Valiente cuadro

No sé si se lo van a creer pero ni esta semana ni la próxima tendremos debate de investidura. ¡Será posible!

   De cualquier modo, no sufran. Estamos de enhorabuena, quieren más sesioncitas. Rivera y Casado han tardado dos días en reforzarse con apéndices en primer tiempo de saludo con tal de evitar que los efluvios que reverdecerán desde el Financial Times hasta los jarrones chinos pasando por la ceoé y quién sabe si incluso Bertín en pos de que reconsideren su cerrazón, no los confunda. Pero tampoco nos engañemos. En este caso la izquierda se lleva la palma y, cogida de la mano, entona una y otra vez «agrupémonos todos/en la confusión final», versión chandunguera del clásico convertido por sus solistas en el gran jit del verano.

   Ni que decir tiene que Iglesias ya ha sacado el programa –el de su tele, claro– para decirle al excandidato tararí que te vi.  «O míos en el gobierno o te lo comes», vino a advertir cuando, con Errejón sobrevolando el tinglado, el resto de corrientes que forma el complejo mundo podemita está proponiendo que reconsidere. Es curioso. Todo el mundo sabe que Sánchez no quiere la coalición ni a tiros y, en cambio, la mayor parte de disparos de la opinión pública alcanza a Pablo. Es posible que una de las razones esté en el exceso de humildad que ha venido gastando.

   El cuadro lo completa el interior del pesoe donde, de bálsamo, nada. Tras avisar la guardia de corps de Moncloa que se jodió el Perú, Puig ha enmendado la mayor sugiriendo que se negocie con Podemos. Harto de oir que Iglesias es tela –como si Oltra le hubiese puesto una alfombra en su día–, se la está jugando. Camino de la investidura, la capital del Turia acogió el mayor congreso mundial de matemática aplicada por si le servía a Sánchez para sacar cuentas y hoy, de cara a formar en Madrid un gobierno progresista, lo que reclama es «apretar el acelerador». Ojo que Ábalos y el jefe lo aprietan y, aunque fuera lo único que han sumado son anchoas, dentro se comen sobre todo las espinas.

Maneras de salir a flote

Se llama G y, más al sur, se inició en el sector financiero. Por los ochenta surgió la posibilidad de integrarse en la caja y, dada la contrastada solvencia de la entidad, se desplazó hacia aquí tembloroso de placer. Trabajó en la central hasta que en 2012 aquel edificio levantado durante décadas sobre la confianza de los impositores se desintegró y, junto no pocos colegas, G se encontró en la calle. Sin asideros familiares ni afectivos terminó hundido. Nadie daba un duro, el primero él. En medio del marasmo, alguien sugirió que nadara. A los cincuenta y tantos se puso a aprender. Brazada a brazada avanzó lentamente. Aparte de lograr cogerle el punto, quedaba por apartar del pensamiento durante el ejercicio esos asuntos que le hacían retroceder como qué medidas tomarían con los responsables de las irregularidades detectadas en la increíble fase final los diferentes organismos encargados de juzgar el cajicidio.

   Las consecuencias de lo que viene sucediéndose en ese plano no han dejado a los afectados otra salida que esforzarse hasta límites insospechados en la providencia terapeútica por la que fueron decantándose. G hace 20 kilómetros diarios durante las cuatro estaciones, buena parte de ellas embutido en neopreno. El día que el mar anda más revuelto que el cobro de dietas por parte de los consejeros cuando se enfilaba el requiescat in pace, G acude a la piscina del gimnasio donde ilustra a los advenedizos sobre elementos a los que ha de enfrentarse. Hay quien cree –advierte– que las medusas solo merodean en verano, pero es que el resto del año somos una minoría y cabemos a más. Entonces relata que esa mañana de marzo se ha salido porque era un ejército contra él y que también se atisban de vez en cuando carabelas portuguesas que, mancas, no son.

   Por mucho que expertos le aconsejan que descanse, G no baja el ritmo y continúa ahí dale que te pego porque siente que, de no someterse a esta severa paliza, se caería con todo el equipo. Para que luego digan que no se ha condenado a nadie.

