Torear la convulsión

El mundo está estupendo. Todos los continentes acogen demarcaciones que andan patas arriba. Una de las más inesperadas quizá haya sido la chilena, a quien buena parte de los analistas veía como el país más estabilizado de Sudamérica. Pero algo latía en su interior. De no ser así es muy difícil que cientos de miles de personas se lancen a la calle y muestren su rebelión. El desequilibrio social clamoroso no hay dios que lo institucionalice de por vida, aunque hubiese cumplido sus buenas treinta primavera. Ni siquiera llevarse por delante a una parte mollar del Gobierno ha serenado a las masas. La herida es más profunda y el cogollito dirigente ya se está planteando la reforma de la Constitución que, no se lo pierdan, es una joyita de los tiempos de Pinochet. O sea, que se avecina su exhumación.

   Lo ocurrido es tan sorprendente que el presidente Piñera había sacado sus mejores galas para albergar el Foro de Cooperación Económica Asia- Pacífico y la cumbre del Clima en las próximas semanas, una detrás de otra. Dentro de la primera, Trump tenía previsto firmar con su homólogo chino, Xi Jinping, una serie de acuerdos para empezar a poner fin a la guerra comercial que tiene a medio mapa tiritando y que no ha quedado otra que postergarla sin fecha. Para la segunda, la joven activista sueca Greta Thunberg, como debía cubrir los 9.000 kilómetros desde Montreal entre trenes, buses y barcos buscando dejar la menor huella de carbono posible, ya había salido y ahora resulta que ha quedado en tierra de nadie. En un principio se barajó trasladar el escenario a Londres pero, claro, la City también está flamenca.

   Y, en medio de este panorama lleno de incertidumbre, nuestros eurodiputados Juan Ignacio Zoido y Arias Cañete, comisario de Cambio Climático y Energía, convocan en una de las cafeterías de la Eurocámara la exposición «Toro bravo, guardián de la biodiversidad». No hay que indagar más. El flanco cañí es imbatible.

Acometidas en tromba

La presidenta de l´Assemblea Nacional Catalana advierte que «las movilizaciones buscan el desgaste del estado» y, sobre la encendida gresca, concluye que «son estos incidentes los que hacen que estemos en la prensa internacional y quienes logran hacer visible el conflicto». La inquietud por encallar en un Derry del XXI, está claro que excita a otros.

   Lo de Elisenda Paluzie abre las compuertas del magazín de tevetrés en una jornada en que las fuerzas del orden deberán procurar que los viajeros accedan a Sants tras ser acorralados y que estudiantes que quieren dar clase sean disuadidos antes de que los equipos rectorales decidan cerrar porque para qué si lo que se barrunta es el aprobado general por la causa.

   Las tres horas de magazín son monotemáticas, con un colofón previsto supuestamente para airear el ambiente. En esta ocasión, el nuevo disco de Marina Rosell. Falsa impresión. La primera acometida llega tras el bon dia: «No sé si en esta ocasión el Bella Ciao lo cantas contra alguno». «No, no, contra alguno, no. La canciones surgen porque las necesitas». «Y, ¿por qué convertir estas Cançons de la resistència en las Canciones de la resistencia?». «Pues, porque vengo de Paraguay donde, mientras cantas los clásicos catalanes, introduces algunas en castellano y relaja, escuchan con más tranquilidad las catalanas». Marina añade que lo ha hecho por placer porque aprendió con gusto castellano en el Penedés con clases en catalán. Frunce el ceño para decir que hay que defender los derechos de todos. «Es un desastre lo que pasa; hay que volver a la racionalidad, no a la emocionalidad», recalca. «Paco Ibáñez –que colabora con ella– me ha enseñado los poetas del Siglo de Oro y los del 27, al igual que Raimon ha hecho con Espriu y otros». Ella, que ha cantado por los pueblos de España, detecta hoy algo más que distancia. Y se agarra a lo que puede: «¿Qué es un puente sino una estructura que permite pasar de un lado a otro? Pues, eso se ha dinamitado». Efectivamente, Marina; ni los de Calatrava.

