No había reparado en él desde que murió. Se trata del guasá de un amigo fallecido meses atrás, de uno de los mejores. Ha caído al furgón de cola, pero no es el último. Aún tiene por detrás contactos que se mantienen vivos. En los nueve años de existencia de la aplicación es el primer óbito registrado. Las cartas de los ausentes hay que ir a buscarlas a cajas en las que se apilan vivencias despeñadas y es comprensible la resistencia a cruzarse con ellas. Sin embargo, el chisme este anda al alcance de la mano todo el día. Como las cartucheras propias del Lejano Oeste, permanece dispuesto a ser desenfundado en cualquier instante. Bueno, hay quien no lo suelta ni para… Toparse de sopetón con el registro inanimado de alguien tan cercano me ha deparado un calambrazo de consideración. No lo esperaba ni tampoco lo tiré a la papelera después de acompañarlo en el funeral. Faltaría más. Entonces lo tenía más presente que nunca. Me ha costado decidirme a bucear en las conversaciones ahí aparcadas, pero lo he hecho. Barruntaba con lo que me reencontraría. En ningún mensaje me reclama que sea fuerte, sino que se empeña en recalcar que no deje de perseguir los sueños y que ya sabe dónde lo tengo. Ahora que no lo sé cobran más fuerza aún los deseos de quien, de no haberse cruzado en tu camino, habrías perdido una porción de afectividad difícilmente equiparable. La misma que él creyó que se produciría con su agonía tras entregarse en diferentes causas, lo que hacía que no pudiera dar dos pasos seguidos sin que lo interrumpieran para ponerlo al tanto de las nuevas cuitas. Y sí, el templo estuvo a rebosar la mañana del adiós pero, una vez pasado el mismo, nada. Ni una iniciativa oficial ni colectiva en recuerdo de alguien que se desvivió por buena parte de la tribu y de la ciudad. Un manto de silencio se ha encargado de cubrir su memoria. Sin embargo, la huella de la energía que desplegó entre quienes tuvieron la suerte de caer en sus redes sigue irradiando motivadores destellos desde el móvil. Y ahí perdurará.