El lanzamiento

Esta temporada –en febrero, vamos­–, la derecha se lanzó a la yugular del Gobierno nada más filtrarse que un relator asistiría a una pretendida mesa con el objetivo de colaborar en una salida al conflicto independentista que tiene al país en un ¡ay! En julio, el intermediario que ha puesto la carne en el asador para que esa izquierda que buscaba una solución dialogada en Cataluña no se rompiera la crisma entre ella ha sido Rufián. No hace falta decir que los retos peliagudos que tenemos por delante están en el buen camino.

   Viviendo tiempo atrás la fascinante tarea de sacar un diario nuevo, y vespertino, una tropa de periodistas inquietos pasó jornadas y jornadas sin fin con tal de recabar información de todas las secciones, coordinar agendas, preparar temas, marcar el rumbo y definir prioridades en función de los medios a disposición. A lo largo de una buena pila de semanas se elaboraron varios números cero de los que los máximos responsables de la historia fueron quedándose con algunas iniciativas y descartando otras hasta dar con la tecla. Paralelamente fue necesario ahormar el equipo puesto que la mayoría no había trabajado antes juntos. Conforme se acarcaba le fecha de salida prevista, el miedo escénico se hacía notar. Todo el mundo sin excepción la habría dilatado a fin de poder consolidar algo más el proyecto en ciernes. Y, pobre diablo, estamos hablando de un vespertino en un lugar con unos fascinantes índices de lectura.

    Por eso me quedé así cuando, a nada de empezar la segunda intentona en el hemiciclo, Echenique se ufanó de que, con vistas al acuerdo para la puesta en marcha un inédito gobierno de coalición, marcar las directrices, pivotar todo un escuadrón de altos cargos, ajustar cuadros, gestionar el estado y poner en marcha políticas que redunden en beneficio de la gente se había reunido con Calvo…¡20 horas! Eso eran tres reportajes, cuatro entrevistas y dos crónicas en el lanzamiento aquel que duró nueves meses en la calle. Nueve meses más, claro, que el gobierno de coalición.

Al arbitrio del acertijo

En el cierre de la segunda jornada del debate de investidura, la portavoz del grupo socialista, Adriana Lastra, y el candidato a la presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, no se tiraron los trastos a la cabeza. ¿Qué más quieren ustedes?

   De las secuencias vividas en la víspera, la agencia Efe, estatal ella, es decir con el clásico aroma gubernamental espolvoreando el servicio, suministró una imagen de la tribuna de invitados en la que se distingue al gurú Iván Redondo junto al secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, cogestionados. Literalmente. Con unas caritas que da cosa. Y sin embargo, la puesta en escena a la que asistían por parte del protegido de ambos dejó bien a las claras que el sector del entorno sanchista proclive a la repetición electoral se había llevado el agua a su molino, de donde es posible deducir que, en el esperadísimo acertijo que está teniendo lugar en las Cortes, no hace falta intervenir desde el atril para hacer teatro y del bueno.

   Delante de Iván y de Miguel Ángel, la única cara visible que puede apreciarse es la de Ximo Puig. En este caso, el rictus muestra extrañeza y un pelín de desagrado por lo que resulta obvio que, contenido, estaba. Muy contenido teniendo en cuenta el encono que se mantiene entre los dos puntales una vez que el prócer de Morella cometiera el sacrilegio de rociarse con perfume susanista. Desde entonces, no sabe qué hacer para congraciarse. El último gesto –en la previa de la investidura, precisamente– ha consistido en albergar en Valencia el mayor congreso mundial de matemática aplicada. El programa no pudo ser más ilustrativo. En él, dentro del espacio reservado a los gemelos digitales, se abordó el nuevo blockchain, una estructura de datos en la que la información fetén se agrupa, ojo, en bloques. Ximo debió pensar «más claro, agua». Pero sí, sí. El zafarrancho es tal que nadie en sus cabales puede pensar que el binomio de izquierdas está en disposición de conformar toda una acción de gobierno como Dios manda. O sea, que igual la conforman.

