No había reparado en él desde que murió. Se trata del guasá de un amigo fallecido meses atrás, de uno de los mejores. Ha caído al furgón de cola, pero no es el último. Aún tiene por detrás contactos que se mantienen vivos. En los nueve años de existencia de la aplicación es el primer óbito registrado. Las cartas de los ausentes hay que ir a buscarlas a cajas en las que se apilan vivencias despeñadas y es comprensible la resistencia a cruzarse con ellas. Sin embargo, el chisme este anda al alcance de la mano todo el día. Como las cartucheras propias del Lejano Oeste, permanece dispuesto a ser desenfundado en cualquier instante. Bueno, hay quien no lo suelta ni para… Toparse de sopetón con el registro inanimado de alguien tan cercano me ha deparado un calambrazo de consideración. No lo esperaba ni tampoco lo tiré a la papelera después de acompañarlo en el funeral. Faltaría más. Entonces lo tenía más presente que nunca. Me ha costado decidirme a bucear en las conversaciones ahí aparcadas, pero lo he hecho. Barruntaba con lo que me reencontraría. En ningún mensaje me reclama que sea fuerte, sino que se empeña en recalcar que no deje de perseguir los sueños y que ya sabe dónde lo tengo. Ahora que no lo sé cobran más fuerza aún los deseos de quien, de no haberse cruzado en tu camino, habrías perdido una porción de afectividad difícilmente equiparable. La misma que él creyó que se produciría con su agonía tras entregarse en diferentes causas, lo que hacía que no pudiera dar dos pasos seguidos sin que lo interrumpieran para ponerlo al tanto de las nuevas cuitas. Y sí, el templo estuvo a rebosar la mañana del adiós pero, una vez pasado el mismo, nada. Ni una iniciativa oficial ni colectiva en recuerdo de alguien que se desvivió por buena parte de la tribu y de la ciudad. Un manto de silencio se ha encargado de cubrir su memoria. Sin embargo, la huella de la energía que desplegó entre quienes tuvieron la suerte de caer en sus redes sigue irradiando motivadores destellos desde el móvil. Y ahí perdurará.
Mes: octubre 2018
En otra dimensión
No cabe duda de que, a estas alturas de la temporada, el madridismo se tienta la ropa. Podríamos decir que se haya temeroso. Pero no nos quedemos en la superficie. La cuestión es saber si, ante los síntomas percibidos, se prepara un cambio de rumbo. ¿En qué está Florentino?, se preguntan inquietos sus seguidores.
Los sitúo por si no les ha llegado. A la empresa del patrón, a la sazón ACS, aliada con la china Three Gorges Corporation, acaba de adjudicársele en el Congo uno de los mayores proyectos de cara a la producción de energía en África que supera los 80.000 millones de dólares para el desarrollo total de 42.000 megavatios. Tras las fuertes incertidumbres sobre el plan en lo que llevamos de década, la integración finalmente del consorcio reseñado dejó en la cuneta al rival interesado en acometer el reto de las presas del río, integrado por una sociedad surcoreana y otra canadiense. Todo esto llega a continuación de que, tras este mismo ejercicio, la compañía del mandatario blanco sea la que vaya a construir una línea de metro en Toronto por 775 millones y una gigantesca central hidroeléctrica en la provincia canadiense de British Columbia que ronda los mil kilos, por no seguir con los contratos firmados desde Sudamérica hasta Australia, de norte a sur y desde el carbón a las autopistas. Ríete de la Champions y del cuatro-cuatro-dos.
Lo impresionante es que este hombre tuviese tiempo de dar un golpe de estado –del que ni Mariano el bueno en comparación con el ariete rescatado ni Casado dijeron esta boca es mía– contra el equipo nacional, entre otras razones por no tragar al neófito presi federativo quien, al proceder del sindicalismo, tan poco tiene en común con los grandes consorcios en los que habita. Dentro de un escenario así, es lógico que a Florentino le duela que se le escapara Messi, que ahora que se ha ido la gente vaya a cogerle cariño al portugués y, que al lado de éstos, no vea en Neymar más que a un fantoche. ¿Y qué va a pasar con Lopetegui? Siempre está el Congo.
De un progre a un filántropo
Un estudio señala que, en zonas de Marte, es probable que haya oxígeno como para mantener a algunos seres vivos terrestres. No sería de extrañar que Pedro Sánchez haya pensado, algo es algo.
