Nunca me sentí envuelto por el potente imán benidormí y, claro, yo me
lo busqué. El especialista de un área, capaz de hacerse con un caudal de fuentes en una parcela cerrada a cal y canto para el radar ciudadano, lanzó un ultimátum: «O me voy a Benidorm o me voy a Benidorm». Y antes de perder a un elemento puntero a la hora de desabrochar a sectores claves para que se abran, el que se abrió fue él y se empadronó en el sitio donde quería que, informativamente en la década de los noventa, tampoco resultó manco. Así fui enterándome de lo que vale de un peine.
Poco más tarde, mis cuñados Aurelia y Sabino, que con su temple
cohesionan al resto de mortales y que a lomos del Imserso fueron
dejándose caer por el norte, el sur y las islas, pillaron plaza en el
lugar de nacimiento artístico de Julio Iglesias sin demasiado
convencimiento, de modo que repitieron. Ellos y la inseparable peña
concluyeron que, a diferencia de otros destinos, todo gira alrededor de que los visitantes se lo pasen pipa. Y, tantos años después, Julio tampoco puede quejarse.
Este solo es el aperitivo de lo que se me vino encima. Poco a poco fue ganando terreno que, el tantas veces denostado modelo urbanístico de rescacielos a tutiplén, es el ideal para combatir la ristra de males con la que acecha el desarrollo cuando es desconsiderado. O sea que, de esa urbe tildada de adefesio, habíamos pasado a un espejo en el que mirarse. Y, bueno, no me resistí. Le pregunté a uno de sus pregoneros y, nada, atrevesamos la avenida y comprobamos que la playa está más cuidada que la mayoría de centros históricos. En el pequeño hotel familiar nos atendieron y comimos como Dios con un balance calidad/precio… Ahí fue donde el primogénito vio en Foietes que el bitelmaníaco de su padre se sabía todas las de los Stones, la única vez quizá que esa cara desprendió un aroma a ¡uy!, el viejo es un máquina. Y, en el anhelo de que la fiebre de ocio nocturno se apacigue, aquí estoy a la espera de que el espigón neoyorkino del Mediterráneo recobre toda su luz. Será la señal.
Mes: julio 2020
Siempre igual
Es de imaginar a Raimon dándole vueltas desde el inicio de la década a
la donación de su patrimonio si se tiene en cuenta que el recorrido
vital transcurre en el triángulo Xàtiva/València/Catalunya. Al frente
de la ciudad en la que nació se encontraba enclavado Alfonso Rus
contando billetes en voz alta; en el cauce del Turia desembocaban los
tentáculos de la Gürtel y, el destino del territorio por el que desplegó el tramo más fecundo de trayectoria, en manos independentistas que tan poco congenian con el gen solidario que alberga el organismo de esa criatura llamada Ramón Pelegero, que vio la luz a los pies del cerro del castillo. Puede que esas calles lo inocularan para defenderse.
Por mucho que hayas luchado, y es el caso, nadie está preparado para desear transferir un legado, que esa contribución acumulada tenga el propósito abrir conductos a nuevas formas de entender la creación y
que dar con el sitio adecuado cueste lo que no hay en los escritos al
primar la sensación de verse rodeado. Una cosa es que el escandaloso
despliegue policial penetrara en el pabellón del Real Madrid al poco
de la muerte de Franco y Fraga sentenciara que los tres recitales
restantes quedaban suspendidos porque entre muchos se estaba empujando para cambiar la situación y, una historia bien distinta, es que unos pocos espanten a una amplísima mayoría en el afán de que nada cambie a través de un clima irrespirable. De ahí que, para que el objetivo de Annalisa y él cristalizase, la pareja haya tenido que aguardar a que variaran de cuajo las condiciones medioambientales.
Da la impresión de que la espera ha merecido la pena y el convento
setabense de Santa Clara se acondicionará para albergar la herencia de
uno de sus hijos. El cantautor acudió al bautizo de la fundación de
blanco impoluto en contraste con lo oscuro del terno que lució aquel
febrero del 76 y en tantas otras jornadas en las que irradió dignidad.
Siempre igual, la bondad en la cara y la fuerza que da no dejar de ser
consecuente. Estos son los imprescindibles.
