Del dogma a los jardines

Nueva zapatiesta por una obrita en torno al hijo de Dios y van… A finales de los setenta, el presi de Emi Films leyó el guión de La vida de Brian, se quedó patidifuso el buen hombre, calificó la icónica broma de «obscena & sacrílega», dijo que ni hablar del peluquín y fue George Harrison quien, por amistad con los Monty Python y porque le apetecía ver una película como esa, hipotecó su casa más un estudio de grabación y, para gozo de medio mundo, dio paso a la segunda parte del delicioso Here comes the sun/Aquí viene el sol.

   Cuarenta años después, unos cachondos del país regentado por Bolsonaro han puesto en circulación La primera tentación de Cristo que no le llega ni a la suela de los zapatos a las andanzas del Frente Popular de Judea pero que ha hecho diana para sus propósitos al haberse acercado a la Navidad un comando de la Gran Familia Integrista lanzándole cócteles Molotov a la sede de la productora, lo que no hace más que incitar a tragarse la historieta. Los dardos blasfemos los centran en que se presenta a un Jesús homosexual y, sin embargo, apenas si señalan que su padre, no San José sino el verdadero, sale como un baboso tras la voluptuosidad de María. Hasta ahí podríamos llegar.

   Descendiendo en el escalafón, dirección Roma, un brasileño con morfología distinta, Fernando Meirelles, timonel de Ciudad de Dios y El jardinero fiel entre otras criaturas, ha dispuesto en Los dos papas una clave sin Balbín en la que los pontífices sacan a relucir miradas divergentes del dogma, fe, vida y aficiones encarnados por Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, que también son grandes actores aunque a distancia. Uno y otro, frente el espejo. El argentino junto a la comida de coco por el papel que jugó cerca de Videla y el alemán al confesar que tuvo delante el informe sobre los abusos a menores por parte del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, y si te vi no me acuerdo. Ficción aparte, hay que ver lo que aguanta esta iglesia, madre de Dios. Y los bautizados que se mantienen fieles, no digamos.

Parece que no pasa el tiempo

El 1 de enero inauguramos 2019 un grupo de ocho/diez entre los que todo transcurrió como la seda alcanzando de ese modo la una de la madrugada, una hora fantástica para batirse en retirada, sin que nadie hubiese tenido la ocurrencia… y, en ese momento en el que habíamos hecho el cuarto y definitivo brindis, alguien sacó a relucir aquello que mágicamente se había sorteado al son de «¿Y qué hacemos con Cataluña?». Nada, volvimos a desabrocharnos y empezó a relatarse la de familias rotas que había traído el estallido a lo que otros contraponían conocer a bastante plebe que su día a día transcurría por allí en la más ferviente normalidad. Huelga decir que nos dieron las dos y las…

   Resulta inevitable con este trasfondo que, cuando volvamos a reunirnos en breve y tengamos la impresión de que no ha pasado el tiempo, nos miremos con aprecio y precaución al saludarnos y en el ambiente quede suspendido algo inevitable: en este mismo capítulo dentro de un año, de dos o de tres, ¿seguiremos teniendo la sensación de que más o menos estamos igual? Lo estimulante de la quedada, lo que propició que la velada se alargase más de la cuenta se produjo porque, salvo raras excepciones, las posiciones no coincidían ni por el forro y completaban en buena parte el arco posible. En gran medida festejamos hasta la saciedad el entierro del pensamiento único pero, dado el arraigo que mantiene el esquema anterior en el organismo de unas cuantas generaciones, el pluralismo galopante llena el estómago de inquietud. Y lo único que le hace falta estos días es más tralla.

   Menos mal que la gestión del cotarro hasta el día de hoy y la colaboración de quienes no cuentan con respaldo para hacerse cargo del asunto a su modo se halla a la espera del 6 de enero para propiciar un primer paso que ayude a encararlo de una vez. O sea, que ya no es que la cosa tomatosa se cuele en cualquier reunión casera que se precie creando sus recelos, sino que ha cogido por banda a los propios Reyes Magos. A esto no escapa nadie, majestades.