La capa de hormigón

Sentada, María se atusa el pelo que le cae por la espalda y, tras comprobar al tacto que está preparado, se lo recoje y enarbola sobre la cabeza un moño del color de la nieve recién caída. Una vez acicalada para salir a la calle, se apoya en el andador camino un día más del punto kilométrico del trazado manchego para depositar  flores donde asegura que yacen los restos de su madre junto a los de otras víctimas. Tenía seis años y hubo de sufrir la amargura de verla formar parte del grupo de detenidas con la cabeza rasurada al cero entre el escarnio del vecindario y la mofa de la inconsciente pero cruel chavalería. Dentro de su vocabulario elemental, ha llevado el testimonio al Supremo y no piensa dejar de recurrir a él «hasta que las ranas críen pelo». Centenares de familias en su situación se pusieron manos a la obra autofinanciéndose para sacar de las entrañas del desatino las raíces del árbol de carne y hueso al que pertenecen, una vez que supuestamente había pasado el tiempo de silencio. Pero resulta que, para esta arboleda perdida, no era así. Que la ley de amnistía que santificaba el nuevo ordenamiento venía a echar una recia capa de hormigón legal sobre el anhelo de tantas almas desvalijadas donde el olvido no es un refugio íntimo sino una imposición. María Martín murió sin obtener respuesta y su hija se encargó de la ranas para hacer llegar su sonido a las autoridades pertinentes. Ascensión Mendieta tuvo que viajar con sus 90 años a cuestas hasta Argentina donde una jueza sí que había visto indicios en la querella emprendida por una pila de afectados a los que, política y judicialmente, en su país le dieron con las puerta en las narices. Décadas después del cambio de régimen, fuera, que es donde se supone que la distancia sosiega la perspectiva, siguen manteniendo sus prevenciones. Y sí, tuvo que ser la justicia argentina quien dictaminase la exhumación del padre asesinado en noviembre del 39. Ascensión murió dos años después con la satisfacción de haber ofrecido un entierro digno al señor Timoteo. ¿Eso es venganza?

La mirada al chasis

Después de nadar a conciencia en el gym llego a casa y me encuentro a Franco por todos lados. En uno, el embalsamador dice que estará bien conservado, que pesará la mitad que 44 años atrás y que solo mantendrá una fina piel sobre el esqueleto pero que su fisonomía se distinguirá perfectamente. Es el momento, sin duda, de animarme con el spinning.

   Entre las primeras coronas que han llegado al cementerio de El Pardo es inevitable que resuene por los cuatro costados una en la que figura «Barcelona, con el caudillo». La familia, que tanto se queja, que tanto ha peleado contra la decisión, que tanta herencia ha amontonado gracias al caudal derramado por el abuelo, no ha puesto inconveniente alguno en que el Gobierno –o sea el Estado, o sea nosotros–  apoquine 40.000 euros en dejar como Dios manda el panteón de Mingorrubio que estaba hecho unos zorros. Comparar la situación con la de miles de víctimas que permanecen sin reconocimiento de serlo, esparcidas por ahí, produce alteración del riego sanguíneo, y sin embargo…

   Tan solo hace falta echar una mirada al retrovisor y al chasis de este país para distinguir quiénes componen la verdadera casta. Familias, negociantes, camarlengos que siempre han estado al lado de los vencedores y que han alimentado las adhesiones al régimen, al de ellos, con oblaciones impúdicas. De ahí que a los pocos meses de dejar «todo atado y bien atado», se le diera tan ricamente la vuelta a la tortilla merced a que millones de compatriotas lo refrendaron mientras unos pocos nostálgicos restregaban su fastidio.

   Dice el hispanista Ian Gibson que, a los que se les llena la boca con «¡España!» hay que recordarles que la raiz del término significa «tierra de conejos». Algunos de ellos han corrido a amenazar a los marmolistas desplazados al Valle que son los Hermanos Verdugo. Con Berlanga no hay quien pueda. Pero la realidad es que lo primero que filmó en toda su historia televisión española en color fue el funeral de noviembre del 75. Por algo sucedería.

