Salgo a la calle y la ciudad ha quedado bajo los efectos de la niebla.
Es lo único que nos hace falta, tener entre nosotros a Boris Johnson.
Antes de que se nos presente, veámosle el interior. Junto a los
trileros que lo acompañan, se ha servido del espíritu imperial que
anida en la isla para desprenderse del yugo de la Unión Europea como
si alguien les hubiese obligado a entrar. Y, aunque desde décadas
atrás uno de los orgullos del imperio es la bibicí, al descuelgue
continental pueden seguirle los domésticos que andan en la recámara
desde que a Thatcher le dio por estrangular servicios públicos. El
cerco no se ha hecho esperar.
Por hoy centrémonos en las desventuras de la televisión pública,
un referente de independencia y solvencia profesional pese a sus
claroscuros. Bien es sabido que todo quisque que quiera chutársela ha
de apoquinar 185 euros de tasa anual. Y que Netflix, Disney y Amazon
han impactado en la línea de flotación de los ingresos provenientes de
sus producciones de culto. El que el mes pasado una periodista ganara
el juicio por cobrar menos que su compa de fatigas también le ha hecho
daño a la cadena, lo que fue aprovechado por la ministra de Cultura:
«Simplemente, el mundo en el que surgió la bibicí, y su financiación a
través del pago individual de una licencia, ya no lo reconocemos.
Debemos pensar qué queremos que sea en adelante». También ha cambiado el mundo y la casa de los Windsor no se toca, guapos.
Porque aún siendo ciertos esos aspectos, lo mollar es que Johnson
considera al famoso ente antitory y va a por él e igual le acompañan
en la caza los laboristas al considerarse agraviados por la cobertura
informativa de la campaña electoral, tras la que el Ejecutivo del
premier ha elaborado listas negras con nombres de medios tradicionales que no le ríen las gracias. En este momentazo, para el orbe informativo ver cómo se ensarta el periodismo fomentado por la cabecera británica es intimidar hasta convencernos de eso. De que, más que espesa, la niebla que hay es impenetrable.