La buena estrella
En 2011 Miguel Rios anunció su retirada, de ahí que el tío no haya
parado, ande ultimando el decimoctavo álbum del que se conoce un tema a modo de blues y esté prevista la enésima gira de su carrera. El día menos pensado se nos presenta a oté.
Sucedió a mediados de los ochenta. Dos horas antes de saltar al ruedo en Buñol calentaba motores en la venta L´Home, la casa de postas desde la que Xemi Baviera te hacía alcanzar con su don de gentes las
estrellas a las que hace nada se dirigió a sacarles brillo. Embutido en unos tirantes, el granaíno estaba pegándose una sudada en completa
disonancia con la mala vida de tantos iconos del género que se quedaron tiesos mientras él optó por darse prisa en enterrar el
fumeteo. Entre una tunda así y las que se propinaba Jim Morrison debe haber un término medio, por lo que el único pronóstico que he clavado en mi vida es que este fulano sería eterno.
La querencia viene de muy antiguo y, el cuelgue definitivo, con sus
conciertos del Monumental Cinema en abril del 72. «¡Las neveras! ¡Las
neveras se deben dejar en el guadarropa! No se puede venir a un
espectáculo de rock and roll después de haber pagado 125 pesetas y
estar desmenuzándolo y no participando en él. De verdad, es muy
triste». Lo ponía tantas veces que, al enterarse que sacaba nuevo disco, mi madre cogió dirección al hospital en un rasgo de humor característico porque el hijo no perdonaba ni las introducciones dado
que la presentación de la banda con el remate jaleado a los acordes
boxísticos por cientos de gargantas de «¡Daniel!.. ¡Ensaladilla!.. ¡García! al piano» es tela. Tembloroso de placer, hoy en día deja al maestro Luis Prado a su bola ya que los viejos rockeros también gastan próstata.
La voz y la energía que despliega allá por donde acude supone un
gustazo. De mantener a los componentes actuales, dentro de treinta
años en el grupo rondarán los ochenta tacos, él será centenario, alguien presentirá que está en un tris de replegar velas y lo retendrá escrutar las colas que se forman. Sobre todo en el de caballeros.
De todos y de ninguno
Tiempo atrás, la titular de Empleo, Fátima Báñez, enfatizó que es «la
virgen del Rocío quien nos ha traído este regalo anticrisis porque, ella, un capote siempre hecha». Al poco fue Fernández Díaz el que santificó la fiesta desde Interior: «Nada es casual, todo responde al plan de Dios. Tengo un ángel de la guarda que se llama Marcelo y que me ayuda a aparcar». Por fin, Carlos Mazón, encargado de tutelar para los suyos el sur de la Comunidad, que también existe, ha sustanciado que «el partido ha de modernizarse», tras lo que ha dejado constancia de que «con el liderazgo de Casado, en el pepé se nos ha aparecido la virgen». ¡Uummhh!
A la herencia de Fraga siempre le faltó un hervor respecto al ala
puntera de su franquicia europea y le ha sobrado más de un fervorín.
En Francia, el gachó que estaba al frente de Liberation ha dejado la
dirección del diario y se ha lanzado a remover un espacio como es el
de la izquierda desaparecida en combate. O sea, que deja Málaga para
entrar en Malagón. Mazón ha transitado por los alrededores de la
esfera privada y se ha colocado en primera línea de la marca con el
entusiasmo propio de quien cree que puede derribar muros. Pero el
escepticismo y la desafección de la multitudinaria parroquia que no
pertenece a credo alguno es perfectamente descriptible. Lo hizo Muñoz
Molina a cuento de Venecia, investido del urbanista implacable que es
Navarro Vera: «El dominio de los especuladores, la frivolidad política, el sometimiento de todos los valores a la supremacía del dinero, se alían para despojar a la urbe de su condición de espacio compartido. La ciudad, por definición, es de todos y de ninguno». Nuestras comarcas permanecen rebosantes de desatenciones primordiales. Marsé diseccionó los barrios acomodados y los necesitados mejor que la mayoría de quienes se invisten de gala para llevarlos a buen puerto.
No sé. Aunque Mazón haya entrado con el pie derecho, queda por ver
qué pasos da para saber si de verdad es aire nuevo o se va en su día
como tantos con viento fresco.
