El 1 de enero inauguramos 2019 un grupo de ocho/diez entre los que todo transcurrió como la seda alcanzando de ese modo la una de la madrugada, una hora fantástica para batirse en retirada, sin que nadie hubiese tenido la ocurrencia… y, en ese momento en el que habíamos hecho el cuarto y definitivo brindis, alguien sacó a relucir aquello que mágicamente se había sorteado al son de «¿Y qué hacemos con Cataluña?». Nada, volvimos a desabrocharnos y empezó a relatarse la de familias rotas que había traído el estallido a lo que otros contraponían conocer a bastante plebe que su día a día transcurría por allí en la más ferviente normalidad. Huelga decir que nos dieron las dos y las…
Resulta inevitable con este trasfondo que, cuando volvamos a reunirnos en breve y tengamos la impresión de que no ha pasado el tiempo, nos miremos con aprecio y precaución al saludarnos y en el ambiente quede suspendido algo inevitable: en este mismo capítulo dentro de un año, de dos o de tres, ¿seguiremos teniendo la sensación de que más o menos estamos igual? Lo estimulante de la quedada, lo que propició que la velada se alargase más de la cuenta se produjo porque, salvo raras excepciones, las posiciones no coincidían ni por el forro y completaban en buena parte el arco posible. En gran medida festejamos hasta la saciedad el entierro del pensamiento único pero, dado el arraigo que mantiene el esquema anterior en el organismo de unas cuantas generaciones, el pluralismo galopante llena el estómago de inquietud. Y lo único que le hace falta estos días es más tralla.
Menos mal que la gestión del cotarro hasta el día de hoy y la colaboración de quienes no cuentan con respaldo para hacerse cargo del asunto a su modo se halla a la espera del 6 de enero para propiciar un primer paso que ayude a encararlo de una vez. O sea, que ya no es que la cosa tomatosa se cuele en cualquier reunión casera que se precie creando sus recelos, sino que ha cogido por banda a los propios Reyes Magos. A esto no escapa nadie, majestades.