En los cincuenta accedió a la Copa de Europa. Antes cosechó una Liga y
tres unidades del otro torneo doméstico, pero las cuatro décadas
posteriores fueron para vivirlas y morir en el tormento. A punto
estuvo de lograrlo hace justo 25 veranos cuando una resolución
administrativa lo depositó en Segunda bé. Tras zafarse, de lo que no se libró fue de retroceder a la División de Plata, lugar desde el que saludó al nuevo siglo. Y en estos veinte años, agárrense, se ha convertido en el equipo que más finales europeas ha disputado y en el cuarto con mayor porcentaje de victorias solo superado por Barça, Madrid y Bayern. Los sevillistas que merodean los 30 tacos no saben lo duro que ha sido esto.
La transformación brotó al hacer de la necesidad virtud. Tras una
retahíla de dirigentes que no había por dónde cogerla, un señor al que
Dios tenga en su gloria llamado Roberto Alés dispuso la reconstrucción
a base de sensatez. Todavía en Segunda mandató la elaboración de una
plantilla a coste cero; llevó al banquillo a un purasangre de Utrera para espacir adrenalina; vio por las instalaciones a un gachó que andaba por allí a todas horas echando una mano donde hiciera falta, lo cogió, le dijo tú vas a ser director deportivo, el otro se preguntó y eso qué es y así fue como ese hombre con la cabeza sobre los hombros se inventó para la demarcación a un tal Ramón Rodríguez Verdejo,
«Monchi». O sea, palabras mayores.
Hoy, aquel equipo al que durante una época sus aficionados
preferían no encontrarse en los papeles, es un espejo. La gestión es
analizada en la uni y en centros empresariales por el poderío
adquirido sin dejar de ser un club familiar. Se vuelca en que los
canteranos crezcan con valores y mima a los que han sido sus emblemas.
En todos los estamentos –grada, incluída–, frente al manque pierda –y
tanto–, la autoexigencia es permanente. Ahí sigue codeándose con
quienes se codea. Y tal como ensalza el himno que puso lazo a su
nueva vida, ustedes ya saben lo que tienen asegurado cuando lo ven:
que nunca se rinde.