El reencuentro de la banda

Enric Juliana, periodista de La Vanguardia instalado en Madrid desde hace más de una década, que siempre pensó que lo nuestro no tenía por qué ser una carrera universitaria puesto que en realidad es un oficio, analista agudo con veleidades literarias y socarrón donde los haya ha editado un vídeo-comentario de actualidad en el que llama a Aznar «El teclista de Pink Floyd». ¿Quién es capaz de resistirse ante algo así?

Para el instigador de inscrustrar a un elemento tan jevi en la banda británica, está claro que en estos momentos se halla en curso la construcción de una nueva melodía política del bloque nacionalista español y que esta metroderecha emergente va a diseñarla Aznar porque, aunque no vaya a ser el que mande en ninguna de las formaciones, su ascendencia global dentro de ese marco lo convierte en el primer ex que se permita el lujo de influir simultáneamente en tres partidos. En algo tiene que notarse el montón de abdominales que ha hecho.

El autor de la imagen del grupo musical lanzada a la audiencia, con la incorporación de un pianista tan potente al frente del porrón de teclados en danza, asegura haber recibido quejas por su atrevimiento, procedente sobre todo de filas de los mitómanos de Pink Floyd. Hasta Juliana admite entender que se hayan puesto hechos un basilisco. Lo que pasa es que, ocurrencia aparte, los últimos compases del vídeo se rematan, no con El muro que también habría traído reminiscencias, sino con una actuación de los chicos de Roger Waters a los acordes de Shine on You Crazy Diamond, la pieza dedicada a Syd Barret, el guitarrista, cantante y compositor que fue separado por sus cuelgues de eleesedé y los cuadros esquizofrénicos que presentaba. Años después, durante una invitación para tocar juntos, no traslució rencor alguno pero, al intentar establecer un diálogo con él, sus propios excamaradas pudieron constatar que tampoco es que estuviese muy conectado del todo con la realidad. El guitarrista, claro.

Una luz cegadora

Entre la discrepancia por los formatos de los encuentros Gobierno y Generalitat y la reunión del famoso Consejo de Ministros, con público pasamontañero desperdigado por las afueras poniendo en vilo a los mossos, Polònia, el espacio humorístico de tevetrés, parodia los cortes de carretera al estilo La, La, Land y Televisión Española coloca en medio de ambas sesiones de fuerte carga política el programa capitaneado por Mari Cruz Soriano, que responde al nombre de Gigantes. El gigante que protagoniza en pantalla el tránsito del 20 al 21 D es AlbertBoadella, tontos. Si a Torra la elección de Tarradellas para rebautizar el aeropuerto de Barcelona le ha hecho una gracia perfectamente descriptible dado que aunque sea difícil de entender representan en realidad lo opuesto, no hace falta ser un lince para imaginar cómo debió sentarle la otra aparición. La charla de la renacida presentadora transcurre en la casa que posee el bufón en el Ampurdán desde hace tres décadas y que, a raiz de erigirse en una de las cabezas visibles frente a la deriva nacionalista, viene sufriendo sus sacudidas. Tiene una nieta chinita del músico, la hija es veterinaria en Ciudad Real, el último suele estar de gira al llevar la iluminación de espectáculos y los tres han tenido que romper las relaciones que mantenían con fils del poble al ser satanizados a través de las redes por osar decir lo que piensan sobre lo que ocurre. Lo que pasa es que no es sencillo tildar al padre de las criaturas de facha, alguien al que metieron en la cárcel por poner al estamento militar ante el espejo; que, junto al resto de Els Joglars, fue perseguido por ultras –de centro derecha, hoy– tras poner en cuestión el rito eucarístico y que sí, que cometió el error de ser, si no el pionero, uno de los pocos que, desde primera hora y aún en el interior, puso en el foco lo que se le venía encima a esa tierra bajo la égida Pujol & Ferrusola. Y aunque resulta arduo enterrar sus múltiples montajes que han paseado la marca Cataluña por el mundo, llevan años intentándolo. Qué difícil va a ser iluminar aquello.

Pues sí, mujer tenía que ser

A las cuatro de la madrugada, el inconfundible sonsonete de un mensaje sacude en plena cerviz al silencio. Es nuestra hija desde Bangkok, que no ha podido contenerse: «¡Qué triste noticia la de Laura! Me quedo sin palabras». Está allí para recoger el visado y poder volver a Myanmar, donde en el centro de voluntarios de Thabarwa ha empezado a verse como ni ella sabía quizá que era.

