Las voces del silencio

Estaba preparado para arrancar con una historia masticada desde días
atrás aunque intentando perfilarla durante el sueño lo mejor posible
procurándome de ese modo otra mala noche, cuando, a punto de entrarle al teclado, oigo que ha muerto Michael Robinson y todo lo que tenía previsto queda desplazado instantáneamente a un segundo plano.
Son demasiadas las jornadas que pesa lo suyo asomarse a las
portadas y digerir el desfile de nombres apreciados desaparecer en
tiempos de reclusión mayor. Hace nada fue José Mari Calleja, a quien
Muñoz Molina rindió un adiós arrancado del corazón y las tripas. A la
señora Esther, mi suegra, que tiene 101 años y la cabeza en perfecto
estado de revista, el listado logra tambalearla y les aseguro que no
es fácil. A pesar de que el acérrimo del Liverpool confesara hará algo
más de un año con aplomo sobrenatural que la suerte estaba echada,
haber llegado a la última parada dentro de esta maldita pandemia
aumenta la cuenta de grandiosa desazón.
Con lo complicado que resulta para muchos deportistas de elite
engancharse tan jóvenes a una travesía desconocida, aquel centro
delantero tosco aprovechó su dificultad a la hora de expresarse en el
idioma de Cervantes aludiendo a lo imprescindible y poniendo el acento en lo diferencial que de verdad marcaba la contienda en lugar de pasarse el tiempo reglamentario hablando sin decir nada hasta
sumergirse, más tarde, en informes de culto con una realización en
torno a los casos más diversos que deja prendado incluso a quienes
abominan de la práctica.
Desde los diez y once años mis hijos han crecido degustando el
estilo de este inglés gaditanizado que tuvo fuerzas para, con el
piloto de la metástasis y el de la socarronería encendidos, comentar
esto tras el último partido que interpretó, en Anfield naturalmemente:
«¡Joder! El Cholo quiere acabar conmigo. Me lo temía. Nos ha tocado el
equipo más masoquista de Europa, el que mejor sabe disfrutar
sufriendo».
Y ya sin la algarabía frecuentada, se apagó.

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