En el lugar de los sueños

De la mano de ese Silencio de Octavio Paz moldeado con rotundidad por la voz limpia de Sacristán cuaja el regreso al cine que venía
fraguándose aquí dentro. Como los habituales no están por la labor, me
acerco sin perrito que me ladre. Al igual que las aguas del gimnasio,
donde los usuarios asoman con cuentagotas, le devuelven al cuerpo la
agilidad extraviada, la gran pantalla, no las plataformas, ha sido
alimento básico desde que la abuela me acercase a la reposición de La
vuelta al mundo en 80 días a cargo de David Niven, Cantiflas y Shirley
MacLaine, sin olvidar los estrenos de Marisol, con la paga del habilitado aún caliente.
Por el camino siento el aliento recíproco del manifiesto de un buen
manojo de fecundadores europeos, con Coixet entre ellos, que claman
por un socorro a la cultura y, cuando entro a la sala de casi trescientas butacas que forma parte de la escenografía familiar, la vuelta que ha dado el mundo lleva a que no haya un alma ni en esta ni en las restantes. De entrada resulta estremecedor pero al hacerse la penumbra se recobran constantes vitales. Las palomitas, los móviles y
las bolsas de chuches han sufrido un KO y la bendita ausencia lleva a
quedarse absorto con las cenefas que dibuja el proyector en el techo y
que en el histórico pasaron desapercibidas como tantas secuencias a
las que no prestamos atención dentro de lo que se suponía una
asquerosa normalidad.
Entre unas cosas y otras, Cate Blanchett y yo estamos a solas. Como
hoy muchos de quienes nos rodean, anda a la deriva. Se trata de una
creadora que, en el instante en que deja de lado las construcciones
que bullen en su cabeza, pierde el rumbo. Tras el parón sufrido, los
rodajes acaban de retomar la senda ajustando guiones y demás a la
nueva realidad en el afán de no dejar de insuflar lo que persiguen.
Cate huye hasta la Antártida para verse a sí misma. Dentro de la
oscuridad es inspirador no dar de lado a historias que, entre ellas,
moldean el esqueleto de los amantes perpetuos del séptimo arte.
Ustedes mismos.

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