Volvió a correr el balón y ya se especula con repoblar las gradas. Es muy fuerte la industria, el circo, la pasión y la dosis sanadora que el invento representa para permitirse el lujo de seguir a pierna suelta. A mí me lo van a contar.
Nací a tiro de piedra del coliseo donde se retomó la historia bajo
la mirada de millones de párpados hambrientos. Las ramas genealógicas de las que vine a este mundo anidaban en el barrio y, desde principios del xx, profesan esa religión y la romana, aunque esta de un modo más laxo. Las primeras fases, con perdón, que empecé a sentirme el hombrecito de la casa fueron las dominicales en que despertaba excitado a mi padre de la siesta para darle en primicia la alineación que acababan de decir en la radio y, mientras él se recomponía con café, yo veía –«¡tantaratán/tarantarán/tantarantán/tara–na–na..!»–, el arranque de los Cartwright dispuestos a correr a lomos de sus cabalgaduras made in Bonanza una nueva aventura que ahí se quedaba para, en el trayecto a pie, ir recogiendo a la peña de familiares y amigos dispuesta de darlo todo, algunos de los cuales esperaban a las puertas de un bar llamado cómo no La ponderosa. Y cuando el que tocaba en suerte era el del otro extremo de la ciudad, el nudo en la garganta no era capaz de deshacerlo ni el vaquero mejor adiestrado del contorno.
Las previas ante el eterno eran y son un agobio. Así que teniendo en cuenta que la invención esta de los coj… es un estado de ánimo y que la antesala del derbi ha durado tres meses, dije conmigo que no cuenten. Aún no sabía si me bajaría llegado el trance, pero lo que hice fue tomar medidas preventivas a mansalva como quedar a desayunar, comer y cenar, leer lo que no hay en los escritos, inyectarme series y no enterarme de si nuestro puñal estaba en el alero o si los rivales se habían puesto flamencos, tan simpáticos siempre. Por ventura, el
abuelo metió a su primer nieto la sangre roja en vena y como es de aquí y no padece esta parte malaje del virus, vino al rescate y ya se figuran lo bueno. Que pasó.