En el lugar de los sueños
De la mano de ese Silencio de Octavio Paz moldeado con rotundidad por la voz limpia de Sacristán cuaja el regreso al cine que venía
fraguándose aquí dentro. Como los habituales no están por la labor, me
acerco sin perrito que me ladre. Al igual que las aguas del gimnasio,
donde los usuarios asoman con cuentagotas, le devuelven al cuerpo la
agilidad extraviada, la gran pantalla, no las plataformas, ha sido
alimento básico desde que la abuela me acercase a la reposición de La
vuelta al mundo en 80 días a cargo de David Niven, Cantiflas y Shirley
MacLaine, sin olvidar los estrenos de Marisol, con la paga del habilitado aún caliente.
Por el camino siento el aliento recíproco del manifiesto de un buen
manojo de fecundadores europeos, con Coixet entre ellos, que claman
por un socorro a la cultura y, cuando entro a la sala de casi trescientas butacas que forma parte de la escenografía familiar, la vuelta que ha dado el mundo lleva a que no haya un alma ni en esta ni en las restantes. De entrada resulta estremecedor pero al hacerse la penumbra se recobran constantes vitales. Las palomitas, los móviles y
las bolsas de chuches han sufrido un KO y la bendita ausencia lleva a
quedarse absorto con las cenefas que dibuja el proyector en el techo y
que en el histórico pasaron desapercibidas como tantas secuencias a
las que no prestamos atención dentro de lo que se suponía una
asquerosa normalidad.
Entre unas cosas y otras, Cate Blanchett y yo estamos a solas. Como
hoy muchos de quienes nos rodean, anda a la deriva. Se trata de una
creadora que, en el instante en que deja de lado las construcciones
que bullen en su cabeza, pierde el rumbo. Tras el parón sufrido, los
rodajes acaban de retomar la senda ajustando guiones y demás a la
nueva realidad en el afán de no dejar de insuflar lo que persiguen.
Cate huye hasta la Antártida para verse a sí misma. Dentro de la
oscuridad es inspirador no dar de lado a historias que, entre ellas,
moldean el esqueleto de los amantes perpetuos del séptimo arte.
Ustedes mismos.
A fin de no inquietar
Los recientes sufragios periféricos se han producido en medio de un
preocupante estallido de brotes. Se nos venía por tanto encima el
momento indicado para comprobar si tanta convulsión como la
experimentada desde que el covid nos recluyó iba a afectarnos de modo significativo. Y no. Las reacciones de los golpeados en las urnas han sido del mismo tenor de toda la vida. ¡Ay, qué alegría!
Entre los primeros a los que el bipartidismo de antaño soltó para que se las maravillaran figuran Ábalos e Iturgaiz. El ministro de Transportes llevaba confinado desde que a finales de enero pasara
veinte minutos con la número dos del régimen de Maduro en una sala vip de Barajas con el coraje que posteriormente debió darle no hallarse
bajo el uso de mascarilla que le habría venido de perlas. El otrora
locuaz escudero del presidente contempló tras el recuento vasco &
gallego el estancamiento de su partido y, como secretario de
organización del mismo, fijó el rumbo diciendo: «El pepé, que tome
nota de lo ocurrido». Es de ponderar el enorme esfuerzo de los
portavoces que en estas horas se han batido el cobre para que nadie
fuera a asustarse ante un despliegue exhuberante de realismo y
veracidad al que no está acostumbrado.
El renacido tuvo, no obstante, un deliz en el que reconoció bajito que «los resultados del pesoe no son buenos». Mecachis, no se alarmen.
Afortunadamente, Iturgaiz salió al quite y afirmó que lo suyo –o sea,
el tortazo– es «una meta volante para acabar con el Gobierno de
Sánchez e Iglesias». Ahí sí confluimos. Es lo que toca y más si se viene del túnel del tiempo. Quien no perdió un instante en entrar a matar fue Errejón que, sobre Podemos, sentenció: «Eso ya no existe. Se llama UP y tiene los resustados de siempre IU». La cosa ha caído en gracia y lo repite todo quisque menos el que se imaginan. Este sigue callado tras la proclamación de un twit la noche de autos: «Derrota sin paliativos. Nos toca hacer una profunda autocrítica». Eso, Pablo, no lo digas, que se nos caen las ligas.
