Woody Allen nunca fue absuelto de la acusación de haber abusado de Dylan, la hija adoptada con Mia Farrow. No resultó absuelto porque jamás se llegó a juicio al no existir cargos ni pruebas sólidas. Así de contundente sostuvo su alegato el escritor Daniel Gascón quien, frente a los ataques irradiados hacia el escuchimizado neoyorquino por el movimiento #MeToo y alentados por su hijo Ronan Farrow, enmarcó lo sucedido en el contexto del desgarro experimentado por la famosa pareja. Los acontecimientos se precipitaron cuando, en el arranque del 92, Mia descubrió que él tenía una relación con Soon–Yi, quien ni era hija ni hijastra de Woody puesto que la actriz la adoptó durante su idilio con el músico André Previn. Farrow –que por entonces contaba con 11 hijos, entre biológicos y adoptivos– no compartía estancia con el director de Manhattan por lo que mantener una relación paternal con la veinteañera Soon-Yi no es que la mantuviese y sí que se mantiene casado a día de hoy con ella. El verano del 92 Mia lo empleó en acusar a su ex de haber abusado de la cría. Tras seis meses de trabajo, un equipo hospitalario concluyó que no habían existido abusos, mientras Woody se sometió a la prueba del polígrafo y la denunciante se negó a ello. La investigación policial descartó pruebas incriminatorias creíbles y el juez encargado del caso de la custodia, que falló a favor de Farrow, dijo que nunca se podría saber qué había pasado desparramando la sombra de sospecha. La que sí señaló algo fue una de las niñeras que relató cómo, de cara al cumple de Dylan, Mia colgó este cartel en la puerta del baño: «Cuidado con el pederasta; ya se aprovechó de una hermana, ahora va a por la más pequeña». Aquellos polvos han traído estos lodos, tienen en el aire la financiación de lo nuevo de Woody y no es fácil de digerir para quienes han pasado toda una vida a lomos de sus ocurrencias desde que, con esa facha, pretendiera montárselo de Bogart en Sueños de un seductor. Historia por cierto que, pese a que un montón la señale como la que más a fondo lo retrata, no es una película suya.
Mes: agosto 2018
Con el bigote aún sin afeitar
Este 25 de agosto se abrió en Colonia el salón de videojuegos Videscom y, solo echar a andar, se ha montado el pollo: por primera vez se ha puesto a la venta un artilugio que exhibe sin tapujos el periodo nazi. Hasta ahora, las distracciones sacadas al mercado debían optar por hacer un quite al Tercer Reich llamando al Führe Heiler y afeitándole el bigote sin llegar a concretar el nombre de los pueblos a los que exterminó dado que los organismos competentes velaban en teoría por las criaturas más tiernas. «Through the Darkest of Times», que es el invento que ha encendido la hoguera, propaga saludos nazis a granel y, al gran dictador, no lo trae achaplinado sino con su efigie al completo. No sería de extrañar que más de uno se pidiera un puente aéreo ya.
Aunque ciertos especialistas relativizan los efectos –«el jugador es inteligente, sabe diferenciar entre ficción y realidad y uno no se convierte en un nazi viendo esvásticas», interpelan–, miembros del gobierno y distintas voces esgrimen que «no se juega con esos símbolos perversos», que «los alemanes deben seguir siendo conscientes de su responsabilidad histórica» y que «el futuro precisa memoria». Frente a estos, los defensores llamémosle de la «normalización», argumenta que «los nazis convencidos murieron. Es una cuestión de generación: la sociedad se ha transformado y se sitúa lejos de una época a la que no quiere regresar».
Ni que decir tiene que Spain is different. En contraste con los admirados coleguitas de Alemania e Italia, el ínclito tuvo el detalle de mantenerse entre nosotros sus buenas temporadas, o sea hasta hace poco en comparación con los otros por lo que, el franquismo catapultado a mejor vida en el 78, fiambre no parece. No digo que no haya videojuegos al acecho, pero lo cierto es que la realidad aquí sigue superando de largo a la ficción. Y así, los restos de Franco son lucidos ante las visitas en el Valle de los Caídos; los de Moscardó y Milans, en el cripta del Alcázar de Toledo y, los de Queipo, en la Macarena…¡aaaaheeeé!
