Un estudio señala que, en zonas de Marte, es probable que haya oxígeno como para mantener a algunos seres vivos terrestres. No sería de extrañar que Pedro Sánchez haya pensado, algo es algo.
Entre la turné de su socio más rumbero pidiendo árnica para los presupuestos; la lidia independentista desplegando por centroeuropa el capote republicano a todo meter y el dúo Pimpinela formado por Casado & Rivera recordándole en cada lance que el tiempo expira, al inquilino de la Moncloa le cuesta lo suyo respirar. Y, teóricamente, lo ha tenido a huevo para refundar el Planeta Rojo aquí mismo, sin necesidad de recurrir a las hojas de cálculo que le suministre Duque. La socialdemocracia no está sobrada de plebe que lleve el timón en sus respectivos terruños y Sánchez, que tan izquierdoso parecía cuando se las tenía tiesas con los instalados en la cueva felipista, disfrutaba de una oportunidad de oro para reverdecer el histórico espacio. Su electorado transita huérfano de un mensaje potente, ese que ha dado la democristiana Merkel al suspender la venta de armas a Arabia Saudí mientras no se desvele si al periodista lo descuartizaron accidentalmente o no. Hasta Trump se ha revuelto más con lo sucedido en Estambul que nuestro mandamás progre y olé y eso que al filántropo Donald no le importaría que, desde el coco a los meñiques de los sabuesos redaccionales que lo rodean, fueran donados a la ciencia estando aún vivos, claro.
Parece que Margarita Robles conserva los miembros en su sitio, pese a reabrir en un momento procesal delicado el debate alentado por la canciller alemana indicando a la opinión pública y al jefe que «no podemos permanecer impasibles ante la violación de derechos humanos», después de que en Madrid el embajador germano sugiera que «una postura común en el caso saudí exteriorizaría la unidad europea». 130 millones más que Alemania es lo que España vende en armas a una monarquía bañada en petróleo. Sánchez sabrá si nos compensa este plato de lentejas.