiento de Sánchez. Y, siendo cierto que casi nadie veía a éste con pinta de dar el golpe, el único que no podía confiarse era uno y mucho menos con el currículum de renacido que se gasta el mocetón, el mismo que va a necesitar elevado a la máxima potencia para salir de ésta.

Hay que reconocer que el adiós que se produjo antes lo marcó un rictus de serena placidez. Me refiero al del cura, claro.

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