Por estas mismas fechas pero de hace unos cuantos decenios, maldita sea, uno de los mejores periodistas habidos en muchos kilómetros a la redonda, un artista repleto de fantasía en la invención de suplementos y desenfundando el tipómetro llamado José Vicente Botella invitó a un manojo de allegados a su balconada de La Meresilda sobre el perfil que dibuja Alcoy para pasar bien recogiditos un fugaz tramo del invierno aquel que resultaría, más que crudo, helador. Tras el sabroso arroz guió a la parroquia alrededor de la chimenea y encendió La Fusa con Vinicius de Moraes tirando de la cuerda. ¡Ay, Brasil! En estos primeros pasos del nuevo año vividos a distancia, aunque no tanta, rebrota la angustia vital que, por mucha sal y pimienta con la que lo aderezara, siempre marcó el devenir de quien para colmo internacionalizó la bossa nova. Vinicius no se privó de nada. Su sólida educación, ojo, le permitió darse tanto a una anarquía creadora desbocada como a formar parte del partido comunista cuando le salió de allí. Igual que, pese a tener ya poemas y canciones registrados y antes de pirarse a Oxford a estudiar literatura inglesa, le dio por licenciarse en derecho lo que le proporcionó la llave para ejercer de diplomático hasta poner la guinda celebrando que lo expulsaran del ministerio en una de las sonoras purgas militares. Además no soportó nunca la corbata y, para demostrarlo, en Los Ángeles se iba al bar de al lado a ejercer sus funciones en calzoncillos. Puede que ahí sembrara la semilla para que algunas de sus historias llegaran hasta Cannes cuando lo trasladaron a París donde, según se cuenta, aprovechó la estancia para tener sus devaneos con Marlene Dietrich. Toda esta andadura volcánica lo condujeron a componer, ya saben, Garota de Ipanema, una de las canciones más versionadas con Bésame mucho & Yesterday y a dotar junto a otros creadores a su tierra de ese sello inspirador en el que nos envolvió La Fusa para combatir el frío que, en cuanto nos descuidamos, retorna el muy traicionero. ¡Brrr!