Como es bien sabido el malvado Rubalcaba demoró su marcha de la
secretaría general para no lesionar a la Corona en el proceso de
relevo. Iglesias agitaba la marea podemita prometiendo acabar con el
régimen de la Transición y empaquetar la monarquía. Casi nadie creía
en la consistencia del propósito pero el heredero y su madre se
tentaban la ropa. La permuta dinástica regateó el escollo y Rajoy
escribió al respecto: «Su última e importante aportación fue
contribuir al feliz resultado de la abdicación de don Juan Carlos y la
proclamación de don Felipe. Pudimos disfrutar del mejor Rubalcaba,
inteligente, discreto y prudente». Lo dijo, claro está, a su muerte.
Pero el ojo de la historia lo ha resucitado tras ver entrar al hoy
vicepresidente en la Zarzuela donde el único temor del rey era que
Pablo lo abrazara hasta colgarse. Afortunadamente, parece que se
contuvo.
El timonel socialista, de fajín republicano, hizo esa contribución
en 2014. El sábado santo del 77, Adolfo Suárez, ya saben de qué fajín,
se la jugó con la legalización del pecé para que esto fuera lo que
tenía que ser, dos meses después de que unos criminales se llevaran
por delante a quienes encontraron en el despacho laboralista de
Atocha. Carrillo, que con células clandestinas había hecho lo que no
hay en los escritos para que la querida España volviera a la senda del
sano juicio, esperó fumando a que el osado mandatario le apartara el
humo de la cara. Y es lo que logró Suárez, retirárselo, dejar que todo
dios viese el rostro del comunismo importado y, cuando tocó, ensalzar
la aportación del viejo zorro al juego que ansiábamos jugar. Así se
construye un deseo compartido, no exento de riesgos y graves amenazas.
Hoy, con otros peligros sobre la mesa, se satanizan encuentros
comprometidos, proliferan los ataques al de enfrente señalando que es
nada menos que ¡comunista!, de dejar suelto al hijo de Suárez nunca se
sabe qué es capaz de llegar a armar y, a estas edificantes
aportaciones, luego van y le colocan el pin que remata la faena.
Bonita forma de pensar en el bien común. Preciosa.