Bajo la actual constelación

Un par de meses largos atrás, pocos barruntaban que una situación así, como la que estamos albergando y pinta de cuajar a pesar de todo, podría llegar a producirse viniendo de donde venimos con una carga de convulsiones nada despreciable tras haber propiciado trances impertinentes un día sí y, otro, también . La plebe asiste expectante y atónita a las fórmulas que aún se barajan para la pretendida rentrée. De Neymar, naturalmente.

   Si las formaciones que configuran la competición patria continúan estirando la soga a derecha e izquierda como en pocas ocasiones se recuerda, el brasileño se ha convertido en un adalid del sistema. Mira que los artilleros de las escuadras que nos representan han dejado a un lado el estado de ánimo y de necesidad por el que se retuerce la afición y, en lugar de fijar el objetivo en remediar la desazón y alentar sus pretensiones, han sacado toda la arcabucería para disparar contra los que están llamados a coaligarse pero es que, el de Mogi das Cruzes en Sao Paulo, ha soltado que la noche que más disfrutó en su vida fue con el sexto que le cayó en el Camp Nou a la sociedad que aún le ingresa la morterada que le endiña. El juego no fue siempre este por parte de todos los componentes, qué va. Iselín Santos Ovejero, defensa colchonero de los de armas tomar en los setenta, salía escopetado hacia donde había quedado retorciéndose de dolor Gárate tras la entrada de un contrario con las tijeras por detrás y, como era el ariete el que se acercaba a auxiliar a su agresor a fin de que se reincorporara, el compañero le decía: «José Eulogio, por lo menos no lo ayudes a levantarse, que me va a dar algo». Para quien no lo tenga en mente, Gárate no festejaba los goles por respeto al rival. Desde entonces las celebraciones tienden al desiderátum, cuentan con royalties y hasta se ha visto a un medianía ir a cantar un gol al córner donde representó la meada de un perrito que olisqueaba el hoyo al que enviaba a un adversario que bordeaba el desfiladero.

Con lo que parece faltar, no demos ideas.

Un viaje hacia atrás, qué bien

El padre de Arturo Fernández fue anarquista y se exilió a Francia. En el 48, con 19 años, el actor recientemente fallecido se dirigió de Asturias a Bilbao para tomar el autobús a Lourdes. Al verlo aparecer, su padre –del que el mozo guardaba un recuerdo de hombre distante, inflexible– se echó a llorar, mientras que en la despedida fue el viajero quien lo hizo entre lágrimas. Antes de separarse, el progenitor le dio nueve mil pesetas: «Gástate doscientas en Bilbao y no le digas nada a tu madre». El galán que estaba fraguándose se topó en el bocho con la sala de fiestas Pumanieska y, tras entrar y salir de ella durante unos días, se pulió siete de las nueve mil pelas. Su madre y su tía, que aguardaban a la vuelta, empezaron a convulsionarse dando saltos y gritos de alegría cuando Arturo les dio dos mil puesto que ellas ganaban cuatro pesetas por el machaque diario. Relatando el episodio hace unos meses, el actor contó que en aquel instante hizo la siguiente reflexión: «Se ve que Dios estaba de mi parte. Si llego a darles nueve mil, se me mueren».

   Al poco cogió rumbo a Madrid con la maleta de madera para probar fortuna y, según propia confesión, pasó el peor año y medio de su vida. Tanto es así que se presentó a hacer la mili y le dijeron «pero si a usted no le toca hasta dentro de seis meses…». Soñaba con tres comidas diarias, cama y una ducha. En generaciones posteriores lo peor era que, de estar colocado –con trabajo, me refiero– te partía las expectativas y los planes de futuro, eso que los millennials no saben por dónde caen.

   El Banco de España ha constatado lo que ya barruntábamos: que, tras el derrumbre de 2008, se truncó que los ingresos laborales de los hijos superaran a los de sus mayores tal como venía sucediendo. El informe certifica que los jóvenes españoles ganan menos ahora que hace una década, advierte que la remontada sigue más bien al ralentí y que se mantendrá de no tomarse medidas. No hace falta que les diga las prisas que están dándose unos y otros. Por lo menos reinstaurar la mili, chatines.

