Estuve tentado de dar un salto al Bellas Artes porque, pese a estar programado aquí en casa, me devoraba la impaciencia por fundirme al texto con el que el habitualmente contenido Delibes se arrancó la piel a tiras para descerrajar la prematura ausencia de Ángeles, teatralizado por ese señor que lleva toda la puta vida vistiéndose por los pies y que responde al sobrenombre familiar de Pepe Sacristán. Era el regalo de Reyes que me había hecho un buen amigo mío, que remando hoy en día en las procelosas aguas que llevaron al escritor castellano a bosar lo que bosó, había dejado libre su asiento para sobrevolar absorto por alta mar.
Fue la travesía de los asistentes ansiosos de llenar la mochila de emociones la que viró de forma tan abrupta que, nada más alcanzar el último espigón, el actor se dirigió al público: «Les ruego que disculpen el ritmo al que ha tenido que desarrollarse la función, con silencios y pausas, pero es que las constantes toses lo demandaban». Sin exagerar un ápice, el tormentón de carrapeos, expectoraciones, flemas al pil pil cuajó en drama. Y más cuando arranqué el año en una sala cálida y más pequeña con la reencarnación de Azaña de la mano de José Luis Gómez, en medio de un aforo que siguió sin apenas respirar el dolor que para el que fuera presidente de la República representaba España. Hay públicos que saben qué van a ver y que si no se encuentran en condiciones se abstienen o que, de pillarle un ataque de tos a traición, pone tierra de por medio antes de perturbar un monólogo de la intensidad de los que estamos hablando. Pero ningún foro germina de un modo u otro porque sí. Dependiendo de cómo se rieguen en las estaciones adecuadas producirán el fruto o, a fuerza de administrar una mezcolanza de ingredientes, acabará por no resultar fácil apreciar a qué sabe.
Sacristán, que nunca se ha callado nada y menos a estas alturas, se despidió deseando que la próxima vez la gente que asista ande recuperada, pero enfrente tenía al edil de Cultura. Así que la cosa está cruda.