Entre la turné de su socio más rumbero pidiendo árnica para los presupuestos; la lidia independentista desplegando por centroeuropa el capote republicano a todo meter y el dúo Pimpinela formado por Casado & Rivera recordándole en cada lance que el tiempo expira, al inquilino de la Moncloa le cuesta lo suyo respirar. Y, teóricamente, lo ha tenido a huevo para refundar el Planeta Rojo aquí mismo, sin necesidad de recurrir a las hojas de cálculo que le suministre Duque. La socialdemocracia no está sobrada de plebe que lleve el timón en sus respectivos terruños y Sánchez, que tan izquierdoso parecía cuando se las tenía tiesas con los instalados en la cueva felipista, disfrutaba de una oportunidad de oro para reverdecer el histórico espacio. Su electorado transita huérfano de un mensaje potente, ese que ha dado la democristiana Merkel al suspender la venta de armas a Arabia Saudí mientras no se desvele si al periodista lo descuartizaron accidentalmente o no. Hasta Trump se ha revuelto más con lo sucedido en Estambul que nuestro mandamás progre y olé y eso que al filántropo Donald no le importaría que, desde el coco a los meñiques de los sabuesos redaccionales que lo rodean, fueran donados a la ciencia estando aún vivos, claro.
Parece que Margarita Robles conserva los miembros en su sitio, pese a reabrir en un momento procesal delicado el debate alentado por la canciller alemana indicando a la opinión pública y al jefe que «no podemos permanecer impasibles ante la violación de derechos humanos», después de que en Madrid el embajador germano sugiera que «una postura común en el caso saudí exteriorizaría la unidad europea». 130 millones más que Alemania es lo que España vende en armas a una monarquía bañada en petróleo. Sánchez sabrá si nos compensa este plato de lentejas.
Esa hornada de atacantes
Salvo milagro, el ultraderechista Bolsonaro se convertirá tras la segunda vuelta en presidente brasileño. En la primera se impuso con un 46,03% de los votos y, según los sondeos, el exmilitar cuenta con un 50% de la intención directa de cara a la cita del próximo domingo. Hay que tener en cuenta además un dato contundente: los milagros no existen.
De la fruición izquierdista desparramada por Latinoamérica en la primera década del XXI, con Lula concitando un atractivo especial tras convertirse ese gran país en locomotora, se ha pasado durante el ciclo de bajón a tener al líder del Partido de los Trabajadores entre rejas lo que ha sido perfectamente aprovechado por este veterano francotirador profesional, que lleva buena parte de su vida en la bancada de segundo rango y que ha invadido de forma milimétrica el espacio que un imperativo discurso «antiestablishment» le ha abierto. Jair Bolsonaro se ajusta al perfil de elementos explosivos que andan irrumpiendo en la escena internacional. Dan la cara lo mínimo, no se someten a debates televisivos si las circunstancias se lo permiten como es el caso y sus equipos se la parten a los rivales a través de mensajes por las redes. En el caso que nos ocupa, la vía elegida ha sido el guasá, con lo que el aspirante ha plantado su semilla ante 120 millones de ojitos que no sabe qué tienen, pero que al hombre lo vuelven loco.
Los bulos lanzados sobre los adversarios han sido palabras mayores: que si el tipo que apuñaló a Bolsonaro está afiliado al PT siendo falso, claro; que si una fan fue agredida cuando en realidad se trata de una actriz que sufrió un accidente y, el reiterado desde hace años y más grande, el «kit gay» de su rival cuando fue ministro de Educación con Lula, que jamás existió y que no era sino un programa para una «Escuela sin homofobia» buscando formar al profesorado en el respeto a la diversidad. En su día idolatrábamos a Pelé sin haber tenido oportunidad apenas de verlo jugar. En cambio, ahora estamos sobre pasados por el despliegue de este juego.
El nuevo viejo mundo
Me permito el lujo de estar diez días al otro lado del charco desconectado de la actualidad. Eso sí, el domingo acudo a la Quinta Avenida a palpar el Desfile de la Hispanidad, algo que solo puede conseguir el ejemplar que habita la Casa Blanca. Los centros regionales van a lo suyo y hacen caso omiso del brontosaurio. No debe haber mayor desprecio que no hacer aprecio. Los periodistas latinoamericanos sí que enarbolan en una pancarta que comunicar lo que pasa es una obligación. Aunque los vi por la 54, ignoro si llegaron a casa. Cuatro calles antes, Saint Patrick´s preside majestuosa. El órgano del coro, hecho por una firma de San Luis en el 28, sonó en la víspera a música celestial por medio de sus cuatro mil tubos. De allí sale uno creyendo, ya sea en el Altísimo o en Kilgen & Son, los constructores del instrumento. Durante la procesión de sevillanas, jotas y tangos, en la catedral ondean dos banderas, la americana y la española. Lo siento por Puigdemont & Torra pero, a pesar del campañón, allí no hay debate.