Ánimo, que hay esperanza

Lo he pasado pipa leyendo una entrevista con Antonio Sola, asesor de líderes, considerado parece ser uno de los mejores consultores de estrategia política del mundo y conocido como «creador de presidentes», según resalta eso sí su propia web, desde que en 2006 Felipe Calderón se aupara al trono en México de su mano. Lo escalofriante de la trayectoria de esta criatura de 47 tacos es que ha tomado parte activa en más de 450 campañas electorales a lo largo de América Latina, África, Europa –incluída España– y ahora pretende lanzarse a por los intríngulis asiáticos. Luego dicen que, para trabajo duro, el de los mineros y el de los marinos mercantes, siempre distantes de lo que se perpetra en la faz de la tierra. Vamos, no me jodas.

   La ola de marketing del tipo que él frecuenta ha desbordado los centros de decisión. Por lo que llevamos detectado en este ciclo reciente, Iván Redondo, el fiera del que se agarró Sánchez para salir a flote, debió llevarse también el colchón a Moncloa porque vamos de paradiña en paradiña táctica hasta el estrago final. El diagnóstico de Sola –a ver cómo lo digo– es que nos encaminamos hacia una nueva democracia digital directa en la que la capacidad de influencia de los partidos será tirando a cero patatero y donde las nuevas reglas que nos mantendrán a flote están aún por definir dado que a las ideologías clásicas le quedan dos pelás. A los seres analógicos, ni eso.

   Pero sobre todo llamó mi atención la mirada sobre lo que nos circunda al afirmar que «se necesitará un nuevo tipo de liderazgo, una camada por completo distinta a la que tenemos en España» cuando los que andan subidos al carro prácticamente acaban de auparse a él por muy cansinos que resulten. «Al igual que en el nuestro, en bastantes países europeos –remarca– se vive un proceso de trituradora. Se planteará una dimensión política, social y biológica dentro de una revolución en la que los Sánchez, Casado, Iglesias, Rivera y Abascal serán parte del pasado». Inspirador es.

El corazón da la talla

El cuento de las comadrejas, de Campanella, reconcilia con el cine tras una racha de estrenos que para qué. Ha tenido que ser con el artífice de Luna de Avellaneda, El hijo de la novia y El secreto de tus ojos con quien regrese a esa casilla en la que sales de la penumbra convencido de que lo que espera fuera va a ser mejor. Luego aguanta lo que aguanta porque para eso es ficción, pero que nos quiten lo bailao.

   Siempre me he preguntado cómo lo logran los argentinos cuando habitualmente el país no hay por dónde cogerlo. El gran Enric González, aunque no sea porteño, describía la situación y no es ninguna performance: «El futuro inmediato no depara más que sacrificios. La caja del súper seguirá siendo el altar donde se oficia el lento ritual de la austeridad doméstica: vales de descuento, prescindir de productos si la cuenta es alta, negociación de plazos… El invierno será frío porque el aumento de las tarifas de electricidad y de gas –entre el 300% y el 600% durante el mandato de Macri­– hace prohibitiva la calefacción en muchos hogares». La penuria incentiva la creatividad, ha de ser eso. Y no es que se dé solo en el cine ni que Campanella sea su único profeta. Repasen distintas pasiones. De hecho, la historia de las comadrejas es un remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico, de un director argentino nacido en el 25 y estrenada en el 76, que supuso el adiós de un grande de la talla de Mario Soffici y en cuyo reparto figura Ibáñez Menta, padre de Chicho, lo que confirma que por esas latitudes siempre es buen momento para la comedia negra, tanto si es el año del arsénico como el de las comadrejas.

   Así Campanella ha colocado entre los protagonistas a Marcos Mundstock, voz profunda de Les Luthiers, entre otras razones de peso por ser su mayor ídolo de allá y resulta que está para comérselo. Otra tesitura interiorizada respecto al peso es la consabida de que cuando llega la noche el PIB sube vertiginosamente y, en cuanto los argentinos se levantan y toman el control, sucumbe. La emoción, que les pierde.