A golpe de descargas

Se ha conocido que, para recuperar frondosidad, recurrió a extensiones porque la racial melena de Isabel Pantoja es falsa. Y después de esto, ¿qué nos queda?

   Fatiguita da pensarlo. El entrañable Fernando Jaúregui, que lleva la tira de temporadas dándole vueltas, se sumergió en el encargo de recopilar los 80 años de historia de juristas que contribuyeron a la democracia y, a pesar de concluir que se trata del colectivo que más influyó a la hora de transformar este peculiar país al presentar el volumen antes de las generales de abril, ya entonces calibró desconcertante el futuro de la abogacía. Ahora le reclama que pilote otra transición y lo que ve urgente no es más mano dura ni el 155 ni la ley esa de seguridad nacional sino un gran pacto de las fuerzas constitucionalistas. Aún siendo periodista es bienintencionado, pero sabe que esas extensiones no están ni al alcance de Llongueras.

   Tampoco hace falta recalcar que aquí cada uno va con su copla y que, por si fuera poco, hay cantidad de bandas en un momento en el que rentabilizar cualquier descarga cuesta un mundo. La prueba estriba en que un histórico como El Drogas, ex bajista y cantante de Barricada, promocionó la salida de su quíntuple disco con estridencias entre las que sobresalió que «Errejón es de extrema derecha». Alcanzar repercusión cada vez está más caro. La sentencia, una excepción. Ha dado duro y, además de revueltas, ha llevado a que, en cuanto a la condena de la violencia, Jordi Sánchez señale que «Torra ha actuado tarde»; Forcadell distinga desde el encierro que «no tuvimos empatía con los no independentistas» y Oriol Junqueras avise que «pueden meterse el indulto por donde les quepa» después de que a su Rufián lo llamasen traidor en la mani. Hasta los movimientos independentistas precisan de alguien que los dirija. De ahí que Mas haya aprovechado que Esquerra se les escapa para proponer como futuro candidato de los suyos a Guardiola. Pep mea colonia, pero el juego que exhibe en este terreno no deja lugar a dudas: apreteu.

El cuadro de actores

Los sondeos coinciden en que la posibilidad de formar gobierno se barrunta más lejana si cabe que la existente tras lo ocurrido en primavera. ¡Oé, oé, oé!

   El que tuvo por entonces a tiro completar la mayoría absoluta fue Ciudadanos. Ahí Sánchez no habría tenido remilgos en compartir gabinete pensando en mantener pedigrí moderado y Rivera se podría haber hecho con una vicepresidencia sin problema alguno nutriendo de paso a sus filas, lo que siempre es bien recibido. Las últimas batidas demoscópicas sitúan a esta formación con la mitad de escaños que las huestes de Abascal, por lo que el disimulo ya no sería necesario a la hora de presentarse alejados de Vox.

   El sorprendente rearme de esta plebe ha sido vaticinado antes de ponerse el Eixample patas arriba y las perspectivas de subir como la espuma revoloteando sobre el incendio es fácil imaginar que los tenga excitados. Con Torra en el vértice de la colisión, el chollo para los extremismos está servido. Según ha trascendido, el presidente de la Generalitat –aunque cueste llamarlo así– ha confesado que él solo habla con Puigdemont y con Dios. Igual para el hombre esto ha supuesto todo un prucés puesto que de entrada pensaba que se trataba de un mismo ser. En Waterloo debe hablarse hacia dentro y, de ahí, que Carles El belga esté a punto de sacar un libro. Era de temer. Ya lo tiene dicho la académica Carme Riera: «por aquí hay más escritores que lectores».

   Como era de prever a Sánchez se le ha juntado el hambre con las ganas de comer, aunque los que lo asesoran anden convencidos de que la inestabilidad son votos a la butxaca, ahora que parece rebrotar e anhelo por acudir a las urnas. Ellos sabrán pero, a día de hoy, el pesoe aparece estancado a diferencia de Casado al que se le ha aparecido la virgen –y Rivera, claro– porque la barba no puede estar haciéndolo todo. Lo que está pasando y lo que puede venirse encima es fuerte por la sencilla razón de que Franco ha pasado a la clandestinidad. Quién nos lo iba a decir.