La chavala disponía de trabajo en su tierra, le ofrecieron continuar, había sido feliz entre peques y compañeros que entienden la escuela como un lugar en el que solo hay que perder el tiempo posibilitando a los críos ser ellos mismos pero, aún así, tenía claro que quería abrir la mente, llenar la mochila de mundo, que si no lo hacía en un trance inhabitual con los ahorros contantes y sonantes era posible que ya no… y lleva desde agosto certificando lo que nos temíamos: que existe gente que, con muy poco, con lo indispensable, aprecia lo que hay alrededor y le saca jugo como una buena porción de acomodados occidentales son incapaces de lograr con tantas y tantas terminales a su alcance. Ha disfrutado en Vietnam de comprobar cómo nadie guarda el más mínimo rencor a los estadounidenses a pesar de la que armaron las autoridades de Washington y que si extravías algo son capaces de atravesar medio mapa con tal de que lo recuperes; se ha quedado de piedra cuando de paso por un pueblecito de Laos hubo de ser ingresada para recuperar las constantes recomendables y un grupo de mocosos conchabados con el médico se pusieron a cantar junto a la cama para subirle los biorritmos. Y aunque no sigo, podría.

Sus últimos envíos denotan que anda tocada por lo ocurrido a diez mil kilómetros cuando Laura no quiso dejarse intimidar y que una mirada desafiante le impidiera trazar su recorrido. La nuestra se planta en la playa o en lo que tenga a tiro a hacer meditación a las seis de la mañana sin saber todavía en qué continente recalará cuando sobrepase el Año Nuevo. Hay que echarle ovarios. No queda más remedio.

Jugándosela a un número

El 22 es el sorteo de Navidad y, para la víspera, Sánchez se ha emperrado en llevar el Consejo de Ministros a Barcelona. Nada, que quiere a todos nos toque algo.

De seguir con el planecito adelante, está previsto que nueve mil polis desembarquen en la ciudad condal donde, entre otras historias, hay que alojarlos con un pelín más de discreción que la última vez para que los efluvios del despliegue no disparaten hasta límites insuperables el ambientazo. En la reciente reunión ministerial en Moncloa, el cónclave aprobó el mayor designio de gasto armamentístico en lo que va de siglo: 5 fragatas, 348 blindados y mejoras en los Eurofighter, esos cazas polivalentes de maniobrabilidad astuta. Cualquiera pensaría que es que aún continúa el River-Boca. Y no es que este arsenal vaya apuntar hacia la seguridad del 21 D pero, de cara a lecturas más reposadamente retorcidas, enseña los dientes.

En la senda marcada desde Waterloo, lo que querría la escuadra atorrante que empuña la Generalitat es que los miles de mossos que están a sus órdenes, y a los que tienen embravecidos exigiendo mejoras laborales, hicieran frente a la plebe llamada a montar algarabía callejera con un clavel en la boca y entonando los que no lo lleven Campanades a morts en pos de la república, provocadoramente eslovena. O no, da igual. El caso es liar al resto. Y mientras el partido del Gobierno se deshace nunca mejor dicho en gestos, el tripartito andalú con sede en Madrid aplaude por lo bajini que el mandamás sociata le escriba al pasante de Puigdemont solicitándole una reunión «retomar el diálogo», convencido Casado & company de que estos devaneos, más que quemar, abrasan al eterno rival. De entre los barones, solo Ximo Puig en coalición tilda la estrategia sancheril de «inteligente». Arriesgada y jodida, seguro. Menos mal que está ahí el de siempre para echar una mano advirtiendo que «es indispensable la intervención total y sin límite de tiempo en Cataluña». Es lo que trae menear tanto el Valle de los Caídos: que, al final, resucita. Aznar, claro.

Fumando espero

Siendo un renacuajo, a nuestra hija le dio por esconderle el tabaco a la madre y ésta se volvía loca husmeando hasta que, harta de lidiar con el diablillo aquel, lo dejó. La que fuma ahora es la niña.

No solo es que lo haga, sino que además se lo lía como no pocos de los españolitos que han vuelto a las andadas. El efecto propiciado por la ley antitabaco ha durado lo que ha durado y si a las puertas de entrar en vigor en 2005 la tasa de fumeteo no alcanzaba al 33% de lugareños, la caja registradora acaba de indicar que hoy en día algo más del 34% ha caído en las redes. La ministra del ramo ha comparecido para dar las cifras y lo ha hecho sin poner sobre la mesa interpretación alguna al giro de los acontecimientos. Se ha limitado a señalar que se pretende atornillar el cumplimiento de las normas en vigor y ha sugerido estar planteándose prohibir que se enciendan cigarrillos en el coche e incluso en la salita de estar cuando se encuentren menores presentes. O sea, que piensan rescatar la patada en la puerta de Corcuera porque, si no, ya nos contarán, salvo que los dispositivos móviles adopten un sistema que, en cuanto se infrinja la limitación, echen humo. De poder elegir, casi prefiero la patada porque ya es que se siente uno vigilado a cada paso y, en cambio, la ineficacia del exministro al menos daba un respiro.