Bajo el aroma del agobio

Salgo del encuentro con una colla amigos capaz de cincelar una velada entrañable, uno de esos momentos Nescafé a pesar de que ninguno suele tomarlo pero es que el poder de la publicidad continúa transcribiéndola así en nuestro caprichoso cerebrito. Arranco el motor de vuelta a casa y, al asomar el morro, advierto el berenjenal que hay por la derecha, de modo que cojo a la izquierda donde topo con que, nada más dar a la avenida, los conductores están retenidos. Se avista enfollonada la derecha, mientras que tirando a la izquierda no hay forma de avanzar. Qué bien. A los diez minutos sigo clavado en el cacho de asfalto al que me incorporé. Resulta extraño porque ni son horas ni hay colegios en estas fechas. Instantes después un factor despeja dudas y me saca abruptamente de la inopia. A lo lejos, los destellos de unas luces que no son las de ningún árbol de Navidad sino las de un control aclaran el enigma. De pronto, se evapora el aroma del Nescafé y coge el testigo el pedazo de vermú nada imaginario que he tomado durante la espera del rezagado, más una cañita y el tinto correspondiente acompañando los platos. En un segundo pasa ante mí todo eso y más ya que además mi voiture anda en plena revisión y voy a la grupa de uno con el que no estoy familiarizado, acreedor  a una pinta así, a bote pronto, de tenerlo crudo para pasar la iteuve y del que desconozco si lleva los papeles de rigor en la guantera. Un sudor frío me recorre el espinazo. Miro la mediana y concluyo que, saltarla, no es solución. Renuncio, pues. Bajo la ventanilla para que me dé el aire y pruebo a todo meter distintas caras que poner una vez alcance el trance supremo a fin de intentar evitar la crucifixión. Pienso en Robert de Niro, pero no sé si es peor. El momento de la verdad se acerca… y, cuando me veo a diez metros, ¡dios mío!, los agentes levantan el campo y, aunque estoy completamente a favor del requerimiento en cuestión, no oculto que anduve a punto de la lagrimita. También influyó en esto asumir que no iba a tocarme dos veces seguidas la lotería.

Será por polvorones

El que no debe pegar ojo ahora es Pablo. Lo que es la vida. La de vueltas que estará dándole a no haber agarrado las carteras durante el estío, aunque también es verdad que, tras borrarse, para él no había. Y es lo mismo pero no es igual. A lo que no afecta el impasse es a su cuenta de Twitter, tan activa que a lo que se ve es una necesidad vital de que le sigan la que tiene el hombre. Tanta, que en las últimas horas sorprendió al respetable con un aserto que nadie sabe bien a qué vino y desde el que sentenció: «Lo malo de ser tan guapo es que algunos se olvidan de lo buen actor que eres. Felicidades, Brad Pitt». ¡Fu! Dependiendo a quien sea el próximo en felicitar podrá comprobarse si el desquicie va en aumento o lo controla.

   El que se ha puesto por las nubes, de entre los congelados, es el de la negociación monclovita. Es difícil saber qué otras historias pueden pasarle. Tiene más interferencias que nieve registraron los primeros telefunken que aparecieron por las casas. A los que dentro del grupo de estrategas más molones que Brad Pitt se les ocurrió poner toda la carne en el asador a favor de la repetición electoral no les cabrá los polvorones por el gaznate de tantos como vienen tragándose. Ya sentarse con Esquerra una, dos, tres veces donde haga falta –Barna, incluída– un coste tiene, pero que en el itinerario su prócer encarcelado por el Supremo reciba el amparo de la justicia europea, mientras el president de la Generalitat es inhabilitado por otro tribunal doméstico y el Parlamento abra sus puertas en Bruselas al huido Puigdemont  riza el rizo del mejor guión de enredo imaginable. No es extraño que a Iglesias se le vaya la cabeza viendo que, efectivamente, esto es jólivu.

   Y mientras, los otros, esos frentistas vocacionales echando una mano… al cuello hasta el punto de que la derechita ha dejado de achantarse y, subida en la montura común, ha entrado a saco. La montaraz del todo ha empezado por deslegitimar a la UE y, en plan secuela & Boris, a propagar un Spexit. ¡Sí, por favor! Es lo que nos falta.