Para los aborígenes que ocuparon las tierras de los indios, los españoles no son hispanos. Cada vez nos sitúan más en Europa. Y, desde el Soho a Chelsea, ya resulta cool responder que sí que, de spanish, «un poquito». Nuestra presencia va más allá de los trajes típicos. Profesionales de primera se cuelan por todas las ramas. La treintañera Ana Berenguer anda al frente de un equipo de 800 personas como responsable de presupuestos del ayuntamiento de Nueva York. Y le está tocando afrontar la página de los Hudson Yards en el West Side, el mayor desarrollo inmobiliario privado de la historia estadounidense. Cuando te creías que no podían levantarse más torres, nace una nueva era.
La programación cultural del Instituto Cervantes es otra muestra de que la mentalidad abierta e innovadora es posible si se trabaja, claro. Y, lejos del ruido interno, se está haciendo. Lo malo es que, al volver, las porfías bizantinas por esas banderías partidistas e insustanciales permanecen. Hace falta que aún desfilen algunos más.
El ademán eterno
Raphael no es que no se jubile sino que, cuanto mayor se hace, más activo se muestra. Tras meterse por el cuerpo una gira americana y otra española en la que ha reunido a 12.000 espectadores en la parada madrileña, tiene cerrados unos cuantos conciertos por Europa, desde San Petesburgo al Albert Hall para 2019, con sesenta años de carrera a las espaldas. Dentro de un montón de abriles, no sería de extrañar que los que acudan a su funeral permanezcan clavados, convencidos de que no se irá sin hacer un bis.
Con veinte años justos más que el cantante, mi madre irá a verlo la próxima semana. Sus hijas llevan invitándola por sorpresa las últimas tres décadas. Alterándola con impresiones de este sesgo es lógico que la mujer enfile tan campante la recta centenaria. No obstante, fue el primogénito el que encendió la mecha. Ocurrió cuando el redactor jefe me envió en aquel primer verano de curro a cubrir el concierto del galán en los Festivales de España y surgió la posibilidad de obsequiarle un asiento. En la Hispania de la época, Raphael se había convertido en uno más de la familia. Aunque los ademanes interpretativos tiraran de espalda a más de dos sirvieron para que los chavales se lo pasaran bomba imitándolo con El pequeño tamborilero. Así nació El robabombillas. El chansonnier de Linares pasó su travesía con la irrupción de los nuevos esquemas cuando aún no había dado tiempo a que se difuminase su imagen sonriente rindiendo pleitesía al palco en que Carmen Polo presidía con sus collares cada Navidad la gala benéfica. Pero este superviviente no solo se recompuso del duro trance. Portador de una especie de hechizo, se convirtió en el hada madrina de parte de la movida madrileña. La readaptación del personaje dio paso a una miniserie sobre su vida y la gran noche se puso de largo bajo los focos de Álex de la Iglesia. A día de hoy es superventas y superdescargas y ha dejado atrás la fragancia destilada por la diabólica loción franquista. Casado, no; rompopopón, rompopopón.
Por el mal camino
El segundo periódico más antiguo de España tras Faro de Vigo, de este grupo editorial, ha cerrado. A punto de cumplir los 120 años, El Correo de Andalucía ya no está entre nosotros. Ni la edición impresa ni la digital. Y sus exequias tampoco es que hayan removido los cimientos del orbe concienciado. Más que nada, se ha sentido en familia.
Y eso que no ha sido un diario cualquiera. En la recta final del régimen anterior se convirtió en una referencia. Con Franco en El Pardo aún lozano dio cabida a una información laboral que no se encontraba al alcance de cualquiera, salvo que se militara en los sindicatos de clase. En su consejo reinaba la Iglesia y ya se sabe que ésta, en cuanto huele la vuelta a la tortilla, se apunta a un bombardeo. Fue con el cura Javierre, un baturro de armas tomar, cuando la cabecera se tornó combativa y ya, en los estertores de una época puñeteramente gris, director y subdirector acabaron en la trena, éste por publicar una entrevista en octubre del 74 con Isidoro, Felipe González para los millennials, a la vuelta de Suresnes en el R-8 de Arfonzo con la secretaría general bajo el brazo.
Ahí El Correo alcanzó su esplendor y llegó a vender más de 50.000 ejemplares, lo cual era una exageración como todo junto al Guadalquivir. Pero la empresa no contó con los resortes adecuados para aprovechar la situación, malvivió apagándose poco a poco, pasando de mano en mano hasta ir a parar durante un tiempo a unas afines al pesoe en este caso, lo que, barruntará el avieso lector, no resultó más que el presagio de una muerte anunciada.