La transmutación

Aunque no sabemos muy bien hacia dónde nos dirigimos, el caso es este. Que dentro del estado de confusión, Malú habría dado un ultimátum a Albert para anunciar su relación y sacarla de una vez a la luz. El sinvivir, que se propala.

   La cuestión la ha divulgado el espacio Socialité y, de ser así, se cargaría esa teoría según la cual Rivera perdió el oremus el día que Sánchez colocó su colchón en Moncloa cuando es probable que tenga más que ver con que, detrás aquel liberal tan pulido irrumpiendo en escena con el desnudo que hizo las delicias entre muchos otros del mundo gay, se esconde una personalidad compleja, reacia a desvelar sentimientos y a hacer patente las posiciones reales que de veras le van. El problema de esa transmutación hacia la reserva activa sin bajarse del burro no reside en que Monasterio y sus acólitos remarquen a cada instante que estás donde estás por lo que estás, figura, sino que Beatriz Tajuelo, ex del máximo dirigente de Ciudadanos con quien fue de la mano a los actos oficiales incluida la entrega de los Princesa de Asturias en octubre pasado, haya roto el silencio con tal de enfatizar el calvario que sufrió tras la ruptura, habiéndose visto abocada a reinventarse y asegurando que ahora, tras comprobar que sus miles de seguidores en Instagram le escriben para que los anime a superar trances peliagudos, está empeñada en convertirse en una influencer de tomo y lomo. ¡Madre mía del amor hermoso!

   El prucés de Rivera se ha nutrido de un sesgo diametralmente opuesto. Cuanta mayor ocultación, mejor. Según los más cercanos a la pareja, la foto de la cantante untándole crema fue la última concesión antes de que estallara la supuesta crisis, a la que ha podido llegarse porque los asesores de la formación desaconsejaron revelar la historia en campaña mientras son los agentes musicales los que ven el procedimiento que se sigue contraindicado para ella. No es extraño que en Ciudadanos estén tan volcados con la gestación subrogada. Necesitan subrogar la tira.

El exhibicionismo

Acaba de conocerse que, tras una charla telefónica con el mandamás del pesoe, la presidenta del Congreso ha fijado para  los próximos 22 y 23 el debate de investidura que, una vez establecido, no se sabe adónde nos conducirá ni si aclarará el panorama o lo enturbiará aún más. Un pequeño paso para la ley fundamental vigente y un gran paso para el anatema.

   A resultas de la celebración del desbarajuste, el nuncio se ha despedido de su proverbial ciclo en el país de María Santísima con una reescritura de la historia que no lleva a engaño: «Se ha resucitado a Franco con la ideología que quiere de nuevo dividir a España. Algunos lo llaman dictador, otros dicen que el mismo ha liberado de una guerra civil y que ha solucionado un problema». La vicepresidenta –en funciones, faltaría más– saltó como un resorte para anunciar una queja formal ante el Vaticano que, pese a estar comandado por un pastor argentino, no abrirá la boca. ¡Oh, milagro! El adiós de Fratini saldando cuentas con los de la hermandad del puño y la rosa ha removido los planes que le fueron presentados en otoño a la jerarquía de la curia con vistas a eliminar la exención de pago del IBI que disfruta la Iglesia y, así, Carmen Calvo ha insistido en las últimas horas en que la filial hispana de San Pedro de Roma «ha de pagar impuestos como lo hace en Francia e Italia porque es justicia social». No tienen garantizado el gobierno y quieren conseguir que el consorcio más longevo de la historia de la humanidad doble la testuz. Ya, ya.

   Mientras que la exhumación de los restos –mira que si al final no estuvieran– es una apuesta del parlamento a la que el gobierno ha ido poniendo fecha y retrasando por imperativo legal, los socios de la Fundación Francisco Franco se deducen un 75% de la aportación de los primeros 150 que donan y un 30% al superar esa cantidad, dado que la entidad continúa siendo considerada de «interés general» por lo que disfruta del régimen especial. Vox ha dicho que todo el exhibicionismo que acarrea, sobra. En el desfile gay, claro.