De todo en la viña del Señor

Arsenio Iglesias podía haber hecho el saque de honor en el duelo entre dos de sus equipos pero, a los 89 tacos que le caerán en Nochebuena, su espíritu sobrevoló Riazor. Antes de enfundarse la zamarra del Dépor se atavió con la del Bergantiños y después, en el barrio de Nervión, fue a parar al equipo de mi vida y de los míos donde se vistió de luces con Marcelo Campanal cubriéndole las espaldas y con Juanito Arza y Antoniet poniéndole goles y arabescos de arte y salero en una campaña en la que se dejó fuera de la Copa de Europa al Benfica, último antecedente ilustre en el siglo I antes de Monchi.

   Para mí la eliminatoria copera acaparó mayor interés que el clásico de aquí a Pekín. Es lo incompresible que tiene el furbo cuando se vive con pasión. Pero más extraño aún es encontrarse dentro de él a alguien cabal y lo digo tras haber visto el documental Diego Maradona con el que, pese a saberte la historia de carrerilla, se te caen los palos del sombrajo con esa maravilla sobre el césped que se perdió para los restos entre el vericueto napolitano. En cambio, el pequeño de nueve hermanos de una familia de labradores que con el tiempo se convertiría en el Bruxo de Arteixo ha sido uno de los raros especímenes que ha ido siempre de frente con la cabeza en su sitio. La prueba es que cuando los blanquiazules perdieron en Les Corts el día de de su debut en Primera pero él le metió un gol a Ramallets, cogió el balón con las manos y le dijo: «Perdón, señor». Es lo que trae ser de buena cuna.

   Ya desde el banquillo convirtió al Hércules de los setenta en una escuadra bien armada y difícil de hincarle el diente al estilo del Getafe de Bordalás mismamente. Y dos décadas después nos hizo un poquito del Súper Dépor al que daba gusto ver propasarse con rivales de enjundia a base de descaro con aquel radiante armazón. Esa elástica ocupa hoy el último lugar en Segunda a nueve puntos de la salvación y, sobre la trayectoria de Ortiz al frente del otro club, qué quieren que les diga. Pues, que por descaro tampoco va a quedar.

Con el dolor de Sacristán

Estuve tentado de dar un salto al Bellas Artes porque, pese a estar programado aquí en casa, me devoraba la impaciencia por fundirme al texto con el que el habitualmente contenido Delibes se arrancó la piel a tiras para descerrajar la prematura ausencia de Ángeles, teatralizado por ese señor que lleva toda la puta vida vistiéndose por los pies y que responde al sobrenombre familiar de Pepe Sacristán. Era el regalo de Reyes que me había hecho un buen amigo mío, que remando hoy en día en las procelosas aguas que llevaron al escritor castellano a bosar lo que bosó, había dejado libre su asiento para sobrevolar absorto por alta mar.

   Fue la travesía de los asistentes ansiosos de llenar la mochila de emociones la que viró de forma tan abrupta que, nada más alcanzar el último espigón, el actor se dirigió al público: «Les ruego que disculpen el ritmo al que ha tenido que desarrollarse la función, con silencios y pausas, pero es que las constantes toses lo demandaban». Sin exagerar un ápice, el tormentón de carrapeos, expectoraciones, flemas al pil pil cuajó en drama. Y más cuando arranqué el año en una sala cálida y más pequeña con la reencarnación de Azaña de la mano de José Luis Gómez, en medio de un aforo que siguió sin apenas respirar el dolor que para el que fuera presidente de la República representaba España. Hay públicos que saben qué van a ver y que si no se encuentran en condiciones se abstienen o que, de pillarle un ataque de tos a traición, pone tierra de por medio antes de perturbar un monólogo de la intensidad de los que estamos hablando. Pero ningún foro germina de un modo u otro porque sí. Dependiendo de cómo se rieguen en las estaciones adecuadas producirán el fruto o, a fuerza de administrar una mezcolanza de ingredientes, acabará por no resultar fácil apreciar a qué sabe.

   Sacristán, que nunca se ha callado nada y menos a estas alturas, se despidió deseando que la próxima vez la gente que asista ande recuperada, pero enfrente tenía al edil de Cultura. Así que la cosa está cruda.