Guerra a los estereotipos
Si no ha oído hablar de ella y alguien le regala un libro de Chimamanda Ngozi Adichie es posible que, hasta que logre retener el nombre, ponga cara de extrañeza. Piense que es el mismo efecto que producirá en un costamarfileño enfrentarse a la firma de Antonio Muñoz Molina la primera vez que le salga al paso. Contra eso también combate, contra los estereotipos, esta narradora nigeriana con pasaporte estadounidense, entre cuyos continentes alterna vivencias. Buena parte del aterrizaje durante el viaje iniciático a Filadelfia a los diecinueve años, a fin de integrarse en la facultad de Comunicación y Políticas por la que fue becada, se lo pasó deshaciendo entuertos: que si no todos los negros vienen de la esclavitud; que si hablo así de bien inglés porque en mi país, al ser idioma oficial, se da de cojón de pato; que si África no es una unidad de destino en lo universal y que, a ver si nos situamos, todos sus habitantes no son pobres. Sin ir más lejos, Adichie se crió en Nsukka, en el seno de una familia de clase media cuyos padres trabajaban en el campus, por lo que, cuando mutó de hemisferio y empezaron a tratarla como un espécimen exótico, le cambiaron la vida al convertirse aquello en una fuente inagotable de inspiración, en la munición requerida por alguien que se había dado a la escritura desde la más tierna infancia. Ese choque es la base de Americanah, la obra que la consagró. Sus 600 páginas se beben. Al sobrepasar las veinte primeras se avergonzará del rictus de pazguato que le puso a quien se la regaló. El estilo sencillo, sugerente y endiabladamente dinámico lo envolverán. Eso y la enseñanza que arroja. Lo fácil que es ser mujer, negra e inmigrante cuando se tienen los conceptos claros y se utiliza el sentido común y lo difícil que resulta. No hay más que ver las contradicciones en las que cae al respecto nuestro gobierno progresista porque, del anterior, mejor no hablar. Y del resto de europeos, madre mía. Sin embargo, y tras implicarse por ese fin, la escritora se ha convertido en un referente. Es el poder, pero de las historias.
De ofrenda permanente
Será porque en verano se ve la tele de higos a brevas y los informativos mucho más, será por lo que sea, pero el caso es que siempre que me he topado a Pablo Casado ha sido por actos en recuerdo de víctimas. El primero fue en Santa Pola con ocasión de una ofrenda floral a las dos de Eta asesinadas por un coche bomba en agosto de 2002, lo que aprovechó para ponerse también del lado de los damnificados por el incendio forestal que estaba teniendo lugar en la Comunidad Valenciana y «por eso nos vamos a desplazar ahora al puesto de mando» ya que «hemos echado en falta más apoyo y respaldo humano por parte del Gobierno central y del autonómico a las 3.000 personas evacuadas».
Previamente a la disgresión arremetió contra el traslado de dos reclusos de la banda a una cárcel vasca, criticando la medida y oponiéndose a ella para los restos, mientras que Consuelo Ordóñez, hermana del concejal del pepé ejecutado en un bar de la parte vieja donostiarra, declaró, al igual que la Asociación de Víctimas del Terrorismo, que, al ajustarse a la ley, no se oponía y dejó caer que siempre ha habido acercamientos y que Aznar lo hizo con casi 200 presos. Al lado del discípulo, igual aquel era un blando.
El sucesor de Rajoy al frente del partido volvió a estar ante las alcachofas tanto en la plaza de Catalunya como en Cambrils, al año del ataque terrorista en esa tierra conminando a Pedro Sánchez a responder a «los ultrajes e insultos al Rey» para dar pie a remarcar que «antes había un Gobierno que frenaba cualquier tipo de iniciativa independentista y ahora hay otro que depende de sus votos», lo que ha conducido al hombre agitar la bandera del 155. Y, por último, ha reclamado al Ejecutivo que colabore con la comisión de investigación del accidente de Spanair, la misma que siembra desconfianza entre los afectados después de una década en la que, parlamentariamente, se sienten ninguneados. Puede que, por lo que tiene encima, sea lo que Casado persigue remarcar con este itinerario: que él es una víctima.
