Lo de Nadal no es muy humano que digamos sobre todo para el resto que lo es. Se confirma, efectivamente, que habita en otra dimensión. Está cuatro meses recuperándose del último trance, dos semanas atrás comunica al torneo de Brisbane que no está en condiciones, llega Melbourne, tiene una edad y se planta otra vez en una final de Grand Slam sin haber entregado un set. No solo reaparece sino que, cuando salta a la pista, resulta que estamos ante una nueva reinvención. La inmensa mayoría de rivales no sabe ya qué hacer con él.
Los comentaristas de Eurosport se pasaron el partido de cuartos advirtiendo sobre la inmensa amenaza que suponía para Rafa encontrarse en semis con Tsisipas, verdugo de Federer. Se pasaron minutos y minutos ponderando la progresión de este joven de 20 años del que destacaron no solo la gama de golpes sino su hambre y ambición. Hacia el final de la primera manga, a los veinte minutos de empezar la contienda, el prometedor griego cazaba moscas y logró incluso seis juegos en la hora y 47 minutos que duró el partido, a lo largo del cual su semblante trasladó unas ganas locas de desaparecer de la faz de la tierra. Y cuando al fin lo logró dijo: «No te da ritmo. Tiene el talento que ningún otro jugador posee, provoca que juegues mal».
Uno de los mensajes de Twitter leídos durante la retransmisión no dejó dudas sobre lo que aquello provocó: «Cada día lo quiero más. Nadal, presidente del Gobierno». Cuanto más tumbos da el país, cuanto más deshilachado el horizonte, cuanto más se eternizan déficits y conflictos porque no se les mete mano, más gigantesca resurge la figura de quien ha malacostumbrado a la afición. Claro, tú ves esa izquierda y ves a la yenka en acción y la cuerda se tensa. El de Manacor, no. De broche le aguardaron las gozosas mamarrachadas de McEnroe contándole al público haberlo visto desnudo en el vestuario y, hasta en ese comprometido campo, devolvió la bola. Pero la primera pregunta del gran John fue: «¿Se puede hacer mejor?». «Sí». Al escucharlo, sus señorías dirán: «La madre que lo parió».