Un buen antídoto

Por circunstancias la vi el 12 de octubre coincidiendo con la fecha en que MillánAstray se doctoró en el paraninfo de la universidad de Salamanca y así, uno de los episodios épicos del descosido nacional, me traspasó como si fuera propio por la sencilla razón de que lo es. En el mismísimo julio del 36 mataron en Lora del Río, muy cerquita de Carmona, al guardia civil Federico Morales y los zapatos bien esculpidos del abuelo dejaron de lucir para los restos pese al esmero diario.

   La secuencia en la que Amenábar se vuelca para que el relato cinematográfico hierva con el general de la Legión, el rector y la devota mujer del generalísimo en ciernes como filtros preeminentes de lo que estaba por venir, retrata el quimérico ensamblaje entre las españas, del mismo modo que sucede estas tardes en la barra del bar o en los encuentros entre amigos y allegados alrededor de la reciente sentencia sobre ese aneurisma interior que también estuvo presente en el acto académico de celebración del Día de la Raza en medio de la contienda sangrienta que seguía in crescendo entre paisanos. Si, con idéntica personalidad, Chaves Nogales dedicara su esfuerzo a diseccionar en 2019 el desgarro que, lejos de mermar, se enquista y, en su búsqueda permanente de una tercera vía, acabaría como acabó entonces, incomprendido, refugiándose bien lejos de los mártires y de las bestias que segaron el caudal de unas crónicas que, en lo sustancial, no han logrado dejar de ser actuales.

   Los que están precipitándose sobre las salas para deglutir «el paso alegre de la paz» son legión y puede estar convirtiéndose en uno de los mejores antídotos contra esa abstención que nuestros próceres se han ganado a pulso para el día de marras. Sin posicionarse a favor de nadie –y por eso ningún candidato ha dicho ni pío sobre la peli–, sino votando contra la ignominia, que es de los pocos activos que nos quedan, y yendo a refrendar con ardor inesperado cada uno a los suyos en el caso, claro, de recordar quiénes son.

El viaje interminable

A estas alturas de octubre, las «guardias de la tromboflebitis» marcaban la jornada porque en el 75, millennials, en cuanto se producía un acontemiento la gente se tiraba a los quioscos y el que depositaba la portada primero tenía las de ganar. Fueron semanas de insomnio con el teletipo farruco, las mesas repletas de barajas y, los cajones, de güisqui. Se vivía en un sinvivir pensando en formar parte del turno que daría la noticia. Víctima de la excitación caí con fiebre y, dado que esa madrugada no pisé la redacción, de buena mañana me despertó mi madre con voz firme: «Ha muerto Franco». Cuando se cortó la respiración, todo estaba por escribir.

   El tiempo que siguió fue de inquietud, agitación, planes soterrados y dolor, mucho dolor por tanta sangre derramada. Cantautores de los pueblos ibéricos se cogieron de la mano para entonar canciones de esperanza por las que salía el sol. A pesar de los sobresaltos y de un clima que los del «goma dos» y los nostálgicos recalcitrantes quisieron hacer saltar por los aires, la inmensa mayoría dio muestras de que no estaba dispuesta a plegarse a esa inflación de temor y dejó sentado el ansia por formar parte de un paisaje propio, compartido, multicolor.

   En perfilarlo y completarlo nos hemos aplicado hasta que la sacudida de 2008 se llevó buena parte de derechos conquistados, con una porción nada desdeñable de patronos dando palmas con las orejas por quitar grasa de en medio, que no se ha repuesto. La verdadera involución trajo consigo la agitación de otras causas para tapar aquella y así hemos llegado al Supremo que sentenciará dónde ha quedado el Viatge a Ítaca iniciado en comandita. A esto se suma la exhumación y, al abad de Monserrat, el prior. Dado que mi madre sigue escuchando homilías, no descarto que dé la primicia porque por lo demás subyace, en medio del cristo, cierta de sensación de orfandad. No hay más que ver a Unamuno redivivo entre la oscuridad. De ser sus restos exhumados, quién duda de que el pensador volvería a dar tumbos.

