No hace falta coronar ningún máster como es debido para saber que, si quieres encarar una carrera política de fondo, tienes que estar hecho de otra pasta. Entre los innumerables casos a los que acudir, quedémonos con uno reciente que merece el cum laude sin necesidad de andar con revisiones. La ministra de Defensa paralizó la entrega de las bombas de precisión que estaba acordada sobre la mesa para enviar a Arabia Saudí porque iban a ser usadas contra Yemen y, tras movilizarse la tropa currelante de la bahía de Cádiz por comprometer tal decisión otro negocio con la monarquía absolutista –asiática, claro–, las 400 unidades están bien dispuestas ya camino de Riad por orden del Ejecutivo al que pertenece la propia Margarita Robles. No hacía falta más que tener, por Dios, un pelín de memoria histórica para andar sobreaviso y conocer que «con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones».
Pero el ardid no quedó ahí, sino que además lo han explicado. Y ha sido el responsable de Exteriores, enfundado en los auriculares de una emisora y con los pelillos alborotados cayéndole hasta sus levantadas cejas, quien lo hizo con aspecto de estar sobrevolando Saná, la capital yemení, después de haber dejado la pegatina del «No a la guerra» por supuesto a buen recaudo: «Sí, al final van a mandarse para honrar un contrato en el que no se ha detectado ninguna irregularidad. Esta clase de armamento es de precisión. Cuando indica guiada por láser – se refiere a la bomba– eso quiere decir que no produce efectos colaterales, en el sentido que impacta en el blanco que se quiere con una exactitud extraordinaria de menos de un metro y, por lo tanto, con ese tipo de armas no se pueden producir esos bombardeos deplegados por las menos sofisticadas, un poco lanzadas al azar que llevan a la clase de tragedias que todos hemos condenado». Es con lo que podemos encontrarnos por insistir en que muestren la tesis.