El acoso y derribo de Zaplana dejó a Pedreño tocado del ala. Tachó al
rector de todo menos bonito y la tropa del molt regó el campo de
exterminio con asertos subidos de tono, la mayoría en torno a que el
catedrático de Economía Aplicada era un rojo peligroso. Pasado el
periodo de carencia fue palpable que el diagnóstico no podía ser más
atinado. El rojo peligroso, como es lógico, fue fichado por Botín y el
liberal alcanzó el ministerio, la portavocía junto a Acebes en el
descarrilamiento tras el 11-M y, con el correspondiente periodo de
carencia, el hueco en la planta fantasma de Telefónica para los ex donde no se gratifica mal del todo los servicios prestados. No es de
ahora, ya lo dijo San Pablo: los caminos del Señor, que son inescrutables, hijo mío.
El trauma alcanzaría su máximo esplendor con la cerrazón de la
administración autonómica a c0nceder el plácet al parque científico
propuesto por la uni mientras se ponían en pie, es un decir, Terra Mítica y la Ciudad de la Luz. Esto llevó al profesor a reinventarse. Podía haberse quedado en el bosque académico, pero no. Ya lo advirtió el cachorrín de Aznar cuando «por sus» no pudo presidir aquel acto de
inauguración: «Pedreño es un provocador». Y en ello sigue. A día de hoy, sus iniciativas son el eje del zarandeo de la red que ha puesto al distrito en órbita y al que las instituciones se han sumado como han podido. Ha creado además contactos de apoyo a los que lleva locos
haciéndolos partícipes de una actividad frenética. Cuando no les llega
un mooc les cae chatbots hasta reventar y acaba de entrarles Europa
frente a EE.UU. y China. Prevenir el declive en la era de la Inteligencia Artificial, un libro de 500 páginas realizado con Luis Moreno para que cada cual emita opinión. Debe ser bueno porque hasta yo lo estoy entendiendo.
Mientras tanto Zaplana centra los esfuerzos en apartar a la jueza que investiga sus andanzas, pero le queda la indudable satisfacción de palpar que parte de los cimientos de la proyección digital de esta tierra que impulsa su rector favorito la propició él. Y eso debe suponer un gran consuelo.
Mes: junio 2020
Demonios alrededor
He dejado de ver a Ferreras a lo bestia y estoy mejor. Eso de darle
vueltas y revueltas al pico de la curva hace estragos en el más pintado. Este mes la cifra de espectadores de sobremesa ha vuelto a los doce millones habituales cuando durante el estado de alarma se disparó hasta los diecisiete. No es imprescindible tenernos al rojo vivo más de lo que estamos, cariño.
Retomo al fin el equilibrio en las tradicionales vías de acercamiento a la actualidad y me acurruco sobre aquellas que miran al interior de lo acontecido. Por esa senda me acerqué a la desaparición de Carlos Ruiz Zafón quien, con La sombra del viento, zarandeó en su día el mundillo editorial. Por Sant Jordi, un escritor dormitaba en su caseta a la espera de que alguien tuviera a bien acercarse. Una chica se volvió loca al caer por allí y, tras soltar que para su padre era el mejor escritor del mundo, fue en su búsqueda con idea de hacerse una foto. Mientras la persona cazada al azar para hacerla se familiarizaba con el chisme, el escritor escuchó cómo el padre le decía muy bajito a la hija: «¿Y este señor quién es?». Pues un poeta, crítico y novelista llamado Carlos Zanón que ya solo por empezar así el recordatorio póstumo del colega superventas merece que lo visitemos. En estos tiempos, en los que todos los demonios danzan alrededor, he soñado que se moría una de esas personas que nunca querría tener que enfrentarme a su necrológica, sabedor de que, sin ella entre nosotros, la vida se convertiría a estas alturas de la película en toda una desconocida.
Dado que preciso de salas, también he dejado las pelis y me he vuelto idiota con series de larga duración cuando era incapaz de seguirlas. Ha arrancado la quinta temporada de Oficina de infiltrados, que se ha hecho esperar por mor de los dobladores, y, tras rematar la tercera de La maravillosa señora Maisel, pegué un respingo al ver que está rodándose la cuarta. Cuesta lo suyo reconocerse. De cualquier modo oteando los arbitrajes al Madrid, tampoco es que esto haya cambiado tanto.
La huella del galán
Hay quienes el mayor gozo lo hallan en Bayreuth con la tetratología
wagneriana El anillo del nibelungo y, en las quince horas de duración,
pierden el sentido. No es para menos. En mi caso la cita anual que
aguardo con ansia las últimas cinco décadas es la de Woody, a la que no ha faltado ni siquiera esta vez con la industria a la que pertenece
encallada logrando realizar el primer sueño que persiguió: ser mago.