Sentir la llamada

El 9 d´Octubre del año pasado una colla de nuestro entorno confraternizó en un coreano ubicado en el piso 39 del 1250 Broadway, a escasos doscientos metros del Empire, con Ana Berenguer, por entonces vicepresidenta de la Oficina de Desarrollo Económico del Ayuntamiento de Nueva York. Casi .

   Ella, que se zambulló en Columbia, abrazó el voluntariado y, a través de su firma en The Economist, alcanzó el sueño de ser requerida por una administración local como la liderada por el demócrata De Blasio a fin de «apoyar la evaluación de  proyectos a base de intervenciones sectoriales que resuelven problemas concretos de los barrios con el gran objetivo de crear empleo de buena calidad», traduciéndose en eso el cometido, según sus propias palabras. Y tras exponerlo con gran pasión, confesó que lo que quería era volver. La llamada de la patria chica, que es una jodienda y, dependiendo de cuál sea la susodicha, en ciertos casos, mucho más.

   Buena parte de esa experiencia adquirida la trasladó en febrero a la fundación Felipe González ante la mirada de éste y, a renglón seguido, Ximo Puig la reclutó para ser directora general de Análisis de Políticas Públicas. En Manhattan dispuso  de un ejército a su cargo –«allí todo sucede antes, vengo del futuro», declaró al aterrizar en el Palau–, mientras que en el laboratorio actual dispone de lo que dispone. Su padre, que atravesó con el garfio todas las administraciones, estuvo con Suárez, Ordóñez, Felipe y Lerma, los sobrevivió y es numerario de la tetralogía de Wagner, por lo que es posible que el president confíe además en el adeene de la reclutada.

   Falta va a hacerle. Dependiendo de las condiciones así son los análisis y, la nostra comunidad, no anda entre las 5 españolas con un pib por habitante superior al de la media europea y lleva solo 20 años sumida en la infrafinanciación. No obstante, el sondeo para esta casa revela que los aborígenes ven su situación un 30% menos mala que la nacional. Ánimo pues Ana que, otra cosa no, pero la plebe, aguante, tiene.

Sacándole el máximo jugo

Con veintitantos, Fran Zuasti era transportista y le pirraba conducir cuando tuvo un accidente laboral. Cayó de cabeza desde nueve metros y una mesa lo salvó, aunque sumido en la tetraplejia. Una vez consciente empezó a preguntarse y ahora qué. A la vuelta del centro puntero en el que inició la rehabilitación, su novia lo dejó. A la chavala le pudo aquello y fue esa atmósfera de alrededor la que le dio energía para comprender que tenía que tomar la iniciativa. Y al captar que los amigos iban a la playa sin decírselo, pasó a proponerlo con unas ganas que contagiaron al círculo más cercano. Enseguida viajó, practicó todos los deportes que puedan imaginar y puso en marcha tododisca.com para facilitar las teclas que él no tuvo dónde tocar. La web, que es una gozada, cuenta con seiscientos mil seguidores y un buen puñado de millones de visitas.

   Fran ha sido uno de los participantes en las jornadas formativas «Comunicación y nuevas tecnologías como agentes de cambio en el ámbito de la discapacidad». Salió a las 4 de la madrugada de casa, expuso su visión y regresó a bordo de la silla de ruedas antes de ponerse al volante para darle un beso al crío tras dejar terminales de aeropuerto atrás porque, ¡ay encontrar establecimientos adaptados! En eso coincidieron expertos en inteligencia artificial, emprendedores de apepés e influencers …, en que «la discapacidad no está en la persona, sino en el entorno» y en la importancia de las redes para acabar con muchas limitaciones y con la invisibiliad.

   Se retó al público preguntando quién es normal. Y nada, todos tenemos un tocao. La cita la promueve una organización dinámica, Cocemfe, cuyo nombre es tan atinado que, a la hora de pronunciarlo, un andaluz por ejemplo se percata a la primera de que las barreras no son solo físicas. Para derribarlas, el monologuista invitado llegó desde la Vega Baja en estos momentos, presentándose así: «Soy gitano y soy discapacitado, la fantasía de cualquier trabajador social». Cuesta lo suyo encontrar a gente más rebosante de salud.