Vamos el día de San Juan en el Tram hacia Luceros como sardinas en lata. Es la una y cuarto en Lucentum y fijo que, en medio del apelotonamiento, hay quien pende. El calor humano se hace palpable en los goterones que surcan la frente de los compañeros de viaje. Una parada más prolongada de lo conveniente lleva la zozobra a los molt afectados hasta que un galán grueso, envuelto en una barba que da calima verla, con una camiseta de tirantes de la que sobresale vello hasta por el esponsor decide acabar con la angustia a base de uno de esos arranques que no están pagados con nada. En medio de las fatiguitas se pone serio y dice en voz alta: «¡Qué buena mañana se ha quedao!».
La plaza estaba como el vagón, pero a lo bestia. El alcalde anduvo rápido. Ya el domingo fue de los pocos en anticiparse a la Ponfe para pedirle al presi del Consell que mantenga la fiesta del 24 en la Comunidad tras constatar el filón de un trasvase inexplorado. El pepé, que ha estado la tira al frente de los desginios, nunca se decantó por la labor y tuvo que ser la plebe del Botànic quien la instaurara a propuesta de Ciudadanos. Tranquis. Es de cuando estaba por la regeneración de la fiesta.
Pero, de seguir siendo festivo el 24 allende de los límites provinciales, esta aglomeración añadida es preciso encauzarla cuidando aspectos que están yéndose de las manos. Uno, la hostelería. No gravando la estancia a los que vienen con la tasa turística rescatada in vitro por el nuevo vice del tripartito que, por la de pisos declarados, debe gastar poco fuera, sino cuidando el servicio. En Madrid, Murcia, Sevilla… los camareros se crecen en los días de follones; aquí, se tensionan. Y respetar ingredientes tradicionales como los de la coca amb tonyina que, cuando pruebas los originarios, te das cuenta de lo que ha ido quedándose por el camino. Sobre el monumento de Bañuls habría que ser radicales y sacarlo de ahí. En su lugar, podrían turnarse los demonios que aúna el Hércules. Es la única forma de que Ponferradina, Cádiz y demás se vayan calentitos.