No recuerdo bien si fue durante el estreno de Dersu Uzala o el de
Cuerno de cabra cuando, estando en la sala de arte y ensayo con una
chavalita preciosa, se oyó unas filas más adelante en pleno clímax de
la peli un grito desgarrador como consecuencia de una emoción
contenida: «¡Gooooooool!». El pinganillo aquel me reportó el alegrón
de la tarde.
Fui uno de los muchos que por entonces llevó a la vista Cuadernos
para el diálogo por ejemplo y el As dentro procurando que no
sobresaliese. Qué tortura. La clandestinidad se encontraba inoculada
en los ámbitos concienciados y hubo que echar mano de ella puesto que
el fútbol era el opio del pueblo, el pan y circo con el que deleitabaun régimen al que no le faltó una buena retransmisión para celebrar el
Primero de Mayo a su manera. Como cualquier hijo de vecino, tuve por
supuesto mis veleidades, deambulé del Ajoblanco a Tom Wolfe pasando por García Márquez e hice caso omiso a las insinuaciones provenientes de las células que no paraban de moverse para captar todo lo que podían dado que lo mío empezó a girar en torno a la objetividad, pero el agobio por la trayectoria más que errática de mi equipo me tenía en un sinvivir. Se dio por hecho que con esas inclinaciones nunca nos pareceríamos a los europeos. La carga, por tanto, no fue fácil de sobrellevar.
Poco a poco salieron al rescate firmas como soles que nos dieron la
vida a quienes formábamos parte de esa sui géneris grada. Vázquez
Montalbán fue proclive a confesar su pasión futbolera y, junto a él,
revelaron la propia Benedetti, Delibes, Kapuscinski y, con el devenir
de los mundiales en color, nos asaltaron los poemas al balón lanzados
por Galeano y por Villoro. Una vez redimidos, nunca pensé que
llegaríamos hasta esto. Con Alemania en cabeza, europeos de todos los
colores saltándose reglas y dando prioridad a carrileros y mediapuntas
para proporcionar distracción a los confinados poniendo el atrofiante
fútbol en un gran primer plano sin ningún tipo de disimulo. Será posible.