A lomos del mestizaje
Cruzo la meseta y, después de mucho tiempo, echo mano de Carlos Cano para la travesía. Lo deseo y lo esquivo por igual porque duele, cómo duele, que se fuera tan pronto en la fase creativa más pletórica. La primera que irrumpe data del 92 y, como había hecho años atrás con La murga de los currelantes, compone para los restos otro himno al respeto y la comprensión: «Moreno pardo de cobre/criollo morisco y zambo/cambujo lobo y coyote/soy mestizo, soy mulato…y al compás de los tambores/con el vaivén de los barcos/ los negros con sus tangones/las negras con su culazos/tantos labios como flores/por grandes que sean los mares, tirititrán/nunca podrán separarnos/que tú me llegas en tu sangre/y yo te tengo en mis labios». Se encharcan los ojos y no sólo por él sino por los vaivenes que se nos vienen a diario encima subidos en olas de ruindad al son de esos pobres hombres que no sé qué se han creído cuando, subidos a la tribuna o envalentonados a través de las redes, ponen en circulación bombas de relojería. Las mismas que vienen envueltas en vídeos fabricados por niños bien que no quieren que les pertuben su estatus y que, con unos engendros de alta gama, hacen saltar las alarmas y sacuden la tranquilidad de los paisanos con los peligros que nos acechan. Yo solo he visto la masacre real. Esa en que mujeres, hombres y críos son conducidos al linde de la aldea de cualquiera de los países africanos, esquilmados por familias potentadas de la vieja Europa, y al final del paseo son fulminados. En su prólogo de «A sangre y fuego» lo dejó escrito aquel pequeño burgués liberal llamado Chaves Nogales desde la habitación de mala muerte en Montrouge en la que no pocos habían ido dejando el último aliento tras ver que la república democrática y parlamentaria arañaba su fin: «El sin patria es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre la existencia. Se soporta mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa». A ver si nos enteramos.
Levantarse sobre ruinas
Al no tener ni pajolera, me quedo ensimismado con la cantidad de fábricas y de molinos aglutinados en un municipio del Canal de Navarrés como es el de Anna cuando rondaba los dos mil habitantes. Entre el XVIII y el XIX se propulsó junto a Enguera como el foco de producción más relevante de la Comunidad Valenciana debido a que le entraba agua por un tubo con lo que no hace falta añadir que las ruinas de las fábricas de luz, los molinos, las papeleras, harineras y batanes conforman el horizonte dado que, a día de hoy, la mojama está menos seca que los acuíferos. Del caudal industrial, mejor ni hablar.
Y, sin embargo, el primogénito anduvo por allí no hace tanto y el paisaje le cautivó para los restos. Desde luego es mucho lo que subyace. En las calendas antes citadas llegó a juntarse nada menos que una treintena de fábricas a pleno rendimiento constituyendo siete áreas industriales hasta el extremo de que el pequeño municipio sobrepasó a Alcoi como centro de paños de lana abatanados y, para remate, le dio al papel de fumar. Pero gracias a las promesas incumplidas de toda la vida, la línea de ferrocarril, que llegó a proyectarse tres veces y a negarse las mismas modo San Pedro, pasó de largo perdiéndose el tren, de lo que se beneficiaron los territorios catalanes, con mejores comunicaciones y más plata para adquirir tecnología, o sea, como dirían los atorrantes de Puchi el belga, sempre discriminats, fills meus.
Toda la lana repartida junto a lo demás hasta en América se ha conocido por el trabajo concienzudo de un estudioso local llamado José Izquierdo para quien «la riqueza experimentada ha de ser difundida con vista a que las generaciones futuras sean conscientes de que hubo una época en que fuimos punteros». Observando los apuntes de lo que fue y lo que es, rechina que aún pueda existir siquiera un aborigen capaz de esgrimir que, para volver a ser el Hércules lo que fue, el más indicado no tiene por qué ser el tal Quique Hérnandez. ¡Pero, coño, si es de Anna!
Tirarse el moco para comérselo
De la agenda del increíble Sánchez, dos decisiones han sobresalido en los últimos días: que el anunciado impuesto a la banca ya no sea prioritario y la iniciativa de situar al frente del recién creado Centro África a su mujer. Con estos dos exponentes no habría hecho falta recalcar previamente que piensa agotar la legislatura. Una vez revelados ambos hallazgos, resultaba de cajón.
A las pocas horas de que la ministra de Trabajo declarase hace justo un mes que estaba convencida de que, con miras a la financiación de las pensiones, la banca sería «solidaria», ésta y las cajas suscribieron un inusual comunicado conjunto en el que hacían constar que «no parece en modo alguno razonable hacer recaer las necesidades del ingreso adicional del sistema de pensiones sobre un único área empresarial. Este gravamen singular podría tener unos efectos recaudatorios inferiores a los pretendidos y, sin embargo, afectar de forma muy negativa a la solvencia del sector». Está claro que el mensaje lanzado por Magdalena Valerio hizo mella en el núcleo duro de las entidades financieras, después de que el jefazo de aquélla se tirase el moco anunciando una subida fiscal inminente de 6.500 millones para que todo el mundo arrimase el hombro en remediar la sangría disfrutada por los habituales. El consejero delegado del Santander dejó caer amenazas veladas; el peneuve deslizó que, en Kutxabank, no quería desde luego que repercutiera el afán por equilibrar el molde recaudatorio y, de este modo, ponerse gallito a Sánchez le ha durado lo que le ha durado. En fin, guapetón, un gatillazo lo tiene cualquiera.