Y así ha sucedido. Impregnado de voluntarismo, el ansia por contar cuanto ocurría fue, en medio del secretismo oficial, el impulsor de un periodismo de valientes. Lo sé porque, entre ellos, di los primeros pasos. Hoy se han trastocado las trazas. La presencia de grandes grupos mediáticos impregnados de equis intereses financieros es lo que pone en situación de riesgo la esencia del oficio y de entornos plurales. Seamos realistas, pidamos lo imposible.
Cualquiera descubre algo
Durante el puente anterior al que nos viene, el Ayuntamiento de Venecia cerró calles, abrió desvíos y trasladó las embarcaciones de motor desde la plaza de San Marcos a emplazamientos alejaditos ante la prevista avalancha. Como saben, lo del turisteo es ya apoteósico.
Pero para que alguien no diga «hombre, está hablando de la ciudad que está hablando», conozco gente que ha ido al puente Carlos, ha estado sobre él y, de la muchedumbre, ha vuelto de Praga sin llegar siquiera a distinguirlo. A contemplar la Mona Lisa a menos de doscientos metros pueden aspirar si acaso los cacos. Y espérense. Un treintañero andaba este agosto con la camiseta de su equipo –ninguna superpotencia– en la playa vietnamita de An Bang, perteneciente a Hoi An y, al volverse, se topó con un amigo que profesa los mismos colores, sin saber ninguno que al otro le había dado por acercarse al fin del mundo. Casi les entra un soponcio. Días después, parte del grupo reunido se introdujo en Camboya, quedó con un vehículo que los recogería a las cuatro de la madrugada para ver amanecer camino del templo hinduista más grande y mejor conservado convencidos de que iban a descubrir Marte y, al llegar a la taquilla de Angkor Wat, les tocó hacer cola junto a media humanidad. La diferencia entre el viajero sin billete de vuelta y el turista es que éste prepara ilusionado los bultos con idea de quitarse el estrés en el garbeo y vuelve con más aunque, eso sí, puede que sin bultos.
Para ahuyentar lo que llaman malas conductas y en la línea de seguir reduciendo el impacto sobre la urbe, el alcalde veneciano quiere promulgar una ordenanza que prohíba sentarse en el suelo y en los escalones, que es lo único gratis allí, bajo multa de hasta quinientos euros. Lo cierto es que los 30 millones de visitantes anuales ha dejado en los huesos el censo y, ante la desbandada, la Unesco amenaza con retirar la categoría de patrimonio de la Humanidad. Cada año huyen 700 lugareños y es lógico que el alcalde se preocupe. A este paso, no va a tener quien lo elija.
Esconder a los mayores
Andan por ahí las conclusiones de un informe sobre en quiénes fija su atención las campañas publicitarias y, al contrario que buena parte de los anuncios que hay paridos, los resultados son para no perdérselos. Resulta que las personas mayores apenas aparecen. Es decir, cuanto más son, menos se les ve.
El estudio, elaborado por la simpática e imaginativa agencia Señora Rushmore en torno a 250 spots de más de 30 marcas pertenecientes a los diez mayores anunciantes españoles, concluye que solo el 11% de los personajes que aparecen en la tele para que compremos son mayores de 50 tacos, a pesar de que esa franja de edad representa el 40% de la población. Pero lo peor es cuando se acuerdan. Del total de jubilados que aparecen en los reclamos, al 45% los tienen enclaustrados en el hogar, disparándose hasta el 70% en el caso de que representen 75 años o así. Y lo que es más cruel, en semejante ficción, los que alcanzan los 65 jamás mantienen en pantalla relaciones de amistad a pesar de que es cuando el individuo puede encontrarse en unas condiciones ideales para cuidarlas. La media de edad de los curritos de las agencias ronda los 34 e igual están convecidos de que tirar de plebe mayor tiende a envejecer la marca y la aleja, digo yo, de otro rango de consumidores. En cambio, para lo que se utiliza a los ya talluditos es para vender seguros y finanzas como si con lo que han de soltarle en muchos casos a los vástagos para que tiren, no tuvieran suficiente.
Mientras en las comunidades indígenas y tribus varias, el anciano resulta apreciado, valorado, respetado, convertido en un ser activo en la toma de decisiones de la vida sociocultural cual portador de conocimiento, en la mayoría de los países occidentales se tiene muy poco en cuenta a los mayores en proporción a su peso en la economía. Y por lo que a anuncios se refiere, agárrense. Nunca son utilizados en campañas de productos de higiene, moda o limpieza como si les privara la mugre. Así que, de preservativos, ni hablamos.