Me acuesto viendo en la tele a Rivera deglutir tan fresco cómo el pucherazo fraguado en la cocina es una demostración palpable de que la democracia en sus entrañas hierve de lujo y no los dedazos y enjuagues que hacen otros y escuchando cómo a la pregunta de si la foto de Colón será la de un futuro gobierno, este catalán, adalid liberal, diputado en la carrera de San Jerónimo, letrado en excedencia de la asesoría jurídica de los servicios centrales de la Caixa y afiliado a ugeté replica: «También estuvimos en la del orgullo gay y en la del 8 de marzo». Y todavía se preguntaba el pobre Machín cómo se pueden querer dos mujeres a la vez y no estar loco.
Al levantarme constato el dato de que Podemos, que siempre ha sido un lince en las redes y que fraguó su guerra de guerrillas en ellas, cuenta con la mitad de seguidores en Instagram que los fieras de Vox. Entre quienes los secundan ahí no figura el presi de Ciudadanos; en absoluto, por Dios, estaría bueno. La formación, que no es que no acuda al desparrame del orgullo gay ni al refrendo del 8 de marzo –a ver si van a ser los coherentes…–, sino que hacen de ello buena parte de la razón de existir y que entre otros nichos busca cazar en el de los maridos separados y rebotados con el feminismo, recibió hará un lustro algún que otro curso de cómo empaparse de las nuevas fórmulas de ocupación por parte de los especialistas de Netanyahu. Ojito, pues, con los advenedizos.
Afeitándome certifico que en lo que se ha convertido Rivera es en gran azote de Sánchez mientras otro que nada tiene de advenedizo se erige en deshollinador del independentismo. A resultas de sus memorias, Duran i Lleida ha soltado que «Artur Mas no tiene consistencia política», que Puigdemont «es un chiflado y un iluminado» y ha sentenciado que, los que están ante el Supremo, «no se pueden ir de rositas, porque nadie lo entendería».
Teniendo en cuenta que aún falta un mes para que llegue la primera de las campañas, me refugio en Kiss efeeme y anuncian que viene Malú. Joder, es que no hay forma.