Estamos perdidos

Meses atrás me zampé The loudest voice, la serie que retrata a Roger Ailes. El menda fue clave en aupar y ayudar a mantenerse en la Casa Blanca a cuatro galanes, desde Nixon al actual pasando por Reagan y George W. Bush, con su ojo clínico para en, a lo que comunicación respecta, hacer de su capa un sayo. El neoyorkino Boris Johnson, sí como lo oyen, del exquisito Upper East Side, con nacionalidad doble por mor de los papis, acabó periodismo en Oxford y, tras ser despedido de The Times por inventarse historias, The Daily Telegraph lo mandó a Bruselas tembloroso de placer donde trazó su plan con un arsenal de metralla a Delors que hizo las delicias de Thatcher. Advierte el crítico televisivo, bloguero y polifacético en resumen Bob Pop, ante la mirada de Buenafuente, que cada vez le da más miedo la ficción buena. Estos días se ha sabido que a Gretchen Carlson y a las compas, despedidas de Fox News poco antes de denunciar el depredador sexual que Ailes llevaba dentro, les cuesta aún ser contratadas y, sin embargo, Boris Johnson ya ven dónde ha ido a parar mientras que en Benidorm no dan abasto con la de británicos deseosos de empadronarse.

   Admite el crítico en cuestión que la visión de The Crown lo ha reconvertido en monárquico, aunque creo que una mayoría se inclinaría porque se han vuelto isabelinos. La propia actriz que la representa, Olivia Colman, prota de La favorita, al que un asesor de Thatcher despreció como reina por tener «cara de izquierdas» según él, ha terminado opinando que «Isabel II es una feminista suprema, que no esperaba a que alguien se encargase de ciertos asuntos, sino que tomaba la iniciativa» y el último duque de Edimburgo, Tobías Menzies, republicano confeso, ha dicho que «la soberana es extraordinaria». En la próxima temporada, Thatcher será encarnada por la de Expediente X lógicamente quien, antes de iniciar el rodaje, ha avanzado que se enamorará del icono. De modo que el que en su día haga de Boris ya sabe el pobre que no tiene escapatoria.

Alepun y ale ale pun

Fue Arrimadas, una de las mayores damnificadas con la repetición del proceso, quien anticipó el reciente camino emprendido anunciando la buena nueva: «¡Que viene el niño!».

   Inés, y no solo ella, espera alcanzar la redención y ha iniciado la singladura siguiendo a la estrella que ni Dios sabe adónde se dirige, con el monarca ronda que te ronda a las caravanas en procesión. A pesar de los deseos expresados en la carta depositada por Pedro en manos de sumaje, no tiene pinta de que la pretendida magia vaya a traerle su ansiada petición ni por Navidad ni antes del 6 de enero. Varios de la peña ministerial se comerán el turrón por los pelos aunque, con la coalición dibujada en el horizonte, más de dos no llegará al resopón. La propia titular de Trabajo es una de las que se apunta que perderá el puesto, lo que retrata bien a las claras la precariedad del suelo laboral en el que nos movemos. También se barrunta que Pedro Duque gravitará lejos del espacio por el que lo ha hecho en los últimos meses. Todo ello en el caso de que la fórmula proclamada al modo exprés cuaje un año de estos, a pesar de que Pablo no puede hacer más el hombre. A estas alturas de la historia desafiante de los indignados, se ha trastocado en un corderito.

   En el otro extremo se ha situado Cayetana, convertida en verdadera bomba de relojería capaz de dejar en blandengues a los ultras de catálogo para oprobio de la desconsolada guarnición y de sus mandos. Quien en cambio afronta estos días repleto de esperanza es Oriol Junqueras que, con su contratada fe a cuestas, confía en que la intercesión europea le confiera la inmunidad extraviada, lo que pondría el patio de vecindad carpetovetónico más enfebrecido de lo que está, que ya es decir.

   Y para inri final resuena, como fondo silencioso a algunas de las letras manejadas estas fechas, el «cuanto peor, mejor» a la hora de certificar si la criatura nace de una puñetera vez, mientras unos cuantos pastorcitos declinan ver a su rey. Nadie puede negar que da gusto acercarse así al portal.