Aquí lo tengo tras el gustito que da pasar el dedo por el relieve del tipo de letra Windsor de la portada de sus memorias similar al de los créditos, que tiene a las librerías sin dar abasto como en aquellos estrenos de Annie Hall y de Manhattan en los que la cola daba la vuelta a la manzana. El verdadero deleite transcurre en esta ocasión por Brooklyn cuando de bien crío intenta poner en pie los trazos de su existencia que no apuntaba nada bien. «Tuve una gran madre -confiesa-, inteligente y trabajadora, pero no, digamos, físicamente agradable. Al deslizar que se parecía a Groucho, la gente pensaba que bromeaba. Mi padre, en cambio, además de mujeriego y ludópata, llevó pistola hasta que murió». A Allan Konigsberg, ese renacuajo sin estudios ni vocación para tendero aunque hábil y tramposo con las cartas, la vida criminal le parecía más interesante, pero se cruzó el mundo del espectáculo que tampoco es manco.
Y, si no, ahí está la pesadilla que lo persigue. «En su día no hice
esfuerzo porque pensé que la verdad se impondría y no ha sido así. Una
buena historia, cierta o falsa, puede con todo». No es cualquier aval. Más de un treintañero, que ha aprovechado el encierro para meterse en
vena Hannah y sus hermanas y Delitos y faltas, se ha percatado de que
a los guionistas de Friends, con la que crecieron, les influyó quien les influyó. Y ahora que al entrevistador le advierten que hable alto porque el neoyorkino está como una tapia, tomo una cervecita con mi maestro, que es seguidor empedernido y suelta: «Entre los audífonos, las gafas y la mascarilla, cuando me echo mano, a saber lo que estoy ajustándome». Es que sí. No hay forma de sacárselo de encima.
Al hospital de cabeza
Se acerca por casa una pareja que forma parte de nuestra vida. Al
terminar con lo divino y lo humano, él desenfunda un aparatito de esos
que toman la frecuencia cardiaca puesto que es un enfermo de lo último de Amazon quien llama a su puerta más que Avon cuando la casa de cosméticos se repartía el machaque con las firmas del Círculo de Lectores. Total que, al final de la ronda, pongo los deditos y certifica que estoy con una arritmia de manual. El gachó se despide dejando el pedeefe con la media docena de gráficos de barras tras meterse por el cuerpo una ración completa de boquerones.
Tiempo atrás ya me trató de una descompensación que hasta hoy soy
incapaz de detectar uno de los mejores especialistas cuyo diagnóstico y envasado me tranquilizaron. Se jubiló en plena forma y siempre albergué dudas sobre si la obra de Boris Johnson que le regalé en
agradecimiento habrían sido determinantes en su salida. A la mañana
siguiente los míos me empujan a urgencias. Detecto que la frecuencia
de paso se recupera y compruebo que las medidas de precaución se
aplican con sumo rigor. Alguien me saluda desde la sala de espera y, tras la mascarilla, está el compañero de fatigas de un artista de esta
tierra que habita en la espesa bruma provocada por la demencia senil y
cuya contemplación provoca un golpe mucho más severo que lo que puedan radiografiarme desde cardiología. El acompañante alude a la falta de control y atención que prestan en la residencia por la que sueltan una pasta y clama porque de una puñetera vez algún gobierno ponga orden en el desbarajuste. Prefiero no trasladarle mi sensación y la ternura del beso entre ellos antes del adiós deja el corazón bien provisto.
Conocedores de que me quedan unas horas allí clavado, recibo
mensajes de ánimo como el de que estoy bien acompañado por Woody.
«Pero ayuda poco», respondo. «Es más hipocondríaco todavía y además se me empañan las gafas». Lo único que puedo decir es que fue un honor estar en manos del personal que atiende.
Un trance menos
Volvió a correr el balón y ya se especula con repoblar las gradas. Es
muy fuerte la industria, el circo, la pasión y la dosis sanadora que el invento representa para permitirse el lujo de seguir durmiendo a pierna suelta. A mí me lo van a contar.
Nací a tiro de piedra del coliseo donde se retomó la historia bajo
la mirada de millones de párpados hambrientos. Las ramas genealógicas de las que vine a este mundo anidaban en el barrio y, desde principios del xx, profesan esa religión y la romana, aunque esta de un modo más laxo. Las primeras fases, con perdón, que empecé a sentirme el hombrecito de la casa fueron las dominicales en que despertaba excitado a mi padre de la siesta para darle en primicia la alineación que acababan de decir en la radio y, mientras él se recomponía con café, yo veía –«¡tantaratán/tarantarán/tantarantán/tara–na–na..!»–, el arranque de los Cartwright dispuestos a correr a lomos de sus cabalgaduras made in Bonanza una nueva aventura que ahí se quedaba para, en el trayecto a pie, ir recogiendo a la peña de familiares y amigos dispuesta de darlo todo, algunos de los cuales esperaban a las puertas de un bar llamado cómo no La ponderosa. Y cuando el que tocaba en suerte era el del otro extremo de la ciudad, el nudo en la garganta no era capaz de deshacerlo ni el vaquero mejor adiestrado del contorno.
