Camino de que nos caiga la tercera temporada, «The Crown» no es una buena serie, es la hostia. Creo que fue en el segundo capítulo de la primera fase cuando se me quedaron los ojos a cuadros con el despliegue de medios que traía consigo la incursión de la familia real en la India, donde hasta los elefantes lo bordaban.
Los capítulos que componen esa primera entrega contaron con un presupuesto de 130 millones de dólares, uno de los más elevados del género. Pero no solo es la grandiosidad de los escenarios, sino la manera de acercarse a un mundo tan complejo como el de los Windsor y la maestría de la escuela británica de creación e interpretación la que hace el resto y cautiva aunque la monarquía no sea uno de tus temas favoritos. Cómo estará hecha la canalla que, gente que denuesta la institución, ha empezado a valorar el esfuerzo y sacrificio que comporta convertirse en Isabel II desde que eres una criatura tierna a consecuencia de la credibilidad que imprime la narración. Según se dice, la propia reina, atendiendo la recomendación de Eduardo y de su nuera Sophie, condes de Wessex, se habría pegado sus veladas de castillo en las noches de sábado recreándose con las andanzas familiares en pantalla. Debido a un mal rollo, la duda es si verá la nueva entrega. Como con todo en el Reino Unido, hay apuestas.
Al parecer, Su Majestad se disgustó con el perfil que se traza del duque de Edimburgo al dejar a su hijo Carlos en el internado de Gordonstoun hacia el final de lo que ha podido verse hasta ahora. Por eso digo que es la leche. Porque ni los antimonárquicos ni la propia protagonista en la vida real tienden a advertir que, ante lo que están, es ficción. Que cuando andaba bebiendósela encantada Isabel II se rebote, igual significa, no obstante, que ese pasaje incluye menos ficción de la que le hubiese gustado. No sabemos si Carlos lo pasaría tan mal en el internado como se relata y tampoco hay noticias de que esté enganchado a la serie. Lo único que le hace falta ya es ver a la reina más joven que él.