Una fila calmada rodea el teatro. Donde antes se acercaban vendedores
ambulantes o arietes de negocios cercanos con la oferta de una copa
para la salida, un enviado de sanidad se queda con las señas que los
rastreadores pondrán en danza si salta la liebre. Del aforo, el setenta y cinco por ciento autorizado está vendido. Previo acceso al recinto llega la toma de temperatura que retrasa media hora el arranque, lo que se agradece y tanto. Mientras aguardan pacientemente en la localidad, los asistentes han demostrado con la compra su determinación. Es al apagarse la luz cuando el común de los mortales empieza a reconocerse en los flancos que aún quedan desprendidos.
Las compañías han medio retornado a sus quehaceres. En esos
contactos iniciales sienten desde el escenario la emoción de retomar el reflejo difuminado y lo hacen patente. Por el patio de butacas la
respiración se contiene. Han sido toneladas de días anclados en el sofá inyectándose series, pelis y alguna novela que otra, pero incluso
escribir o dibujar requiere un esfuerzo sobrehumano para que la
concentración no se vaya a hacer puñetas. Lo de esta sesión lejos de
casa es otra cosa. La delectación de un espacio compartido donde el
elenco se muestra ahí a mano en carne viva, convertido, tras la
aletargante sequedad, en radiactividad pura. Y todo sin quitarse la
mascarilla ni notar que se ha quedado la tira de tiempo puesta.
Es que lo que envuelve al espectador en buena parte de las
representaciones es en realidad el texto. Son tantos los clásicos y los modernos, son tantas las épocas, la inspiración, el misterio, la mística, el son del acompañamiento que, bajo el sello de actores y actrices desbordantes, se percibe en no pocos casos que han dejado de ser ellos convirtiéndose en la quintaesencia del personaje y que al final de la carrera ya no son sino la suma de los papeles capitales interpretados. De igual modo el público que vuelve a serlo abandona la sala repleto por dentro dejando atrás sus buenos registros del agobio que atenaza.