Las previas ante el eterno eran y son un agobio. Así que, teniendo en cuenta que la invención esta de los coj… es un estado de ánimo y que la antesala del derbi ha durado tres meses, dije conmigo que no cuenten. Aún no sabía si me bajaría llegado el trance, pero tomé medidas preventivas a mansalva como quedar a desayunar, comer y cenar,
leer lo que no hay en los escritos, inyectarme series y no enterarme de si nuestro puñal estaba en el alero o si los rivales se habían puesto flamencos, tan simpáticos siempre. Por ventura, el abuelo metió a su primer nieto la sangre roja en vena y como es de aquí y no padece esta parte malaje del virus, vino al rescate y ya se figuran lo bueno.¡Que pasó, oé!
Un trance menos
Volvió a correr el balón y ya se especula con repoblar las gradas. Es muy fuerte la industria, el circo, la pasión y la dosis sanadora que el invento representa para permitirse el lujo de seguir a pierna suelta. A mí me lo van a contar.
Nací a tiro de piedra del coliseo donde se retomó la historia bajo
la mirada de millones de párpados hambrientos. Las ramas genealógicas de las que vine a este mundo anidaban en el barrio y, desde principios del xx, profesan esa religión y la romana, aunque esta de un modo más laxo. Las primeras fases, con perdón, que empecé a sentirme el hombrecito de la casa fueron las dominicales en que despertaba excitado a mi padre de la siesta para darle en primicia la alineación que acababan de decir en la radio y, mientras él se recomponía con café, yo veía –«¡tantaratán/tarantarán/tantarantán/tara–na–na..!»–, el arranque de los Cartwright dispuestos a correr a lomos de sus cabalgaduras made in Bonanza una nueva aventura que ahí se quedaba para, en el trayecto a pie, ir recogiendo a la peña de familiares y amigos dispuesta de darlo todo, algunos de los cuales esperaban a las puertas de un bar llamado cómo no La ponderosa. Y cuando el que tocaba en suerte era el del otro extremo de la ciudad, el nudo en la garganta no era capaz de deshacerlo ni el vaquero mejor adiestrado del contorno.
Las previas ante el eterno eran y son un agobio. Así que teniendo en cuenta que la invención esta de los coj… es un estado de ánimo y que la antesala del derbi ha durado tres meses, dije conmigo que no cuenten. Aún no sabía si me bajaría llegado el trance, pero lo que hice fue tomar medidas preventivas a mansalva como quedar a desayunar, comer y cenar, leer lo que no hay en los escritos, inyectarme series y no enterarme de si nuestro puñal estaba en el alero o si los rivales se habían puesto flamencos, tan simpáticos siempre. Por ventura, el
abuelo metió a su primer nieto la sangre roja en vena y como es de aquí y no padece esta parte malaje del virus, vino al rescate y ya se figuran lo bueno. Que pasó.
Como pez en el agua
Vuelvo eufórico. Discúlpenme, ahora lo explico. Llevo días viendo las
estrellas con las lumbares y, solo incorporarme, supone varias fases de desescalada. Los que pertenecen a la leal y sufriente cofradía del Padre y Muy Señor Mío del Dolor de Espalda saben de qué hablo. Un sentimiento de impotencia que degrada.
Tras varios intentos a través del correo de obtener respuesta del
gimnasio, me acerqué con escasas esperanzas pero enseguida me dijeron que con la piscina no existen restricciones y que desde el lunes es toda mía. ¡Uuufff! El alivio fue automático. Pensé que me encontraría
con el condicionante de tener que reservar dentro de las franjas de
rigor pero deduje que la cantidad de temerosos entusiastas que se han
dado de baja hace manejable la rentrée. Llevo más de veinte años
nadando a diario como forma de combatir los embates de la doble hernia discal y el sistema ha logrado mantenerme derecho casi siempre. Fue la sugerencia del especialista que me recomendó la médico del periódico y resulta que hoy en día, que ya no se dispone de este servicio, es cuando las cabeceras necesitan eficaces tratamientos de choque. C´est la vie.
