Sabina se ha casado y, por mi parte, he visto las dos horas largas del
debate a siete entre proclamados candidatos a la Xunta. Los efectos
colaterales del trance engullido desde marzo, que no han hecho más que aflorar.
Acceder al desconfinamiento y entrar a renglón seguido en campaña
electoral no parece al alcance de tratamiento alguno. El organismo de
las criaturas tiene un límite, sobre todo tras el impacto de unas
tribunas dando espectáculo del bueno. Como era de prever, los seis
concursantes que aspiran a pillar cacho –incluído el sobrino del alcalde de Vigo, que siempre se cuela– fueron todo el rato a por el mismo y, en un momento dado, Feijóo se plantó con pretensión de cerrar el círculo vicioso: «Si tuvieran que gestionar la pandemia no hablarían con tanta ligereza y demagogia». «Cómo sabe dar en la diana, es emocionante», pensaría Casado viéndolo.
La segunda vuelta francesa, colgada después de que la primera
desafiara todas las leyes de la precaución, ha supuesto un golpe en el
mentón de Macron y una dicha para el ecologismo. Cohn-Bendit, el que fuera líder estudiantil de la revuelta en el Mayo del 68 –o sea, que
este sí que estuvo– ha sentenciado que «la ecología es la matriz para
unir a la izquierda». Por si acaso, Macron se ha hecho ya más ecologista que el que lo inventó y el episodio conecta con las votaciones de aquí en dos de los territorios con una naturaleza más exhuberante y en los que, es verdad, la izquierda se caracteriza por estar verde.
El que lo parecía es Illa y hoy es el más reclamado para mítines donde hay partido. En un pis pas pasó de un departamento vaciado a convertirse en el tótem protector. Al perfil dialogante, católico y
periquito une la formación como filósofo en cuya materia los clásicos
ya observaron que «amar la vida es amar también sus dificultades», por lo que su visión existencial puede que fuera de las más adecuadas para pilotar una travesía de esta magnitud nada más arrumbar la sombra y ser nombrado ministro en enero. Este Sánchez…