No perder la razón de ser

Partiendo de que el estrés crónico mata y anda relacionado con el 80 por ciento de enfermedades, un experto en medicina laboral e inspector de la Seguridad Social, Víctor Vidal, se ha descolgado con que, para combatir una amenaza de tal calibre, «hay que hacer ejercicio, aprender a respirar, meditar y mimarse a diario». Vaya que sea. La convulsión llega al añadir que «leer el periódico en papel reduce el estrés porque pone en danza tres sentidos: el visual, el tacto y el olfato que huele la tinta». Y ahora, ¿qué hacemos?

   Hasta anteayer, los editores habrían cogido a Víctor rifándoselo por llevarlo a instituciones, empresas, centros educativos, sanitarios… con tal de acercar la palabra del especialista y que los receptores no solo no se despegaran de la galaxia Gutenberg sino que a ser posible la esnifaran. Antes de perderme en otras diatribas, interesarme acerca de por dónde paraban los antecesores de este fulano diez, veinte años atrás para haber propalado la especie porque… tras un cuarto de siglo han cerrado el quiosco al que acudía y con cuyo traspaso no se ha quedado nadie pese al reclamo insistente. La receta lectora contra el estrés se ha puesto, pues, como esos medicamentos de postín que no cubre la cartilla. Es decir, muy cara de conseguir.

   Los agentes implicados en la cuestión de fondo se afanan por señalar que nunca se ha acercado tanta plebe a los diarios, mientras los responsables se esfuerzan en hacer compatible la vía tradicional y la ventana digital a fin de que el enmarañado negocio cuadre. Cuando en la primera cabecera que habité la impresión pasó de tipografía a offset y dejó de oler a tinta me traumaticé, de modo que eso que llevo adelantado. Ahora, que como lector compatibilizo tan pancho cualquier acceso aunque ya me haya buscado un punto de venta porque me pirra desayunar con el aceite y la tinta, lo que a los profesionales les agobia no es el medio por el que llegar al destinatario con el compuesto primordial. Ni hablar del peluquín. Lo que ansían es que el fármaco, con y sin tinta, mantenga sus propiedades.

Miradas penetrantes

Uno de los propósitos más nítidos que recuerdo de infancia y adolescencia es la promesa de no caer en el pluriempleo que me impedía ver a mi padre durante de la semana laboral, lo que mezclado con el deseo en plan protesta de no tener hijos trajo como consecuencia el resultado  previsible: curro sin horario, fines de semana incluídos, y contribución al nacimiento de una familia numerosa.

   La disección de la realidad actual saca a la luz que son precisamente los jóvenes quienes más ansían echar mano de dos trabajos para salir igualmente adelante. Mi padre entró a currar a los catorce de botones a la entidad bancaria en la que se jubiló con un broche dorado de reconocimiento que conservo en la solapa de una americana heredada en la que aún siento su pedazo de figura, a y menos de que un infarto cerebral se lo llevase al otro barrio. Lo sostiene Higinio Marín, impartidor de filosofía que gusta de agitar las mentes de toda clase y condición: «Los jóvenes no lo tienen mucho más difícil que sus padres o abuelos… Aunque no estoy muy seguro que la de hoy sea la generación mejor formada, sí la más titulada, se han abierto posibilidades que eran ciencia ficción para chavales de épocas anteriores… Lo que echo de menos es pasión por comprender, por emprender un camino hacia sí mismo, por buscarse. Esa pasión interior es la que echo en falta». Un profe que azuza el transcurrir estudiantil acomodaticio y la actitud «compasiva y complaciente» de los adultos para con «los pobres sufrimientos de esta juventud desgraciada que es la que vive en las mejores condiciones materiales de la humanidad desde que hay un sapiens». Toma del frasco, Carrasco.

   Ojo, que no niega los condicionantes externos, pero cuestiona la respuesta. El cineasta Benito Zambrano, con sensibilidad para dar y tomar, señala que, aunque se ha progesado, «hay una violencia sutil proveniente de la precariedad laboral». Y, sí. Mi prole no tiene hijos ni piensa en ello, pero estoy de sus perritos hasta aquí.