Aunque tras asegurar Begoña Gómez que forman un equipo, con su mujer Pedro sí ha respondido. Lo que ya es recrearse en la suerte es lanzar al secretario de Coordinación territorial del partido a decir que es «merecedora» del puesto por experiencia y currículum como si eso fuera garantía de algo para el resto de los mortales. Por Dios, tampoco hace falta que se esfuercen. Lo hemos comprendido todo.
El mercado de fichajes
Dado que el segundo de Aznarín es campeón del mundo de lanzamiento de huesos de aceituna, Cultura se ha lanzado a la yugular del ayuntamiento socialista de Cieza por no aumentar la asignación y se ha empeñado en darle el oro y el moro a los organizadores del torneo mientras el paisano Teodoro García se deja los maxilares en arrojar veneno sobre todo bicho viviente, ya sea parlamentario izquierdoso, plumilla poco de fiar o jueza tendenciosa con tal de salvar de culo del señorito. Tampoco debe entender el secretario general con marketing y gestión de proyectos por la George Washington University que al catedrático Álvarez Conde, urdidor de la trama en la que mintiendo y dejándose querer todos ganan, no se lo rifen ni se lo apropie ya Trump para sus fines. La pretemporada, que viene de aúpa.
Todo ello con el cis haciendo gracietas. Pedro Duque, que lo único que ha podido hacer es anunciar que piensa poner a España en órbita, se sale del mapa en el barómetro gracias a que sigue pensando en Marte y a que los rivales no sacan cabeza. Tras hacerse viral por cuestionar la llegada del hombre a la Luna, es más que probable que Casillas no crea que exista Pedro Duque como tal ministro, ahora que andará crecido viendo como todo quisque quiere desmarcarse de Florentino. Quienes están en posición de hacerlo, claro.
Pero, para cancerbero, Pedro Sánchez. Hace cuatro días estaba desahuciado y su partido, que amenazaba con volver a la clandestinidad, acaba de romper la barrera del sonido elevándose a velocidad supersónica, según la elaborada cocina. Si alguien no creía aún en la erótica del poder, que espabile. Y una vez que se evapora, baste con decir que hasta a Marhuenda se le ve desganado.
Siguiendo con planteles históricos, ¿saben qué ha hecho Bielsa con el del Leeds? Ponerlo a recoger basura tres horas y que valore lo que hace un seguidor a fin de pagarse la entrada. Con la estrategia defensiva empleada en otras conductas, está claro. Ha de ser un loco el que ponga cordura.
A bordo de una odisea
Ventura Pons ha realizado «Universal y Faraona», un documental sobre la Barcelona de los setenta a través del artisteo sazonado por Ocaña, Gato Pérez y Rubianes, tres cabecitas locas llegadas de Andalucía, Argentina y Galicia, que se hicieron más catalanes que el suquet de peix demostrando la riqueza de acoger mano de obra de todo tipo y condición.
Por entonces yo ejercía de noctámbulo en época de exámenes pero por la Gran Vía madrileña que, a las tres de la madrugada era un festín con los quioscos de par en par, después de tomar algo en la Cervecería Alemana de la placita Santa Ana y cenar pasta o espinacas a la crema en Casa Gades rodeado de aprendices ávidos de comerse el mundo, de periodistas ya curtidos y de gente de mal vivir en general. Sin haberla pisado apenas, Barcelona estaba presente con los efluvios emitidos al interior de la fenicia «I-span-ya», Tierra de Metales, desde el paralelo europeo por el que deambulaban Pepe Carvalho y Marsé no lejos de Monserrat Roig, Sisa, la cuadrilla de Boadella, con el Lliure a punto de despegar y Espert en lo alto, más un sinfín de culos inquietos que precedieron en el almanaque a la caída de la hoja con la movida madrileña hecha carne. Es más, hacia el final de las Ramblas el ambiente de la Puerta del Sol se veía de un provinciano que tiraba de espaldas.
A pesar de ofrecer una mirada transgresora para la realidad de hoy, lo cierto es que Ventura Pons se presentó en México ataviado con el lacito amarillo. Tampoco hace falta incidir en que, al escuchar a Llach, uno, con la memoria enganchada a la travesía que despejó las tardes grises, se pregunte perplejo si en realidad Ítaca era esto, joder. De ahí que sea preferible tirarse de cabeza a la rumba de uno de los que se bebió a morro aquella ciudad: «Hay gitanos y judíos, valencianos, portugueses/andaluces, argelinos, mallorquines y aragoneses/y unas Ramblas rebosantes de fecunda humanidad/un oasis de tolerancia imposible de ocultar». ¿Imposible, Gato? Descansa en paz, tú que puedes.