Ojo, que el incremento más significativo se ha producido entre el mocerío. Normal teniendo en cuenta que, a los millennials, les ha caído una detrás de otra. En la fase en que habría tocado emprender campañas enfocadas a los menores para que no se iniciaran en el proceloso estadio de tragarse el humo, se cerró el grifo prescriptivo. Tras el impacto inicial derivado de no poder dar una calada en la mesa de trabajo llegó la crujía y con ella la dejadez en la política de control del tabaquismo, justo cuando el personal más inquieto se encontraba. Dada la pasividad de los agentes encargados habría que invertir los términos hasta que, de una puñetera vez, dejen el vicio. Sí y que, por fin, se fumen encima.

La partida de ajedrez

Ángela Rodicio, la reportera de teuveé en las madrigueras de Bosnia y Kosovo, enamorada de Oriente Medio y a quien Pérez Reverte despellejó en Territorio comanche dejando para la posteridad que la Niña Rodicio –una muestra de cuánto nos queremos en la profesión– creía saberlo todo y trataba a patadas al equipo puesto que trabajar a su lado era como hacerlo con Ava Gadner, se fue el año pasado ya no tan niña a Rusia, Arturito, y atravesó buena parte de la estepa preguntándole a los viajeros qué pensaban de la revolución en el centenario del estallido. Pero lo más llamativo de la incursión no lo trajeron las respuestas sino una interpelación. Fue al abrazar el andén en Pushkin, el destino de la residencia favorita del zar Nicolás II donde el sumo sacerdote local de la iglesia ortodoxa inquirió a la periodista al olor de los fogones: «¿Puedo hacerle una pregunta?». «Por supuesto, faltaría más». «¿Qué es lo que está pasando en Cataluña?».

De plantarse ante RT, el primer canal ruso en español de radiación internacional, comprobará que sus dos canciones favoritas son la reseñada y la yenka que no deja de tararearse en la feria montada por los británicos. Lo tengo sintonizado y se resalta que, según Trump, el pacto del Brexit podría ser una amenaza para el acuerdo comercial entre su país y Reino Unido. Rodicio, que pasó una temporada en Moscú en sus años mozos, estima que vuelven a existir los dos ejes y que lo que ejercen las superpotencias de antaño es una pinza como la de Anguita y Aznar pero a lo bestia. A la Casa Blanca y a Putin, la Unión Europea se la trae el fresco, chinchan lo que pueden y por eso están interesados en airear los brotes secesionistas y bailes tradicionales que la sacuden. Cuando el pecús y el imperio se desmoronaron, los moradores quedaron tocados al sentirse despreciados por Occidente por lo que, a lo que juega el zar, es a reactivar moral a golpe de poderío. Lo contrario que la UE que, para sobreponerse a su crisis existencial, no sabe cómo afrontar su papel. Seguro que Pérez Reverte ve ahí una Ava Gadner.

Dios los cría y ellos se juntan

Susana volvió del veraneo asegurando encontrarse feliz, haciéndose fotos con todo quisque, transmitiendo récord en creación de empleo, de pib y en exportaciones cuando la realidad es que, de las 276 regiones europeas, esta Baviera del sur por la que la trianera bate palmas se encuentra entre las cuatro con mayor volumen de paro. Yo creo que es algo.

La expresión angustiada de la mayoría de los comentaristas de Canal Sur no es más que el reflejo de la zozobra que inunda la gran malla clientelar que copa instituciones y empresas consortes desde hace unas cuantas centurias en no pocos casos. Todo acaba pasando factura y, llegada la hora de la verdad, una parte nada despreciable de la fiel legión de votantes ha hecho lo mismo que sus regidores practican a diario respecto de sus anhelos: mirar hacia otro lado.

Por lo sobrada que se le veía advirtiendo que lo único que pedía a la competencia es no bloquear la decisión de las urnas, la candidata con una pinta de exmandamás que… debía pensar que, al haber recibido calabazas de otras tierras que conforman las siglas de su partido, los andaluces iban a volcarse gritando «pues, ahora, fijaos; aquí la queremos aún más». Y resulta que no. Que mientras paseaba su poderío coincidiendo con las entradas y salidas de los juzgados de Chaves y Griñán, el suelo iba agrietándose a sus pies sin que nadie próximo le advirtiera del peligro que acechaba, en el hipotético caso de que ella hubiese estado por la labor de escuchar.

Pero lo más ardiente que se escuchaba por la calle salía de la caravana de Vox en el tramo decisivo de la campaña, esa que Susana cerró con gente de segunda fila y la mitad de asistentes que el resto hasta poner en bandeja que quien marque hoy la agenda política sea una plebe de armas tomar. Tupendo, que diría Forges, que ahora entendemos porqué prefirió morirse. Y cualquiera es el guapo que adivina lo que preferirá Sánchez, pero lo único claro es que no necesitará hacer huelga de hambre. En pocos meses se ha quedado en .