A bordo de una odisea

Ventura Pons ha realizado «Universal y Faraona», un documental sobre la Barcelona de los setenta a través del artisteo sazonado por Ocaña, Gato Pérez y Rubianes, tres cabecitas locas llegadas de Andalucía, Argentina y Galicia, que se hicieron más catalanes que el suquet de peix demostrando la riqueza de acoger mano de obra de todo tipo y condición.

Por entonces yo ejercía de noctámbulo en época de exámenes pero por la Gran Vía madrileña que, a las tres de la madrugada era un festín con los quioscos de par en par, después de tomar algo en la Cervecería Alemana de la placita Santa Ana y cenar pasta o espinacas a la crema en Casa Gades rodeado de aprendices ávidos de comerse el mundo, de periodistas ya curtidos y de gente de mal vivir en general. Sin haberla pisado apenas, Barcelona estaba presente con los efluvios emitidos al interior de la fenicia «I-span-ya», Tierra de Metales, desde el paralelo europeo por el que deambulaban Pepe Carvalho y Marsé no lejos de Monserrat Roig, Sisa, la cuadrilla de Boadella, con el Lliure a punto de despegar y Espert en lo alto, más un sinfín de culos inquietos que precedieron en el almanaque a la caída de la hoja con la movida madrileña hecha carne. Es más, hacia el final de las Ramblas el ambiente de la Puerta del Sol se veía de un provinciano que tiraba de espaldas.

A pesar de ofrecer una mirada transgresora para la realidad de hoy, lo cierto es que Ventura Pons se presentó en México ataviado con el lacito amarillo. Tampoco hace falta incidir en que, al escuchar a Llach, uno, con la memoria enganchada a la travesía que despejó las tardes grises, se pregunte perplejo si en realidad Ítaca era esto, joder. De ahí que sea preferible tirarse de cabeza a la rumba de uno de los que se bebió a morro aquella ciudad: «Hay gitanos y judíos, valencianos, portugueses/andaluces, argelinos, mallorquines y aragoneses/y unas Ramblas rebosantes de fecunda humanidad/un oasis de tolerancia imposible de ocultar». ¿Imposible, Gato? Descansa en paz, tú que puedes.

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