Siempre me meto en el agua sobre las ocho de la mañana. Al poco de
hacerlo descrubrí que venía igual o mejor para limpiarse las telarañas
y, apoyado en la extendida creencia del aburrimiento que es nadar, me
ha permitido adelantar faena. De haberme tirado a la calle dos hoy, el
nombre que se me habría venido a la cabeza sería el de la consellera de Sanidad de Torra porque me conozco y porque lo que Alba Vergés ha
dicho –«No podemos afirmar que en una Cataluña independiente no habría tantos muertos»– es la respuesta a la portavoz de la Generalitat
después de que Budó asegurase que «en una Cataluña independiente no habría habido tanto muerto ni infectado», solo que la réplica ha
llegado con ¡mes y medio de demora! Para casos así, témome que no haya centros de rehabilitación que valgan. Por fortuna, tampoco creen
necesitarlos.
Es difícil no encenderse
Bill Gates anticipó la pandemia y su visionado deja con la boca abierta. Previamente, el «relaxing cup of café con leche» nos liberó de otro berenjenal en este ejercicio y nadie lo reconoce. Hay que ser cicateros.
Todo ello me ha arrojado a revivir mis primeros telejuegos en México´68. Menudo año: primavera de Praga, asesinatos de Martin L. King y Robert Kennedy, mayo francés… y, a diez días de que Enriqueta Basilio encendiera el pebetero de blanco purificador para su género al
ser la primera mujer en prender la llama, se produjo a dos palmos la
matanza de cientos de estudiantes dejándolo todo pendiente de un hilo.
Finalmente las marcas serían espectaculares y, el calentamiento, de
récord.
Atletas negros estadounidenses estuvieron en un tris de no acudir,
pero fueron. Antes de dirigirse al podio de los 200 lisos, Smith y John Carlos advirtieron que, de acercarse el presi del COI, no saldrían. Sobre Avery Brundage hay dudas de si era más filonazi que racista o lo contrario. Al escaquearse, el black power de los medallistas se convirtió en la imagen. Cuando se tardó un rato enorme en dar con una cinta capaz de medir la longitud de Beamon, nadie desmintió que la tuviese Brundage.
En medio de ese clima no era fácil dar con los nuestros. Mujeres
compitieron dos. Antes de partir, Mari Paz Corominas, finalista y todo, lo que escuchó a su alrededor fue: «¿¡Pero cómo puedes dejar hacer eso a tu hija¡?». Y de boca de familiares y de monjas lo único que dedicaban a la otra nadadora, «¡qué espalda, parece un hombre!». Esteva fue el mejor en la piscina pese a la mentalidad inculcada de que mucho no podían hacer; Garriga preparó la cita entrenando la altura en una era y, junto a Sola en pértiga, lo que celebraron fue la llegada de colchonetas para librarse de las costaladas. Luis Felipe Areta, que se lesionó a nada de empezar la final de triple salto, vio una señal y se metió a cura. En el año de las revoluciones y dado que España era un remanso de paz precursora de la libertad reclamada por el estado de alarma, con saber donde meterte ya ibas servido.
El calorcito en fogonazos
Los muy cercanos enclavados en una franja algo altita son piña al
coincidir en que andan con la fase cero. Pese a una calle sin un Trump
atizando el fuego por mucho que Abascal haga la ola, tonterías, ni una. Militantes de la cautela, esta colla se ha forjado en los tiempos muertos. A mediados de abril, el guasa de dos de los implicados desveló el afán por la precaución: «En la comida he puesto a gitanos de Jerez cantando al Niño Dios. Me he dicho vamos a ir ya con la Navidad, que luego se nos va a acumular la historia». «Prudente decisión». «Ahora bien, los polvorones me están costando». « Una cuestión conduce a la otra; a mí me inquieta el besugo».
Una de las cosas que me llevo de esta catarsis es el calorcito propagado. Entre los hallazgos, la prestancia de los aperitivos que, desde la terraza, compartió con el núcleo afectivo un pavo que, al ser
portador de un buen chute de mili en Melilla a principios de los sesenta, se las ingenió para subir la moral de la tropa a base de
fogonazos. De vez en cuando se dio un respiro tras confesar que estaba
hasta ahí de morcilla achorizada, aceitunas gordales y Camembert. Pero lo más grande fue que cada día concurrió con un terno diferente. A la enésima hubo quien, por aquel entonces, le replicó: «Estoy deseando que abran los bares para beber menos».
Voy a darme prisa que está a punto de marcarse una disquisición
Cayetana y no quiero se me indigeste lo que resta. También me la di el
día de Europa en felicitar no a la ínclita, que aún no había movido un
dedo, sino a unos amigos por su 39 aniversario. Ella lo agradeció enseguida, pero él… Resulta que, con salvoconducto laboral, se fue a una provincia limítrofe a pillar los efectos personales de la casa en la que estuvieron alquilados. Doble desplazamiento de 400 kilómetros con controles y un centenar de viajes en ascensor, repleto de bártulos y de perchas. Componente de una pareja indisoluble ni reparó en el día. Dentro de la nueva realidad, su respuesta a las tantas dejó claro el presente que más le satisfizo. Efectivamente, salir del armario.