Efervescencia hipocondríaca
Lunes, 6 de julio, suena el fijo a las doce, hora del chupinazo: «Este
jueves, a las 10,30 y en ayunas, en el quirófano de arritmias». Qué
alegría, ¡Viva San Fermín!
Empieza la cuenta atrás: ¿Por qué esta alteración del ritmo cardiaco? Dado que uno vive inmerso en la actualidad casi desde que nació, fija la atención sobre lo que emerge en estas horas y siente convulsiones por el papelón de los medios y de la justicia en los registros alcanzados por el campechano mayor del reino habiendo sido la prensa y un fiscal foráneos los que han desvelado el fondo de armario al no mirar para otro lado. Como por ensalmo se abre la cuenta en Twitter de Netflix: «Novedades en palacio». Ofú. Y sigue: «Nos confirman que habrá sexta y última temporada de The Crown». Por no llevarnos a la boca, da la impresión de que no podremos ni degustar una serie borbonesca fetén y eso que, de arrancar como la británica en tiempos del padre de la reina, desde las andanzas de Alfonso XIII hasta repertorio zarzuelero habría para rato. Sin embargo con lo que se especula es con el retorno de Farmacia de guardia, que tampoco viene mal porque de un buen tratamiento en este terreno sí que precisamos.
La sala de operaciones aguarda. En vísperas me despierto a las cuatro de la madrugada, me pongo ante la tele y aún no sé lo que vi dado que en lo único que pienso es en aspirar a que, nada más alcanzar el hospital, me seden en el ascensor pero mi destino se encuentra en la planta baja. A pesar de que a mi lado Woody sea Tarzán de los monos, el tacto con la hilera de pacientes tras meses con las camillas en cuarentena logra que hasta yo entre en razón. Qué manera de funcionar sobreponiéndose a hachazos por mor de esa forma tan
neoliberal ella de desviar el sentío del seguro hacia el interés más
desinteresado. Quienes velan por la salud, con a- traer la décima parte de atención que la princesa alemana van que chutan. Nadie aspira a tener la vida de Corina. Y si fuera posible no regar la de sus heredederos, esas palpitaciones que nos ahorraríamos.
El Indiana de los rincones
Se vinieron encima no pocas sombras que han intentado digerirse porque la resistencia humana es versada pero están ahí y, poco a poco, habrá que tratar de solventarlas como se pueda. En esas ando.
Se le había ido su madre días antes y quise volver a acompañarlo
desde la distancia requerida cuando sonó el chisme. Alguien se anticipó para darme otra mala noticia. Al mensajero le costaba tragar, incapaz de enhebrar palabras como al darle el pésame a la viuda. El fallecido tenía en un pedestal a esa señora mayor a cuyo hijo estaba a punto de dar el toque y al que, en lugar apaciguar, propiné un nuevo mazazo. Lo que es la vida y la muerte.
Acababa de írsenos Jaime Córdoba a los tres. En diferentes celebraciones, ambos coincidieron en sentarnos juntos, con lo que
tenía fiesta asegurada. Aproveché en una para pedirle sugerencias
sobre un viaje sorpresa de aniversario que estaba tramando. De su
mano, de la de Bonet y de la de Chari nos hemos sumergido en los
rincones más seductores de la vieja Europa, ala asiática de Estambul
incluída. Al día siguiente recibí cuatro folios porque todavía existían. Como dispongo de otros tantos para quienes se acercan por los alrededores de la Giralda, estuve tentado de dárselos hasta que dejó caer que el pavía de bacalao del Rinconcillo ya no es lo que era y me los guardé, pero da mucho coraje.
Ya que se me había metido entre ceja y ceja, la primera noche probamos el carpaccio en el sitio donde se inventó precedido de un
Bellini y bueno, el Harry´s Bar, bien. Pero lo que nunca olvidaremos
es la ostería que nos recomendó, con cuya media además compensamos la clavadita del antojo. Al Mascaron es una taberna frecuentada por el
vecindario, que hay que dar con ella en el entramado de Castello, en la que degustamos unos spaguetis al escollo que quince años después aún paladeo, a tiro de piedra de San Zaccaria, la iglesia en la que se casaron Natalia Figueroa y Raphael y en la que ni los invitados sabían a dónde iban. Siempre tuve para mi que aquello también fue cosa de Jaime.
El router y la madre que lo…
No sé si Vox emprenderá acciones legales pero, qué voy a hacerle,
ocurrió este 14 de abril. Andábamos atenazados, con la poli vigilando
para evitar tonterías, lo mínimo abierto y el móvil que no carga.
¿Ahora qué? Bajo la prohibición de desplazarse, marco la tienda de
reparación. Tecnofix ocupa un bajo con mostrador y, tras él, dos filas
de chavales dale que te pego formando un cuadro que recuerda al de los garajes en los que, entre otros, vieron la luz Apple, Google, Microsotf, Amazon y, sin cuya intervención, navegaríamos más todavía.
Cogen el fijo a la primera, les explico, al poco tengo a un motorista que reparte por la zona, se lo lleva, cambian el conector, me lo devuelven en nada y, aunque fuera caro que no lo es sino todo lo contrario, un servicio público así en tales circunstancias sabe a gloria.
El otro certamen tecnológico de la ruta llega hace un mes,
desescalada en ristre. Interné se pone jaracandoso y no va nada. Con
el primer acercamiento, Movistar dice no sé qué del router y aquello
sigue colgado. Desaparece el operador y ahora cualquiera lo encuentra.
En la cuarta llamada indican que desconecte el enchufe de la tele sin
apagarla y, a la quinta, sueltan que son tres las carreteras y que va a cambiarnos porque con el fútbol la nuestra se ha colapsado. O sea, una jornada laboral completa sin erte que te acoja con lo que la compañía se ha embolsado en este marasmo porque, pese al machaque, resulta madre mía que el cliente eres tu. Por esa fecha, otro pagano está al borde. Se ha interesado en torno al porqué de la subida espectacular que ha sufrido la factura si el lote no se ha tocado. Según él, lo malo es que se lo explican. Por supuesto hacia el final deslizan que hay una oferta de dos meses que, casualmente, expira al arrancar la Champions recalcándole que nadie puede tirar del paquete de acá para allá para dejárselo tal como le venga en gana y claro, al ser urólogo, no desconecta.
Total que, desde el mundo analógico al que pertenezco, veo que sí,
que la tele es inteligente pero que los listos, virtuales no son.
A golpes de efecto
Sabina se ha casado y, por mi parte, he visto las dos horas largas del
debate a siete entre proclamados candidatos a la Xunta. Los efectos
colaterales del trance engullido desde marzo, que no han hecho más que aflorar.
Acceder al desconfinamiento y entrar a renglón seguido en campaña
electoral no parece al alcance de tratamiento alguno. El organismo de
las criaturas tiene un límite, sobre todo tras el impacto de unas
tribunas dando espectáculo del bueno. Como era de prever, los seis
concursantes que aspiran a pillar cacho –incluído el sobrino del alcalde de Vigo, que siempre se cuela– fueron todo el rato a por el mismo y, en un momento dado, Feijóo se plantó con pretensión de cerrar el círculo vicioso: «Si tuvieran que gestionar la pandemia no hablarían con tanta ligereza y demagogia». «Cómo sabe dar en la diana, es emocionante», pensaría Casado viéndolo.
La segunda vuelta francesa, colgada después de que la primera
desafiara todas las leyes de la precaución, ha supuesto un golpe en el
mentón de Macron y una dicha para el ecologismo. Cohn-Bendit, el que fuera líder estudiantil de la revuelta en el Mayo del 68 –o sea, que
este sí que estuvo– ha sentenciado que «la ecología es la matriz para
unir a la izquierda». Por si acaso, Macron se ha hecho ya más ecologista que el que lo inventó y el episodio conecta con las votaciones de aquí en dos de los territorios con una naturaleza más exhuberante y en los que, es verdad, la izquierda se caracteriza por estar verde.
El que lo parecía es Illa y hoy es el más reclamado para mítines donde hay partido. En un pis pas pasó de un departamento vaciado a convertirse en el tótem protector. Al perfil dialogante, católico y
periquito une la formación como filósofo en cuya materia los clásicos
ya observaron que «amar la vida es amar también sus dificultades», por lo que su visión existencial puede que fuera de las más adecuadas para pilotar una travesía de esta magnitud nada más arrumbar la sombra y ser nombrado ministro en enero. Este Sánchez…